Carta desde Madeira, el paraíso templado

Estimado lector. Hace ya mucho tiempo alguien me habló de un lugar de Portugal que le había llegado al corazón. Contaba que en pleno océano Atlántico se desenvolvía entre nubes y silencio un archipiélago de la Macaronesia tan hermano de las islas Canarias como de las Azores o Cabo Verde. Su nombre era Madeira, dicho de manera muy castellanizada, enfatizando una i latina que los portugueses apenas sugieren al pronunciar. Precisamente desde un balcón de Funchal, su capital, donde sólo escucho el mar meciéndose a mis espaldas, preparo unas palabras para contarte esta vez yo a ti que a una distancia 500 kilómetros de las costas africanas al oeste y de Tenerife al sur, así como a 800 kilómetros de Lisboa, surge una maraña volcánica poblada de acantilados afilados, con cascadas y kilométricas levadas fluyendo por doquier. Un toque de varios verdes que consiguen los intensos refugios de laurisilva que atesora este lugar, una selva templada y nubosa que desprende deliciosos aromas naturales.

Piscinas naturales de Porto Moniz (Madeira)

Algunos dicen que Madeira es la eterna primavera convertida en archipiélago. Otros, refiriéndose sólo a la ilha principal, la definen como la perla portuguesa en el Atlántico. Permíteme, querido lector y querida lectora, que en esta breve carta te narre lo que he encontrado yo en este pequeño y tranquilo paraíso. 

Tras el corazón verde de Madeira

Últimamente espero a llegar a casa para empezar a escribir de los lugares que estoy visitando. Pero esta vez no he podido resistirme, al menos, a comenzar desde aquí. Ya habrá tiempo de colocar correctamente las palabras en mi desordenada habitación de Madrid donde suelo hacerlo casi siempre. Quizás porque me parezca esencial paladear este viento húmedo del océano para recordar mejor todo lo que esta isla me ha dejado, o me está dejando, percibir de ella. Puede que necesite sentir esos veintitantos grados casi perpetuos que justifican de lleno eso que dicen de que la primavera no se marcha nunca de aquí. En Funchal o en su opuesta Porto Moniz, más que de mucho calor o mucho frío, hablan de cuando llueve y cuando no. Sin abrigos ni chancletas. Un término medio que permite bañarse en la piscina de pleno mes de febrero por la mañana y echarse algo de ropa en agosto bien entrada la noche. Lo que viene siendo una larga primavera que sólo se permite faltar en momentos puntuales.

Sele en Punta de San Lorenzo (Madeira)

Es la última noche en la isla. Una última noche persiguiendo el corazón verde. El sonido de o brinquinho, el curioso instrumento de figuritas de madera y castañuelas que percuten en los tradicionales bailinhos da Madeira, ha pasado a mejor vida hace tan sólo una hora en Adega da Quinta, un restaurante tradicional en el que hemos cenado y que mezcla folclore con espetada, que en Madeira no es de sardinas sino de buena ternera a la brasa. Ahora sólo escucho el mar y el sonido de mis dedos sobre las teclas de un ordenador portátil que no había tenido ocasión de encender en todo el viaje.

Bailinhos da Madeira (Hombre tocando el brinquinho)

Te aseguro que si me hubieras preguntado hace algún tiempo cómo creía que era Madeira no hubiera tenido nada claro que responderte. ¿Sería tan verde como las Azores? ¿Se parecería mucho a alguna de las Canarias? – pensaba. Si bien es cierto que posee una mayor similitud con ciertos lugares del archipiélago español que con las islas que todo el mundo conoce por el famoso anti-ciclón, podría decir de Madeira que es una isla un archipiélago de mil paisajes que me ha sorprendido muy gratamente por conservar su espíritu y su calma, y poseer una cantidad de atractivos tal que me parece perfecta para pasarse unas vacaciones en la que ningún día sea igual al anterior. Acompasar jornadas de tranquilidad en una piscina natural con un buen trekking. Espetada y paseo en lancha. Subir en funicular o seguir una cueva con ríos de lava petrificados (como las grutas de San Vicente). Y despedir cada tarde el sol desde tu balcón.

Bancales en Madeira

La isla de los miradores (en coche alquilado o en jeep 4×4)

Debes saber que Madeira es fotogénica a más no poder. Sin ser demasiado grande (poco menos que Lanzarote), con 57 kilómetros de extremo a extremo y apenas 22 kilómetros de la costa sur a la costa norte, tiene una variedad brutal de paisajes. En muy pocos minutos se puede pasar de un acantilado junto al mar con plantaciones de mango y maracuyá a un denso bosque nublado de laurisilva. Y de allí a un entorno prácticamente lunar como el que acompaña al a Pico Ruivo, el más alto de Madeira con 1862 metros, o al Pico do Arieiro, con un observatorio que deja muy abajo a unas nubes que vuelan a tus pies a gran velocidad.

Paisajes del área del Pico do Arieiro en Madeira

Es, por tanto, una isla en la que salir a buscar miradores, bien en un coche alquilado por cuenta propia o haciendo una de las excursiones off-road que ofrecen en jeeps abiertos compañías de aventura como Green Devil Safari [greendevilsafari.com]. Y una vez en éstos, ponerse a hacer fotos como locos. Tengo la tarjeta de memoria a la que no le cabe un mega más. Traigo de este viaje cerca de mil fotografías. Así que, si vienes algún día, prepárate, que vas a quemar tu cámara.

Sele haciendo fotos en un mirador de Madeira

¿Sabes dónde están los mejores miradores madeirenses? A la cabeza me viene el de Cabo Girão con una pasarela de cristal que nos permitió caminar con vértigo a 580 metros de altura en el considerado como el acantilado más alto en territorio portugués. Sin salirnos de la escarpada costa sur, aunque yendo al extremo más oriental, tengo que reconocer que me entusiasmó asomarme a la naturaleza salvaje y ventosa de Ponta de São Lourenço. Aquel es el reino de la erosión del viento y las olas del mar, un postal maravillosa que ya pudimos observar desde el avión TAP Portugal que nos trajo hasta aquí desde Lisboa.

Punta de San Lorenzo (Madeira)

En uno de los miradores de Serra da Água, ya suficientemente lejos de la costa, comprobamos cómo el paisaje había vuelto a cambiar de manera rotunda. Esta vez se trataba de bancales escalonados que bien recuerdan a los arrozales asiáticos que se pueden ver en Bali o Yunnan. Un universo verdeoscuro que nada tiene que ver con el litoral situado, tan sólo, a 5 minutos de allí.

Paisaje Serra da Agua en Madeira

Ya en el norte, camino a Porto Moniz, existen unos pináculos de roca volcánica que emergen del mar en los conocidos como islotes de Riberia da Janela, los cuales devolvieron por un instante al sur de Islandia y a la inconmensurable playa de Vík. ¿Islandia en Madeira? – te preguntarás. En efecto, en realidad esta pequeña isla es un collage perfecto de muchos lugares del mundo. Paredes verdes con largas cascadas tipo Isla Reunión, acantilados con perfil británico que ya pude ver en Bempton Cliffs, cuevas de lava como en Hawaii y un pedacito de las Cañadas de nuestro Teide tinerfeño en los senderos de Pico do Arieiro. Allí los miradores no pueden ser más superlativos.

Sele ante los islotes de Ribeira da Janela en Madeira

Por haber hay hasta un Cristo Rey tipo el de Río de Janeiro, más pequeño, que observa el mar y las lejanas Islas Desiertas, también parte del archipiélago y que, como su propio nombre indica, son absolutamente salvajes. Tan sólo viven aves, reptiles y colonias de focas monje que son absoluta excepcionalidad en esta parte del Atlántico.

Cristo Rey de Madeira

Persiguiendo levadas en los bosques de laurisilva

Por otro lado Madeira, y ahora me refiero a la Ilha Grande, es un destino TOP para el que le guste el trekking. Son muy habituales las conocidas como rutas de levadas. Yo antes de venir aquí no sabía qué era eso de las levadas, pero ahora me ha quedado muy claro porque es una palabra que, si vienes, escucharás sin cesar. Con levadas los madeirenses se refieren a estrechos y largos canales que trasladan el agua por toda la isla. Suelen comenzar en las zonas en que más llueve y hacer un largo viaje. Esta tradición que comenzó en el siglo XVI para irrigar sus plantaciones de caña de azúcar, se desarrolló de tal modo que actualmente existe una red de más de 1400 kilómetros de levadas. Y muchas de ellas son compañía en caminatas por los densos bosques de laurisilva.

Levada de Madeira

Hay caminatas para todos los gustos. Pudimos hacer una de las más famosas, la levada do Caldeirão Verde en el Parque Forestal de Queimadas. Recibidos por casonas con tejados de paja fuimos siguiendo un canal del siglo XVIII entre hayas o cedros centenarios. Por el camino surgían altas cascadas cuyo vapor era fácil que te empapara. Si lo haces alguna vez recuerda llevar buen calzado (y meter otro de respuesto en la maleta) porque hay partes del sendero que se transforman en un auténtico barrizal.

Casas de Calderao Verde en Madeira

Caminar entre los bosques de laurisilva, que también hay en Canarias, las Azores o las cataratas de Iguazú, auténticas selvas lluviosas, es hacerlo a los orígenes de la isla. Ramas con laureles y flores de todos los colores se fusionan con la humedad de un territorio extremadamente silencioso que logran que te evadas de todo el trasiego que llevas encima. Aquí en estos bosques están declarados y protegidos como Patrimonio de la Humanidad UNESCO.

Sele fotografiando una cascada en Madeira

Y hablaba del trekking, pero el hiking a montañas, las rutas en bicicletas o las posibilidades para hacer barranquismo en Ribeiro Frio convierten a este destino en un auténtico baluarte de los valores del turismo activo.

Levada en Madeira

Piscinas naturales de postal

En Madeira no esperes playas de arena espectaculares. Para hacerlo te recomiendo tomes un ferry (de aproximadamente un par de horas de duración, aunque también se puede ir en avión en 15 minutos) a la vecina isla de Porto Santo en la que está documentado que vivió durante unos años Cristóbal Colón con su esposa Filipa Moniz, quien era hija del gobernador de la isla. ¡Allí está LA PLAYA con mayúsculas! En Madeira (la ilha grande) son casi siempre de piedra, aunque muy bellas, eso sí. Por eso te recomiendo que te reserves uno o dos días para pasarlos en Porto Santo si quieres vivir una experiencia en una kilométrica y salvaje playa de arena fina de más de 9 kilómetros.

Porto Santo desde el aire

Pero en la isla grande de Madeira esta “leve falta” es compensada con la existencia de piscinas naturales, siempre públicas. Las hay en todo su litoral, pero las mejores se hallan en Porto Moniz, en el extremo noroccidental de la isla. Auténticas piscinas “infinity” de color turquesa que se confunden con las olas del océano y convertidas en una auténtica atracción.

Piscinas naturales de Porto Moniz en Madeira

Sin salir del norte, siguiendo por la carretera hacia São Vicente, la localidad de Seixal (a 9km de Porto Moniz) regala otras piscinas naturales más apartadas y desconocidas por los turistas. Aquí, entre cuevas volcánicas, los baños se vuelven deliciosos. Un gran arco de piedra se convierte en una auténtica puerta a los placeres de saberse en el paraíso. Y no hay que pagar un solo euro por aprovecharse de este suculento recurso natural.

Piscina natural de Seixal en Madeira

Funchal, la adorable capital de Madeira

En una barriada escarpada de Funchal, ciudad que se entiende en cuestas salvo en el paseo marítimo, nació el futbolista Cristiano Ronaldo. Ni que decir tiene que Funchal es territorio CR7 y que próximo a la terminal de cruceros el madridista posee su propio museo, hotel y una estatua dedicada al que muchos consideran el madeirense más universal. Y el aeropuerto desde finales de marzo de 2017 lleva también su nombre. Si me conoces, sabes que soy más merengue que Bernabéu, y que no he podido resistirme entrar al museo. Cuesta 5€ y es interesante para un rato viendo trofeos, balones de oro, camisetas firmadas y absolutamente todo lo que ha ganado Cristiano jugando al fútbol, que no es poco.

Museu CR7 en Funchal (Madeira)

Pero Funchal es otra cosa que va más allá de un hombre famoso. No sabría bien cómo explicártela, pero para que te hagas una idea se trata de una ciudad sorprendente y amable que te lleva a caminar por la típica calçada portuguesa para descubrir lugares escondidos como la Quinta das flores o el convento de Santa Clara (con una iglesia en azulejo soberbia), buscar colores en el Mercado dos Lavradores y jugar a coleccionar puertas pintadas en la zona velha (casco viejo).

Plaza en Funchal (Madeira)

Funchal ha cambiado mucho en poco tiempo y merece hacerle una visita concienzuda. Se afana por mostrar de manera tímida su faceta más monumental en los muros amarillos de la Fortaleza de Santiago (construida en tiempos en que la península ibérica estuvo unida bajo el reinado de Felipe II), en la Sé (catedral) o en el interior religioso más alucinante de la ciudad en la iglesia del Colegio de los jesuítas con una revolución barroca de pan de oro, relicarios y brillantes azulejos portugueses.

Fortaleza de Santiago en Funchal (Madeira)

Pero si algo sorprende a los visitantes de Funchal es cómo a través del arte urbano supieron evolucionar una ciudad que se estaba estropeando. ¿Y cómo lo hicieron? – te preguntarás. Pues convirtiendo las puertas de las casas en lienzos para que los artistas se expresaran por medio de creaciones pictóricas que recomiendo perseguir para descubrirlas todas. La creatividad sirvió, una vez más, para regenerar un barrio que se estaba ajando y olvidando.

Puerta pintada de Funchal (Madeira)

Luego está el atractivo de sobrevolar los tejados de Funchal en funicular y la ocurrencia de bajar las empinadas calles montados en lo que los madeirenses denominan carros de cesto. Algo que comenzó hace tiempo para bajar mercancías a toda velocidad y que hoy día se ha convertido en una atracción turística a 30€ los 10 minutos.

Funicular de Funchal en Madeira

Otras localidades encantadoras de la isla

Funchal, con 300.000 habitantes entre la ciudad vieja y los barrios que escalan las montañas (Santo Antonio, uno de las barriadas más humildes y conocidas es de donde proviene Cristiano Ronaldo) es, por supuesto, la ciudad más importante de la isla. Pero tanto en la costa sur como en la norte se suceden poblaciones interesantes, muchas de ellas diminutas y con bastante encanto como las sureñas Cámara de Lobos o Ponta do Sol (un pueblecito precioso y nada masificado abrigado por el mar y por un acantilado).

Punta do Sol en Madeira

En el norte oriental quizás sea Santana otra de esas localizaciones imprescindibles de Madeira. Se ha vuelto famosa por sus fotogénicas casas tradicionales con tejados de paja a dos aguas y fachadas pintadas. Si bien se conservan unas pocas (y en las que apenas vive gente) conforman probablemente de la postal más conocida de la isla. Diría que se encuentran a medio camino entre las gigantescas casonas de Shirakawa-go en Japón y de las barracas que se ven alrededor de la Albufera de Valencia. Sin duda estas casinhas son la esencia de la Madeira rural que se resiste a desaparecer.

Casas típicas de Madeira en Santana

¡Confieso que Madeira me ha entusiasmado!

Tras cinco intensos días en Madeira me ha dado para bastante. Además de lo comentado más arriba me viene a la mente un paseo en lancha desde el puerto náutico de Funchal en busca de cetáceos en la que nos sorprendió el lomo de una enorme ballena común desfilando en nuestro horizonte. Aunque soy de esas personas que se marean montando en barco siempre trato de participar en este tipo de salidas. ¡La naturaleza salvaje me puede! Aunque reconozco que como lo de la incursión que hice en un buque en el Estrecho de Magallanes para avistar el baile de las ballenas jorobadas no he visto (ni posiblemente) veré nada comparable. Eso no significa que no deje de intentarlo. Y la Macaronesia (llámese Madeira, Azores, Canarias o Cabo Verde) es una de las mejores regiones del mundo para toparse con ballenas, delfines y otros mamíferos marinos.

Funchal desde una lancha

Y este es mi resumen, no tan breve como me había propuesto aunque también es cierto que me he dejado muchas cosas, de una experiencia estupenda en Madeira que me ha hecho colocar a esta isla en la lista de lugares en los que vale la pena pasar una larga temporada (o, al menos, unas vacaciones). Se trata de un archipiélago diverso y florido, de paisajes mayúsculos, buen clima, gente amable y la sensación de que no se ha dejado vencer por un turismo dañino. Por no hablar de lo bien que se come, de que sus precios son más bajos comparados con España y que, en días como hoy, presenciar el atardecer se convierte en una película de ciencia-ficción.

Puerta pintada en una casa de la zona velha de Funchal (Madeira)

Madeira, la de las laurisilvas, la de los ríos de lava petrificados, la de las piscinas naturales de postal y los barrancos imposibles. Si lo estás dudando no lo pienses un segundo más. Te animo a conocer Madeira y comprobar que todo lo que te he narrado en esta carta que comencé en Funchal y acabo de terminar en Madrid es rotundamente cierto. ¡Tienes mi palabra, estimado lector!

Foto panorámica en Punta de San Lorenzo (Madeira)

Sele

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PD: En este blog nos gusta mucho Portugal. Compruébalo a través de los muchos artículos que hay sobre este país.

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4 comentarios en “Carta desde Madeira, el paraíso templado

    1. Hola Amalia,

      Es posible, de hecho lo recomiendo, contar con una sola base en el viaje. Sea Funchal o el que sea. Las distancias no son largas.

      Un saludo!

      Sele

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