Archivo de la categoría ‘> África’

Cuando ya había estado observando las paredes más verticales y estrechas de las famosas Gargantas del Todra, dentro de mi viaje en solitario por Marruecos conduciendo una Kangoo alquilada, tuve la curiosidad de seguir un poco más la carretera desgastada y llena de baches que iba serpenteando de la misma forma que lo hacía el río. Cada metro que avanzaba, o mejor dicho, cada metro que me tocaba esquivar un boquete en un asfalto casi inexistente, me iba dando cuenta que ya me había salido de la parte más turística de la zona y me estaba metiendo donde ni yo mismo me esperaba. La carretera iba subiendo cada vez más hasta estar a una altura media de 1700 metros y quedarse un paisaje de montañas rojas y peladas, con brillo de las nieves del recién estrenado invierno. La fiebre de la última noche y el frío que había pasado en esa habitación sin calefacción del Hotel Jasmina le habían dado el relevo a la liberación de adrenalina y a la conciencia de que venía una bonita aventura por delante. La improvisación había vencido una vez más a la planificación. Por delante estaban por llegar las imágenes más auténticas e imborrables del que fuera mi primer viaje a Marruecos. Conduciendo por los caminos del Atlas Medio, extinguida del todo la cobertura de mi teléfono móvil, me animé a no seguir un rumbo fijo y quedarme en los detalles que me iría encontrando, y que serían muchos.

Hombre en burro por el Medio Atlas de Marruecos

Realizar una ruta bereber entre montañas, pueblos de adobe y pastores con turbante me dio una nueva lección de que lo más apasionante de viajar es, además de aprender, es perderse y salirse de los caminos más trillados.

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El indómito Atlántico rompe sus olas en los muros defensivos que los portugueses alzaron hace siglos para proteger la ciudad de piratas y demás embestidas procedentes del otro lado del estrecho. Las costas españolas, demasiado cerca para ser imposible la paz en tiempos complicados, eran la referencia de los conquistadores lusos que se hicieron fuertes en la antigua Arcila, ahora llamada Asilah. Aunque ellos serían uno de muchos que pasaron por esta ciudad frecuentada desde antiguo por fenicios, cartagineses, romanos y los propios árabes, que le dieron la forma definitiva. Más adelante los españoles unirían este nudo de comunicaciones a su protectorado de Marruecos dejando ligeros toques de su presencia. En unas calles laberínticas vestidas de blanco y azul de la medina más bella del Atlántico (competiría con Essaouira, con la que guarda cierto parecido) los aires de bohemia y vanguardia de principios del Siglo XX en el norte del país alauíta, y más concretamente en Tánger, recubren de arte, poesía y pintura las paredes de las casas que aguardan el brillo del Sol cada mañana. Allá, donde el pescado más fresco vuelve en pequeños botes cada mediodía, sigue deteniéndose el tiempo en la paz de unos callejones bordados de silencio, abrazados por una muralla que los protege de sí mismos más que del propio Océano.

Asilah parece un rincón lejano del mundo, pero está más cerca de lo que todos nos imaginamos. El bajo coste de los vuelos nos permitió hacer una breve incursión de fin de semana a esta ciudad del Marruecos más septentrional separada de Tánger por apenas cuarenta minutos de playas aún vírgenes (aunque por poco tiempo). Si queréis saber más de ella, quitáos vuestros relojes, olvidaros de las prisas y acompañadnos por sus calles durante un instante. Leer el resto de esta entrada »

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Existe un lugar capaz de trasladarte a otro tiempo, en el que la prisa no está ni se la espera porque dicen que mata, y que trastoca tu ritmo y tus latidos del corazón lo quieras o no. Es un Reino de calles azules y blancas, sobre todo azules, que te persiguen con sus estrecheces y juegan contigo para perderte en su laberinto de siete puertas. Cuando cae la tarde y los carpinteros rematan sus últimos trabajos, un olor proveniente de finas pipas de madera abandona las puertas entreabiertas y se cuela por los callejones para perfumar las paredes que esconden el azul del cielo hasta la mañana siguiente. El ruido de tambores de la Plaza se vuelve hueco cuando choca con las pieles curtidas que cuelgan de las azoteas. Las almenas de la Kasbah salen reforzadas de esta armonía de colores y recuerda las fortalezas y debilidades de un pueblo como ningún otro. Quizás cuando abandones este lento caminar por cuestas y recovecos te darás cuenta que nunca debías haberte marchado.

El Reino Azul no es Mitología ni Novela. Se encuentra en Marruecos, escondido en las faldas de las escarpadas montañas que siluetean la Cordillera del Rif y más cerca de lo que uno se podría imaginar. Su nombre es Chaouen y se clava en tus ojos y en tu piel como un tatuaje que no tiene vuelta atrás. El último fin de semana, utilizando Tánger como salvoconducto, nos fuimos a perder y a enamorar de este lugar que no tiene parangón. Y que por suerte para todos…existe. Leer el resto de esta entrada »

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Cualquier excusa es buena para volver a Marruecos. Y si dicha excusa se llama “Billete de avión a Casablanca para un fin de semana por 40 euros”, pues mucho mejor. Tras dos viajes al país magrebí en 2007 y 2008, estaba deseoso de regresar, aunque fuera el tiempo suficiente para dar unos sorbitos de té a la menta, escuchar la llamada a la oración de las mezquitas, regatear en los zocos o perderme un rato en una medina diseñada como el más perfecto de los laberintos.

Las fechas: Del viernes 4 de junio al domingo 6 de junio de 2010; La compañía: Mi buen amigo, a la vez que vecino portal con portal, Pablo, compañero de muchas más incursiones en los últimos años; ¿Y el lugar? Rabat, la capital de Marruecos, una ciudad Imperial que ha permanecido siempre a la sombra de Marrakech, Fez o Meknès, y que por unas causas u otras se suele pasar por alto en gran parte de los viajes que se hacen en Marruecos. Aunque como presentía y he podido corroborar después, cuenta con numerosos motivos como para no pasarla por alto. Es como una cajita de madera que guarda pieza a pieza el puzzle de las esencias de un país realmente fascinante del que no dejaré de decir que supone el más cercano de los viajes lejanos. ¿Me ayudáis a abrirla? Leer el resto de esta entrada »

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2 de enero de 2010: RUMBO AL DESIERTO ROJO

Después de una nochevieja bizarra y un año nuevo en los oasis de montaña teníamos por delante un día bastante completo. El objetivo máximo era llegar al mar de dunas de Ksar Ghilane, donde el desierto del Sáhara se vuelve rojo e infinito. Pero antes traspasaríamos Chott El Djerid, el lago salado más grande del continente africano, y ejerceríamos de Tuaregs en Douz montando en camello. Cuatro jinetes en una divertida e intensa aventura desértica en los parajes más impresionantes del país. El Sur de Túnez nos estaba deparando un viaje fantástico en un 2010 que recién había comenzado a andar. Y este día, sin duda, fue el más completo de todos.
A las 7:30 de la mañana habíamos abandonado nuestra base de operaciones de Tozeur. El cielo, despejado a más no poder, nos vio partir de la ciudad del palmeral utilizando la carretera a Kebili. No harían falta más que quince minutos para entrar de lleno en el extraordinario Lago Salado, un lugar “de otro planeta”…

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Empezar el año con buen pie. Ese era el objetivo principal de un nuevo viaje a una tierra que agrupa desiertos y oasis de ensueño. El Sur de Túnez es una de las regiones más interesantes del Norte de África. Allí el Sáhara extiende sus brazos, los inmensos palmerales tiñen de verde los riscos, y los lagos de sal blanquean las llanuras. Tierra de Tuaregs y Beduinos, de camellos y dromedarios, de dunas y palmeras que George Lucas identificó como la más idónea para filmar la saga de la Guerra de las Galaxias.

Pocas semanas después de que la aerolínea Tunisair inaugurara la ruta Madrid-Tozeur, nos planteamos pasar en el Sur de Túnez tanto la nochevieja como los primeros días del año. Fue una sugerencia que recibimos por parte de dos lectores de esta web que se han convertido en muy buenos amigos. La verdad que no hubo demasiadas dudas. Hablamos por teléfono y compramos casi al instante los billetes de avión (100€) para salir el jueves 31 de diciembre por la tarde y regresar la noche del 3 de enero. Ya había estado en esa zona de forma organizada en 2003 pero tenía muchas ganas de volver, sobre todo organizándolo por cuenta propia. Primero buscamos alojamiento y coche de alquiler. Después pensamos un plan y finalmente nos encontramos con un viaje realmente intenso a un coste muy reducido. Fueron cuatro días increíbles vagando entre oasis y desiertos, sin campanadas ni cotillón. Una salida y entrada de año diferente que vivimos como una auténtica aventura. Y a dos horas en avión…

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20 de agosto: SOBRESALTOS EN EL ÍNDICO

Después de la tormenta siempre llega la calma, o al menos eso pensamos cuando abrimos la puerta de la habitación para ver cómo estaba el cielo por la mañana. Las advertencias de Giorgio en torno al posible estado de la mar habían sido contundentes, así que después de recoger nuestras cosas y pagar nos fuimos a buscarle al pueblo. Fue desayunando en una terracita pequeña cuando él nos encontró a nosotros y nos dijo que el mar estaba furioso ese día y que no era lo más conveniente tomar una lancha. No supimos que decir en ese momento. Aunque más pensativos nos quedamos cuando nos dio el dato de que los ferries habían cancelado su salida desde Maputo porque no era del todo seguro llevar a cabo la ruta a Inhaca. Si un barco relativamente grande, de férrea estructura, no zarpaba, qué podíamos hacer nosotros en una pequeña lancha que ya en el viaje de ida nos había hecho volar repetidamente. En principio le dijimos que esperáramos una o dos horas y decidiríamos qué hacer. Y es que realmente ese era el día en que teníamos que volver a Maputo como fuera, pero teníamos miedo de arriesgarnos y hacer esos 40 km. que separan a ésta de la Isla Inhaca.

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18 de agosto: MAPUTO, EL MALECÓN AFRICANO

Ante todo tengo que decir que los núcleos urbanos del África negra que son relativamente grandes no me gustan demasiado. Es raro que una ciudad represente la imagen física y real de un país y de sus gentes. Generalmente, salvo excepciones, las ciudades africanas son un gran collage de lo peor de la sociedad. Allí se reúnen la contaminación, la delincuencia urbana, la inseguridad ciudadana, la corruptela policial, el caos circulatorio y la suciedad en un conglomerado de edificios de dudoso gusto estético. Es por ello que sigo quedándome con los vastos paisajes ya sea de la sabana o de un bosque, o con los pequeños poblados. Desde hace mucho tiempo en la ciudad a las almas se les han puesto vendas en los ojos y se las ha hecho sobrevivir en una jungla de hormigón y asfalto mucho más dura que aquella en que moran y reinan las bestias. Sobre Maputo había leído muchas cosas antes que decían que era “esa excepción que confirma la regla” en las anodinas y ruidosas ciudades africanas, que era diferente, que era más África que muchos otros lugares del Sur. Y ciertamente no sabría que contestar porque la capital mozambiqueña no me fue indiferente ni para lo bueno, ni para lo malo. Simplemente tenía que coger la riendas y cabalgar en esa ciudad llamada Maputo que en un minuto puede maravillarte y en el siguiente hacer que desees marcharte con la música a otra parte. Quizás eso es lo más atrayente de ella, su tremenda dualidad.

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17 de agosto: SWAZILANDIA, UN VIAJE AL REINO DE LA DESESPERANZA

Una llamada a la puerta de nuestra habitación del Ermelo Inn supuso el punto y final a nuestro merecido y necesitado descanso. Era el recepcionista que avisaba que nos debíamos ir antes de que viniera su jefe. Es lo que tiene ingeniárselas para conseguir una habitación más barata. Así que después de darnos una ducha, recogimos nuestros bártulos y los llevamos al coche. Debían ser las siete y cuarto de la mañana y el día se había levantado frío, con niebla y las calles mojadas a causa de la ligera lluvia caída durante las últimas horas.

Entre Ermelo y la frontera sudafricana con Swazilandia (Oshoek) teníamos en torno a 130 kilómetros en la carretera N-17, aproximadamente una hora en la que nos sorprendió la bruma cubriendo paisajes de gran vegetación, plantaciones europeas que no corresponden al imaginario que se tiene de África. Los molinillos de viento apuntalados en viejas granjas de madera y rodeados de vastas extensiones de pinares fueron el decorado de aquel primer tramo al que le sucederían otros muchos. Porque aquel lunes nuestro objetivo era llegar a dormir a la capital de Mozambique, Maputo, después de hacer un intenso recorrido que atravesara el pequeño y desconocido país de Swazilandia, que es como una mota de polvo en medio del continente africano.

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