Archivo de la categoría ‘> África’

2 de enero de 2010: RUMBO AL DESIERTO ROJO

Después de una nochevieja bizarra y un año nuevo en los oasis de montaña teníamos por delante un día bastante completo. El objetivo máximo era llegar al mar de dunas de Ksar Ghilane, donde el desierto del Sáhara se vuelve rojo e infinito. Pero antes traspasaríamos Chott El Djerid, el lago salado más grande del continente africano, y ejerceríamos de Tuaregs en Douz montando en camello. Cuatro jinetes en una divertida e intensa aventura desértica en los parajes más impresionantes del país. El Sur de Túnez nos estaba deparando un viaje fantástico en un 2010 que recién había comenzado a andar. Y este día, sin duda, fue el más completo de todos.
A las 7:30 de la mañana habíamos abandonado nuestra base de operaciones de Tozeur. El cielo, despejado a más no poder, nos vio partir de la ciudad del palmeral utilizando la carretera a Kebili. No harían falta más que quince minutos para entrar de lleno en el extraordinario Lago Salado, un lugar “de otro planeta”…

Empezar el año con buen pie. Ese era el objetivo principal de un nuevo viaje a una tierra que agrupa desiertos y oasis de ensueño. El Sur de Túnez es una de las regiones más interesantes del Norte de África. Allí el Sáhara extiende sus brazos, los inmensos palmerales tiñen de verde los riscos, y los lagos de sal blanquean blanquean las llanuras. Tierra de Tuaregs y Beduinos, de camellos y dromedarios, de dunas y palmeras que George Lucas identificó como la más idónea para filmar la saga de la Guerra de las Galaxias.
Pocas semanas después de que la aerolínea Tunisair inaugurara la ruta Madrid-Tozeur, nos planteamos pasar en el
Sur de Túnez tanto la nochevieja como los primeros días del año. Fue una sugerencia que recibimos por parte de dos lectores de esta web que se han convertido en muy buenos amigos. La verdad que no hubo demasiadas dudas. Hablamos por teléfono y compramos casi al instante los billetes de avión (100€) para salir el jueves 31 de diciembre por la tarde y regresar la noche del 3 de enero. Ya había estado en esa zona de forma organizada en 2003 pero tenía muchas ganas de volver, sobre todo organizándolo por cuenta propia. Primero buscamos alojamiento y coche de alquiler. Después pensamos un plan y finalmente nos encontramos con un viaje realmente intenso a un coste muy reducido. Fueron cuatro días increíbles vagando entre oasis y desiertos, sin campanadas ni cotillón. Una salida y entrada de año diferente que vivimos como una auténtica aventura. Y a dos horas en avión…

20 de agosto: SOBRESALTOS EN EL ÍNDICO
Después de la tormenta siempre llega la calma, o al menos eso pensamos cuando abrimos la puerta de la habitación para ver cómo estaba el cielo por la mañana. Las advertencias de Giorgio en torno al posible estado de la mar habían sido contundentes, así que después de recoger nuestras cosas y pagar nos fuimos a buscarle al pueblo. Fue desayunando en una terracita pequeña cuando él nos encontró a nosotros y nos dijo que el mar estaba furioso ese día y que no era lo más conveniente tomar una lancha. No supimos que decir en ese momento. Aunque más pensativos nos quedamos cuando nos dio el dato de que los ferries habían cancelado su salida desde Maputo porque no era del todo seguro llevar a cabo la ruta a Inhaca. Si un barco relativamente grande, de férrea estructura, no zarpaba, qué podíamos hacer nosotros en una pequeña lancha que ya en el viaje de ida nos había hecho volar repetidamente. En principio le dijimos que esperáramos una o dos horas y decidiríamos qué hacer. Y es que realmente ese era el día en que teníamos que volver a Maputo como fuera, pero teníamos miedo de arriesgarnos y hacer esos 40 km. que separan a ésta de la Isla Inhaca.

18 de agosto: MAPUTO, EL MALECÓN AFRICANO

Ante todo tengo que decir que los núcleos urbanos del África negra que son relativamente grandes no me gustan demasiado. Es raro que una ciudad represente la imagen física y real de un país y de sus gentes. Generalmente, salvo excepciones, las ciudades africanas son un gran collage de lo peor de la sociedad. Allí se reúnen la contaminación, la delincuencia urbana, la inseguridad ciudadana, la corruptela policial, el caos circulatorio y la suciedad en un conglomerado de edificios de dudoso gusto estético. Es por ello que sigo quedándome con los vastos paisajes ya sea de la sabana o de un bosque, o con los pequeños poblados. Desde hace mucho tiempo en la ciudad a las almas se les han puesto vendas en los ojos y se las ha hecho sobrevivir en una jungla de hormigón y asfalto mucho más dura que aquella en que moran y reinan las bestias. Sobre Maputo había leído muchas cosas antes que decían que era “esa excepción que confirma la regla” en las anodinas y ruidosas ciudades africanas, que era diferente, que era más África que muchos otros lugares del Sur. Y ciertamente no sabría que contestar porque la capital mozambiqueña no me fue indiferente ni para lo bueno, ni para lo malo. Simplemente tenía que coger la riendas y cabalgar en esa ciudad llamada Maputo que en un minuto puede maravillarte y en el siguiente hacer que desees marcharte con la música a otra parte. Quizás eso es lo más atrayente de ella, su tremenda dualidad.

17 de agosto: SWAZILANDIA, UN VIAJE AL REINO DE LA DESESPERANZA
Una llamada a la puerta de nuestra habitación del Ermelo Inn supuso el punto y final a nuestro merecido y necesitado descanso. Era el recepcionista que avisaba que nos debíamos ir antes de que viniera su jefe. Es lo que tiene ingeniárselas para conseguir una habitación más barata. Así que después de darnos una ducha, recogimos nuestros bártulos y los llevamos al coche. Debían ser las siete y cuarto de la mañana y el día se había levantado frío, con niebla y las calles mojadas a causa de la ligera lluvia caída durante las últimas horas.
Entre Ermelo y la frontera sudafricana con Swazilandia (Oshoek) teníamos en torno a 130 kilómetros en la carretera N-17, aproximadamente una hora en la que nos sorprendió la bruma cubriendo paisajes de gran vegetación, plantaciones europeas que no corresponden al imaginario que se tiene de África. Los molinillos de viento apuntalados en viejas granjas de madera y rodeados de vastas extensiones de pinares fueron el decorado de aquel primer tramo al que le sucederían otros muchos. Porque aquel lunes nuestro objetivo era llegar a dormir a la capital de Mozambique, Maputo, después de hacer un intenso recorrido que atravesara el pequeño y desconocido país de Swazilandia, que es como una mota de polvo en medio del continente africano.


14 de agosto: EL NAMIB, ALGO MÁS QUE UN DESIERTO…

Sonó el despertador en una de las noches en que más frío tuve en la tienda de campaña. El móvil de Bernon resonó como un cuchillo afilado a un centímetro de nuestros oídos. Y afuera, sólo oscuridad y estrellas, ni el más mínimo atisbo de luz del nuevo día. Y así tenía que ser, porque si queríamos ver el amanecer a lomos de la Duna más célebre del inmenso Desierto del Namib, la número 45, debíamos ser de los primeros en estar en la barrera cuando la abrieran. La verdad es que tanto yo como los demás del grupo estábamos que no nos teníamos en pie. Teníamos un sueño aterrador acompasado con el aire frío que resoplaba en nuestras despeinadas cabezas. Leer el resto de esta entrada »

11 de agosto: LA FRANJA DE CAPRIVI Y LA SONRISA DE UN PUEBLO

Aquel martes comenzaba una serie de etapas que nos llevarían a internarnos a un nuevo país como Namibia y, por lo tanto, a abandonar a Botswana, que queda anotada en mi lista de favoritas porque allí fue donde recibí la mayor explosión de Naturaleza salvaje que había tenido ocasión de disfrutar en mi vida. Con la premisa de “otro país al que hay que volver como sea”, recogimos nuestros bártulos para retomar el camino. Nos esperaban varios días de mucho coche, de largas distancias, y quizás de una condensación exagerada de horas en carretera que nos daría que pensar.
Teníamos dos opciones para ir a Namibia desde Kasane, o bien por el norte pasando por Zambia y llegando directamente a la población de Katima Mulilo, lo que suponía más trámites fronterizos y quizás más lentitud (sin olvidarnos que no teníamos permisos de la Oficina de Alquiler para pasarlo allí), o bien ir por el Sur del Río Chobe, atravesando aproximadamente 65 km de este Parque y entrando al país por la frontera de Ngoma Bridge (Puente Ngoma). Escogimos directamente esta última, que aunque requiere permisos para el Parque Nacional Chobe, contábamos con un salvoconducto infalible, el reverso escrito por nuestros amigos los guardas de la Mababe Gate, con el que nos iban a dejar atravesar el Chobe las veces que hiciera falta.

10 de agosto: TRAS LA PISTA DEL DOCTOR LIVINGSTONE … SUPONGO

«Los ángeles tienen que detener su vuelo para ver un espectáculo como éste» dijo David Livingstone un soleado día de 1855 cuando después de semanas navegando por el río Zambeze se encontró de lleno con las asombrosas cataratas a las que los indígenas denominaban Mosi-oa-Tunya, que quiere decir “El humo que truena”. El explorador que abrió más rutas en África y que asistió a las atrocidades colonizadoras que se estaban cometiendo en el continente quiso dignificar a la Reina Victoria poniéndole su nombre a una de las más impresionantes caídas de agua que se pueden ver en el mundo junto Iguazú, el Salto del Ángel o Niagara Falls. No fue su único descubrimiento (para Occidente me refiero) pero sí el más sonado, lo que le otorgó una gran fama en el que entonces era el Imperio Británico. David Livingstone vivió por África y murió por África, permaneciendo incluso desaparecido durante varios años hasta que David Stanley, enviado por New York Herald, le encontró muy enfermo y solo a orillas del Lago Tanganica y le dedicó una de las frases más célebres de la historia cuando después de una difícil expedición de búsqueda le tuvo por fín cara a cara: “Doctor Livingstone, supongo.”


