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Sin asimilar mi llegada de Londres tan sólo unos días antes me ví envuelto en el Puente de diciembre en otra aventura, en concreto la última 2008. El destino fue Marruecos, casualmente el país donde comencé el año caminando en soledad por las ondulantes dunas del Desierto de Merzouga. Siempre dije que Marruecos es el más cercano de los viajes lejanos, y por ello aceleré mi regreso para lo antes posible, aunque variando la ruta en su totalidad. En esta ocasión se llevó a cabo el recorrido CASABLANCA-MEKNÈS-FEZ, basado en ciudades perfectamente comunicadas por ferrocarril. Dejé la Renault Kangoo, los senderos del Atlas y las Kasbahs de hace un año para sumergirme en lo más profundo de la Medina de Fez, escenario digno de los cuentos de las 1000 y 1 noches. O para ver los restos Imperiales y palaciegos de Meknès, olvidada en el tiempo. O incluso para visitar la majestuosa Mezquita de Hassan II de Casablanca o comer en el Rick´s Cafe que se asemeja asombrosamente al que aparece en la que para mí es una de las películas más legendarias de la Historia del Cine.


Hacía mucho tiempo que se me había puesto entre ceja y ceja hacer mi primera incursión a Marruecos en un momento especial como es el Fin de Año. Pensé que sería ideal hacer ese paso en un lugar diferente, con otras tradiciones, con otra forma de ver la vida. Y poniéndonos a ello, qué mejor que en la lejanía e inmensidad del Desierto.

En las fechas navideñas en que estaba previsto el viaje marcharse tenía un gran inconveniente de carácter familiar. Nadie, absolutamente nadie de mi gente, veía comprensible irse en esta época. Y menos solo… Porque esa era la siguiente parte. Quería hacerlo en solitario, estar conmigo mismo y utilizarlo para “probarme” y saber si doy la talla viajera.Y ese momento llegó y hace escasos días que finalizó. Desde el 28 de diciembre hasta el 7 de enero del recién comenzado año he vivido una aventura en solitario que ha sobrepasado con creces todas mis expectativas.
















