Una visita a Tikal contada a través de 20 postales

Toda mi vida había soñado con Tikal. Mucho antes incluso de que supiera que existía. Quizás porque de niño me encantaba jugar a ser Indiana Jones recreando en mi mente antiguas ciudades escondidas en la selva con pirámides escalonadas y animales salvajes protegiendo lugares sagrados. Cuando por fin tuve la ocasión de viajar a Tikal, en Guatemala, todas aquellas imágenes de la niñez se convirtieron en reales. La ciudad más importante de los mayas en las selvas del Petén, honor compartido con su rival Calakmul, había permanecido abandonada durante más de nueve siglos hasta que la arqueología volvió a recuperar muchas de sus historias enredadas en los árboles. Durante horas, del amanecer a la tarde, visité muchos de sus rincones en una caminata que sumó no pocos kilómetros los cuales me enseñaron uno de los lugares más fascinantes que había visto en mi vida. El tiempo pasó demasiado rápido y entendí que algún día tendría que volver. Pero esa oportunidad llegó incluso antes de lo previsto. Un par de años después tendría la fortuna de regresar a Tikal y poder darme cuenta que, llevando la contraria al dicho popular, segundas partes sí que resultan buenas.

Templo V de Tikal (Guatemala) visto desde la Acrópolis central

En el Petén, una de las selvas más profundas de Centroamérica, donde todavía moran los jaguares, se encuentra un lugar maravilloso del que llevaba mucho tiempo queriendo hablar pero nunca encontraba las palabras exactas. Me he sentido (y me siento) incapaz de expresar los porqués de lo que supone visitar Tikal, pero considero que es una historia que merece ser contada. Jugando con dos incursiones a la ciudad maya en distintas épocas y distintas horas del día os propongo realizar un viaje juntos a Tikal a través de 20 postales o imágenes disfrazadas de momentos que pude traerme de allí. Leer artículo completo ➜

El instante viajero (IX): Foco de luz en el Lago Petén Itzá

Lago Petén Itzá (Guatemala) al atardecer

Una fortísima tormenta tropical había descargado durante horas en la pequeña isla de Flores, habitada por los itzáes en tiempos prehispánicos y regada de preciosas casas coloniales construídas tiempo después de la conquista. Las aguas de espejo del lago Petén Itzá, el tercero más grande de Guatemala, recogía las tonalidades más gruesas del gris de las nubes que se se enfurecían y contenían la respiración para detener los rayos de un Sol que ardía sin iluminar. Pero como se suele decir, después de la tempestad llega la calma e incluso cuando parecía imposible, las nubes rugosas abrieron repentinamente un agujero desde el que destapar la última luz de la tarde. Leer artículo completo ➜