Los pueblos de interior más bonitos del País Vasco francés

Una frontera de papel dobla en dos partes la tierra del euskera, la txapela, los txikitos del aperitivo y toda una forma de ver la vida. A uno y otro lado de las montañas, ya sea desde España o desde Francia, los prados tienen una gama de verdes únicos en la paleta de colores. Y en ellos podemos descubrir algunos rincones de belleza infinita que no suelen copan demasiados reportajes turísticos ni guías. Regresando de un roadtrip por Midi-Pyrénées le dedicamos un aparte a nuestro viaje. Decidimos dejar a un lado las localidades marítimas de la costa vasca y así sumergimos en una ruta diferente por el corazón del País Vasco francés para ir en busca de los pueblos de interior más bonitos que se esconden en valles encantados y en cuyas fachadas con traviesas de madera rojas, verdes o azules se deja secar el pimiento.

Fachadas de La Bastide-Clairence, típicas del País Vasco francés

Siempre tuve un especial interés en conocer esos pueblos con encanto más allá de la frontera que conserva la tradición vasca a flor de piel. Y para ello llevamos a cabo una ruta en coche por los pueblos de interior del País Vasco francés con objeto de descubrir cuáles son los lugares más recomendables para ver en la zona. ¿El resultado? Aquí lo tenéis… Leer artículo completo ➜

12 cosas que ver y hacer en Sevilla (Guía para primerizos)

Arturo Pérez-Reverte en La piel del tambor describía Sevilla como “una superposición de historias, de vínculos imposibles de explicar unos sin otros” y como un “rosario de tiempo, y sangre, y rezos en lenguas diferentes bajo un cielo azul” donde resulta fácil abstraerse de todo para escuchar incluso hablar a las piedras supervivientes de una historia sin igual. La primera vez que uno ve Sevilla con sus propios ojos no sabe dónde mirar o con qué escena quedarse, si con un mar de tópicos del sur volcados en los ajimeces de la Giralda, con un toque de guitarra retumbando en un callejón estrecho de la judería o con una frontera entre dos mundos en mitad del puente de Triana. Si de Toledo dicen que fue la ciudad de las tres culturas, de Sevilla habría que añadirle una cuarta, la del arte impregnado de alegría, la de la música y el vocerío a deshoras y, en definitiva, la cultura de vivir la vida como si fuera cada día el último.

Giralda de Sevilla

Me entusiasma Sevilla. Me temo que no soy sospechoso de lo contrario. Para compartir una de mis pasiones con otros viajeros he preparado una guía rápida para primerizos con lo mejor que ver y hacer en Sevilla en una escapada de un par de días. Se trata de una suma de lugares y momentos dignos de vivir en la capital andaluza. Volver ya será otra historia porque la vieja Híspalis nunca se termina de conocer nunca…  Leer artículo completo ➜

Visita al castillo de Cēsis sosteniendo un viejo farol

Cēsis es Letonia y Letonia es Cēsis. No se puede concebir la una sin la otra. El motor de la historia letona demuestra constantemente que sus raíces como nación se agarran a ese suelo removido por la naturaleza de los bosques milenarios que tapizan el valle del Gauja. Allí la Edad Media nos trae la sede de una Orden de Caballeros, los Hermanos Livonios de la Espada, que constituían el brazo templario y cruzado en las lejanas tierras bálticas. Por los aposentos de un grueso castillo fueron pasando los Maestres de la Orden desde el año 1209 hasta 1561. A imagen y semejanza de las fortificaciones que los Cruzados habían ido levantando en Tierra Santa para luchar y protegerse del infiel, el castillo de Cēsis fue durante siglos la armadura más poderosa de Livonia. Eso lo sabían sus enemigos, por lo que en siglos posteriores fue rendido a batallas contra los suecos primero y los rusos después en la Gran Guerra del Norte (primer tercio del S. XVIII) por la supremacía del territorio bañado por el Mar Báltico. El declive irremediable de un castillo casi en ruinas se detuvo cuando el Conde Carl Sievers pasó a ser su dueño, levantando incluso uno nuevo sobre los antiguos establos. Hoy en día permanece en pie el esqueleto de piedra roído de la Orden de Livonia, un castillo de aspecto misterioso que durante el viaje que hice a las Repúblicas Bálticas tuve la suerte de visitar con la única compañía de un farol que debía sostener con mis manos mientras rogaba al cielo que no se apagara su luz en pleno ascenso a un oscuro torreón.

El castillo de Cesis (Letonia) sosteniendo un viejo farol

Parece una historia de fantasmas, de castillos encantados y sonido de cadenas. Pero es únicamente una de las sorpresas que nos guarda la bella población de Cēsis, a escasos 90 kilómetros de Riga, congelada en el tiempo y con un lugar enigmático enclavado sobre una verde colina que aún requiere la tenue luz de una vela. Leer artículo completo ➜

Una visita al Museo Postal y Telegráfico en Madrid (Cartero por un día)

Me vienen a la mente esos tiempos no tan lejanos en que recibir una carta de un familiar que vivía en el extranjero, de ese amor de verano que vivía en la otra punta del país o una postal de tu mejor amigo durante sus vacaciones, se convertía en todo un acontecimiento. El mero hecho de recoger del buzón una carta manuscrita y descifrar las curvas de una letra algo enrevesada escrita a bolígrafo se trataba de una noticia que por sí misma era capaz de arrancarme una sonrisa. Hoy día, cuando no se recibe correspondencia como antes, los Christmas te llegan por whatsapp y los sobres no esconden más que tristes facturas, no viene mal recordar cómo funcionaban los envíos postales antes de que llegara la Era de internet. Y para ello me gustaría hablaros de un lugar que he tenido la suerte de conocer recientemente en Madrid y del que no sabía ni de su existencia hasta apenas días antes de visitarlo. Se trata del Museo Postal y Telegráfico, historia viva de las comunicaciones en España y en el mundo, que durante un buen rato fue capaz de trasladarme a esos tiempos de carteros en bicicleta, buzones con cabezas de león y sellos de solapa. O de los primeros telégrafos con código morse así como esas centralitas de madera en que todavía resuena la frase con voz femenina de “Le paso”.

Buzón del Museo Postal y Telegráfico de Madrid

Una visita al Museo Postal y Telegráfico permite darse un paseo bien entretenido por los dos últimos siglos no sólo para aprender sino también para revivir con nostalgia ese instante en que prácticamente se esperaba al cartero a la puerta de casa para recibir de sus manos el mensaje que uno tanto llevaba esperando. Y no me estoy refiriendo de tiempos pretéritos en blanco y negro, sino de ayer mismo… Leer artículo completo ➜

El castillo de Gormaz, la mayor fortaleza califal en Europa

Entre los siglos X y XI, cuando el río Duero ejercía de difícil frontera entre musulmanes y cristianos, las luchas se sucedían en uno y otro bando. La tan ansiada Reconquista de la Península Ibérica para serle devuelta a la cristiandad pasaba por un hecho o, más bien por un lugar. El castillo de Gormaz, bajo el poder califal y considerado como la fortaleza más grande y poderosa de la Europa medieval, debía ser derrotado. Quien se hiciera con este enclave vital (situado en el interior de la actual provincia de Soria) daría el paso más importante durante los siete siglos de reconquista. Desde lo alto de una colina, protegido por un perímetro amurallado de más de un kilómetro, las huestes árabes vigilaron aquella tierra de nadie que todos ansiaban controlar hasta que se decantó la balanza en el año 1060. Sería bajo el reinado de Fernando I de León cuando la guerra se puso cuesta abajo para los cristianos. Destaca la insigne figura de El Cid Campeador como Señor del castillo dos décadas más tarde. Sin Gormaz ni un califa tan guerrero como Almanzor, hacerse con la totalidad de la península era cuestión de tiempo.

Puerta califal en el Castillo de Gormaz (Soria)

Hoy día las ruinas de la mayor fortaleza califal jamás construida en territorio europeo son la sombra de un pasado de asedios y batallas cruentas. Solitario, olvidado de su propia fama y bajo un sol impenitente restregándose sobre la meseta soriana, el castillo de Gormaz se limita a mirar con sus arcos de herradura como ojos esos campos de Castilla a los que nos llevara la poesía del gran Machado. Su carácter humilde contrasta con su papel en la Historia de España y son los viajeros quienes, extraordinariamente asombrados, devuelven el orgullo a este lugar con piropos y suspiros.  Leer artículo completo ➜

10 cosas que aprendí en mi último viaje a la Costa Brava

Adoro la Costa Brava porque cada vez que me aproximo a ella me enseña cosas diferentes. Resulta del todo comprensible que se convirtiera en la locura más razonable de Dalí, en un plato deconstruido de Ferrán Adriá o en la protagonista de las metáforas más hermosas que Serrat le dedicó al Mediterráneo. Este tesoro que se extiende por territorio gerundense por el litoral hasta abrazar el último balcón del Pirineo constituye uno de esos universos caleidoscópicos que van mostrando una imagen distinta cada vez. Calas pintorrojeando de turquesa el fondo del mar, monstruos medievales desfigurando el mejor románico catalán desde lo alto de un capitel, masías de piedra donde desayunar pa amb tomàquet viendo amanecer o esas encantadoras casitas blancas que sueñan con ser el Cap de Creus forman parte del imaginario de una de las regiones más fascinantes en el sur de Europa. Por eso no me canso de volver, ni de Cadaqués, Calella de Palafrugell o Peratallada, ni tan siquiera de esas tardes completamente mediterráneas que no terminan nunca.

Calella de Palafrugell, uno de los pueblos a pie de playa más bonitos de la Costa Brava

Mi infancia me llevó hasta allí en alguna ocasión, y luego tuve la suerte de regresar con los años. Pero probablemente esté último viaje a la Costa Brava haya sido el más inspirador de todos ellos. De eso trata el artículo de hoy precisamente, de las cosas que aprendí en esta andadura reciente por tierras catalanas.  Leer artículo completo ➜

Viaje a la Primera Guerra Mundial en el Norte de Francia IV

En 1916 la Gran Guerra se había estancado y mover posiciones, aunque fueran unos pocos metros en Frente occidental, tenía consecuencias letales. Un invierno en las trincheras era convivir puerta a puerta con el frío y la lluvia incesante que convertía todo lo que tocaba en barro inmundo. La moral de los soldados que habían sobrevivido a los dos primeros años de contienda estaba por los suelos. Tras varios intentos fallidos por parte del ejército aliado compuesto por franceses y otras nacionalidades de la Commonwealth se empezó a maquinar el principio del fin de la guerra. Desgajar las líneas alemanas en le Chemin des Dames y forzar su retroceso dependería por completo de una tarea de distracción que se preparó a conciencia durante casi un año en la ciudad de Arras.

Cantera Wellington (Arras, Artois, Nord-Pas de Calais)

Durante la Batalla de Arras, en la primavera de 1917, el factor sorpresa llegaría a través de túneles excavados desde hacía varios meses por un equipo de zapadores neozelandeses expertos en minería. Más de 20.000 soldados saldrían del subsuelo como auténticos muertos vivientes para cercenar al ejército germano al otro lado de Arras. Únicamente de esa manera podrían darle un vuelco a una Primera Guerra Mundial que sólo en el norte de Francia se había llevado a más de un millón de víctimas. Leer artículo completo ➜

Viaje a la Primera Guerra Mundial en el Norte de Francia III

Felices se las prometían unos y otros al inicio de Primera Guerra Mundial de la Historia. Cuando en el verano de 1914 se desencadenó el conflicto tras el asesinato del Archiduque Francisco Fernando en la ciudad de Sarajevo, los alemanes no tenían dudas de que allá por navidades estarían celebrando su entrada en París. Y los franceses, así como sus aliados, sostenían lo mismo con respecto a Berlín. La guerra, según ellos, sería cuestión de semanas o pocos meses. Pero pronto se dieron cuenta de que ya no estaban en el siglo XIX y que cientos de miles, millones de soldados en realidad, perderían la vida y la inocencia en el barro de las trincheras, rodeados de cadáveres y de ratas durante cuatro años que se hicieron eternos.

Ruinas de una iglesia destruida durante la I Guerra Mundial (Saint Nazaire, Norte de Francia)

Recuperar la colina de Notre Dame de Lorette de las manos alemanas iba a costar muy caro. Tanto como cien mil franceses en una de las grandes derrotas del inicio de la Gran Guerra. Sólo por una colina, por avanzar unos metros y no dar un paso atrás. Hoy de aquello no queda más que un reguero de tumbas y un jardín regado por las lágrimas. Leer artículo completo ➜

Peratallada, un viaje a la Edad Media en la Costa Brava

Si alguna vez me preguntan cuál es el pueblo catalán más bonito que he visto en mi vida diré que aún me quedan muchos viajes a Cataluña para descubrirlo. Pero si me vuelven a insistir , aunque sea un poco, probablemente deba mojarme para confesar que para mí Peratallada, ubicado en la comarca gerundense del Baix Empordà, lo que viene a ser Costa Brava tierra adentro, se trata del pueblo medieval más hermoso y auténtico de cuantos he visitado en este territorio. Quizás sea porque allí mi reloj no sumó minutos sino todo lo contrario, se atrasó una madeja de siglos para convertir una escapada ampurdanesa en todo un viaje a la Edad Media.

Peratallada, quizás el pueblo medieval más bonito no sólo de Costa Brava sino de Cataluña

Sus laberínticas calles de piedra, su castillo de cuento y las enredaderas estrangulando muros y ventanas recuerdan a lo mejor de la Toscana. Son escenarios de los libros de caballerías, con ese repique solemne de campanas, ese chirriar de espadachines imaginarios y el perfumado aroma de las buganvillas colándose en los callejones. Peratallada bien vale un viaje en el tiempo.  Leer artículo completo ➜

Viaje a la Primera Guerra Mundial en el Norte de Francia II

Algunos extractos de cartas enviadas durante la I Guerra Mundial desde las trincheras por los soldados a sus familias son demoledores, a la vez que ilustran a la perfección lo que pasaba por su mente. Encuentro especialmente significativo un texto que reza lo siguiente: “Papá. Aquí para que te evacuen hace falta reventar. Me gustaría que el Gobierno estuviera en el frente durante dos horas y vería lo que es esto. Me da igual si la carta pasa la censura, no es más que la verdad. Perdóname, no quiero que nos hablen de campo, del honor, porque yo lo llamo carnicería. Porque esta guerra no es más que un juego de masacre para nosotros en el que se nos lleva como vacas o corderos al matadero. Tu hijo desesperado por volver con vida.”Cementerio portugués en Nord-Pas de Calais (Norte de Francia)

Mientras sigo los caminos de la memoria en el frente que dividía en dos Nord-Pas de Calais, en el norte de Francia que limita con Bélgica, no soy capaz de dejar atrás una sensación extraña. Tengo una sensación amarga en la garganta cada vez que veo un nombre incrustado en una lápida o que la tierra permanece removida por el estallido de los obuses que entre 1914 y 1918 desolaron estos campos. Leer artículo completo ➜

Viaje a la Primera Guerra Mundial en el Norte de Francia

“Cuando vuelva podré contarte cómo es la guerra, no la gloria que hay en ella, sino sus horrores” se puede leer una carta oculta en un desván durante casi un siglo. Formaba parte de uno de los muchos papeles enviados por correo postal con los que un jovencísimo soldado del Imperio británico informaba a su madre de las peripecias y desencantos vividos en la I Guerra Mundial. La cruenta Batalla de Fromelles desvaneció su deseo de regresar a casa y así narrar su difícil experiencia en la Gran Guerra librada en Europa que dejaría un continente destrozado. El norte de Francia se convirtió en su tumba, así como la de millones de personas que jamás pudieron volver a sus hogares. Gente que marchó en busca de gloria pero se encontró de frente con pozos de miseria, podredumbre y muerte en el barro pringoso de una trinchera inútil.

Tumba de la I Guerra Mundial en el Norte de Francia

En Nord-Pas de Calais, más conocido como el Flandes francés, pude iniciar un viaje de varios días a la I Guerra Mundial siguiendo las principales batallas que tuvieron lugar en la región. Allí fui testigo, un siglo después de la Gran Guerra, de cómo Europa se convirtió en un gran tablero de ajedrez que se quedó sin peones.

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