Atenas: Límite 48 horas

Viajar a Atenas es como bailar un sirtaki. Para conocer esta ciudad hay que danzar por ella adaptándose a sus distintos ritmos. Uno muy pausado para surcar los restos de la Grecia clásica en la que vivieron Sócrates, Aristóteles y Platón. Y otro más acelerado para mezclarse en el trasiego diario de esas calles apelotonadas y asimétricas en las que vive un pueblo de sangre caliente muy aferrado a sus tradiciones y que tiene otra forma de ver la vida. Agobiante, desgastada, amable, filosófica, gastronómica, melódica son muchos de los atributos que definen a la primera capital de la Cultura Occidental, el lugar en que se forjaron un sinfín de ideas que continúan siendo la base de la la sociedad en que vivimos. En realidad todos nosotros procedemos en parte a la Grecia del Siglo V antes de Cristo.

Atenas fue, por tanto, un viaje al hogar de las ideas envuelto en un regalo sorpresa. Porque fuimos allí para celebrar el cumpleaños de Rebeca, que no supo dónde iba hasta el mismo instante de tomar el avión. Este era un destino que los dos deseábamos desde hace bastante tiempo y que por fín pudimos llevar a cabo en 48 horas inolvidables. La ciudad de la Diosa Atenea nos abrió sus puertas para que pudiésemos captar sus sabores y esencias que la hacen tan especial.

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En este post mi intención es resumir brevemente nuestro paso por la capital griega y ofrecer a futuros viajeros una serie de consejos prácticos con los que exprimir al máximo su estancia en una ciudad que a no todo el mundo gusta, pero que siempre deja su huella. Quizás sea porque supone una vuelta a casa…

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