El castillo de Trakai, orgullo medieval de Lituania

Entre lagos y verdes arboledas, sostenido por las aguas como si fuera un milagro, nace y se refleja el castillo de Trakai, del que nadie duda se trata de la fortaleza medieval más hermosa de Lituania. Sus muros y torreones de ladrillo son accesibles a pie tras surcar dos puentes de madera en un entorno tan idílico que parece de cuento. Los cisnes y patos confunden sus siluetas con los de los pequeños botes de pesca que rodean el símbolo patrio por antonomasia de todos los lituanos. Trakai es el recuerdo de una historia compartida con otros pueblos y de fondo la figura de Vytautas el Grande, que logró en la Edad Media que las fronteras de Lituania se extendieran nada menos que del Mar Báltico al Mar Negro, con las tropas mongoles del gran Tamerlán acechando un paso. El propio Vytautas, nacido en el castillo, es el héroe nacional que ondea en las banderas del subconsciente lituano, que se siente tremendamente orgulloso e identificado con sus raíces.

Castillo de Trakai (Lituania)

A poco más de media hora de distancia de Vilna se encuentra el castillo de Trakai, que se ha convertido en una de las visitas más interesantes e imprescindibles que se pueden hacer en Lituania. Llegar y asomarme al lago que lo sustenta fue uno de esos momentos que recordaré siempre de mi paso por tierras lituanas dentro de un fabuloso viaje a las Repúblicas Bálticas. La nostalgia vive en ese castillo que esconde aún demasiadas historias que merecen ser contadas. Leer artículo completo ➜

Diez lugares que no quise perderme en Tallinn

Tallinn, la capital de Estonia, es con toda seguridad la joya de la Corona de los Países Bálticos. Con uno de los cascos urbanos medievales mejor conservados de Europa, para mí fue un auténtico regalo pasear por sus calles y vivir en primera persona su increíble ambiente veraniego dentro de un escenario en el que la luz del Sol no se resigna a perderse al otro lado del mar. Hay muchas ciudades hermosas, pero Tallinn es diferente a todas. Orgullosa de su Historia recrea un pasado de caballeros con espada y damas en sus torres, dragones de Leyenda y callejones sombríos que cicatrizan de arriba a abajo la ciudad alta y la ciudad baja. El casco viejo está siempre animado, el aroma a hornos de leña y cerveza de barril sobresale de unas tabernas repletas hasta última hora, las sirenas de los barcos amarrados al puerto resuenan cada atardecer. Siempre implícito a Tallinn, es su hechizo hacia el viajero que cruza los portones tras sus gruesos muros. Es entonces cuando el encantamiento se propaga en cada calle, en cada casa vestida de un color diferente, en cada detalle de la Reina de las Repúblicas Bálticas. Porque en la capital estonia la magia es algo sencillamente irrenunciable.

Hoy me gustaría compartir los diez lugares que no quise perdeme en Tallinn. Son diez rincones que considero especiales y que están grabados a fuego en la piel de la ciudad medieval. Su esencia está esperando a esos viajeros enamoradizos que cuando la miran a los ojos jamás se olvidan de ella. Leer artículo completo ➜

Visita al castillo de Cēsis sosteniendo un viejo farol

Cēsis es Letonia y Letonia es Cēsis. No se puede concebir la una sin la otra. El motor de la Historia letona demuestra constantemente que sus raíces como Nación se agarran a ese suelo removido por la Naturaleza de los bosques milenarios que tapizan el Valle del Gauja. Allí la Edad Media nos trae la sede de una Orden de Caballeros, los Hermanos Livonios de la Espada, que constituían el brazo templario y cruzado en las lejanas tierras bálticas. Por los apostentos de un grueso castillo fueron pasando los Maestres de la Orden desde el año 1209 hasta 1561. A imagen y semejanza de las fortificaciones que los Cruzados habían ido levantando en Tierra Santa para luchar y protegerse del infiel, el Castillo de Cēsis fue durante siglos la armadura más poderosa de Livonia. Eso lo sabían sus enemigos, por lo que en siglos posteriores fue rendido a batallas contra los suecos primero y los rusos después en la Gran Guerra del Norte (primer tercio del S. XVIII) por la supremacía del territorio bañado por el Mar Báltico. El declive irremediable de un castillo casi en ruinas se detuvo cuando el Conde Carl Sievers pasó a ser su dueño, levantando incluso uno nuevo sobre los antiguos establos. Hoy en día permanece en pie el esqueleto de piedra roído de la Orden de Livonia, un castillo de aspecto misterioso que durante mi último viaje a las Repúblicas Bálticas tuve la suerte de visitar con la única compañía de un farol que debía sostener con mis manos mientras rogaba al cielo que no se apagara su luz en pleno ascenso a un oscuro torreón.

Parece una historia de fantasmas, de castillos encantados y sonido de cadenas. Pero es únicamente una de las sorpresas que nos guarda la bella población de Cēsis, a escasos 90 kilómetros de Riga, congelada en el tiempo y con un lugar enigmático enclavado sobre una verde colina que aún requiere la tenue luz de una vela. Leer artículo completo ➜

Uzbekistán y Repúblicas Bálticas: Comienza el espectáculo

Centellean las cúpulas de Samarkanda, se oyen los cantos en los minaretes de Bukhara, las murallas de Khiva parecen más fuertes que nunca y los pastores se alejan del calor del desierto con sus rebaños para que pasten junto al Río Oxus, ahora Amu Daria. Ahora sí que sí, el Gran Viaje del verano ha comenzado. Uzbekistán, el corazón de la Ruta de la Seda, late con la sangre de los Marco Polo, Tamerlán, Ibn Battuta, y se pasea con el alma de las caravanas y camelleros que un día surcaron ese camino en el que se hicieron transfusiones de sabiduría tanto o más que de mercancías. Nuestros pies buscan también posarse sobre este lugar que se rompe en la Historia del mundo mezclada en este lejano rincón de Asia Central. Pero no todo acaba allí, ya que la emoción de bifurcará en una última semana recorriendo las Repúblicas Bálticas, esos países de la ex-Unión soviética que brillan con luz propia que siempre se pronuncian al unísono y en el mismo orden: Estonia, Letonia o Lituania. Dos viajes, dos aventuras y mil retos viajan en el interior de nuestras mochilas.

No sabéis qué alegría me da deciros que esta es una realidad, que hasta que termine el mes de julio no se hablará de regresar sino de aprender de otras personas, de otros modos de vida,  de lo que supone perderse dentro de las huellas de la propia Historia. Leer artículo completo ➜