Esa China que andaba buscando (y encontré) en Yunnan y Sichuan

No siempre uno encuentra en sus viajes lo que andaba buscando. Y menos cuando se lleva a cabo en un país absolutamente cambiante como es China. Pero en mi último viaje a Yunnan (y una pequeña parte de Sichuan), en el suroeste chino, tuve la ocasión y la fortuna de sumergirme en esa eterna primavera del país al sur de las nubes, en la ruta milenaria del té y los caballos que parece seguir latente en cada plaza y cada sendero. También en una sucesión de templos, monasterios, grandes budas de piedra y deidades desconocidas donde la religión cambia tan sólo de apellido. Un lugar en el que las etnias minoritarias arropan sus tradiciones más antiguas y luchan por reafirmarse para escapar de su propio olvido. Y en el que los paisajes vibran para transformar un mar de arrozales puramente surasiático en las cumbres nevadas de imponentes colosos alimentados por los vientos tibetanos.

Arrozales de Yuanyang (Yunnan, China)

Siguiendo las sinuosas curvas del Yangtzé me perdí en un sendero lleno de contradicciones que resultaron ser todas ciertas. Y el único fin era encontrar la China que había venido a buscar. Aunque el tiempo me terminó demostrando que en realidad fue ella la que terminó encontrándome a mí. 

No te pierdasYa está disponible en este blog la guía completa del viaje a Yunnan con un montón de información sobre los lugares visitados en la ruta y consejos para quienes quieran conocer este pedacito de China tan interesante.

Cosquillas en el estómago

No concibo el éxito en un viaje si cuando regreso a casa sigo el mismo. Las experiencias y, sobre todo, las personas con las que te cruzas en el camino, actúan de lleno en un proceso de transformación vital que se va inoculando en ti muy poco a poco y en que no cabe antídoto alguno. No hay marcha atrás sino un horizonte que te queda cada vez más claro pero igual de lejano. Porque las ganas de continuar viajando se multiplican. Porque quieres profundizar aún más si cabe en los rincones en los que has estado y continuar con un aprendizaje que ya ni recuerdas cuando comenzó. Y en China, en el corazón de Yunnan, reconozco que ese ansia de viajar se me ha acentuado aún más si cabe. He vuelto a sentir esas cosquillas a medida avanzaba el cuentakilómetros y me he ilusionado hasta llegar a la conclusión, una vez estoy de regreso, de que un viaje como de este tipo nunca llega a su fin sino que apenas echa a andar sus primeros pasos.

Niño chino comiendo fideos en Jianshui (Yunnan, China)

Un buen comienzo entre osos panda y budas gigantes en Sichuan

Si bien el objetivo era la provincia de Yunnan, mi avión KLM tras una breve escala en Ámsterdam me dejó primero en Chengdú, la capital de Sichuan. En esta parada hecha a propósito antes de saltar a Kunming, me busqué varios objetivos. El primero, aclimatarme a China cuando habían pasado once años de mi primera vez en el país asiático y así renovar los síntomas del choque cultural que se dan nada más salir del aeropuerto. Y una vez situado aún en plena lucha con el jet lag emprender una pequeña escapada a Leshan para observar de cerca la figura de la estatua de Buda más grande del mundo de cuantas fueron construidas en piedra. Aquel era uno de mis grandes sueños desde que antes de haber viajado una sola vez ya leía con fascinación sobre la legendaria China. ¿Cómo podían haber levantado hace trece siglos una escultura semejante? Una pregunta de entonces que sería exactamente la misma cuando muy emocionado me acerqué a la cabeza del gran Buda y me percaté de que no era más que una mota de polvo junto a aquella figura colosal.

Gran Buda de Leshan (Yunnan, China)

En Chengdú aproveché también a visitar el Centro de cría de osos panda, el mayor existente a nivel mundial, y mirar con ternura a uno de los animales más tiernos que la naturaleza le regaló a este planeta.

Oso Panda en Chengdú (China)

SOBRE LOS VUELOS: Para viajar al suroeste chino compré vuelos “multidestino” utilizando como aeropuerto de entrada Chengdú y de salida el de Guangzhou. A Kunming (capital de Yunnan) llegaría desde Chengdú y desde allí volaría a Guangzhou al regreso.  Lo hice a través de la holandesa KLM, vuelos interiores con código compartido Southern Airlines, y regreso a Madrid con Air France. El precio aproximado que pagué entonces (octubre/noviembre 2016) fue de 600 euros por todos los vuelos. Hoy día la combinación KLM/Air France trae muchas opciones para viajar a Asia, sobre todo a China, y resulta una opción cómoda y buena de precio.

Y de pronto Yunnan…

Paisajes de tierras rojas y arrozales

Yunnan me recibió durante la noche con tanta lluvia que dudé por un instante si era verdad aquello de que significaba “al sur de las nubes”. O que Kunming fuera realmente la ciudad de la eterna primavera. Pero lo que encontré fue precisamente eso, primavera. Días de lluvia salpicados con días absolutamente soleados en las montañas y una temperatura excepcional. Aquello era el arcoiris de una provincia llena de color. Mi primer destino en Yunnan fue Dongchuan, conocido por albergar las tierras rojas en las que abundan las plantaciones de patatas. Un paisaje rural idílico convertido en un auténtica paleta de colores campestres que se mezclaban las tonalidades rojizas con las verdes, amarillas, naranjas o blancas de las aldeas. Un lugar donde jugar con la cámara de fotos y conocer de primera mano esa China a la que aún no han llegado los turistas en la que los aldeanos se ponen sus mejores galas para recibirte en su casa.

Tierras rojas de Dongchuan (Yunnan, China)

De la fotogénica Dongchuan pasé a su polo opuesto en el sur. Yuanyang, no demasiado lejos de la frontera con Vietnam, es famosa por albergar un paisaje regado de terrazas de arroz cultivados por los miembros de la etnia Hani a un costado de las montañas Ailao. Ellos fueron quienes a lo largo de los siglos se encargaron de modelar cuidadosamente un sitio reconocido desde 2013 por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad y que supone uno de los mayores regalos visuales que proporciona Yunnan.

Sele asomado a los arrozales de Yuanyang (Yunnan, China)

Jianshui, nudo de comunicaciones en el sur de Yunnan

De Yuanyang, tras seguir durante un largo rato la corriente del río Rojo, necesitamos unas tres horas para esquivar la niebla y ser recibidos por la que para mi fue una de las ciudades más especiales de todo el periplo por Yunnan. Jianshui no está entre las cien ciudades más famosas de China, pero un día sí lo fue. Esta vertiente sureña que conserva buena parte de su casco histórico, te conquista cuando te acercas a las puerta de Chaoyang entre jugadores, músicos, cantantes aficionados, bailarinas y cuentacuentos. A partir de ahí surge un casco viejo excepcionalmente preservado en el que destaca la casa y los jardines de la poderosa familia Zhu (totalmente feng shui), el templo confucionista más grande del suroreste chino y, sobre todo, la inocencia de no haber sido tocada con la varita mágica del turismo masivo. Un destino adorable, de sol agradecido y en el que poder probar los fideos de arroz más ricos a este lado de China, los de “al otro lado del puente”.

Puerta Chaoyang en Jianshui (Yunnan, China)

Precisamente el nombre de este plato hace honor a un puente que se sitúa a las afueras de la ciudad. El puente de los dos dragones, con nada menos que diecisiete arcos, es una postal de Yunnan en sí misma. Un monumento asombroso que nos traslada a la China legendaria que muchos venimos buscando. Y por el que pasan muy cerca las vías del ferrocarril que los franceses hicieron en 1911 para comunicar Kunming con tierras vietnamitas en su entonces Indochina. Esta parte de Yunnan en cierto modo se confunde por completo con el Sudeste Asiático.

Puente de los dos dragones en Jianshui (Yunnan, China)

En territorio Bai

La subida dirección norte de Yunnan se fue haciendo inevitable cuando alcanzamos la ciudad de Dali y un entorno en el que las montañas empezaban a abrazarse las unas a las otras. Éste es territorio de otra etnia, los bai (pronúnciese pai), quienes habitan tanto la capital de los alrededores del antiguo reino Nánzhào que se agrupa a orillas del lago Erhai (que quiere decir “mar de la oreja”). Y que formaba parte de la ruta del té y los caballos entre Pu’er y el Tibet. Ruta que desde este punto se vuelve absoluta protagonista por haber sido una travesía comerciales de vital importancia en el continente asiático (así como hermana de la ruta de la seda por el sur).

Mujeres bai en Yunnan (China)

Dali se trata, con justicia, de una de las ciudades más hermosas de Yunnan (con permiso de Lijiang), pero a los bai se les descubre mejor en las zonas rurales. En pueblos como Xizhou o Zhoucheng, apenas a 20 km de Dali, conocí las particularidades de una etnia  con una férrea fe budista mezclada con la adoración a dioses locales llamados benzhus, quienes tienen siempre su altar en el templo (y todas las casas importantes) y que varían en cada uno de los pueblos de este peculiar grupo étnico compuesto por dos millones de personas (y que un 80% viven en la prefectura de Dali, Yunnan).

Dali (Yunnan, China)

Pero de cuantos sitios visité en territorio bai ninguno me dijo tanto como Shaxi, una de las localidades caravaneras que mejor recogen la esencia de la antigua ruta del té y los caballos. Sus calles de madera van a dar a una plaza del mercado en la que aún se escuchan las campanitas y cascabeles que traían consigo todas esas caravanas que comerciaban con productos sin darse cuenta que también estaban comprando saberes y lazos culturales.

Sele en Shaxi (Yunnan, China)

¿Os ha pasado alguna vez que conocéis un lugar del que apenas habíais escuchado hablar antes y os dais cuenta de que de una forma u otra pertenecéis a él? Algo así me sucedió en Shaxi…

El Tibet de Yunnan: Viaje a Shangri-La

En la obra “Horizontes perdidos” que James Hilton publicó en los años treinta nacía un lugar utópico en un valle y un monasterio tibetano. ¿Quién no ha ido buscando su Shangri-La particular? Nadie sabe dónde se encuentra físicamente este lugar, pero bien pudo ser en la gran lamasería levantada en la antigua ciudad de Zhongdian (ese es su nombre chino, en el tibetano es Gyelthang) proclamada oficialmente en el año 2002 como Shangri-La con motivos más turísticos que espirituales. Pero en aquel nombramiento había algo de verdad. Para los viajeros de todas las épocas aquel era un rincón del mundo que tocaba la fibra y que te trasladaba a una especie de paraíso terrenal (y aunque la mitad de la ciudad vieja sucumbió en un incendio sigue siéndolo). En la parte tibetana de Yunnan (que no está dentro de la región administrativa especial con capital en Lhasa y no requiere ningún permiso especial de entrada) las montañas se rinden a los pies del monasterio Songzanlin, apodado el pequeño Potala, ya que fue construido prácticamente a la vez que éste.

Monasterio Songzanling (Shangri-La, Yunnan, China)

En Shangri-La iniciamos la etapa tibetana de este viaje a Yunnan. Y si bien esta localidad situada a más de 3300 metros de altura (afortunadamente llevábamos días aclimatándonos por encima de los 2000 metros) nos recibió con lluvia y niebla, terminó mostrándonos enseguida los míticos cielos azules y limpios del Tibet, así como montañas inmensas que nos recordaban que la cordillera del Himalaya no andaba demasiado lejos de allí.

El Tibet de Yunnan (China)

De Shangri-La a Benzilan nos asomamos a la primera gran curva del río Yangtzé (el más largo de Asia y tercero del mundo) y accedimos a un lamasterio fabuloso y poco conocido como el de Dongzhulin en el que no coincidimos con un solo visitante. Recorrimos de manera improvisada un valle que nos mostró la belleza del otoño en unos bosques que bien podrían estar en Canadá (aunque aquí se sabe que moran los esquivos pandas rojos) y en el que aldeas solitarias como Niding se asoman con una sonrisa a sus grandes ventanales tibetanos.

Otoño en el Tibet de Yunnan (China)

En el pequeño Tibet de Yunnan fuimos invitados a una boda, supimos que el olor a mantequilla de yak no es fácil de asimilar, en el cristalino Lago Napa vimos volar a las primeras grullas de cuello negro de la temporada y aprendimos lo que vale un thangka (altares tibetanos portátiles pintados o bordados). Incluso camino a Potatso vimos cómo una bandada de buitres pedía la vez para devorar el cadáver putrefacto de uno de los muchos yaks que pastaban por aquellas tierras.

Mujeres tibetanas en una boda (Yunnan, China)

Seguimos al Yangtzé por la Garganta del salto del tigre

Tras una noche gélida en Hapa pudimos subir a un par de aldeas hui (etnia musulmana) y black yi (donde las mujeres aún llevan unos grandes sombreros bordados) para adentrarnos nuevamente en el mundo de las etnias minoritarias en esta parte de China. Y es que de los 56 grupos étnicos reconocidos en China se puede decir que la mitad tiene alguna presencia en Yunnan.

Con una familia de Yi negros en una aldea de Yunnnan (China)

A partir de ese momento y tras unos kilómetros de muchas curvas nos volvimos a encontrar con el río Yangtzé para perseguirle en el cañón de río más profundo del mundo (más, por tanto, que el del Colorado). Dos quebradas y dos montañas, la Montaña del Dragón de Jade y el Monte Hapa. Picos helados a 5500 metros de altura (que se ven especialmente hermosos desde la Inspiration Terrace del Halfway Guesthouse) y la sensación de que el Yangtzé se empeña lo máximo posible para atravesar la difícil orografía que se le pone por delante. De ahí viene lo del Salto del Tigre, porque cuenta la leyenda que un tigre escapando de un cazador salvó su vida saltando de una orilla a otra del Yangtzé en su mayor estrechez. Cuesta creer que estamos ante el río más largo de Asia y que no muy lejos de este cañón se ensancha exageradamente. Y que le quedan aún varios miles de kilómetros para desembocar en el Mar de la China Oriental.

Garganta del Salto del Tigre (río Yangtzé, Yunnan, China)

En el hogar de los Naxi

Para la etnia Naxi, que profesan una religión chamanista y conservan una curiosísima escritura pictográfica (dongba), sus dioses más importantes viven dentro de la Montaña del Dragón de Jade con sus casi 5600 metros de altitud y nada menos que 13 picos a lo largo de 35 kilómetros. Desde la orilla tibetana del Yangtzé se dejan ver sus cumbres nevadas, pero es desde el área de Lijiang donde la montaña muestra todo su esplendor. Y donde los propios naxi honran al hogar de todo en lo que creen.

Sele mirando a la montaña del dragón de jade (Yunnan, China)

Para el final del viaje dejamos la celebérriba Lijiang. Probablemente se trate de las ciudades de arquitectura tradicional más bellas e increíbles del sur de China. Pero ese no es ningún secreto, sobre todo tras ser declarada Patrimonio de la Humanidad en 1997. Porque millones de turistas chinos también la descubrieron y la convirtieron en una de sus escapadas predilectas (está bien comunicada por tren, avión y carretera) con todo lo que eso supone en China. Así que con tanta multitud (siempre es temporada alta) se les fue un poco la mano con Lijiang y más vale visitarla temprano porque por la tarde-noche aquello es una auténtica locura. Aún así me encantó conocerla y tomar un delicioso té rojo divisando aquella sucesión casi infinita de tejados grises.

Sele tomando té rojo en Lijiang (Yunnan, China)

Lijiang fue también parada esencial en la ruta del té y los caballos. Y también su hermana pequeña situada apenas a diez minutos del casco histórico, Shuhe. Allí también nace otra ciudad hermosa, algo más tranquila, en la que por la calle se escucha el correr del agua de los canales y las noches se iluminan con el rojo de los faroles típicos de papel. También está cerca Baisha, un punto de origen naxi gracias a la Dinastía Mu (se conserva su palacio con unos impresionantes frescos) y vigilada muy de cerca por el gran dragón de jade y sus nieves perpetuas.

Shuhe (Yunnan, China)

Despedida en Kunming

La despedida a Yunnan no tuvo otra protagonista que Kunming, la ciudad que visitaría Marco Polo y de la que surgiría eso de la “eterna primavera”. Allí en el parque del lago verde, en compañía de paseantes y gaviotas que migran de Rusia todos los otoños, corroboré en una ciudad amable y con los cielos más limpios de China, que el viaje no terminaría nunca en el aeropuerto. Que, de una forma u otra, Yunnan, la ruta del té y los caballos, los puentes de piedra, la curiosidad de conocer nuevas culturas y esas ganas inmensas de saborear unos paisajes tan estupendos, me atraparía para siempre. Y me hará regresar. Palabra de viajero que así será…

Kunming (Yunnan, China)

Me gustaría AGRADECER con mayúsculas a Edith López y, por supuesto, a Ding Bo, el abrirme las puertas de su tesoro en Yunnan. Amigos, fue un placer haber compartido momentos impagables en aquellas aldeas y paisajes, e incluso enseñarme a chapurrear unas cuantas palabras en chino mandarín. Ahora entiendo a la perfección vuestro valiente proyecto con Yunnan Viajes y estoy seguro de que nos volveremos a encontrar… muy pronto.

Sele pasando las ruedas de oraciones (Yunnan, China)

En definitiva, la China que andaba buscando (y nos encontramos mutuamente) estaba precisamente aquí. Y no os imagináis la de cosas que os tengo que contar todavía…

Sele

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Banner del viaje a Yunnan y Sichuan (China)

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3 comentarios en “Esa China que andaba buscando (y encontré) en Yunnan y Sichuan

  1. Bienvenido de vuelta Sele!!! Y había ganas de leer sobre este viaje. Hace unos años en Bangkok conocí a un chico chino de Kunming, que contaba que esa era una de las zonas más bonitas de China, pero que no recibía mucho turismo extranjero. Nos enseñó fotos por el móvil y nos pareció un destino al que algún día iremos.

    Un saludo!!!!

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