Diario de la Expedición Kamal al Desierto en Egipto VII: El gran mar de arena

La Expedición Kamal atraviesa el Gran Mar de Arena, una sucesión de cientos de kilómetros de poderosas dunas en las que los 4×4 tienen que darlo todo para no sucumbir ante ellas. Requerimos de 48 horas para cubrir este pasaje tan complejo que requiere cierta pericia en la conducción y que todo el equipo luche junto y no muerda el polvo bajo un sol hiriente.

Gran Mar de Arena (Desierto Líbico, Egipto)

El Gran Mar de Arena es un laberinto dentro de la inmensidad del Desierto Líbico en Egipto en el que los mapas no sirven de nada. Y perderse es la parte más divertida de la aventura.

23 de marzo de 2014: Día 11º

Aventuras en el Gran Mar de Arena

Se siente ya que estamos en la recta final del viaje, en la última duna por la que deslizarnos hacia abajo y sin frenos hasta la ceremonia de clausura que viviremos en tan sólo en tres días en El Cairo. Vamos camino noroeste en el conocido como Gran Mar de Arena, una extensión de desierto de dunas que se adentra en Libia y del que el aventurero húngaro Laszlo Almásy escribió que supuso el reto más complicado de todos los que llevó a cabo.

Gran Mar de Arena (Desierto Líbico, Egipto)

Una vez se deja atrás el Gilf Kebir viene una vastísima extensión de unos 600 kilómetros de norte a sur y 200 kilómetros de este a oeste en el momento en el que toma más grosor. Dentro hay millones de dunas de gran pendiente que en no pocas ocasiones superan los 100 metros de altura y constituyen una lucha encarnizada entre la máquina y la naturaleza sobre quién puede con quién. Pero la arena que según la leyenda se tragó por completo al Ejército de Cambises antes de llegar al Oasis de Siwa, y que sigue sepultado en alguna parte (algo de lo que trató de averiguar el propio Almásy), suele ofrecer piedad a quienes respetan las leyes del desierto y conocen sus muchas complejidades.

48 horas para superar el Gran Mar de Arena

Dos días completos necesitamos para atravesar el Gran Mar de Arena y ya hemos consumido el primero de ellos. Nuestros conductores conocen bien los atajos para saltarse las zonas consideradas como imposibles que se pierden en el horizonte, aunque de vez en cuando nos hemos tenido que enfrentar a pendientes bestiales de las que hemos salido siempre bien parados.

La magnitud de estas olas de arena son sólo comparables con su belleza, con las crestas afiladas como espadas y con los conocidos “dorsos de ballena” sobre los cuales las ruedas se agarran mejor. De un amarillo cegador, tienen su trampa cuanto el sol más alto se encuentra, ya que borra todas las sombras y uno no sabe que tiene delante la duna hasta que comienza a subirla. Las referencias físicas son inexistentes, lo que hace que sean normales saltos para nada esperados, algún golpe a los bajos del vehículo y, como hoy, ruedas que han pasado a mejor vida.

Gran Mar de Arena (Desierto Líbico, Egipto)

Lo que a los viajeros es un regalo, para los conductores son obstáculos que vencer poco a poco, entre todos, y con el tiempo como juez imperturbable. Es como si el desierto fuese el tablero de juegos y existan unas normas, aunque luego el que decida es el azar, esa Diosa Fortuna que te ofrece su mano o te da la espalda. El desierto Líbico está lleno de rastros con la cara y la cruz de expedicionarios o incluso militares que han visto cómo las dunas frenaban de raíz sus aspiraciones de avanzar. Y aquí no hay nadie ni nada a cientos de kilómetros. Es una gran mancha blanca en los mapas geográficos que tienden a centrarse en las capitales y otras ciudades importantes. Se puede decir que incluso pocos egipcios conocen Gilf Kebir, Jebel Uweinat y el Gran Mar de Arena. Son lugares que consideran auténticos embrollos en lo que lo más fácil es quedarse atrancado y que requieren demasiada operativa y preparación.

Gran Mar de Arena (Desierto Líbico, Egipto)

Estoy empezando a recopilar algunos datos en cuanto a números de la Expedición Kamal y a falta de confirmarlos tengo que decir que es algo sin precedentes en el Desierto occidental egipcio o Desierto de Libia según el país del que sea quien lo nombre. Tan sólo la II Guerra Mundial hizo entrar aquí a un buen número de vehículos y aviones de combate o logística. Y antes aparecería el célebre Príncipe Kamal (nuestro santo patrón), el cual en los años veinte había sido capaz de movilizar a más gente. Miles de litros de combustible, miles de litros de agua, toneladas de comida, decenas de tiendas de campaña, sacos de dormir, leña, equipamiento médico… Mi cuaderno de notas está que echa humo con tanta información.

Una montaña rusa de arena

La tarde ha sido realmente divertida. Nuestros coches, con nosotros dentro, se han convertido en auténticas montañas rusas con tantas subidas in extremis y bajadas en las que parecía nos la pegábamos. Realmente el peligro está en irse a los lados, en volcar. Mientras el vehículo mantenga su posición recta podemos decir que estamos a salvo. De todas maneras nuestros amigos beduinos en cuyas manos estamos se conocen todas las fórmulas y maneras en las que más que matemática hace falta tener algo innato, una destreza que los hombres del desierto llevan en la sangre.

Gran Mar de Arena (Desierto Líbico, Egipto)

El Gran Mar de Dunas no nos ha vencido en el primer asalto. Mañana tenemos el segundo y definitivo. Nos espera un día largo en el que de nuevo el reflejo cegador de las dunas tirará los dados permitiendo que la expedición avance hasta ponerse muy pero que muy cerca del final de una Expedición que se resiste a tener que decir adiós. Echaré de menos a toda esta gente, las noches de silencio total y las risas junto al fuego. En cierto modo toda la Expedición Kamal al completo sabe que la despedida, aunque inevitable, será dura.

Sele en el desierto de Egipto (Miembro de la Expedición Kamal)

No puedo evitar echar de menos a los míos, en recordar esas sonrisas que tengo siempre a mi lado dándome alegría y ganas de que el gran reloj de la vida no se detenga nunca. Muy lejos de ellos siento que la fortuna me ha regalado una familia increíble y una personita adorable de ojos azules y pelo rubio a la que muy pronto le daré el sí quiero. Pero ese será otro viaje en el que también habrá dunas con subidas y bajadas, pero que aguarda un final feliz con perdices como en los cuentos. Al menos esa es mi esperanza…

Hoy no sale la luna hasta la medianoche, por lo que pienso tumbarme a ver cómo las estrellas nos guiñan los ojos a quienes esperamos su llegada. Dentro de poco no tendré ni tantas ni tan brillantes, por lo que voy memorizar su fulgor para cuando necesite me iluminen en ocasionales largas noches en vela. El desierto tiene eso, que basta con mirar hacia arriba para absorber la buena energía y llevártela contigo para siempre.

24 de marzo de 2014: Día 12º

Un atardecer desde lo alto de una duna escuchando (y tarareando) I feel good de James Brown es algo más que un atardecer. Y además entre amigos, con quienes todo sabe mejor. Andrés, la italianas Ivana y Teresa o las simpatiquísimas japonesas Leiko y Shijo nos han acompañado en los últimos compases de un sol que nos ha despedido por todo lo alto con sus fuego en redondo. Volvemos a dormir en el Gran Mar de Arena, aunque esta vez en sus últimos deslices puesto que no estamos ni a una hora de otro desierto como es el blanco donde viajaremos mañana.

Gran Mar de Arena (Desierto Líbico, Egipto)

Gran Mar de Arena: Round Two

El día ha sido bastante similar al de ayer, aunque esta vez las dunas me han parecido especialmente empinadas y cada vez más complicadas para los coches. Algunas incluso tenían una doble bajada que te hacía creer que habías llegado cuando apenas estabas en la mitad de estas grandes y doradas lenguas de arena.

Dunas del desierto Líbico (Egipto)

Superar estas crestas del color del oro es un ejercicio automovilístico que se acaba convirtiendo en rutinario, aunque cuesta asimilar que es tu turno para bajar por ellas. En una de las muchas dunas que nos ha tocado superar hemos golpeado los bajos y por muy poco no nos cargamos el coche de nombre Inch Allah con el que vamos a cubrir más de 2600 kilómetros cuando termine el viaje. Pero es demasiado duro como para no soportar una minucia para nuestro conductor, Mohammed, que lleva conduciendo por las dunas desde que era jovencísimo en su Bahariya natal. Hemos tenido una verdadera suerte porque, como he comentado muchas veces, siempre toma las mejores decisiones.

Gran Mar de Arena (Desierto Líbico, Egipto)

Un Ford Modelo B de la II Guerra Mundial abandonado en las dunas

Así que desde las nueve hasta casi las seis nos las hemos visto en el Gran Mar de Arena, con una parada para comer a eso de las dos de la tarde. Ahí ha venido lo mejor puesto que lo hemos hecho junto a otra de esas reliquias automovilísticas de la II Guerra Mundial que no pudieron continuar adelante. En este caso era un Ford Modelo B especialmente bien conservado, con su motor sacado del frontal y prácticamente intacto. Incluso las ruedas parecía que se las hubiesen puesto ayer mismo.

Vehículo de la II Guerra mundial abandonado en el Gran Mar de Arena (Desierto Líbico, Egipto)

Detrás la parte de carga del camión militar se había quedado vacía. Tan sólo la barra sobre la que giraba una temible ametralladora y ciertos compartimentos recordaban que este no era un vehículo de carga cualquiera. Y, como siempre, las preguntas sucesivas tenían que ver con la razón por la que se quedó allí o qué sucedió con quienes se quedaron tirados con él. Porque estaba entre dos largas filas de dunas separadas a más de cinco días a pie de cualquier lugar con agua. Está claro que nunca lo sabremos. Mejor así…

Sele en un vehículo de la II Guerra Mundial abandonado en el Gran Mar de Arena (Desierto Líbico, Egipto)

Seguimos sin cobertura…

Nos habían dicho esta mañana que quizás que en nuestro campamento alcanzaríamos algo de cobertura de telefonía móvil. Tenía esperanzas de poder haber llamado a casa pero en mi Iphone sigue apareciendo el mensaje de “Sin servicio”. Probablemente mañana será el día en el que finalmente pueda comunicarme con los míos y saber si el mundo sigue ahí. La sensación de aislamiento es total y ocurriese lo que ocurriese no nos podríamos enterar. Es como si todo estuviese realmente en este desierto. Y dos semanas totalmente incomunicados es mucho tiempo. Sólo espero que todo esté igual (o mejor a ser posible) de cómo lo dejé. Deseo con todas mis fuerzas que Rebeca, mi madre, mi padre, mi hermana o mis sobrinitos estén perfectamente. Les echo mucho de menos, aunque ya prácticamente les siento conmigo. No hay duna demasiado alta ni desierto demasiado profundo que me separe de la gente a la que quiero.

Atardecer en el Gran Mar de Arena (Desierto Líbico, Egipto)

Es el fin por hoy, que la hoguera, el té y las buenas conversaciones sobre lo profundo y lo etéreo me están esperando. Tengo que absorber cada instante que me queda por vivir en la Expedición Kamal, una aventura única en la vida.

Sele

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4 comentarios en “Diario de la Expedición Kamal al Desierto en Egipto VII: El gran mar de arena

  1. Espectacular tu artículo, una delicada y sutil narrativa de tu día a día, a pesar del vértigo que se puede sentir al ver las fotos, haces que quiera vivir semejante aventura.

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