Diario de la Expedición Kamal al desierto en Egipto VIII: Colofón en el Desierto blanco

Desierto blanco (Egipto)

El último capítulo de este diario de la Expedición Kamal al desierto en Egipto está cargado de nostalgia y alegría al mismo tiempo. Porque vivir experiencias como ésta no es algo que suceda todos los días. 

25 de marzo de 2014: Día 13º

El desierto blanco de Egipto

Durante los últimos coletazos del viaje se presentan buenos platos fuertes. Hoy es uno de los días que más ganas tenía que llegasen, nuestro paso por el Desierto blanco, uno de los mejores caprichos que la naturaleza ha dado en Egipto y del que había escuchado hablar mucho antes incluso que de de la meseta de Gilf Kebir, por ejemplo. Este regalo del Sáhara oriental en tierras egipcias es más conocido y accesible que de donde venimos, no siendo requeridos permisos de entrada ni parafernalia burocrática. Pero no significa que sea menos hermoso porque es una auténtica maravilla digna para ser disfrutada por completo.

Desierto blanco (Egipto)

Hemos llegado por la mañana al Desierto blanco desde nuestro campamento escondido tras una duna. Primero lo hemos visto desde la lejanía y ya nos ha dejado con la boca abierta. Y es que el paisaje desértico volvía a modificar su aspecto de forma radical para pasar del mar de dunas a una especie de Monument Valley disfrazado de blanco.

Desierto blanco (Egipto)

Las rocas han sido diseñadas por el azar geomorfológico del tiempo desde que esto fuera parte del Océano. Cuando este fue retirando más al norte salió a la vista un paisaje submarino extraordinario en el que comenzó a actuar la erosión del viento y la fuerza del Sol. El blanco proviene precisamente de los rayos solares enfrentándose a los muchos sedimentos orgánicos marinos (animales, moluscos, partículas microscópicas, etc..) que había. Es un fenómeno muy extraño pero al que le debemos la posibilidad de pisar la luna sin necesidad de subirnos a una nave espacial en Cabo Cañaveral.

Desierto blanco (Egipto)

En este lugar uno no sabe dónde mirar o qué fotografiar puesto que las opciones son múltiples. De pronto aparece una roca que parece tener la forma de un búho como que sobresalen del suelo rarísimas formaciones que recuerdan a champiñones. Todo ello, por supuesto, teñido de un blanco que en ocasiones llega a ser nuclear. Las gafas de sol son un buen aliado para no quedar cegados por el destello blanquecino que hace tan particular a este lugar.

Desierto blanco (Egipto)

Uno de los desiertos más increíbles del planeta

Hemos subido a una especie de mirador donde hemos podido sentir la emoción de estar contemplando el que sin duda es uno de los desiertos más bellos del mundo. Y aunque sé que la expresión “de otro planeta” es demasiado manida, me cuesta no pronunciarla en un caso como este. Sobre todo cuando me apasionan sobremanera los lugares extraterrestres, diferentes y vacíos en los que todo resulta demasiado extraño  las explicaciones sobran.

Desierto blanco (Egipto)

El desierto blanco de Egipto está a la altura de Uyuni, Atacama y compañía, pudiéndose realizar por cuenta propia, a través de una agencia turística desde El Cairo o mejor aún contratando una excursion a medida en oasis próximos como Bahariya, Farafra o El Kharga. No es caro y si existe la posiblidad de acampar mucho mejor.

Desierto blanco (Egipto)

En aquel alto en mitad del desierto blanco me alcanzó la cobertura suficiente para poder llamar por teléfono. Tras un par de semanas de total incomunicación me ha alegrado especialmente hablar con Rebeca y recibir las mejores noticias. Y es que “no hay noticias”. Hay un dicho popular en inglés que deja muy clara mi postura de “No news, good news”. Es decir, que todo estaba bien, tal y como lo había dejado, salvo una dolorosa derrota de mi equipo de fútbol que no debió estar del todo aplicado en el partido del fin de semana. Aunque es cierto que aquí todo se relativiza y mi forofismo se aplaca porque tiene con qué distraerse.

Desierto blanco (Egipto)

Conociendo la Cueva El Obeit con el arqueólogo que la descubrió

Antes habíamos entrado a una cueva descubierta (El Obeit) hace veinte años por el profesor Fekri Hassan y que posee un interior muy destacable morfológicamente, ya que parece una mezquita con su cúpula y todo. El arte rupestre conservado es muy limitado pero bastante curioso, ya que quienes habitaron esta cueva cerrada grabaron en las paredes de la roca esquemáticas huellas de león. También había plasmadas algunas manos mediante la técnica del soplado, algo habitual en otros espacios que hemos podidio ver durante este viaje. Lo mejor, sin duda, incluso más que la propia cueva, es acceder con su descubridor y los arquelólogos franceses que se la conocen de memoria.

Cueva Obeit en el Desierto blanco (Egipto)

El campamento vuelve a superarse una vez más. Aunque ya no quedan más probaturas, puesto que es nuestro último día de ruta desértica. Estamos acampados en mitad del desierto blanco y miremos donde miremos tenemos panorámicas de asombro. Poco después de comer (o, mejor dicho, malcomer) he salido a caminar solo para sentir la fuerza del desierto, buscar formaciones curiosas y tomar unas fotos.

Campamento en el desierto blanco (Egipto)

Último atardecer en el desierto

He encontrado un lugar en el que me he sentado a escuchar ese silencio hipnótico me ha hecho contar los latidos del corazón como el que persigue a su reloj. No tenía ganas de regresar sino quedarme hasta el atardecer. Aunque finalmente lo hice y compartí la última puesta de sol con mis amigos Andrés e Ivana. Hoy, para ser el último no ha estado nada mal. De hecho me ha parecido uno de los mejores de todo el viaje. Sin duda el desierto blanco ha sido un buen lugar para esconderse en el horizonte y disfrutar del adiós más puro de la gran bola de fuego que minutos antes abrasaba si no te situabas a la sombra.

Atardecer en el desierto blanco (Egipto)

Esta tarde ha tenido sabor a fiesta. Ha venido el Gobernador del Nuevo Valle para saludar a la organización y departir con los expedicionarios pero tengo la sensación, o más bien certeza, que ha sido para aparecer en la foto. Realmente ha hablado con poca gente, puesto que el inglés no lo controla demasiado, y nos ha traído una orquesta del oasis para terminar teniendo un concierto privado con él mismo en el que ninguno nos hemos involucrado. Debo ser un antisocial pero estas presencias puramente formales y carentes de alma me inquietan. Tanto para él como para séquito de guardaespaldas y asesores esta visita es sólo mancharse de arena durante un rato y si te he visto ni me acuerdo.

Corderos asados y música tradicional del oasis

Hemos tenido cena especial, dos corderos recién matados que se han hecho al fuego enterrados en la arena. Es algo que en Egipto se hace en ocasiones especiales y, sin duda, ésta lo era. Para ellos es una barbacoa a lo grande digna para grandes acontecimientos y nosotros hemos agradecido variar nuestra dieta repetitiva e insípida en las últimas jornadas.

La música ha abandonado a la burocracia y se ha venido al fuego con nosotros. Ha habido cánticos y bailes mientras la fogata consumía los últimos retazos de todo el equipo que se sentía feliz por estar allí pero triste al mismo tiempo por tener que despedirse muy pronto. Este experimento internacional e intercultural me ha hecho crecer y aumentar mi creencia de que no somos tan diferentes como podamos creer. Al fin y al cabo todos somos seres humanos y amamos el desierto por igual.

Fogata en el desierto blanco

Me he retirado lentamente, sin despedirme, hacia la tienda de campaña. He mirado el cielo estrellado y he preparado mi humilde habitación para dejarme caer en los brazos de Morfeo y ser mecido hasta el amanecer. Mañana nos vamos a El Cairo y nos espera un recibimiento a la altura de la Expedición. En el Mena House Hotel, a los pies de las Pirámides, se clausurará esta bonita historia de amor en el desierto Líbico. Tal y como lo hacían los grandes exploradores desde le Siglo XIX. Pero esta vez los protagonistas somos nosotros y no puedo sentirme más orgulloso y feliz de haber formado parte de semejante aventura.

El sonido de tambores rebota frente a la colina de piedra que hay detrás de mi tienda. La figura de un zorro del desierto se aleja tímidamente de aquí. Y entonces comienzo a escribir antes de dormirme…

27 de marzo de 2014: Día 15º

La Expedición Kamal pone el punto y final

Ayer no pude escribir nada en mi diario de viaje puesto que no sólo fue el último de expedición sino que también fue intenso hasta la madrugada. Me encuentro regresando a Madrid en un vuelo de la compañía Egypt Air y en unas horas estaré comiendo en casa con mi familia. No puedo creerme que todo haya terminado, que vuelva a tener tan lejos los paisajes del Sáhara más insólito, las estrellas de la medianoche y las buenas historias frente a una hoguera que no se apagaba nunca.

El último día fue muy emotivo, quizás más de lo que esperaba. Las casi nueve horas de camino desde el Desierto Blanco hasta El Cairo, formando un convoy especial custodiado nada menos que por cuatro vehículos de los militares, se me hicieron interminables. Sobre todo cuando tuvimos que pasar dos horas en el calor extremo de Bahariya, tragando polvo y el orgullo del oficial de turno que burocratizó nuestro paso para sentirse importante. Tal retardo nos permitió vigilar de cerca el primer oasis tras dos semanas de desierto. De Bahariya son más de la mitad de los conductores de la Expedición Kamal, y se notaba su sonrisa al estar por unos instantes en su casa. Aunque ellos también se venían a El Cairo, ya que teníamos que compartir juntos la ceremonia de clausura en el Hotel Mena House y sellar de la mejor manera un viaje inolvidable.

Recibidos a los pies de las pirámides

Me quedo con las últimas horas, con el momento de aproximarnos al hotel con militares a pie acompañando los todoterrenos y la primera visión de las Pirámides de Gizeh. No se me ocurría mejor final que clausurar la expedición frente a la Gran Pirámide en uno de los hoteles más antiguos de todo Egipto tal cual lo hacían el Príncipe Kamal, Laszlo Almásy y compañía. Los ojos me lagrimaban más de lo normal y el corazón latía de forma frenética. Aquello era demasiado impactante para mí…

La Expedición Kamal llega al Mena House Hotel

Tras superar los controles de seguridad todos pasamos junto a un Ford Modelo T de los años veinte utilizado por el mismísimo Kamal el Din, a quien le habíamos ofrecido nuestros respetos en aquella placa puesta por Almásy en 1933 que ahora veo tan lejana y solitaria. Numerosos carteles anunciaban el evento, en el que seríamos recibidos en una ceremonia por el Ministro de Turismo y embajadores de distintos países. Haber podido llevar esto a cabo sin ningún problema es la mejor imagen de un Egipto que trata de aspirar a la normalidad que siempre tuvo y volver a recibir a tantos turistas como antes de las revoluciones que todos hemos visto en televisión.

Ford T de Kamal el din

Una foto final de grupo, con la pirámide de Keops a nuestras espaldas, era el flash de una larga despedida que ninguno queríamos que llegara. Aunque antes teníamos el caramelo de poder ir a ducharnos y disfrutar de unos instantes en una inmensa y confortable habitación. Me miré al espejo en varias ocasiones para verme tras pasar cerca de treinta minutos bajo el agua y dejar que la bañera tragara toda la suciedad acumulada en el desierto durante tantos días.

Foto de grupo de la Expedición Kamal en el Mena House Hotel (Egipto)

Ceremonia de clausura de la Expedición Kamal en el Mena House Hotel

A las ocho de la tarde se iniciaba el acto de clausura por lo que todos fumos dejando nuestras habitaciones encontrándonos en el pasillo o en el salón principal donde se celebraba el evento. Los antes y después eran dignos de haber inmortalizado y hubo a quienes me crucé sin saber quienes eran cuando había pasado con ellos un largo tiempo. Afeitados, perfumados, pieles no roñosas sino bronceadas… algunos y algunas con sus mejores galas. Fue una situación extraña y divertida a la vez. Todo un juego mirarnos, reconocernos y exclamar – ¡Cómo has cambiado, maldita sea!.

El Hotel Mena House es un palacio de grandes corredores, artesanía en cada detalle y unas lámparas enormes que iluminaron algún día no sólo a exploradores sino también a presidentes, monarcas, embajadores, literatos de postín y actores de Hollywood. Pero ayer era nuestro día, el día de la Expedición Kamal, de recordar y agradecer todo lo vivido.

Las palabras de unos y otros se sucedieron como las imágenes del desierto proyectadas desde una gran pantalla. Entre medias los platos fueron siendo devorados, aunque extrañamente echamos de menos la labor de los cocineros de la expedición, quienes de forma merecida se llevaron los mayores aplausos de la noche. Gente humilde y normal que se había convertido en parte de nosotros, en esa gran familia que supimos construir en el desierto.

Miembros de la Expedición Kamal en el Mena House Hotel

Aquella fiesta de gala, ostentación y gente desconocida me hizo sentir muy raro. Es como si necesitara tiempo para adaptarme al ajetreo, a ver a otras personas. Igualmente tantos diplomáticos e invitados de postín me resultaban absolutamente ajenos y fuera de lugar. Pero al menos tenía a mí lado en la mesa a amigos como Macieh, Joana, Andrés, Teresa,Ivana, Patrizia o Andrei, con quienes había compartido cenas menos opulentas que aquellas.

Triste despedida

Cuando sonó la música la gente empezó a levantarse y poco a poco los miembros de la Expedición nos fuimos despidiendo. Los abrazos llenaron aquel salón en el que muchos sabíamos podía ser la última vez que nos viéramos. Hacía tan sólo 15 días eran unos absolutos desconocidos y ayer no podía evitar tener los ojos acuosos a punto de llover sobre las mejillas.

Un panel traído del desierto con nuestras firmas y frases se convirtió en un improvisado photocall, en un telón de fondo que durante muchas noches servía para proyectar las presentaciones de los arqueólogos y científicos que nos acompañaron en este viaje. En esa pantalla aprendimos a querer más aún nuestro entorno, sin olvidar que era la antesala de una cena en la que no sobraba absolutamente nada, ni las repetitivas judías que formaron parte de nuestra dieta de principio a fin.

Expedición Kamal comiendo el plato estrella... judías

Con las pirámides tibiamente iluminadas tenía cinco horas para acostarme en una cama de 2×2. Pero… qué extraño, echaba de menos mi pequeña, desgastada y sucia tienda de campaña. Y las estrellas de la noche, seguir las huellas de los zorros del desierto o ser capaz de entender el lenguaje del silencio o la luz de la Vía Láctea.

En algún lugar de Gilf Kebir o Jebel Uweinat se ha quedado una parte de mí. Quizás se encuentre en las dunas interminables del Gran Mar de Arena o en alguna de las cuevas de Wadi Sura. Como escribiera Almásy, “amo el desierto”. Son las únicas palabras que se me ocurren para cerrar este diario de viaje al Sáhara más desconocido. AMO EL DESIERTO.

Sele

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2 comentarios en “Diario de la Expedición Kamal al desierto en Egipto VIII: Colofón en el Desierto blanco

  1. Quería ir este verano a a Egipto pero me da un poco de respeto la situación política. Tú crees que no hay problema?
    Muchas gracias Sele!

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