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20 de agosto: SOBRESALTOS EN EL ÍNDICO
Después de la tormenta siempre llega la calma, o al menos eso pensamos cuando abrimos la puerta de la habitación para ver cómo estaba el cielo por la mañana. Las advertencias de Giorgio en torno al posible estado de la mar habían sido contundentes, así que después de recoger nuestras cosas y pagar nos fuimos a buscarle al pueblo. Fue desayunando en una terracita pequeña cuando él nos encontró a nosotros y nos dijo que el mar estaba furioso ese día y que no era lo más conveniente tomar una lancha. No supimos que decir en ese momento. Aunque más pensativos nos quedamos cuando nos dio el dato de que los ferries habían cancelado su salida desde Maputo porque no era del todo seguro llevar a cabo la ruta a Inhaca. Si un barco relativamente grande, de férrea estructura, no zarpaba, qué podíamos hacer nosotros en una pequeña lancha que ya en el viaje de ida nos había hecho volar repetidamente. En principio le dijimos que esperáramos una o dos horas y decidiríamos qué hacer. Y es que realmente ese era el día en que teníamos que volver a Maputo como fuera, pero teníamos miedo de arriesgarnos y hacer esos 40 km. que separan a ésta de la Isla Inhaca.

31 de julio: UN DELICIOSO CODILLO A ORILLAS DEL RHIN MARCA EL INICIO DE SALIDA
La llegada a Johannesburgo estaría tildada de anarquía total si tenemos en cuenta que cada uno viajó hacia allá como pudo, dependiendo de si podía tener un día más de vacaciones, si el precio del billete había subido por no comprarlo con la necesaria antelación o si se deseaba ir por la vía rápida para no dar tantas vueltas. Leer el resto de esta entrada »

Sólo a los aluchinos (denominación de origen Aluche, Madrid) se nos podía ocurrir organizar la despedida de soltero a uno de sus miembros (Álvaro) en tierras internacionales. Como véis, cualquier excusa es válida para marcarse un viajecillo. Desde el viernes 8 hasta el domingo 10 de mayo celebramos dicho evento en la ciudad alemana de Colonia, aprovechando la coyuntura de que nuestro amigo Saúl vive cerca de allí (en Aachen) y podía “organizar” (o más bien “desorganizar”) un fin de semana en la que sin duda es una de las ciudades más animadas de Alemania. Como él mismo dice “En Colonia los garitos cierran siempre más tarde de que tú te vayas” y creo que razón lleva.

He aquí un resumen de un viaje fantástico por carretera partiendo de la ciudad suiza de Basilea y llegando a lugares como el Principado de Liechtenstein y a pequeñas ciudades de corte medieval como Feldkirch (Austria), Lindau (Bavaria, Alemania, orillas del Lago Constanza) y Schaffhaussen donde además de Historia caen con fuerza las mayores cataratas de Europa (Rheinfallen). Una ruta poco corriente y muy recomendable de la que os emplazo a tomar nota.

El nombre de nuestro nuevo destino se remonta a la época del Imperio romano en que denominaban Silva Nigra a una inmensa región boscosa que formaba parte de las lindes de los temidos bárbaros con los que batallaron hasta la extenuación. La impenetrabilidad y la oscuridad propia de una excesiva población de abetos eran características que definían una frontera demasiado complicada de acceder. Aunque lo hicieron, ya que en algunos lugares hay rastro de su paso. Esta vasta zona forestal es un enorme macizo montañoso ubicado en el suroeste alemán, más concretamente en el Estado de Baden-Würtemberg. Comienza en el mismo punto en que coinciden las fronteras de 3 países como Alemania, Suiza y Francia (quizá la ciudad helvética de Basilea sea su inicio), y asciende 160 kilómetros al norte (Karlsruhe). Su anchura es relativa, ya que en unas partes supera los 60 km y en otras apenas llega a los 30.
Hoy en día es la región germana en que más se ha desarrollado la idea de turismo ecológico que tan en boga se ha puesto últimamente. Allí los verdísimos bosques están bañados al mismo tiempo por impetuosos ríos, pintorescos lagos, y en ocasiones cubiertos de la blanca nieve. Pero no sólo posee un carácter eminentemente natural ya que la Selva Negra (Schwarzwald en alemán) ha conservado su cultura y tradición de siglos reflejado en la arquitectura de sus ciudades y pueblos, en su gastronomía e incluso en la forma de ver la vida que tienen los alemanes oriundos de este lugar que basa cientos de cuentos que tantas veces hemos oído de pequeños antes de dormir. Por tanto podemos mezclar en una sóla idea términos como Naturaleza pura, blancas cumbres, casitas de madera, esquí, alojamiento rural, costumbres de antaño, neblina, relojes de cuco y cestas llenas de cerezas con las que elaborar una deliciosa tarta. La Selva Negra es eso y mucho más.

Hay ocasiones en las que conviene hacer las cosas sin pensarlas con antelación. Simplemente dejándose llevar por una corazonada o por una ilusión. Y ese ha sido mi caso reciente en un viaje de 5 días por tierras alemanas en el que me apunté con menos de 24 horas de que saliera el vuelo Madrid-Frankfurt. El Puente de Todos los Santos iba a ser uno más en el que me quedara tranquilamente en mi casa, ya velando armas para mi primera visita a Londres que llevaría a cabo una semana después (8 de noviembre). Pero ciertos comentarios de grandes amigos viajeros como Kalipo y Alicia, que pasarían unos días en Alemania junto a otros colegas de su pueblo (Vladi al que conocía y Dani, nuevo en estas lides), me arrancaron un cosquilleo en el estómago que me hizo pensar en la posibilidad de alistarme en el último momento.

Dos semanas perfectas. Esa es la conclusión con la que quiero catalogar el viaje del que regresé el 19 de agosto. El recorrido planteado se cumplió por entero y tuvimos la fortuna de ver y vivir ciudades, regiones y países realmente espectaculares.
Me imagino que la mayoría sabréis que el Interrail es un billete que permite viajar en tren por gran parte de los países europeos durante un tiempo igual o inferior a un mes. Yo ya había dado cuenta de esa experiencia en el verano de 2001 cuando con otros cinco amigos logramos el objetivo marcado, que no era otro que llegar a Cabo Norte (Noruega). Entre medias estuvimos en lugares como París, Gante, Brujas, Amsterdam, Copenhague, Oslo, Bergen, Trondheim, Bodo, Islas Lofoten y fiordos del Norte, Alta, Narvik, Estocolmo, Hamburgo, Berlín, Munich, Salzburgo, Innsbruck, Nyon, Niza, Cannes y Mónaco. Inexpertos y novatos dejamos el pabellón de Aluche bien alto. Pero esa fue otra historia…
Seis años después, con un mayor bagaje a nuestras espaldas, preparé un itinerario por algunos de los países del Este europeo que se encontraban en el lado comunista del telón de acero desde la finalización de la II Guerra Mundial (1945) hasta la caída del muro de Berlín en 1989. Julián, que ya me acompañó en otros viajes a Bélgica, Holanda y Finlandia, y Edu, que por fín estrenó “internacionalidad”, se enfundaron las mochilas, sacos y esterillas para compartir conmigo esta nueva experiencia.

Desde la noche del viernes 23 de marzo hasta la del domingo 25 estuve pasando en Munich uno de mis fines de semana viajeros que tantas alegrías me están dando en este año 2007. Si Oslo supuso un rencuentro 6 años después del primer Interrail, mi pequeño viaje a Munich no fue menos en este sentido. No sólo me sirvió para redescubrir una de las ciudades más bellas de Alemania, sino que también me ayudó a conocerla más detalladamente que en la primera ocasión. Incluso parte del tiempo invertido fue destinado a rememorar la barbarie nazi en el escalofriante Campo de Concentración de Dachau, el primero de los muchos creados por Adolf Hitler durante el Tercer Reich. Mi compañero de viaje fue Carlos (el que vive en Suiza) con el que repetía un mes después de mi visita a Zurich, Lucerna y Zug. Y el alojamiento sería de nuevo gratuito gracias al excelente sistema de hospedaje de Hospitality Club/Couchsurfing.

Si hay un viaje que supuso un antes y un después a mi voraz ansia de conocer mundo, éste es el denominado Transiberiano que llevé a cabo junto a mis amigos del barrio en el verano de 2005. Y no sólo cambió mi ambición viajera sino que influyó en mi forma de mirar las cosas, de establecer objetivos y de saber marcar el camino a una temporada que no había sido fácil. Quizá por inesperado, por las fantásticas personas con las que lo hice, por el momento de mi vida en que me encontraba y por ser un recorrido tan excitante como llamativo, puedo decir que fue el viaje de mi vida. Superarlo supone una dificultad casi extrema, aunque por supuesto, no cesaré en mi empeño de sentirme igual de feliz, igual de vivo… Me abrió los ojos y desde entonces no los he vuelto a cerrar.

El Interrail no es sólo un billete que permite moverse en tren por Europa durante un tiempo determinado. Para mí, al igual que para mucha gente, es una forma de viajar e incluso una forma de ser. Y posiblemente sea uno de los mejores cimientos sobre los que debe construir todo aquel que se precie viajero libre e independiente. Bajo presupuesto, improvisación y aventura son conceptos que van indisolublemente unidos a este término. Qué mejor forma entonces de constituir la base idónea de futuros trotamundos. Y es que en un Interrail se aprende viajar…






