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La diversidad cultural, natural y de ocio en Sri Lanka es asombrosa. Para muestra todo lo vivido en un sólo día de
intensidad brutal. Temprano, antes de que el Sol nos estrangulara con sus rayos, ascendimos la Roca de Sigiriya, quizás el baluarte monumental más poderoso del país que, aprovechando su espigada forma nacida de una erupción volcánica, sirvió de palacio, fortaleza e incluso monasterio, al que se podía por unas escaleras flanqueadas por grandes garras de pieda que subían hasta las fauces de un león gigante. En ningún modo es algo fantástico e irreal sino una verdad que se puede palpar y saborear en esta lengua rocosa y vertical rodeada de selva, la cual asegura un “vértigo” emocional al viajero que gozará desentrañando algunos de sus enigmas. Sigiriya, cuyo nombre viene a decir “la Roca del León”, nos hizo sudar y suspirar al mismo tiempo mientras nos veíamos inmersos en una película de aventuras al más puro Indiana Jones.
Pero en Sigiriya no acabó la cosa. Porque en apenas unas horas nos encontrábamos subidos sin montura alguna sobre
el lomo de un elefante que nos llevó a atravesar lentamente un humedal en compañía de las garzas y otras aves en busca de comida. Y como no debió bastarnos, nos subimos a un jeep para observar de cerca manadas de elefantes y búfalos salvajes en mitad de un territorio boscoso tan verde como exhuberante. Decenas de paquidermos protagonizaron un safari apasionante dentro de una red de senderos de barro que sólo se puede hacer de forma segura con un vehículo tracción a las cuatro ruedas. La Naturaleza más vibrante salió de sus escondrijos para mostrarse sin complejos y reivindicar una de las facetas más agradecidas de un país en el que los límites no parecen existir.

Esa dualidad entre un patrimonio cultural-natural tan rico es el secreto mejor guardado de Sri Lanka. ¿Cómo puede dar tanto de sí una sola isla casi inapreciable en los atlas y mapamundis?
Cierro los ojos y me pongo a rebuscar en el baúl de los recuerdos aquellos lugares de Naturaleza Pura que he tenido la suerte de disfrutar a lo largo de los viajes realizados hasta el momento. Un millón de imágenes pasan por mi cabeza a toda velocidad, se mezclan las unas con las otras sin solución de continuidad, a fogonazos. De pronto creo aspirar un aire limpio y fresco y escucho de lejos cómo el agua golpea las rocas y un grupo de elefantes emiten un barrito estruendoso que rebota dentro de mis oídos. Me pierdo en las sensaciones que esta Tierra maravillosa me ha proporcionado. No existe la ciudad, ni las prisas y todo sigue su curso natural. Las imágenes que antes veía de forma fugaz ahora las tengo delante de forma nítida. Pertenecen a los cinco lugares Naturales que más me han entusiasmado en mi vida.

Cinco tesoros de la Naturaleza que estaban ahí mucho antes que nosotros, los cuales permanecen vírgenes pero que a su vez esperan que el Hombre no les ponga la mano encima. Todo parte de una lista que es y será imperfecta aunque tenga más vidas que un gato, porque son tantas las maravillas natuales que ni la inmortalidad valdría como garantía para presenciarlas todas. Pero allá va un intento de recopilar las mías. Leer el resto de esta entrada »
La Pereza es uno más de los siete pecados capitales. La semilla de holgazanes, vagos , haraganes y gandules de aquí y de allá que se esparce continuamente por el mundo sin razón de género, raza, religión o condición. Vive en todos y
cada uno de nosotros, ahueca nuestros sofás, calienta nuestras camas e incluso alienta nuestros bostezos. Es la creadora de frases como “Ahora no me apetece” o “Que lo haga otro”, o de clásicas onomatopeyas como “Buffff”. Tiene un demostrado efecto paralizador en las extremidades y se esmera en cargar de peso los párpados. Demoledora e implacable, azota conciencias, arruina carreras y machaca todos los planes que se proponga. Pero que nadie piense que este rasgo impregnado en el carácter es propio únicamente del género humano. No seamos ingenuos ni queramos acaparar todo. Hay algo que nos supera con creces. Porque existe un animal que vive en las Selvas de Centro y Sudamérica que hace suya la pereza como el que más. Tanto que se le conoce oficialmente como Perezoso. Y es que nunca un nombre hizo tanto honor a una realidad.
La primera vez que me topé con un Perezoso fue en Costa Rica, en el Bosque lluvioso de Monteverde. Estaba agazapado, hecho una bola de pelo en lo alto de un árbol. Dormía plácidamente. Y así una hora, dos horas, tres horas… Tanto que volvimos para la cena y ahí seguía, sin haberse movido un solo centímetro. Tendría que esperar un día para ver a un perezoso despierto que trepaba hacia una rama con gran pasimonia, como a cámara lenta, sin importarle un bledo que estuviésemos apenas a un palmo suyo.

Tengo especial cariño a estos animales que siempre sonríen, que no saben de stress ni de prisas, y que apuestan de cara por la calma y el sosiego. ¿Qué os parece si les conocemos un poco mejor? Leer el resto de esta entrada »

8 de agosto: ATRAPADOS EN EL CHOBE (POR SEGUNDO DÍA CONSECUTIVO)
La agitada noche de las hienas, el leopardo y el elefante rompe-árboles había pasado una gran factura a la cohesión del grupo. El estar allí tirados sin una solución cercana a la vista hizo revivir tensiones y situaciones de nerviosismo en que se dijeron palabras que no se sentían realmente. Pero esto era una cuestión del momento, de querer pagar el pato con recriminaciones sobre lo que se debía haber hecho previamente o lo que se debería hacer después. Todo eso era lógico hasta dentro de un punto porque en medio de África sólo nos teníamos a nosotros mismos que estábamos las veinticuatro horas del día juntos desde hacía ya una semana.
En los viajes siempre hay momentos muy buenos (picos) y momentos menos buenos (valles). Cuando se está en “un valle” con un grupo donde cada uno es de su padre y de su madre es sencillo que rebroten las diferencias entre los miembros, y en realidad la solución es muy fácil teniendo paciencia y haciendo piña, sintiéndose todos partícipes de un mismo objetivo. Y ese no era otro que salir de allí, algo que para nada dependía de nosotros.


7 de agosto: NOCHE DE HIENAS

“No podía asimilar que estuviera viviendo la noche más impactante de mi vida. Nunca me sentí tan rodeado, tan observado tras los oscuros árboles. Cuando aquellos ojos brillantes se acercaron hacia nosotros pensé que habría un antes y un después. Todos estábamos allí de pie inmóviles. Ella era la única que llenaba todo el espacio y cada paso que daba nos sentíamos un poco más pequeños, más vulnerables, más solos. ¿Quién me iba a decir a mí horas antes que teníamos que pasar la noche en aquel lugar tan sombrío?. Continuó viniendo hacia nosotros lentamente, sin quitarnos el ojo de encima. Todos absolutamente quietos, escuchando únicamente nuestros latidos. Parecía que estuviese contando cuántos éramos, dónde estábamos ubicados cada uno de nosotros. Parecía que estuviese oliendo su comida…”

6 de agosto: DE SAFARI EN EL COTO DE MOREMI
Safari es una palabra proveniente del swahili que significa “viaje”, aunque muy pocas personas conocen esta acepción original. Más conocida es la que se utilizó tanto en el Siglo XIX como a principios del XX para referirse a aquellas expediciones de colonos blancos en África que tenían como objetivo máximo cazar toda clase de animales exóticos, cuyas cabezas eran tratadas como verdaderos trofeos. Hay que “agradecer” a estos cazadores, entre otros muchos, la estrepitosa merma de la fauna africana hasta el límite mismo de la extinción.
Afortunadamente el significado de safari en nuestros días ha variado para reducirse casi de forma exclusiva a meras
expediciones de viajeros cuya inocente misión es avistar y, por supuesto, fotografiar a las distintas especies que habitan los Parques y Reservas de Naturaleza. Normalmente los safaris suelen ser organizados y estar encabezados por guías locales que conocen el terreno y tienen una mayor capacidad de encontrar “las piezas” de esta caza fotográfica. Pero en casos como en el viaje que estábamos llevando a cabo no había más guía que nuestros ojos ni más rifles que nuestras inocentes cámaras de fotos. Éramos nosotros los responsables de nuestro destino a través de los senderos de los distintos Parques del Sur de África y ver o no ver animales dependía del azar y, sobre todo, de la paciencia. Aunque en lugares como Moremi muy mal se tiene que dar la cosa como para no disfrutar de de una fauna rica y abundante en un entorno realmente hermoso.

5 de agosto: EL SILENCIO SALVAJE DEL MOKORO
Madrugamos para estar a las 8:30 en el Old Bridge Backpackers de Maun, hora y lugar donde estábamos emplazados para comenzar nuestra incursión acuática al Delta del Okavango. Allí nos esperaba un camión descubierto por los laterales, preparado para safaris terrestres, que sería el que nos trasladara hasta la orilla de uno de los canales. En el camping nos proveyeron de la comida pic-nic, aunque no estaba incluida la bebida. Ya nos habían avisado que el agua debíamos traerla nosotros. Y para una excursión de 8 horas de duración en un día soleado, no llevar agua hubiera sido un incómodo descuido.
El camión-safari nos dejó en la cabecera de un canal bastante caudaloso y allí nos pidieron que subiéramos a una enorme lancha motora para adentrarnos al comienzo del parque, a una parte ya alejada suficientemente de la población y así utilizar por fín las canoas.


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4 de agosto: EL DELTA DEL OKAVANGO EN AVIONETA
Desde que el Río Okavango nace en una de las zonas más húmedas de Angola tienen que pasar más de mil kilómetros para que desemboque en la sequedad de un Desierto como el Kalahari. Este es un caso poco usual de creación de un falso delta interior, que además se expande en un área de sequedad casi extrema. En el noroeste de Botswana reside este fenómeno natural que abarca algo más de 16000 metros cuadrados bañados por una explosión de agua que da forma a cientos de lagunas, charcas e isletas interiores donde habita una gran cantidad de animales, muchos de los cuales viven totalmente aislados y en ocasiones pasan toda su vida sin avistar jamás a un ser humano.
El río Okavango no es precisamente uno de los más anchos y caudalosos, pero cuando derrama sus aguas en Botswana, lo hace con fuerza. Sus formas se asemejan a las de la copa de una palmera o incluso a la de un brazo que finaliza en una mano abierta. Los dedos (o ramas) representarían en los límites de un poderío fluvial que termina desapareciendo bajo la dura y seca tierra del desierto. Se podría decir del Delta que es el mayor oasis del mundo, una irrupción casi milagrosa de vida donde nadie la esperaba.


Hay experiencias que jamás se olvidan. Es más, las hay que se te quedan grabadas a fuego en la piel y en el corazón, y que forman ya parte de tu ser, de tu vida y de tu historia personal. Cuando uno vuelve de un viaje como este, cargado de vivencias únicas, no puede evitar sentir la necesidad de compartirlas con los demás, gritar a los cuatro vientos lo maravillosa que es la vida, y estar orgulloso de haber pertenecido por unas semanas a un devenir que siempre se había visto de lejos, por la pantalla de la televisón o por el negro sobre blanco de los libros. En este viaje africano no han sido las cámaras de National Geographic las que han captado el sigiloso descender de un árbol de un elegante leopardo, el aullido de hambrientas hienas en la oscuridad de un bosque impenetrable o la risa de unos niños emocionados de que extraños foráneos visiten su poblado. En esta aventura por el Sur del continente negro los protagonistas, los cámaras, los observadores, los conductores, los supervivientes… hemos sido ocho, con nombres y apellidos, quienes hemos tenido la fortuna de que nadie nos lo cuente.


En ningún viaje de los hasta ahora realizados he podido recopilar tal cantidad de anécdotas y de historias como en este del Sur de África. Ese es sin duda un claro indicador de que lo vivido en estos veinticinco días ha superado las generosas expectativas creadas y de que el Continente negro me ha dejado una huella imposible de borrar.

Con más de mil fotografías en las tarjetas de memoria de mi cámara de fotos, y aún con arena del desierto del Namib en mi ropa (literal), me siento hoy por primera vez desde mi vuelta en el ordenador para gritar con todas mis fuerzas que la AVENTURA vivida ha sido FANTÁSTICA, EXCITANTE, AGOTADORA, que he creído formar parte de un documental de National Geographic y que tengo muchas cosas que contaros.














