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En la India y Nepal aún quedan ascetas que deciden prescindir de todo placer terrenal y de los bienes materiales para dedicarse plenamente a la meditación y prepararse ante la muerte. Cortan los lazos que podían tener con la vida corriente y se vuelven austeros, sin más pretensiones que sobrevivir con lo que puedan y rezar a los Dioses. La religión hindú considera que ésta es la cuarta etapa del ser humano (las otras son por este orden: estudiar, tener descendencia y ser un peregrino), necesaria para alcanzar la luz y romper el ciclo de reencarnaciones. El ascetismo radical tiene en la India en torno a cinco millones de fieles, que siguen la estela del Dios Shiva sin salirse de la sociedad y obteniendo el respeto y veneración por parte de sus conciudadanos, que son en definitiva quienes alivian sus estómagos por medio de donaciones. A estos hombres se les conoce como Sadhus, o lo que es lo mismo, Hombres Santos.

Muchos de ellos se pintan la cara con ceniza y otros colores, dejan crecer el pelo y sus barbas, e incluso hay quienes portan un tridente que representa a Shiva. Participan en los rezos y ceremoniales religiosos de las ciudades, y algunos se autoinfringen durísimas penitencias como ayunar largo tiempo, permanecer de pie durante meses, arrastrar grandes pesos o atravesar piras de fuego cual loco fakir. Su aspecto es tremendamente llamativo para un occidental que viaje por primera vez a la India, pero no así para los propios hindúes, que están acostumbrados a verles en los templos, en las calle o sentados en las orillas de los ríos. Varanasi (Benarés) es uno de los lugares donde más se nota la presencia de Hombres Santos, y es que la Ciudad Sagrada del Ganges es sencillamene un espectáculo de vida y muerte a todo color donde nunca pueden faltar las caras pintadas, las túnicas de azafrán y las manos levantadas a un forastero. Se les considera totalmente puros, por lo que sus cenizas no son nunca arrojadas al río. Leer el resto de esta entrada »
12 DE ABRIL: LÁGRIMAS DE MÁRMOL
TAJ MAHAL: OTRO SUEÑO CUMPLIDO

Se ha escrito y hablado tanto del Taj Mahal que es muy difícil quedarse con una definición, con un comentario o con una metáfora. Quizás fueron Rabindranath Tagore y Rudyard Kipling los que mejor absorbieron las sensaciones que emana aquel lugar para poder trasladarlas al lenguaje humano. El primero diría del Taj Mahal que es “una lágrima en la mejilla del tiempo” mientras que Kipling, el célebre autor del Libro de la Selva, apostillaría que “parece la encarnación de todas las cosas puras, de todas las cosas santas y de todas las cosas infelices”.

11 DE ABRIL: AMBER A LOMOS DE UN ELEFANTE, LOS CENOTAFIOS REALES Y EL TEMPLO DE LOS MONOS

Leyendo el titular de este día uno puede pensar que estoy hablando de una de esas muchas novelas de aventura que narran las hazañas de intrépidos exploradores, de Willy Fogg o del Indiana Jones de turno. Nada más “próximo” a la realidad. En India no es complicado sentirse un “Héroe de Leyenda” (HdS dixit) si se exprimen las posibilidades casi ilimitadas que ofrece al viajero y que, por muy peliculeras que parezcan, son verdaderas y exóticas a partes iguales.
9 DE ABRIL: UN DÍA EN LAS NUBES (Esto parece que empieza)
Se terminaron las conjeturas, las dudas, los temores, las gestiones de última hora. La fase siempre enriquecedora del pre-viaje puso su final durante la madrugada del 8 al 9 de abril donde sólo debía esperar que llegara la hora para marchar. Mi primer vuelo del día, Madrid-Ámsterdam (KLM) estaba previsto para las seis de la mañana, por lo que debía estar en el Aeropuerto aproximadamente dos horas antes para facturar. Eso nos lleva a las cuatro. Las calles aún sin poner y yo con un sueño que no me tenía en pie.
Barajas estaba realmente solitario, irreconocible. Aburrida espera, impaciencia por subirme al avión y poder dormir al menos un rato antes de llegar a Schiphol, el Aeropuerto Internacional de Ámsterdam, mi escala.

INTRODUCCIÓN, PREPARATIVOS, TRANSPORTES, ALOJAMIENTO…GUIÓN DEL VIAJE MÁS ESPERADO
Namasté es una palabra bastante recurrente en India que se utiliza para expresar saludo, despedida, agradecimiento sincero así como para mostrar respeto, veneración, e incluso para iniciar un rezo. Su significado más literal es “te reverencio a tí” y suele ir acompañado gestualmente con las palmas de la mano juntas apuntando hacia arriba y apoyadas en el pecho. Más que una palabra normal y corriente es una filosofía con la que nos acercamos los unos a los otros como iguales, sin sentir superioridad alguna, iluminados por exactamente la misma luz. Es el respeto, es la admiración, es la concordia y el deseo de Paz hacia los demás, con los demás.
De esa forma, con mis palmas juntas, mis mejores deseos y mi respeto hacia tí, lector, quisiera comenzar este escrito pronunciando un Namasté, sentido y profundo. No veo mejor forma de iniciar la crónica de lo que he venido a llamar “un viaje iniciático”.

¿Y por qué digo “iniciático”? ¿Supuso acaso la India un redescubrimiento de mí mismo? ¿Alcancé un mayor grado de conocimiento? ¿Sirvió para replantearme valores, prejuicios y temores? Quien sabe, es posible.
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