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Echo la vista justo diez años atrás y me veo en mi barrio de siempre, disfrutando de unos soleados días en la piscina con mis
amigos, en los que la toalla se convertía en nuestro hogar durante tres largos meses. Lo que parecía el comienzo de un verano completamente normal, con las vacaciones en Galicia casi a punto de venir, resultó que hubo una vuelta de tuerca radical a nuestros planes. Surgió de la nada y muy a última hora la idea de hacer un interrail y salir a conocer Europa utilizando el tren. Yo lo veía al principio muy precipitado, pues se había comentado que el pistoletazo de salida era en tan sólo una semana, y además los objetivos eran grandes, llegar a Cabo Norte, en Noruega, considerado como el punto más septentrional de Europa y donde no se pone el Sol en verano. Casi nada para quien apenas había hecho un viaje al extranjero en toda su vida. Reconozco que me lo estuve pensando un par de días pero en el fondo sabía que aquella historia no iba a quedar en saco roto. Compré finalmente el billete del interrail, al igual que los otros cinco que formarían parte del primer gran viaje, y empecé una preparación concienzuda de mi mochila Altus de color rojo que había utilizado para los campamentos veraniegos por el Pirineo Aragonés y que por fín iba a conocer otros aires más lejanos. El viaje en sí no iba a conllevar planificación alguna salvo la ilusión de unos chicos de barrio que estábamos determinados a perdernos un mes por Europa y conocer una serie de lugares que sólo habíamos visto por televisión. La Expedición Cabo Norte estaba en camino y dispuesta a no fallar en el intento.

En ese momento los vuelos de bajo coste no existían y el mero hecho de cruzar una frontera parecía conseguirse casi únicamente a través de las agencias de viaje. Sería la primera vez en que marchase al extranjero por mi cuenta, sin intermediación alguna. De una forma u otra, todos nosotros empezábamos a saborear las mieles de viajar de forma independiente. Lo que nunca sabríamos es que no volveríamos siendo los mismos… Leer el resto de esta entrada »

Dos semanas perfectas. Esa es la conclusión con la que quiero catalogar el viaje del que regresé el 19 de agosto. El recorrido planteado se cumplió por entero y tuvimos la fortuna de ver y vivir ciudades, regiones y países realmente espectaculares.
Me imagino que la mayoría sabréis que el Interrail es un billete que permite viajar en tren por gran parte de los países europeos durante un tiempo igual o inferior a un mes. Yo ya había dado cuenta de esa experiencia en el verano de 2001 cuando con otros cinco amigos logramos el objetivo marcado, que no era otro que llegar a Cabo Norte (Noruega). Entre medias estuvimos en lugares como París, Gante, Brujas, Amsterdam, Copenhague, Oslo, Bergen, Trondheim, Bodo, Islas Lofoten y fiordos del Norte, Alta, Narvik, Estocolmo, Hamburgo, Berlín, Munich, Salzburgo, Innsbruck, Nyon, Niza, Cannes y Mónaco. Inexpertos y novatos dejamos el pabellón de Aluche bien alto. Pero esa fue otra historia…
Seis años después, con un mayor bagaje a nuestras espaldas, preparé un itinerario por algunos de los países del Este europeo que se encontraban en el lado comunista del telón de acero desde la finalización de la II Guerra Mundial (1945) hasta la caída del muro de Berlín en 1989. Julián, que ya me acompañó en otros viajes a Bélgica, Holanda y Finlandia, y Edu, que por fín estrenó “internacionalidad”, se enfundaron las mochilas, sacos y esterillas para compartir conmigo esta nueva experiencia.

El Interrail no es sólo un billete que permite moverse en tren por Europa durante un tiempo determinado. Para mí, al igual que para mucha gente, es una forma de viajar e incluso una forma de ser. Y posiblemente sea uno de los mejores cimientos sobre los que debe construir todo aquel que se precie viajero libre e independiente. Bajo presupuesto, improvisación y aventura son conceptos que van indisolublemente unidos a este término. Qué mejor forma entonces de constituir la base idónea de futuros trotamundos. Y es que en un Interrail se aprende viajar…
















