Entradas con la etiqueta ‘París’
Arrète! C´est ici l´Empire de la Mort reza una inscripción a la entrada de una de las galerías subterráneas del decimocuarto arrondisement (distrito) de la ciudad de París. No es necesario hablar francés como Charles de Gaulle para entender que su significado es: Detente! He aquí el Imperio de la Muerte. Advertencia que viene al pelo cuando uno accede a una red de túneles cuyas paredes están formadas por toneladas de huesos y calaveras humanas apiladas al milímetro. Se calcula que más de seis millones de cadáveres fueron traídos aquí en carruajes desde muchos de los cementerios de la ciudad que se habían quedado sin espacio. Grave problema el de un excedente que empezaba a propagar enfermedades e infecciones en los vecindarios más próximos a estos camposantos. Y drástica solución la ofrecida en 1786 por un importante cargo de la Policía parisina, Thiroux de Crosne, y el Inspector General de Minas, Monsieur Guillaumont, consistente en ocupar los más de trescientos kilómetros de las minas de piedra caliza que desde la época de los romanos tenían agujereado el subsuelo de la capital francesa.

Les carrières de Paris (Las canteras de París) son parte activa de la Historia y la Cultura de la ciudad. Inspiraron a Victor Hugo en Los Miserables, sirvieron de refugio a la resistencia francesa contra la ocupación nazi y ocultaron en oscuros escondrijos a importantes criminales y ladrones. Hoy día todo el que lo desee puede visitar una pequeña parte que se mantiene abierta al público y caminar por las galerías con miles y miles de restos óseos como testigo de sus pasos. Yo mismo hace un par de años pude emprender ese corto viaje al Imperio de la Muerte y vivir otro París muy distinto al del Louvre, la Torre Eiffel y la Ribera del Sena. Fue una ocasión en que la Ciudad de la Luz se convirtió en la Ciudad de la Oscuridad. Leer el resto de esta entrada »
27-29 de junio: ESTO PARECE QUE EMPIEZA…

Mis casi dos días de “escala voluntaria” en París me permitieron disfrutar tranquilamente y conocer un poco mejor la ciudad del Sena antes de subirme en el Aeropuerto Charles de Gaulle a ese avión de JAL que en 13 horas me dejaría en la ciudad de Nagoya. Fue en ese mismo avión donde se cambió el chip de raíz para darme de bruces con el País del Sol Naciente. Pura tecnología, palillos para la comida y curiosas miradas rasgadas hacia a mí como uno de los pocos occidentales que allí se encontraban. La aventura no había hecho más que empezar..
Del pulcro y nublado Aeropuerto de Nagoya me sorprendió que a pesar de haber tanta gente, se oía menos ruido del normal. Más bien había silencio, limpieza, y orden, mucho orden. Las indicaciones gestuales de las femeninas policías con sombrero de bombín fueron suficientes para coger el metro (Línea Meitetsu) que en 30 minutos me dejara en la Estación de Trenes, donde debía validar mi Japan Rail Pass y reservar mi primer tren bala (Shinkansen) con dirección a Tokyo. En la Oficina de JR (siglas de la compañía Japan Rail) conseguía mi salvoconducto para moverme veloz por el país nipón, y en una ventanilla de reservas reservé un asiento para salir en media hora hacia su capital. En realidad no es necesario reservar, ya que hay varios vagones en que te puedes subir y tomar un sitio, pero si se tiene tiempo no está de más hacerlo, y más en temporada alta. La propia Estación de Nagoya estaba atestada de gente que iba de un lado para el otro, pero era como si con un mando a distancia se le hubiera bajado el volumen a la gente. Numerosos trajes y corbatas se cruzaban a escasos centímetros pero nunca se veía que chocaran entre ellos. Orden en la multitud, algo usual en Japón.
Mi primer Shinkansen llegó a eso de las dos y media de la tarde, cumpliendo estrictamente con la premisa de la
puntualidad, virtud inequívoca de la que me aprovecharía durante los quince días que duraría mi estancia en el país. Los asientos están tan separados entre sí que te permiten estirar las piernas, la gente habla poco o nada, y el ruido que origina el tren es mínimo. Si a eso le sumamos la velocidad (que puede llegar a 300 km/h), es comprensible que se pueda disfrutar de un viaje cómodo en el que en menos de tres horas uno se planta en Tokyo. Llovía bastante, y es que nos encontrábamos en plena temporada de lluvias. Había que ir haciéndose a la idea de que el agua me acompañaría durante todo el viaje. Ni por asomo podía imaginar que los chaparrones y las tormentas se engancharían mínimamente a mi mochila para vivir uno de los veranos más secos a este lado de Asia. Librarse de las lluvias torrenciales en pleno julio se puede considerar casi un milagro.

En el año 2007 los protagonistas fueron sin duda alguna los Weekends viajeros, ahora también llamados “Breaks”, consistentes en períodos brevísimos (normalmente de viernes a domingo) en el extranjero aprovechando el auge de las líneas aéreas de bajo coste cada vez más presentes en no pocas ciudades españolas. La multiplicación de esta clase de compañías low cost son causa y efecto de lo que se ha venido a llamar Democratización viajera, es decir, un aumento considerable de ofertas para todos los bolsillos y públicos. No hace demasiados años que se tildaría de utópica esta nueva situación que ahora vivimos.
Y es por ello que quien os habla ha caído en el anzuelo una y otra vez. No hago más que hacer previsiones, mirar ofertas para disfrutar a largo plazo e informarme de nuevos destinos, rutas o posibilidades. Está claro que favorece vivir en una ciudad como Madrid donde hay un amplio abanico de opciones para volar al extranajero.
El año pasado viajé a Dinamarca, Suiza, Noruega, Alemania, Francia, Inglaterra, Italia o Portugal en fases cortas de 3 ó 4 días, que me permitieron disfrutar de estupendas anécdotas y compartir deliciosos momentos en compañía de amigos o familiares. La sensación de salir del trabajo un viernes a la hora de comer, y acabar cenando en Londres, Roma, Oslo, Zurich, Odense, Colonia o Avignon… es algo que se saborea al máximo.
Y para 2008 la cosa no va a desmerecer en absoluto. Qué mejor inauguración que un fin de semana en la inconmensurable capital de Francia, París. Fue, por tanto, la Ciudad de las luces la que abrió la veda. Era la segunda vez que viajaba hasta allí, ya que en el verano de 2001 había sido el primer objetivo alcanzado en el Interrail.

El Interrail no es sólo un billete que permite moverse en tren por Europa durante un tiempo determinado. Para mí, al igual que para mucha gente, es una forma de viajar e incluso una forma de ser. Y posiblemente sea uno de los mejores cimientos sobre los que debe construir todo aquel que se precie viajero libre e independiente. Bajo presupuesto, improvisación y aventura son conceptos que van indisolublemente unidos a este término. Qué mejor forma entonces de constituir la base idónea de futuros trotamundos. Y es que en un Interrail se aprende viajar…















