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La Pereza es uno más de los siete pecados capitales. La semilla de holgazanes, vagos , haraganes y gandules de aquí y de allá que se esparce continuamente por el mundo sin razón de género, raza, religión o condición. Vive en todos y
cada uno de nosotros, ahueca nuestros sofás, calienta nuestras camas e incluso alienta nuestros bostezos. Es la creadora de frases como “Ahora no me apetece” o “Que lo haga otro”, o de clásicas onomatopeyas como “Buffff”. Tiene un demostrado efecto paralizador en las extremidades y se esmera en cargar de peso los párpados. Demoledora e implacable, azota conciencias, arruina carreras y machaca todos los planes que se proponga. Pero que nadie piense que este rasgo impregnado en el carácter es propio únicamente del género humano. No seamos ingenuos ni queramos acaparar todo. Hay algo que nos supera con creces. Porque existe un animal que vive en las Selvas de Centro y Sudamérica que hace suya la pereza como el que más. Tanto que se le conoce oficialmente como Perezoso. Y es que nunca un nombre hizo tanto honor a una realidad.
La primera vez que me topé con un Perezoso fue en Costa Rica, en el Bosque lluvioso de Monteverde. Estaba agazapado, hecho una bola de pelo en lo alto de un árbol. Dormía plácidamente. Y así una hora, dos horas, tres horas… Tanto que volvimos para la cena y ahí seguía, sin haberse movido un solo centímetro. Tendría que esperar un día para ver a un perezoso despierto que trepaba hacia una rama con gran pasimonia, como a cámara lenta, sin importarle un bledo que estuviésemos apenas a un palmo suyo.

Tengo especial cariño a estos animales que siempre sonríen, que no saben de stress ni de prisas, y que apuestan de cara por la calma y el sosiego. ¿Qué os parece si les conocemos un poco mejor? Leer el resto de esta entrada »













