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Uno de los últimos viajes cortos previos al “Grande” del verano, tuvo lugar durante el fin de semana del 7 al 9 de junio en el suroeste de Inglaterra. Teníamos marcado como objetivo desde hace meses al conjunto prehistórico de Stonehenge y hacia allí marchamos Rebeca y yo para poner otra equis a la lista de lugares imprescindibles que ver en esta vida.
Este es uno de los lugares con más Carácter e Historia de las islas británicas. Se quiera o no se ha convertido en un icono que aparece en incontables medios. Y si no, no hay más que ponerse a buscar los millones de posters y fondos de pantalla que este monumento ha generado en los últimos años. Catalogado fuera de toda duda como uno de los mejores ejemplos que se conservan de la Prehistoria, este conjunto megalítico de estructura circular ha sido objeto de reverencia de numerosas civilizaciones como la celta o la romana. Incluso ha recibido apasionadas visitas de aborígenes autralianos o budistas tibetanos que no pasan por alto ese halo mágico que le rodea.


Hay ocasiones en las que conviene hacer las cosas sin pensarlas con antelación. Simplemente dejándose llevar por una corazonada o por una ilusión. Y ese ha sido mi caso reciente en un viaje de 5 días por tierras alemanas en el que me apunté con menos de 24 horas de que saliera el vuelo Madrid-Frankfurt. El Puente de Todos los Santos iba a ser uno más en el que me quedara tranquilamente en mi casa, ya velando armas para mi primera visita a Londres que llevaría a cabo una semana después (8 de noviembre). Pero ciertos comentarios de grandes amigos viajeros como Kalipo y Alicia, que pasarían unos días en Alemania junto a otros colegas de su pueblo (Vladi al que conocía y Dani, nuevo en estas lides), me arrancaron un cosquilleo en el estómago que me hizo pensar en la posibilidad de alistarme en el último momento.

Dos semanas perfectas. Esa es la conclusión con la que quiero catalogar el viaje del que regresé el 19 de agosto. El recorrido planteado se cumplió por entero y tuvimos la fortuna de ver y vivir ciudades, regiones y países realmente espectaculares.
Me imagino que la mayoría sabréis que el Interrail es un billete que permite viajar en tren por gran parte de los países europeos durante un tiempo igual o inferior a un mes. Yo ya había dado cuenta de esa experiencia en el verano de 2001 cuando con otros cinco amigos logramos el objetivo marcado, que no era otro que llegar a Cabo Norte (Noruega). Entre medias estuvimos en lugares como París, Gante, Brujas, Amsterdam, Copenhague, Oslo, Bergen, Trondheim, Bodo, Islas Lofoten y fiordos del Norte, Alta, Narvik, Estocolmo, Hamburgo, Berlín, Munich, Salzburgo, Innsbruck, Nyon, Niza, Cannes y Mónaco. Inexpertos y novatos dejamos el pabellón de Aluche bien alto. Pero esa fue otra historia…
Seis años después, con un mayor bagaje a nuestras espaldas, preparé un itinerario por algunos de los países del Este europeo que se encontraban en el lado comunista del telón de acero desde la finalización de la II Guerra Mundial (1945) hasta la caída del muro de Berlín en 1989. Julián, que ya me acompañó en otros viajes a Bélgica, Holanda y Finlandia, y Edu, que por fín estrenó “internacionalidad”, se enfundaron las mochilas, sacos y esterillas para compartir conmigo esta nueva experiencia.

Si hay un viaje que supuso un antes y un después a mi voraz ansia de conocer mundo, éste es el denominado Transiberiano que llevé a cabo junto a mis amigos del barrio en el verano de 2005. Y no sólo cambió mi ambición viajera sino que influyó en mi forma de mirar las cosas, de establecer objetivos y de saber marcar el camino a una temporada que no había sido fácil. Quizá por inesperado, por las fantásticas personas con las que lo hice, por el momento de mi vida en que me encontraba y por ser un recorrido tan excitante como llamativo, puedo decir que fue el viaje de mi vida. Superarlo supone una dificultad casi extrema, aunque por supuesto, no cesaré en mi empeño de sentirme igual de feliz, igual de vivo… Me abrió los ojos y desde entonces no los he vuelto a cerrar.

El Interrail no es sólo un billete que permite moverse en tren por Europa durante un tiempo determinado. Para mí, al igual que para mucha gente, es una forma de viajar e incluso una forma de ser. Y posiblemente sea uno de los mejores cimientos sobre los que debe construir todo aquel que se precie viajero libre e independiente. Bajo presupuesto, improvisación y aventura son conceptos que van indisolublemente unidos a este término. Qué mejor forma entonces de constituir la base idónea de futuros trotamundos. Y es que en un Interrail se aprende viajar…





