Maravillas que ver en Xi’an, el extremo oriental de la Ruta de la seda

Mucho antes del descubrimiento de los guerreros de terracota allá por 1974 la ciudad de Xi’an estaba entre uno de los destinos más excepcionales de China (y diría que de Asia). Y eso que hablamos del que probablemente se trate del hallazgo arqueológico más importante del siglo XX. Pero, aún sin la presencia del vasto ejército desenterrado en las proximidades del mausoleo todavía inexplorado del Emperador Qin Shi Huang, sabíamos de la vieja Xi’an que durante siglos fue capital del Imperio Chino y el extremo oriental de la Ruta de la Seda. La última (o la primera según se mire) de un recorrido que unió el Lejano Oriente con Asia Central y Europa, tal como nos contó Marco Polo en su libro de las maravillas. Destino de caravanas y mercaderes venidos de remotos confines y que comerciaban con gemas, marfil, especias y, por supuesto, la seda que se elaboraba en China desde hacía miles de años. Ya entonces tenía la ciudad más habitantes que sumando las principales capitales europeas. Hoy Xi’an se trata, de largo, de un viaje estupendo para ir en busca de los prodigios de su rico pasado y la multiculturalidad tanto dentro como fuera de su extensa muralla.

Guerreros de terracota. Uno de los imprescindibles que ver en Xi'an (China)

He tenido la suerte de viajar a Xi’an en dos ocasiones bastante separadas en el tiempo en las cuales he tenido tiempo de perderme en su barrio musulmán, probar los mejores dumplings a este lado de China, ir en bicicleta por su muralla antigua, rendirme ante sus pagodas milenarias y, por supuesto, admirar  la grandiosidad de los guerreros de terracota. De ahí que me gustaría compartir a continuación todos esos lugares tan maravillosos como imprescindibles que ver en Xi’an y así poder regresar, aunque sea a través de las palabras y las imágenes, a un emplazamiento esencial para comprender el mundo.  Leer artículo completo ➜

Ruta por tierra entre Shanghái y Lhasa: El largo camino al Tíbet

“Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca, pide que tu camino sea largo, rico en experiencias, en conocimiento”. Esta frase del memorable poema de Cavafis, aplicable tanto a los viajes como a muchas de las facetas de nuestra vida, procuro llevarla conmigo a todas partes. Siempre he pensado que la meta está lo lejos que tú quieras que esté y que, en muchas ocasiones, para saborearla aún más hay que detenerse lo que sea necesario y aprender de la senda o sendas que te lleven a ella. El largo camino al Tíbet lo inicié realmente muchos años antes de poner los pies en Lhasa. Primero a través de la literatura, después dando pasos con la imaginación y dejándome llevar por los pormenores del viejo Reino de los Himalayas de los que me iba empapando. Después, tras varias andaduras por China fui casi tocándolo con la yema de los dedos (como en Shangri-La, en el pequeño Tíbet de Yunnan). Y en la vez que por fin emprendí el viaje definitivo, traté de que el recorrido también fuese lento, que el Palacio de Potala se hiciese esperar. Dar un salto no era opción. De ahí que la llegada al Tíbet desde Shanghái vino precedida de diversas vivencias dignas de recordar.

Templo de la Fortuna en las Montañas Cangyan (Hebei, China), parte de nuestra ruta por tierra entre Shanghai (China) y Lhasa (Tíbet)

En la ruta por tierra entre Shanghái y Lhasa se sucedieron rascacielos futuristas, una noche en un monasterio zen, una villa medieval de piedra y un templo sostenido por un puente. Así como un ejército con miles de guerreros de terracota, un mar de interior sagrado en Qinghai, un monasterio gelugpa que no dejaba de recibir a devotos peregrinos arrastrándose literalmente por el suelo y un tren al que dicen de las nubes con el que atravesar la meseta tibetana. Todo antes de acariciar el Palacio de Potala, la Ítaca de mis sueños.  Leer artículo completo ➜

60 consejos prácticos para viajar al Tíbet

¿Qué significa viajar al Tíbet? Son demasiadas cosas en realidad. Caminar por un reino atávico y remoto con los Himalayas como barrera natural, hacer una kora alrededor de un lugar sagrado en compañía de gente apasionada y maravillosa que vive por y para su espiritualidad, asomarse por la ventanilla del tren hacia una llanura salpicada de cientos de yaks y aceptar junto al templo un té con mantequilla de estas vacas peludas aunque tenga el sabor más horrible del mundo. Realizar un viaje al Tíbet representa la posibilidad inequívoca de marcar un antes y un después en tu cuaderno de bitácora vital, como si contemplar las paredes níveas del Monte Everest, ascender por las escaleras del Potala o ver volar miles de banderas de oración de colores junto a un glaciar o un lago salado se convirtiese por un instante en lo único que te importa.

Consejos para viajar al Tíbet

Tras regresar de un sensacional viaje a Tíbet entrando en el tren de las nubes he preparado un escrito de carácter práctico con una recopilación de información que pueda resultar útil a los viajeros y viajeras que tengan interés en embarcarse en una aventura de este tipo. Por medio de anotaciones realizadas durante una intensa y emocionante experiencia en el techo del mundo nace esta lista documentada que agrupa nada menos que 60 consejos para viajar al Tíbet con los que ayudar a poner las bases para cumplir el sueño de toda una vida. Leer artículo completo ➜

Los mejores momentos de un viaje al Tíbet

Tíbet. Una tierra llena de secretos, de tesoros milenarios, de certezas de fe e incertidumbres mundanas. El lugar en el que el budismo depositó su trono sagrado a los pies de la cordillera del Himalaya. Donde el Everest mira siempre al norte y una cantidad inasumible de santuarios y monasterios mueven los hilos invisibles del presente, el pasado y el futuro de un pueblo religioso como pocos y que no deja de dar vueltas como una de las muchas ruedas de oración que despliegan mantras con tan sólo tocarlas con la mano. Tíbet no sólo es un lugar, es un estado mental, una manera honesta de mirar a la vida, de hacerle cosquillas al cielo más azul que uno pueda imaginarse, de escarbar a su vez en los infiernos terrenales y toparse con unas dosis de dignidad y pundonor envueltas para regalo en las sonrisas más sinceras.

Sele en Shighatse, un imprescindible a la hora de viajar al Tíbet

En mi última aventura en el Tíbet aprendí aliviado que mientras su gente conserve la fe, se mantendrán los preceptos y cimientos de este reino entre montañas, tiempo atrás impenetrable y desconocido. Hacer un viaje al Tíbet me ha llevado a recopilar una serie de experiencias increíbles y a tratar de asimilar una interminable sinfonía de escenas y escenarios con la lenta digestión que la mantequilla de yak es capaz de permitir en estos casos.  Leer artículo completo ➜

Rumbo al Tíbet: Arranca una gran aventura

Hay viajes que no necesitan adorno ni gala alguna para su descripción. En ocasiones basta una sola palabra para narrar una declaración de intenciones e inspirar admiración. Decir TÍBET representa volar muy alto, concretamente al techo del mundo, y recorrer con la mente un paisaje de montañas colosales, llanuras con yaks pastando amparados por su lanudo pelaje así como con inmensos monasterios budistas refugiados en el eco que provoca un viejo dungchen, la clásica trompeta que utilizan los monjes para sus ceremoniales religiosos. Espiritualidad, historias perdidas y otras más cercanas y esa ensoñación permanente que quienes aman los viajes y la aventura guardan bajo llave como un auténtico tesoro. En efecto, hasta para este tipo de cosas existen palabras mayores que infunden respeto. Y el nombre de Tíbet, no cabe duda, que entra perfectamente en esta categoría.

Monasterio de Songzanlin (Tíbet de Yunnan)

Una idea, recorrer el Tíbet entrando por tierra tras un largo viaje desde Shanghai. Una aventura con una previa magnífica y digna para todo lo que llegará después. Y muchos objetivos, como mirar a la cara al Everest desde su campo base y comprender (más que visitar) la idiosincrasia tibetana a través de sus templos, sus pueblos y su gente.  Leer artículo completo ➜