La experiencia de dormir en una yurta en Uzbekistán

En los pueblos nómadas de Asia Central existía la tradición de ir con la casa a cuestas. Grandes y complejas tiendas de campaña, forradas en piel y lana, y con una estructura de madera como esqueleto, eran montadas y desmontadas por las familias que encontraban en las estepas y desiertos más inhóspitos un lugar idóneo para pasar una temporada. Preparadas para soportar condiciones meteorológicas extremas, tanto de calor como frío, se convirtieron en un auténtico modo de vida. Se las conoce normalmente como yurtas (en mongol gers), y representan mejor que ninguna otra cosa el nomadismo más auténtico. En países como Mongolia, Kazajistán, Kirguizistán o Tajikistán, y en menor medida en Uzbekistán, todavía es posible encontrarse una o varias yurtas en la inmensidad de un paisaje con el que parece tener cierta simbiosis. Sus estilizadas figuras nos hacen volver a los orígenes del ser humano antes de que nos convirtiéramos en seres sedentarios que nacemos, vivimos y morimos en el mismo lugar. Por ello la yurta es una metáfora del todo cambia y nada permanece, de la vida marcada por el movimiento y la nostalgia de pensar que, en realidad, todos somos nómadas.

Yurtas en Uzbekistán

Durante el último viaje que hicimos a Uzbekistán quisimos probar la experiencia de dormir en yurtas, algo que yo había tenido la suerte de hacer en Mongolia años atrás. Después de días de ciudad en ciudad encontramos el silencio más puro en un auténtico desierto olvidado por el curso del Amu Daria bajo la sombra de Ayaz Qala, una atalaya del antiguo Reino Corasmio (Khorezm) fundida con la colina como si fuera arcilla a punto de derretirse. Uno de los pocos campos de yurtas que existen en el país nos brindó una estancia magnífica en la lejanía de las tierras centroasiáticas.

UN PARÉNTESIS EN EL DESIERTO

Ayaz Qala es una de muchas fortalezas que existieron en durante el pasado Khorezm en torno al Siglo III después de Cristo. De hecho todo el área es conocido como Elliq-Qala, que viene a significar “cincuenta fortalezas”, aunque por ahora se han hallado los restos de unas veinte. En las lindes de la República autónoma de Karakalpakstán con la provincia de Khorezm, al amparo del Desierto de Kyzyl Kum (octavo en extensión el continente asiático con aproximadamente 300.000 km²), está una de las zonas arqueológicamente más importantes del oeste uzbeko. A un par de horas de Urgench (30 minutos más si se va desde Khiva) o de Nukus, la extraña capital karalpak, se encuentra este retirado enclave con bastante Historia y una posibilidad de alojamiento diferente al de la cama dura de un hotel soviético.

Cuando regresábamos de nuestra expedición al Mar de Aral decidimos no volver a Khiva sino continuar por la carretera recta y llena de baches que salía de Nukus e irnos a perder a Ayaz Qala. La presencia de yurtas en Uzbekistán es bastante limitada (vimos algunas solitarias donde viven los kazajos del norte), pero hay un par de campamentos en los que es posible tener la experiencia de dormir en este tipo de viviendas: En las proximidades del Lago Aydarkul o en Ayaz Qala, a medio camino entre la fortaleza y un lago de sal llamado Ayaz Kul. Dado que lo que teníamos a mano era este último, nuestro amigo Izzat, un uzbeko de Khorezm que habíamos conocido en Khiva, se puso en contacto con la persona que cuidaba el campamento para ver si estaba abierto. La respuesta fue afirmativa, por lo que no hubo más que pensar aunque sí que regatear…

Dormir en yurtas en el Ayaz Qala Yurt Camp no es, ni mucho menos, barato. Muy al contrario. No se movieron de un precio de 25 dólares americanos el alojamiento y desayuno, y 40$ si queríamos también comer y cenar allí mismo. Era tomarlo o dejarlo, por lo que pesó más que no nos habíamos dejado mucho dinero en el viaje y que realmente podía ser una bonita experiencia para los dos.

Cuando dejamos a Izzat haciendo autostop para volverse a su casa en Khiva en la rotonda de una pequeñísima ciudad pequeña llamada Boston, que sólo coincidía en el orden de las letras con su homónima norteamericana, empezamos a subir al norte y alejarnos de la fertilidad de los campos regados por el Amu Daria y sus muchos canales de irrigación. Una llanura totalmente seca de abrió kilómetro a kilómetro hasta convertirse en un desierto de arena y piedras. De fondo ya veíamos lo que parecían restos arqueológicos sobre dos promontorios. Estábamos en Ayaz Qala, en las puertas del Kyzyl Kum y la Historia se elevaba sobre nosotros para confundirse con la naturaleza yerma y áspera de aquel lugar solitario.

Justo a unos pocos metros, dejando a nuestra derecha las ruinas corasmias, detuvimos el coche junto al Campamento de Yurtas de Ayaz Qala. Sólo había otro vehículo, pero nadie a la vista. Nos adentramos dentro de un grupo de no más de diez yurtas hasta que una mujer con un vestido azul y un pañuelo de la cabeza nos dió una calurosa bienvenida. Se llamaba Rano, y era la guardiana del Yurt Camp. Una mujer de bandera con gran personalidad capaz de convertir un rincón solitario del mundo en un hogar caluroso. Nos acompañó a la que sería la yurta en la que pasáramos la noche y nos preguntó si nos esperaba para la cena. Como habíamos comido tardísimo (unas brochetas radioactivas en Nukus) no teníamos ganas de cenar, pero sí que le adelantamos que almorzaríamos allí mismo al día siguiente (10$ por persona). Nos fue a preparar un té mientras nosotros íbamos conociendo mejor nuestra “casa en el desierto”…

HISTORIAS DE LA YURTA

La yurta era grande. Su tamaño estándar permitía acoger cómodamente a seis o siete personas sin demasiadas apreturas. La estructura de madera color rojo deja entrever el esqueleto de una tienda forrada de pieles (de camello o de vaca) y alfombras con los que amortiguar el frío de las noches tanto de verano como de invierno. Ya se sabe que el desierto es engañoso y no siempre da calor, teniendo oscilaciones térmicas realmente notables que, en ocasiones, pueden superar los 20º de diferencia entre el día y la noche. Una sucesión de estampados de flores bastante horteros era la única decoración dentro de un interior bastante sobrio. Obviamente la cama en la yurta ni está ni se la espera. Sería el suelo el soporte de dos finos futones sobre los que apoyaríamos los sacos de dormir que aún no habíamos desatado de la mochila.

Debíamos entrar descalzos para no llenar de tierra el interior de la yurta, algo que más de una vez se nos olvidó, aunque siempre la buena de Rano tratara de recordárnoslo. Y es que al principio, entre ir dejando el equipaje y los trastos, y salir a tomar fotos era un no parar de quita y pon de zapatillas.

El campamento de yurtas constaba de once tiendas, con una que servía de comedor y otra a medio hacer. Ocupadas tan sólo dos, la nuestra y la de un grupo de franceses que llevaban casi dos semanas en Uzbekistán con los que después charlaríamos un buen rato, ya que dudaban si intentar llegar o no al Mar de Aral. Allí no había más gente que nosotros, los conductores que nos habían traído hasta allí y Rano, la mandamás. Las instalaciones terminaban en una pequeña cocina y unos cuartos de baño con duchas.

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Yo me encontraba realmente contento de tener por delante una tarde, una noche y un largo día después para quedarnos “en medio de la nada”. Estar… sin más. Un paseo de la mano con la soledad y el silencio.

Os muestro el Yurt Camp en este vídeo:

* Nota: En el vídeo digo que estamos en la provincia de Khorezm, pero Ayaz Qala técnicamente se sitúa en territorio de Karakalpakstán

Tomamos unos cuantos tés medio sentados, medio tumbados, en una plataforma desde la cual se veía perfectamente la inmensidad del desierto de Qyzyl Kum. Una alfombra de tierra estéril con un cielo limpio encima delimitaban el contexto ideal para la paz y el sosiego. Era exactamente lo que andaba buscando, no escuchar absolutamente nada, el sonido inerte e inexistente en la gran ciudad.

Y en aquella plataforma alfombrada vaciamos la tetera y mantuvimos ciertas conversaciones más o menos trascendentales hasta que se fue haciendo de noche muy poco a poco, anaranjando primero la tierra para ennegrecerla después. Uno de los chicos franceses se acercó a compartir una charla entremezclando inglés, francés y español y comentar nuestras impresiones sobre ese país de la ruta de la seda tan fabuloso como es Uzbekistán. Seguían dudando si valía la pena tantas horas de carretera para ir al Mar de Aral a la mañana siguiente y nosotros le convencimos de que debían hacerlo. Siempre he creído que los lugares desgraciados deben conocerse para que nadie olvide qué sucedió para que lo fueran.

Un ejército de estrellas gobernó toda aquella oscuridad hasta que el reflejo de la luna se fue haciendo más potente. Como un faro en el desierto, mantuvo su fuerza, lo que ayudó a que no fuera del todo necesaria una linterna (llevábamos las típicas que van sin pilas). Al cabo de un rato nuestros ojos aprendieron a mirar sin luz y pudimos movernos de un lado para el otro sin problemas. El alboroto en la yurta de los franceses se detuvo y nosotros no aguantamos mucho más, puesto que llevábamos un día de aúpa.

Preparamos los sacos de dormir y cerramos la puertecita de madera, corriendo la cortina que la tapaba de forma insignificante. El aire se había vuelto bastante frío ahí fuera y venía bien todo el arsenal de alfombras y recubrimientos de piel que impedían entrase una sola gota de viento. De hecho la temperatura seguía siendo caliente en un lugar preparado para resistir el clima gélido de las noches en Kyzyl Kum, el cual, como el Gobi, llega a recibir nieves durante los crudos inviernos uzbekos.

Antes de apagar la luz grabé un vídeo donde poder ver cómo era la yurta por dentro:

Sin más distracciones en una noche de silencio extremo, nos acostamos. Tengo que decir que pudo ser uno de los lugares en los que mejor dormimos de todo el viaje….

EL DESPERTAR DEL KYZYL KUM

Amanecimos con el Sol golpeando potentemente sobre la yurta. A pesar de que la noche había sido fría, la mañana se había asentado con firmeza sobre el recóndito desierto de Kyzyl Kum. Las yurtas habían visto despedirse al grupo de franceses, que se habían despertado bastante antes que nosotros para dejarnos el privilegio de ser los únicos habitantes “no uzbekos” del Ayaz Qala Yurt Camp. Fue un placer levantarnos sin ninguna prisa y dar nuestros primeros pasos del día en un lugar en lo que no existía el más mínimo ruido.

Los desiertos siempre me han parecido lugares evocadores que nos recuerdan constantemente lo insignificantes que somos. En un espacio tan grande y tan inhóspito somos incluso más diminutos que los granos de arena. Me venían a la mente imágenes inventadas de comerciantes y artesanos en sus camellos y caballos atravesando a duras penas los despoblados que jalonaban su particular Ruta de la Seda. La dureza del recorrido minaría lentamente sus fuerzas y quién sabe si las yurtas, herencia de la civilización nómada que vivió en tiempos de Genghis Khan, tuvieron un efecto reconfortante en tan agotador viaje.

En una de las tiendas Rano había preparado una mesa con un desayuno a base de pan, mermelada, dulces y té. Ella sola se dedicaba a dar el mejor hospedaje posible a los ocupantes de las yurtas, en este caso nosotros. Como la afluencia de turismo en aquel mes estaba siendo bastante floja no tenía apenas clientes, llegando a estar semanas viviendo en absoluta soledad. Determinados grupos de turistas pueden pasarse por allí y comer, pero raras veces se ocupa por completo la decena de yurtas que componen, por el momento, el campamento.

Antes de llegar al campamento habíamos leído que solía haber ciertas actividades en torno a él como, por ejemplo, montar en camello o a caballo. Pero allí no había rastro alguno de animales o personas. Después de preguntar a Rano sobre ésto nos comentó que bien si había temporadas en las que sí había pastoreo de camellos por allí y que, por tanto, se ofrecían a los clientes de las yurtas la posibilidad de montarse en ellos, en ese mes con tan poco turismo visitando la zona, no se daba esa posibilidad. “Los camellos andan pastando allí lejos” nos dijo medio inglés medio en señas mientras señalaba al fondo de una llanura desértica que se confundía con el horizonte.

Entonces meditamos qué hacer, aunque tampoco eran demasiadas las opciones las que teníamos. Pensamos, en primer lugar, subir a la cercana fortaleza de Ayaz Qala y después marchar hasta el lago Ayaz – Kul, que tenía una situación totalmente opuesta. Después llegaría la hora de comer y nos esperarían ricas viandas sobre la mesa y quien sabe si sería tiempo de marchar a ver otras fortalezas…

AYAZ QALA: LA CIMA DE LOS VIENTOS DE KARAKALPAKSTÁN

La primera y más grande de las tres fortalezas que componen Ayaz Qala me recordó ligeramente a Amon-sûl, una atalaya en ruinas que aparecía en el “Señor de los Anillos: La comunidad del anillo” en la cual Frodo fue atacado y herido por el filo de la espada de los malvados Nazgûl. La cima de los vientos, ideada por J.R.R. Tolkien y llevada a la pantalla por Peter Jackson, tiene similitudes con el fuerte corasmio, aunque teñido de fuego propio de una zona desértica como la que se ve en gran parte de Karakalpakstán. Aquel se convirtió en nuestro objetivo más inmediato, el punto hacia el que que nos fuimos dirigiendo a pie utilizando un sendero de arena que bordeaba la recia colina.

Nos encaminamos a alcanzar la cima del primero de los tres conjuntos fortificados que constituyen Ayaz Qala, el más extenso y antiguo de todos ellos. Aquel rectángulo pertenecía al Siglo III después de Cristo, en tiempos en los que el Reino Corasmio ( conocido en varias lenguas como Khorezm, Khwarezm, Khorasam… y tiene muchas más denominaciones) gobernaba un área bastante amplia que se saltaba todas las fronteras actuales (por ejemplo Turkmenistán). En aquella época el Río Amu Daria (mítico Oxus) tenía aquí uno de sus últimos tramos antes de morir junto al Sir Daria en el Mar de Aral. Pero el que fuera uno de los cursos más inestables de Asia Central cambió su ruta unos mil quinientos años antes de que lo hicieran artificialmente los rusos en el S. XX. Y lo que era una zona fértil y próspera pasó a ser un desierto. Las fortalezas que acompañaban al río fueron abandonadas completamente hasta pasar a ser un elemento más de las colinas. Por ello su declive y, por ello, su milagroso resistir a desaparecer del todo.

El calor de la mañana en verano suele ser rompedor, por eso conviene moverse por allí temprano. No estaba siendo el mes de julio más caluroso de la Historia de Uzbekistán y, aunque el Sol apretaba fuerte, era bastante soportable. Aún así todavía era temprano. En las horas más centrales del día subir hubiese sido una auténtica locura.

No tardamos en acercarnos a las murallas de Ayaz Qala. La subida la hicimos en no más de 20 minutos a paso tranquilo, disfrutando de las vistas a las que íbamos teniendo acceso. Entonces aquel rectángulo de piedra fue haciéndose más y más grande. 180 m. tenían sus lados más longevos (este-oeste), mientras que 150 m. era lo que medían los más cortos (norte-sur). El parecido a la Cima de los vientos también aumentó, porque la corriente soplaba con furia al no tener otra pared a decenas de kilómetros.

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Junto a los muros de la fortaleza buscamos un sitio por el que acceder al interior. Una improvisada escalera nacida de las piedras derretidas nos permitió observar el interior de una plaza fuerte caracterizada por el vacío más absoluto. Los pies se nos hundían en unas murallas de auténtico barro minimizados por la erosión. La fragilidad de la estructura era como la de un castillo de arena al que faltaba soplarle para que se cayera. Por eso el milagro de seguir viva casi dos milenios más tarde. Aunque si no se hace nada para protegerla será difícil que sobreviva a unas pisadas más firmes que los años.

Pasamos al interior de Ayaz Qala mientras veíamos languidecer las paredes junto a los vanos por los que ágiles arqueros corasmios defendieron la Fortaleza con su propia vida. Cuesta hacerse una composición de lugar cuando un sitio es más montaña que monumento y el contexto físico es tan diferente al original. Aquel es el crepúsculo olvidado de un viejo y olvidado Reino en el occidente del país de los uzbekos.

Un cielo fabulosamente azul era el único contraste a la monotonía cromática de la tierra que fuera khorezm y que ahora forma parte de una extraña República autónoma habitada por los Karalpaks, los mismos que sufrieron en sus carnes el desastre ecológico del Mar de Aral. Estos restos arqueológicos son el mayor Patrimonio Histórico de una región muy pobre que se limita a observar erguidas estos tronos de barro.

Pasamos al otro lado de las murallas y observamos desde arriba la segunda de las fortalezas de Ayaz Qala. Mucho más pequeña, esta construcción khorezm es en torno a tres siglos más moderna que la primera. Casi fundida con la colina, se presupone corresponde a una pequeña edificación de carácter feudal, aunque todos estos aspectos no son demasiado conocidos puesto que han sido escasas las investigaciones y prosprecciones arqueológicas allí realizadas.

Desde arriba entendíamos la ubicación de estos emplazamientos como lugares de observación y defensa de toda la llanura en un radio de muchos kilómetros. Ayaz Qala es el auténtico Emperador del Desierto…

Llegamos al lado opuesto bordeando la muralla por fuera. Antes de iniciar el descenso observamos en la lejanía el campamento de yurtas en el que habíamos pasado la noche. De fondo las aguas de un lago salado rompían con la monotonía de aquellas vistas.

El lago, que era nuestro próximo objetivo, estaba a una cuarta parte de su capacidad. Las lluvias, más abundantes que en un “desierto normal y corriente”, no se habían dejado ver hacía ya mucho tiempo y eso se notaba en unas salinas que blanqueaban un suelo llano y carente de vegetación alguna. Tratamos de avanzar hasta él, pero eran varios los kilómetros a pleno Sol que teníamos hasta la gran mancha azul, que tuvimos que dar la vuelta antes de tiempo. Entre las yurtas y el lago hay no más de 2 km cuando éste se encuentra lleno. Pero estando semivacío, la caminata con un Sol tan fuerte pasado el mediodía no merecía la pena y, por tanto, regresamos al campamento.

Nos bebimos un par de litros de agua, puesto que veníamos secos. También ayudó un té que, aunque caliente, también nos ayudó a saciar nuestra sed. Rano se preocupó bastante de que los únicos habitantes de las yurtas tuviésemos todo lo necesario. Era un lujo encontrar una mujer tan jovial, tan chistosa y tan hospitalaria en un lugar remoto como éste. Siempre pendiente de nosotros entraba y salía a toda prisa de su cocina donde preparaba a fuego un almuerzo que estaba a punto de caramelo.


“¡A lavarse las manos, que vamos a comer!”

Fuimos a la mesa y allí nos esperó una buena sopa de noodles y el plato fuerte, patatas guisadas con carne. Consistentes, deliciosas… tan del sabor de casa. Lo que necesitábamos. Fue lo mejor que nos pudo sentar a los dos después de días y más días liados a brochetas y plovs explosivos. En un país que no nos conquistó precisamente por el estómago, se dieron contadas excepciones. Y esta fue una de ellas.

Con nosotros almorzó la propia Rano así como el padre de Izzat, que aportó además una sandía gigantesca que guardaba en el maletero del coche y que devoramos con verdadera saña. No había mejor postre que aquel para dar una pausa al calor seco que nos rondaba desde hacía algunas horas.

Descansamos unos minutos mientras Rano nos contó su vida en las yurtas. Cuando estábamos cerca de marcharnos nos sacó unos bártulos (peluca típica de Asia Central y trajes llamativos) con los que disfrazarnos y divertirnos haciéndonos fotos. Era un poco “turistada”, pero aseguro que sirvió para arrancarnos unas buenas carcajadas. ¡Lo importarse es divertirse!

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Después ya, sin mi peluca del agente 11811 ni demás avatares frikis, posamos por última vez antes de volver al coche y dejar atrás el Campamento de Yurtas de Ayaz Qala que nos había dejado una experiencia diferente dentro de nuestro viaje de dos semanas a Uzbekistán. Nos marchamos con la sensación de haber acertado en incluirlo dentro de nuestros planes y la pena de regresar a “la ciudad”, aunque ésta se llamase Khiva y fuera parte del cuento de las mil y una noches

TOPRAQ QALA Y KIZIL QALA

De camino a Urgench (y posteriormente Khiva) nos pillaron práticamente de paso otras dos fortalezas del estilo de Ayaz Qala: Topraq Qala y Kizil Qala. Ambas forman parte de Elliq-Qala, las 50 fortalezas, y son igualmente antiquísimas construcciones corasmias.

La primera que visitamos fue Topraq Qala, que no parecía gran cosas desde lejos y que tenía un estado de conservación mucho mejor que Ayaz Qala. Por lo menos parece haber sido más estudiada por los arqueólogos e historiadores que aseguran fue un importantísimo Palacio Khorezm (hay mucha información en inglés en la página: http://karakalpak.com/anctopraq.html) del Siglo III de nuestra Era. Sus dependencias, sorprendentemente bien delimitadas, también dejaban entrever una gran fragilidad que parecía dejar el monumento al amparo de los años y la buena fortuna.

No muy lejos de allí (aunque fue necesario el coche) Kizil Qala desafiaba a los siglos desde una colina con unos muros todavía más altos que los anteriores. Lástima que las avispas fueran tras de mí atraídas, quizás, por la camiseta amarilla que llevaba puesta.

Y después de las últimas visitas arqueológicas, fuimos definitivamente a Khiva, aunque paramos en Urgench para aprovechar a sacar nuestros billetes de tren a Tashkent de dentro de dos días. Contamos con la ayuda del padre de Izzat para conseguirnos un camarote para dos personas y llevar lo mejor posible las veintitantas horas que nos esperaban de viaje.

Una vez llegamos a Khiva nos alojaríamos, esta vez sí, en un hotel corriente y moliente. Tenía camas, pero no nos sentimos tan confortables como en la yurta de color blanco posada junto a una de las Fortalezas de los Khorezm. Debe ser que el desierto nos trajo la paz que andábamos buscando.

Sele

* Recuerda que la ruta que hicimos en Uzbekistán, los alojamientos, transportes, consejos y el índice de los relatos/artículos que tengan que ver con este viaje lo podrás consultar en:

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21 comentarios en “La experiencia de dormir en una yurta en Uzbekistán

  1. Qué buenos recuerdos 🙂
    Una zona impresionante el Karakalpastán, llena de gente dura y amigable.
    En nuestro caso también éramos los únicos turistas del campamento… pero es que lo abrieron casi para nosotros en pleno febrero!! Estaba sin preparar, tanto es así que las yurtas estaban a medio montar, llenas de huecos por los que se colaba el aire helado del desierto, y nuestra amiga cuidadora del campamento nos dijo que allí no podíamos dormir, que estábamos locos. Sólo la comida la disfrutamos allí y con el horno bien caliente para evitar que nos congeláramos.
    Luna nueva fue lo que encontramos y un cielo plagado de estrellas como no habíamos visto nunca, el frío ayudó a la nitidez.
    La cena, el desayuno y la noche la pasamos en el edificio contiguo que, a pesar de ser de cemento, no dejaba de tener una buena cantidad de agujeros en paredes y ventanas. ¡Ah! y las tuberías (retrete y ducha) estaban congeladas… todo el desierto era el baño y no hacía calor como para sudar 😉
    Gracias por recordarme la experiencia.

  2. Genial experiencia tiene que ser la de dormir en una yurta… por mucho que el precio sea un poco excesivo (aunque tampoco tanto), creo que debe valer realmente la pena.

    Me has hecho recordar una noche que pude pasar en una jaima en medio de las dunas de Erg Chebbi de Marruecos…

    Un saludo!

  3. Será caro pero la experiencia lo vale, es increíble lo bien preparadas que están las tiendas, se nota que es una técnica que la llevan perfeccionando durante años.

    Espero vivir una experiencia así alguna vez y si me prestas la peluca esa mucho mejor xDDDDDDDDDDD

    Un abrazo Sele!!! 😉

    1. Muy buenas!!!

      Toda una experiencia la de dormir en una yurta. Lo había hecho años antes “perdidos de todo” en Mongolia y quería repetir esas mismas sensaciones. Aunque el escenario era otro, el Kyzil Kum, esas fortalezas que parecen de barro. Nos vino muy bien esa parte del viaje.

      + José Carlos, seguro que vives esa experiencia algún día. Si vas allí la peluca no tienes más que pedirla. Es perfecta para el frío, aunque con el calor en verano que hace allí te dá de todo… jeje

      + Toni: Sí me pareció demasiado precio. La cuestión es que debe haber tres o cuatro Campos de yurtas como ese en todo el país. Pero vale la pena!

      + JAAC: Ya me imagino el frío que tuvistéis que pasar. Pero ni esos huecos por los que entraba el aire os amargaron una vivencia inolvidable. Es lo importante.

      Bueno, amigos. Mañana estad atentos al Rincón de Sele, que vienen novedades para lo que nos queda de año.

      No pensé que fuera a ser así, pero me equivoqué. Viene toda una traca!

      Mañana os cuento,

      Saludosss

      Sele

  4. Genial experiencia, Sele!

    Aunque algo cara, veo que vale absolutamente la pena… Ya sabes que tengo muchas ganas de poder dormir en alguna yurta o ger y experimentar en carne propia qué es dormir en medio de la NADA. Espero poder hacerlo este enero o febrero en Mongolia, en mi viaje por Asia. Aunque el frío lo va a hacer muy chungo, lo intentaré!

    UN fuerte abrazo y te leo mañana, que me hace especial ilusión… Qué cabrito eres, aunque lo mereces al 100%!

  5. Hola Sele! Yo soy Izzat. De la ciudad de Khiva. Gracias a tu estoy ayudando a los viajeros mismo trayecto. Pero algunos no pudiera encontrarme en la puerta principal. Hay otra posibilidad que todo puede buscarme de la misma tienda “Alibaba y 40 ladrones”. El dueno de la tienda se puede llamarme. Hoy en dia llevo el numero movil +998914368945. Si alguien quiere que yo organizo el viaje se puede llamarme. Hasta la vista en Khiva!

  6. Buen viaje a todos otra vez. Yo soy Izzat. No se algunos de mis clientes intentaron llamarme en 29 de enero. Pero no pudimos hablarnos. Hoy en dia estoy en Sopporo (Japan). Por eso si quereis saber algo de mis servicios escribame a mi e-mail ( khorezm@gmail.com) por favor. Estare en Khiva el 22 de febrero Inshallah. Hasta pronto!

  7. Magnífico blog, que acabo de descubrir. En abril nos vamos a Uzbekistan y me he leido de un tirón todos los artículos, nos ha venido al pelo.

    Dos artículos han sido especialmente útiles, éste y el del mar de Aral. Muy poco se ha escrito sobre ello, y encima nos demostráis que se puede hacer en sólo dos días (madrugando, claro, pero cuando se viaja ya se suele practicar). Fenomenal.

    Sobre las yurtas, en una de los pocas cosas que había encontrado decía que proporcionan mantas suficientes. Vosotros vi que llevabais sacos de dormir ¿sabéis si es cierto lo de las mantas? Es que en la mochila el saco ocupa un cierto espacio, y llevarlo para una sola noche…

    Por otro lado, ¿visitasteis -me ha parecido que no- o sabéis algo del museo de arte moderno de Nukus? Estoy intentando hacerme una idea de si tan famoso museo se merece los comentarios que he leído de él, ya que sería lo único que justificaría detenerse en Nukus.

    Mil gracias por cualquier información que nos podais proporcionar.

    1. Hola Jordi,

      Pues lo dicho por ti, no hace falta el saco de dormir para una sola noche. Puedes pedir las mantas que necesites.

      Respecto a Nukus no tengo ni la menor idea. El interés estaba en pasarlo de largo de camino al Mar de Aral.

      Te deseo mucha suerte en un viaje tan especial.

      Saludos,

      Sele

    1. Hola Izzat,

      ¿Cómo estás? Sí que me gustaría regresar a Uzbekistán otra vez. El día que lo haga no dudes que nos veremos. En Khiva o donde sea!

      Un fuerte abrazo!

      Sele

  8. Hoka Sele, aquí a la espera de la ansiada Visa para viajar dentro de unos días a Uzbekistán.
    Disculpa que utilice tu blog, pero necesito contactar a Izzat, le envié un correo pero no he obtenido respuesta y quisiera organizar la salida con Izzat a las yurtas en Yurt Camp.
    Saludos y gracias!

  9. Geniales Yurtas.

    Estos objetos son supremamente útiles y milenarios. En mi país también le hemos encontrado otra forma de sacarles provecho. Pues en Yurtas tan grandes y espaciosa como esas nuestros obreros descansan y se alimentan en las horas de descanso de las jornadas de labores.

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