Para Lucas.... - El rincón de Sele

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Para Lucas….

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Ahora que estoy sentado frente al ordenador tengo la tentación de mirar hacia abajo para ver si estás ahí como siempre. Fuiste un perro que nunca se separó de mi lado y creo que el sonido de las teclas te adormecía y por eso te arrimabas a la silla mientras a mí me daba por escribir cosas de destinos muy lejanos que nunca conociste. ¿Sabes que el de hoy es el artículo más difícil que he tenido que hacer nunca? Hay que ver Lucas, en vez de hablar hoy de las maravillas de Samarkanda, eres tú el protagonista. Sé que muchaLucas de pequeñín gente no comprende ni comprenderá que tu marcha, siendo un animal a cuatro patas, pueda hacerme llorar como nunca lo he hecho y tener este agujero en mi estómago. Pero es que tú nunca fuiste una simple mascota. Sabes que en mi casa siempre fuiste uno más. No puedo decir ni si quiera que te sintiera como un amigo, porque aunque hubieses sido el mejor, sólo podría llegar a compararte a un buenísimo hermano. Llegaste cuando más te necesitaba, en realidad cuando más te necesitábamos todos, puesto que la casa andaba algo revuelta en esos meses de hace ahora… catorce años. No sé si recordarás que te traje en mis brazos cuando apenas tenías cincuenta días de vida y que ya estabas bastante enfermo. Yo sí me acuerdo porque me dejaste la camiseta hecha una porquería. Donde te compramos nos dijeron que si estabas malito podíamos cambiarte por otro. Pero eso era imposible. Ya te había visto los ojitos. Ya nos habías perseguido hasta la cocina para jugar con ese nudito que te gustaba morder y no soltaste en años. ¿Cómo te íbamos a cambiar por otro? Eras Lucas, nuestro Lucas, e íbamos a hacer todo lo posible para que te pusieras bien y pudieras tener una buena vida. Y eso que los veterinarios nos dijeron una noche que era muy probable que no salieras adelante, pero lo hiciste, y llegaste a vivir 14 años, que en un perro de raza grande te equipara a un humano de cien años. La pena fue que este sábado nos dijeran en dos clínicas distintas que lo mejor era dejarte ir definitivamente porque sino los dolores te iban a acribillar. Y no queríamos que sufrieras, Lucas, habías tenido muy buenos años para fastidiarlo ahora y dejarte agonizar. Ni tú ni nadie se merece algo así. Por eso ahora no estamos juntos…

En casa tenemos una gran caja llena de juguetes tuyos. Tenías de todo, no te quejarás, pelotas de goma, hamburguesas que suenan al morder, nudos que te gustaba que te intentaran quitar para tirar como un descosido y acabar los dos en el suelo y tú gruñendo… Vaya, ahora los miro y te busco sin querer. Ahora escribo esto y pienso que estás aquí tumbado. Ahora preparo algo de comer y me parece que vas a venir para pedirme que te de un extra para tí. No asumo que no voy a poder verte nunca más.

Recuerdo las veces que nos hemos ido juntos al campo para que pudieras correr. Salías corriendo detrás de las liebres y te me ibas tan lejos que pensaba que te habías perdido. Pero siempre volvías, con tu lenguaza fuera, y con ganas de seguir corriendo o buscando una piña a la que despedazar con esos dientes afilados que tenías. Incluso me parecía divertida tu maldita costumbre de revolcarte en el barro justo antes de tener que entrar al coche. Eras siempre tan oportuno… y tan gamberro. Y tan cochino, porque esa afición que tenías de comer porquerías nos tenía ya locos a todos. Una vez le robaste a mamá unas medias y nos dimos cuenta cuando te sacamos a pasear al descampado de siempre y las echaste íntegras como si nada. A veces pienso que  tu estómago estaba blindado…

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Hemos jugado al fútbol, al escondite (bastaba con decir tu nombre y meterme detrás de la puerta que tú salías a buscarme hasta que me descubrías) y hasta a la lucha libre (partidas que se terminaban cuando me dabas un lametón en toda la cara)… y sobre todo hemos paseado mucho juntos. Mucho, lo sabes. Como con mamá, a la que le gustaba llevarte al parque y que cuando era yo el que te sacaba me decía “nuestro perrito tiene que correr, así que llévatele un buen rato”. Y eso hacía, nos dábamos una buena vuelta y regresábamos cansados a casa. Había que sacarte por la mañana, a mediodía, por la tarde (ese era el gran paseo) y de noche antes de acostarnos… lloviera, granizara, hiciera frío, un Sol de justicia o nevara. Sé que puede parecer un sacrificio, y en cierto modo lo era, pero te volvería a sacar a la calle todas las veces que hiciera falta porque me encantaba verte contento.

La gente del barrio te quería mucho. En catorce años viste crecer a muchos niños que ahora te extrañan porque siempre te portaste fenomenal con ellos. ¿Sabes lo que nos decían siempre? “A Lucas se le ve un perro feliz”. Y escuchar eso me encantaba porque creo que era verdad, que tú eras feliz. Incluso a veces parecíamos intuirte bajo ese enorme hocico una ligera sonrisa. Reconozco que mi madre y yo podíamos conocer tu estado de ánimo con tan sólo mirarte a los ojos, esos que tú utilizabas para darnos pena “aposta” y que te echáramos algo más de comer. Eras muy listo, pero nosotros más… y sabíamos que era una treta para salirte con la tuya (algo que hacías muy a menudo). Aún así nos hacías caer y siempre te llevabas lo que venías buscando.

Otra cosa que formó siempre parte de tu carácter fue el ser super testarudo. Un cabezón increíble!! Sé que mamá te decía que “habías salido a mí”, porque yo también soy muy de ideas fijas. Creo que es más bien algo propio de la raza Golden Retriever, cabezones como ellos solos, aunque a la vez siempre tan agradecidos y tan cariñosos con todo el mundo. Llamaban al timbre y salías a recibir a todo el que viniera, incluso llegabas a bajar las escaleras para acompañarles hasta la puerta. Una vez que estaba yo con fiebre vino un médico que salió corriendo en cuanto te vio irle a recibir. Tuvo que salir mi padre detrás suyo y explicarle que Lucas “era un perro bueno”, algo que se acabó dando cuenta porque lo único que querías era jugar con él.

Te encantaba que te acariciaran. Sólo eso era capaz de aplacar tus momentos de nervios y tenerte quieto junto a nosotros durante horas sin moverse si era preciso. Era muy típico estar tumbados viendo la tele en el sillón y que estuvieras debajo mientras te rascábamos el lomo. Si nos cansábamos de hacérselo levantabas la cabeza y nos observabas con cara de decir… “¿Pero por qué me dejáis de acariciar?”. Lo que más te gustaba era que te rascáramos detrás de esas orejotas que tenías o que te acariciáramos ese grueso y peludo cuello que no dudabas en levantar lo que hiciera falta.

Los mimos, salir a la calle a jugar y comer… esas fueron tus grandes aficiones. Pero había otras más que todos sentíamos y agradecíamos. Como hacernos compañía, estar juntos siempre allá donde estuviéramos. Aunque no hubiese nadie en casa, tú solito la llenabas con tu presencia. Hacías una fiesta al oir la llave abriendo la puerta, buscabas a la gente y a otros perritos mirando por la ventana sentado en ese sillón del cuarto de estar que acabaste haciendo tuyo, te escondías bajo las cortinas y levantabas tu cabeza de tal manera que parecía que llevabas puesto un traje de novia. El sonido de tus patas y tus garras yendo de un lado para el otro, el sonido que hacías al morder tus juguetes de goma o ese revolcarte en el suelo cuando te veías saciado de la comida que te habíamos puesto.

Te echamos mucho de menos, Lucas. Mamá, que estuvo haciéndote caricias hasta el final, cuando ya te costaba ponerte a caminar, está super triste y añora que le acompañes a todas partes. Siempre decía que “sacar a un perro tan grande” era demasiado para ella, pero nunca ha dudado en reconocer que le diste muchas cosas, que nos diste mucho a todos. Ya te digo que llegaste en el momento más oportuno. Te necesitaba, te necesitábamos. Y ahora, mi vida, te has marchado dejándonos un vacío tremendo, unas ganas de llorar que no se van y esa necesidad de mirar a nuestro lado y verte aquí.

Estuviste con Rebeca y conmigo en casa hace tan sólo una semana. Jugaste en el jardín, te empecinaste en morder una pelota de goma que te encontraste tirada… pero notamos que ya no estabas tan bien. Tan bien como hacía dos meses en los que todavía, a tu edad, corrías detrás de tus juguetes. Habías dado un bajón y ya no querías comer. Soportar 32 kilos de peso con esos años era toda una proeza (un milagro, decía el veterinario, que siempre dijo que era complicado que superaras los 12 años) y nos parecía hasta normal. Pero había llegado tu momento y te tenías que ir a otro lugar, a seguir corriendo, a seguir siendo feliz.

Este fue tu último vídeo, de hace apenas un par de meses:

Miro de nuevo a mi lado y no te veo. Pero tengo clavada tu carita muy nítida en mi mente. Fuiste tanto para mí. Eres tanto para mí…. Vaya, Lucas, otra vez haces que tenga que limpiar mis lágrimas. Se me hace muy duro continuar esta carta que no sé hacia dónde va. Ójala pudieras leerla y saber lo mucho que te queremos y te echamos de menos…

Sele

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PD: El miércoles retomamos los viajes y nos vamos de nuevo a Samarkanda. Necesitaba escribir esto y desahogarme. Lucas también era parte del Rincón y no podían faltar unas palabras…

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