Memorias de un viaje a Costa de Marfil - El rincón de Sele

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Memorias de un gran viaje a Costa de Marfil (Etnias, máscaras y naturaleza)

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¿POR QUÉ UN VIAJE A COSTA DE MARFIL? Una pregunta que me lleva haciendo compañía los últimos meses, aunque quien me formulaba dicha cuestión no era consciente de que, en realidad, llevaba más de la mitad de mi vida preparándome la respuesta. Mi deseo, desde que los dedos inquietos discurrían con imaginación por mapamundis y globos terráqueos, pasaba por sentir el palpitar del corazón más atávico y visceral de esa África que se resiste a abandonar sus tradiciones y creencias ancestrales. Admirar en forma de máscaras y fetiches a través de cánticos, tambores y danzas el modo con el que algunas etnias siguen conectando con la naturaleza y con sus antepasados. Regresar, en cierto modo, a los orígenes del ser humano a través de diversas prácticas animistas donde se busca dar luz a miles de interrogantes cotidianos a través de las señales que nos rodean todo el tiempo. Y, así es, Costa de Marfil, destino clavado en el Golfo de Guinea, permite observar a través de la gente las particularidades de un valiosísimo acervo cultural que aporta sus últimas llamaradas a la hoguera que alimenta el mundo de eso a lo que venimos a llamar «concepción mágica de la vida».

Niña serpiente de la etnia Yacuba (Viaje a Costa de Marfil)

¿Qué pudimos ver y hacer en Costa de Marfil en un viaje de dos semanas de duración? Parece complicado escapar a la dificultad de asimilar realidad e imaginación, las cuales se entremezclan impidiendo discernir con claridad. De ahí mejor dejar fluir los recuerdos de nuestras visitas a las aldeas, la asistencia a ritos tribales, la búsqueda de patrimonio histórico y cultural (tanto material como inmaterial) y el paso por algunos de los refugios de naturaleza más indómitos de África Occidental.

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COSTA DE MARFIL, UN VIAJE DE MÁSCARAS EN ÁFRICA OCCIDENTAL

Siempre he mantenido que observar una máscara africana en una pared o en la vitrina de un museo le despoja de todo su significado. Sería como entender el caparazón de una tortuga fuera del océano o un puerco espín sin sus púas características. Pero Costa de Marfil este objeto se puede contemplar repleto de vida, sirviendo de nexo entre dos mundos, dentro de un baile cuyos primeros pasos se empezaron a dar hace miles de años. El animismo, en todas sus variantes, se practica a través del canto, la danza y la representación de una serie de pasos dictados por los chamanes y la transmisión oral. La máscara, el traje y la persona que los porta son meros intermediaros entre lo real y lo irreal, la razón y la magia. Lo posible… y lo imposible. No se debe tratar de razonarlo, simplemente uno debe ser testigo silencioso de esa forma de entender el universo desde el corazón de la tribu. Todo un privilegio, ¿verdad?

Máscara Yacuba Dan en Costa de Marfil

Costa de Marfil, uno de los enclaves de mayor idoneidad para comprender todo esto, se sitúa en África occidental, concretamente en lo que se conoce como Golfo de Guinea. Marca sus fronteras con Liberia y Guinea-Conakri al oeste, con Malí al noroeste y Burkina Faso al norte así como con Ghana al oriente. Posee una superficie comparable a la de países como Noruega o Polonia. Su capital, si bien es cierto que todo el mundo repite que es Abiyán (Abidjan en francés), se trata en realidad de Yamusukro (Yamoussoukro), aunque todas las instituciones gubernamentales y empresas se sitúen en la primera.

Mapa de Costa de Marfil con la ruta del viaje marcada en rojo

El nombre del país recuerda los tiempos en que los portugueses y otras potencias europeas navegaban por el litoral africano por razones comerciales (Ghana era conocida como la Costa del Oro, Liberia como la de la pimienta y Benín como la de los esclavos). Resulta evidente que el marfil obtenido de los elefantes debía ser tan abundante que no hace falta ser muy sabio para explicar el topónimo. A posteriori el comercio tuvo que ver mucho más con la mercadería de seres humanos, quienes se convertían en esclavos con dueño pero sin nombre a lo largo de varios siglos de embarques rumbo a las Américas. Ingleses y holandeses también se adentraron en este territorio, aunque serían los franceses quienes lo convertirían primero en protectorado para después ser colonia de facto (desde 1893, capital Grand Bassam), logrando su completa independencia en 1960 bajo la presidencia de Félix Houphouët-Boigny, personaje idolatrado por los marfileños, aunque fuera de sus fronteras aún permanece la desconfianza por quien llegó a poseer una fortuna superior a los 10.000 millones de euros cuando a su pueblo le faltaba de todo.

Imagen de Costa de Marfil en la época colonial francesa

Un país de paisajes diversos y múltiples etnias (más de sesenta), seguro para el visitante (a pesar de haber tenido guerras civiles en la primera década del siglo XXI) y con innumerables atractivos que lo convierten en una de las perlas del Golfo de Guinea. Así que, tras visitar Benín y Togo unos años antes, por fin le puse fecha a un viaje de autor (esas expediciones que realizo con los seguidores y seguidoras de este blog) el cual llevaba esperando demasiado tiempo. Lo pusimos en marcha con Euloge, mi guía favorito en África, y a través de la agencia con la que colaboro, Pangea The Travel Store, planteando una ruta ambiciosa de dos semanas de duración, con algunas cosas cerradas pero siempre sujetos a los posibles cambios. Pues lo mejor en el África subsahariana es precisamente lo que acontece y no se prevé de antemano. Lo que no quita que sea un viaje que deba prepararse siempre con cierta minuciosidad para dejar ese espacio que merece lo imprevisible.

Retrato de mujer marfileña en un mercado

¿Qué ver en Costa de Marfil? Algunas de las mejores experiencias vividas en el viaje

Con el tiempo iré desgranando todo lo que pueda lo que ha supuesto viajar a Costa de Marfil. Pero hoy lo que pretendo es mostrar cronológicamente algunos de los mejores instantes vividos a lo largo de la ruta. Lugares, momentos y sensaciones de un viaje diferente y apasionante al corazón más puro de África.

Yamoussoukro, el Vaticano de Boigny y el lago de los cocodrilos

El primer día de viaje nos llevó desde Abiyán (y deslizar nuestro recorrido sobre un mapa dentro del Parc National du Banco) hasta la capital de iure de Costa de Marfil, Yamusukro (o Yamoussoukro). 230 kilómetros que se hacen en aproximadamente tres horas (o más dependiendo del tráfico de salida de la ciudad portuaria) por una de las pocas autovías con las que cuenta el país. El presidente Boigny quiso convertirla en capital para descongestionar Abiyán, si bien no logró su propósito y nunca superó los 200.000 habitantes. Allí se hizo construir su palacio residencial y, sobre todo, el conocido como «el Vaticano de África», un proyecto megalómano para una basílica basada en lo que podemos encontrar en Roma, pero sin Miguel Ángel ni Bernini.

Basílica de Nuestra Señora de la paz en Yamoussoukro (Costa de Marfil)

Todos los datos relacionados con la denominada Basílica de Nuestra Señora de la Paz, diseñada por el arquitecto libanés Pierre Fakhoury, aseguran no pocos récords. Las dimensiones de la cúpula son las mayores de la cristiandad, el conjunto está preparado para albergar a más de 18.000 personas en el interior y 300.000 en el exterior. El coste superó los 300 millones de euros sufragados por completo por los fondos de Boigny. ¿Merece la pena acceder a este templo cristiano? Bajo mi percepción, a pesar de no ser lo que uno suele ir buscando en el Golfo de Guinea, sí recomiendo conocerlo. El interior, completamente circular, viene avalado por sus grandes vidrieras, las cuales se encargan de dispersar el color sobre las paredes marmóreas. Se puede subir en ascensor o en escalera para admirar mejor la cúpula, así como asomarse al entorno verde de la ciudad marfileña.

Interior de la Basílica de Nuestra Señora de La Paz en Yamoussoukro (Costa de Marfil)

CONSEJO: La visita se hace guiada y son muy reticentes a poder realizar fotografías en el interior (y sobre todo a las cámaras grandes, que recomiendo guardar en la mochila). Por otro lado es mejor utilizar las últimas horas de la tarde, con menos calor y mejor luz para disfrutar del efecto de los rayos de sol en las inmensas vidrieras de la basílica.

Interior de la Basílica de Nuestra Señora de la Paz en Yamoussoukro (Costa de Marfil)

Otro de los atractivos de Yamoussoukro se encuentra junto al Palacio Presidencial. Se trata del conocido como lago de los cocodrilos, a los que los lugareños llevan gallinas y pollos vivos, los cuales les duran segundos en sus fauces antes de ser engullidos. Hay decenas de ellos, algunos de gran tamaño, los cuales asoman tímidamente su cabeza por encima de coloridos nenúfares. Los fines de semana el área toma un aire ciertamente festivo y los locales se acercan con sus mejores galas para tomarse fotografías allí cuando llega el atardecer. Momento que nosotros aprovechamos para establecer contacto con la gente, realmente simpática con todo el grupo en todo momento.

Cocodrilo en Yamoussoukro (Costa del Marfil)

Danza zaouli de la etnia Guro

Casi a mitad de camino entre Yamoussoukro y Daloa (137 km entre ambas), en una aldea muy pequeña dentro del departamento de Bouaflé, tuvimos la fortuna de asistir a un baile de máscaras protegido por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Se trata de la Danza Zaouli, una celebración de la etnia Guro (cuya tradición no sólo se da en el área de de Bouaflé sino también en Zuénoula e incluso en las proximidades de Daloa) donde el portador de una máscara de rostro femenino (aunque el danzante sea siempre hombre) realiza una serie de movimientos de pierna verdaderamente veloces. Puede elevar sus pies del suelo casi doscientas veces en apenas un minuto, aunque sin mover lo más mínimo el tronco. Los guro a través de la máscara Zaouli, además de recordar a una pacificadora de las tribus y clanes de la región de hace varias décadas, homenajean la figura de la mujer como fuente de vida y engranaje esencial dentro de la tribu.

Máscara Zaouli de la etnia Guro en Costa de Marfil

Los danzantes guro (gouro en francés) transmiten su conocimiento de padres a hijos. Y salen en ceremonias, normalmente alegres o de agradecimiento, aunque en ocasiones también pueden aparecer en funerales. No utilizan una única máscara. En el baile al que asistimos nosotros la misma persona llegó a ponerse tres máscaras distintas (una azul, otra gris y la última roja), rostros sonrientes con figuras (calaos o cuernos) en la parte superior de la cabeza. Y los trajes acompasados con la coloración de cada máscara escogida. Los esfuerzos por parte del danzante son titánicos, llegando en ocasiones a un punto de agotamiento extremo. Además va recibiendo instrucciones por parte de los ancianos del pueblo y lleva siempre una persona con él que le guía durante la danza y corrige al instante cualquier desperfecto en el traje. Mientras tanto, quien baila acompasa sus movimientos a los sonidos que imprimen los músicos. Sus pies van milimétricamente unidos al sonido producido por los tambores. ¡Realmente impresionante!

Máscara Zaouli de los Guro en Costa de Marfil

Al final de la ceremonia pude acercarme a saludar al danzante quien, con la máscara puesta, no puede pronunciar una sola palabra. Los términos sagrados en este tipo de acontecimientos son mucho mayores de lo que podamos imaginar.

La tarde cae en la aldea de los monos

Apenas a unos minutos de la ciudad de Daloa fuimos a pasear a una pequeña aldea con su propio bosque a las espaldas. Con ciertos golpes de mano, y un poco de paciencia, aparecieron los monos que allí reciben su reconocimiento como seres sagrados y protectores. Algunos se subieron a comer mangos como si no hubiera un mañana, mientras que otros se pusieron a saltar por los tejados y ventanas de algunas casas en ruinas. El atardecer en este lugar nos trasladó por un instante a esa África con la que muchos soñamos desde niños.

Aldea de Costa de Marfil próxima a Daloa

Nuestro encuentro con los Guéré

Cuando se viaja por Costa de Marfil, uno se da cuenta rápidamente de que a veces lo mejor que puede llegar a suceder es lo que no se espera ni se planifica. En el largo camino de Daloa a Man (191 km, pero que al no ser buena carretera requiere más de cuatro horas de ruta) nos detuvimos por puro azar en una aldea muy pequeña. Y antes de que nos diéramos cuenta habían salido todos los lugareños a saludarnos y a hacerse fotos con nosotros. Y, cómo no, se armó una buena fiesta. Con tambores, una guitarra (más artesanal imposible) y las mujeres invitándonos a bailar con ellas.

Aldea Guéré en Costa de Marfil

Apareció también el jefe de la aldea, quien nos indicó que pertenecían a la etnia Guéré (del grupo We), conocidos por ser una de las tribus más guerreras del Golfo de Guinea (se asientan en el centro y oeste de Costa de Marfil así como en parte de Liberia) a lo largo de la Historia. Yo los conocía por sus máscaras, similares a las de los Dan, pero con rostros más grotescos y expresivos, ojos cónicos y muy salientes. Nada que ver con la finura de las máscaras guro que pudimos ver en la danza Zaouli. Así que después de muchos años leyendo sobre ellos, fue un honor poder permanecer un rato en su aldea y entrar hasta la cocina (literal, ya que pudimos ver el interior de algunas de sus modestas viviendas de adobe). Su trato hacia nosotros fue realmente exquisito en todo momento.

Allí recibimos el chivatazo de que se estaba preparando en la ciudad más cercana, cuyo nombre era Guézon, una mascarada o ritual de máscaras relacionados con la luna llena. Así que nos fuimos, con Euloge a la cabeza, a enterarnos de si era cierto y, sobre todo, si podíamos asistir a la misma. Pero allí no seríamos tan bien recibidos como en la aldea de la que veníamos, pues lo que querían de nosotros era dinero para dejarnos ser testigos de sus festejos. Tras mucho tiempo aguardando llegamos a ver hasta tres máscaras, dos de las cuales se acercaron a nosotros (debía estarse preparando algo muy gordo) aunque sentimos cierta hostilidad por parte de algunas personas a las que resultábamos incómodos y decidimos que lo mejor era marcharnos por donde habíamos venido. Muchas veces a lo largo del viaje fuimos invitados a celebraciones y danzas, pero en otras no lo tuvimos tan fácil. Y es ahí cuando hay que saber decir «hasta luego»  y largarse para evitar malos entendidos.

Máscaras guéré (We) en la aldea de Guézon (Costa de Marfil)

Aunque si sirvió para ver, al menos durante unos minutos, a las máscaras Guéré en acción, se puede dar por amortizado el intento.

Man, la ciudad de las dieciocho colinas

En Man pasamos dos noches. En la ciudad y sobre todo en el vasto área que le rodea conviven diversas etnias, entre las que destacan los Dan, los Yacuba (Yacouba) o los Dioula, aunque no son los únicos. Pero, a diferencia de otras urbes que tuvimos la oportunidad de conocer durante el viaje, los paisajes que circundan ésta me parecieron espectaculares. Si a Roma le dicen «la ciudad de las siete colinas», en Man hay nada menos que dieciocho. Algunas superando los 800 metros de altitud, como sucede con la más característica, «Le dent» (El diente), uno de los iconos paisajísticos de toda la región.

Le dent (Man, Costa de Marfil)

Uno de los momentos más entrañables del viaje a Costa de Marfil fue precisamente caminar de tarde por un sendero de arena a las afueras de Man desde donde se divisaba nítidamente dicha montaña. Con los niños bañándose en el río, las hogueras a pleno rendimiento y de compañera la sonrisa de quienes nos íbamos encontrando. Lugar que nos recordó que este país, además de ser un destino cultural de gran interés, guarda unos rincones de naturaleza colosales. Desde la selva tropical más cerrada a un casi desierto pasando por la sabana y por las montañas que salpican buena parte del noroeste marfileño. Otro motivo, entre muchos más, para considerar rendirle una visita a la excolonia francesa.

El equipo con el que hicimos el viaje a Costa de Marfil (De fondo

La ceremonia de las Niñas Serpiente

Uno de los momentazos más extraordinarios de todo el viaje tuvo lugar en una aldea situada a algo más de dos horas de Man, a la cual tuvimos que llegar atravesando pistas de arena roja (o más bien barro) y donde hubo que introducir los coches en el agua para poder avanzar.

Vehículo todoterreno en una pista inundada de Costa de Marfil

Kilómetros antes nos habíamos detenido en Tiessan para entregar material en una escuela donde los niños nos obsequiaron con un cálido recibimiento (aún se me ponen los pelos de punta al recordarlo, pues fue muy emotivo). Y con el alma henchida por haber compartido ese ratito con los pequeños y un profesor con una de las sonrisas más de verdad que he visto nunca, arribamos a nuestro destino. ¿El objetivo? Presenciar en vivo y en directo una de las ceremonias de mayor impacto a las que muchos hemos asistido a lo largo de nuestra vida. Tratábamos de ver a en acción a «las niñas serpiente» de la etnia Yacuba. Auténticas acróbatas de corta edad con el rostro pintado con motivos geométricos color blanco y un tocado sobre la cabeza. Elegidas por el chamán de la tribu, quienes destacan por su inteligencia, su agilidad y una flexibilidad fuera de toda duda.

Niñas serpiente Yacuba Dan en Costa de Marfil (Acróbatas)

La música como compañera así como dos maestros que intercambiaban su posición, las tres niñas serpiente se pusieron a realizar movimientos imposibles de arqueo de espalda y caminando con pies y manos hacia atrás (a muchos nos recordaba a la escena de la película «El exorcista» cuando ésta bajaba las escaleras). Los adultos las iban levantando y lanzando al aire. Al principio sin más instrumentos, hasta que después lo hicieron con cuchillos en las manos. El objetivo era rozar mediante danzas acrobáticas esa línea casi imperceptible entre la vida y la muerte. Según la creencia popular de esta etnia los espíritus les acompañan y las cosas que van haciendo son una mera demostración de que están blindados por completo contra el infortunio.

Ritual de cuchillos con las niñas serpiente Yacuba Dan en Costa de Marfil

Incluso llegaron a colocar una piedra de gran tamaño en el suelo para sostener a las niñas por los pies y darlas vueltas a gran velocidad. Sus cabezas pasaron apenas rozando a unos milímetros de dicha roca. Un mínimo error de cálculo hubiera sido mortal. Pero nada puede suceder a las niñas serpiente. O, al menos, eso aseguran los sabios del pueblo, quienes, como todos, asistieron a la totalidad de la ceremonia, ofreciéndonos su beneplácito a formar parte de la misma.

Niñas serpiente en un pueblo Yacuba Dan de Costa de Marfil

Niña serpiente en una aldea Yacouba en Costa de Marfil

Entre medias salieron tres máscaras a danzar. Máscaras de semblantes monstruosos y trajes de rafia (fibra natural obtenida de la palma) representaban a distintos personajes (el anciano, el cazador o el espíritu del bosque). Cada vez que terminaban sus bailes se quedaban tumbadas en el suelo, como si sólo los espíritus y dioses Yacuba fueran capaces de devolverles el movimiento.

Máscara Yacuba en Costa de Marfil

Todos los participantes, niñas y máscaras, parecían estar en trance en todo momento. Para los Yacuba todos son intermediarios necesarios para la expresión de las criaturas del más allá. Y a través de estos rituales se puede llevar a cabo dicha conexión, bien para dar gracias por las cosechas obtenidas, pedir fortuna para las próximas, aplacar a los espíritus o acompañar al fallecido en su propio funeral. Actos para la vida y para la muerte sobre los que se sustenta una tradición más antigua de lo que podamos imaginar.

Sele en Costa de Marfil junto a dos máscaras Yacuba

Creo que pocas veces he llorado tanto de emoción. El África primitiva y original en su máxima expresión.

Las máscaras zancudas de Godefouma

Para la jornada en la cual realizamos el largo recorrido que separa Man de Odienné (267 km) vivimos otra de esas cosas señaladas con letras de oro en un viaje como este. Parecía que con lo de las niñas serpiente habíamos alcanzado la cima, pero nos equivocábamos. Aún quedaban muchas cosas por suceder. Y una de las más interesantes tuvo lugar en una aldea, cuyo nombre es Godefouma, a la que asistimos a una ceremonia Yacuba en la cual intervino todo el pueblo. Durante muchos minutos fueron sucediéndose los bailes al son de los músicos y de un nutrido grupo de mujeres quienes no dejaron de cantar un solo instante. Todos notábamos que el ambiente se estaba calentando (para bien). Y fue ahí cuando aparecieron delante de nosotros dos máscaras muy llamativas. La primera con una especie de pico por boca y un tocado espectacular, así como faldón de rafia, representaba a un antiguo cazador cuyo espíritu hoy día sigue protegiendo a la aldea. La segunda era completamente negra y con rostro de mujer, mucho más suavizado que la anterior. Ambas se sentaron a nuestro lado porque aún no era su turno. Lo mejor, en realidad, estaba por llegar.

Máscaras Yacuba Dan en Costa de Marfil

De la izquierda nos sorprendió la llegada caminando de dos máscaras cuyos portadores caminaban sobre zancos. Y con ellas la ceremonia alcanzó el cénit. Su misión era desplazarse el mayor número de vueltas posibles sobre un sólo zanco. Si lograban recorrer una distancia importante a través de giros vertiginosos la aldea lo celebraba como si su equipo hubiese metido un gol en una Final de Champions League. ¿Por qué? Según la tradición los espíritus auguran porvenir o desgracia en función de lo que hagan estas máscaras. Si se caen pronto, mala señal. Pero si logran dar muchas vueltas seguidas, la fortuna está con ellos. De ahí la importancia de que los danzantes, quienes transmiten con sus movimientos el devenir de su pueblo por parte de los espíritus que entran en ellos, logren su propósito y contenten a todos los asistentes.

Máscara zancuda en Costa de Marfil

Llegamos a contar una de las ocasiones en que lo intentaron y una de ellas dio la friolera de catorce vueltas. Un acto acrobático y, sobre todo, de fe, con el que demostraron que las cosas, por el momento, le irían bien a Godefouma.

Mascara zancuda en Costa de Marfil

¿Y las máscaras del hombre pájaro y de la mujer? Salieron a bailar en mientras intercambiaban posiciones los zancudos. Acercándose a escasos centímetros de los asistentes y multiplicando el clima de euforia de aquella pequeña aldea con casas cónicas de adobe donde gozamos de un recibimiento y un festejo memorable.

Máscara Yacouba Dan en Costa de Marfil

Conociendo a los fulani

La etnia fulani (también llamada fula o peul) representa la figura y esencia de uno de los últimos pueblos nómadas de África. De origen desconocido, viajan con su ganado (vacas y cabras principalmente) atravesando fronteras que resultan invisibles para ellos. De rostros alargados y tez más clara que otras etnias presentes en el Golfo de Guinea, llaman la atención los coloridos y vistosos vestidos de las mujeres así como los adornos, sean collares, pulseras o pendientes, que portan. Se establecen en campamentos o en aldeas que ocupan por temporadas, pero siempre alejados de los núcleos urbanos. Nunca se mezclan con otras etnias. Y viven del comercio de ganado y, sobre todo, de productos lácteos (leche y quesos), los cuales se encargan de vender o intercambiar en los mercados de mayor proximidad a sus campamentos.

Aldea fulani en Costa de Marfil

Ya en Benín y Togo pude conocerlos más de cerca. Incluso visitar un campamento cuyas casas tenían las paredes de hojas de palmera. Lo que no esperaba era tener con el grupo un encuentro con ellos en Costa de Marfil, si bien también se encuentran aquí y también en Malí, Burkina Faso, Ghana, Níger, Liberia, Guinea o incluso en zonas más centrales de África como el Chad. Un miembro de un pueblo aledaño nos llevó por una camino de tierra que se internaba en una zona de bosque y fue allí pudimos conectar con los fulani. Cierto es que los hombres, salvo excepciones, no suelen estar en casi todo el día pues andan pastoreando con el ganado, mientras que las mujeres son quienes se encargan de gestionar por completo el funcionamiento de la aldea.

Aldea fulani en Costa de Marfil

La timidez pasa por uno de los perfiles de personalidad más claro de las mujeres fulani, aunque no quitó que nos dejaran observar por dentro una de sus casas y poder tomar algunas fotografías. Por supuesto, sin esperar nada a cambio más que nuestro agradecimiento y la sonrisa inmediata que brotaba a verse reflejadas en los visores de las cámaras.

Mujer y niña de la etnia fulani en Costa de Marfil

Niofoin, la aldea senufo

A medida se abandona Odienné para ir hacia el norte, cabe destacar que las aldeas conserven en mayor medida sus estructuras esenciales aún en adobe. En otros rincones del país el hormigón se ha impuesto, borrando de un plumazo la arquitectura popular típica que siempre caracterizó a los núcleos de población más pequeños. Es, sin duda, en la región de Poro (o, para ser más exactos, en el departamento de Korhogo), donde la presencia de la etnia senufo resulta abrumadora, la zona en la que se pueden encontrar las aldeas más encantadoras y mejor preservadas de todo Costa de Marfil. Como, por ejemplo, Niofoin, donde las viviendas se levantan sobre adobe rojo y se alzan delgados graneros con tejados de paja o de hoja de palma, así como las conocidas como «Casas de fetiches», sedes físicas de instrumentos de poder que tienen que ver con las creencias de los miembros Poro, una de las sociedades secretas más influyentes y de mayor tradición en África Occidental.

Casa de fetiches en Niofoin (Costa de Marfil)

Niofoin puede considerarse, de largo, como uno de esos pueblos senufo cargados de fotogenia y alma de tradición. Lo que no esperábamos durante nuestra visita fue coincidir con el funeral de una persona importante de la comunidad (A veces este tipo de actos llegan a durar varios días, incluso más de una semana). Alrededor del pueblo daban vueltas dos figuras de aspecto fantasmagórica. Una de ellas portaba una máscara con forma de cocodrilo, mientras que detrás haciendo ruido mientras golpes a una bolsa de piel había una criatura cuya vestimenta eran harapos. La cara la cubría con lo que parecía un saco y portaba un tocado de plumas negras en su cabeza. Al vernos allí, nos consideró como intrusos y vino a recriminarnos nuestra presencia. Pero no hablaba. Simplemente gesticulaba y hacía ruidos muy molestos con la boca, como de un animal, mientras seguía golpeando su bolsa de piel con cada vez más ahínco. Días después, investigando sobre esta «criatura» de la sociedad Poro, me hablaron que se trataba de la representación de mendigo proveniente de la oscuridad quien hacía acto de presencia cuando alguien fallecía, y el cual se encarga, entre otras cosas, de pedir dinero para sufragar los gastos del funeral. Así como que nadie había logrado retratarlo en fotografías, sólo en dibujos y tejidos realizados por los propios senufo. Hasta ese momento, por supuesto (atención a la imagen más abajo, está un poco borrosa pero se aprecia bien).

Máscaras senufo en Niofoin (Costa de Marfil)

La tensión latente en un primer momento se esfumó. Y pudimos visitar la aldea, observar la cantidad de instrumentos musicales apilados (balafón incluido) en el suelo junto a la casa de fetiches, así como poder admirar en esta las figuras grabadas en en adobe así como los restos de osamentas de animales que había en la puerta y en el tejado.

Calaveras de animales en la casa de los fetiches de Niofoin, aldea senufo en Costa de Marfil

Pronto aparecerían las viudas del pueblo cantando sin más vestimenta que sus faldas y, por tanto, descubiertas por completo por la parte de arriba. Y continuarían las celebraciones (nunca tristes) mientras nos permitían comer en el corazón del pueblo (llevábamos alimentos en las mochilas). Mientras que, por otro lado, y tras una larga negociación, nos aseguraron poder formar parte de la comitiva que llegaría al día siguiente para honrar al difunto por el que se estaba llevando los rituales dentro de un proceso perfectamente organizado por una sociedad que lleva funcionando durante siglos.

Niofoin, aldea senufo en Costa de Marfil

Pero el día siguiente llegó. Y cuando la hora de la verdad estaba ahí y los músicos rodeaban la casa de los fetiches, mientras que la comitiva fúnebre se apresuraba para alcanzar el pueblo, el líder de la aldea así como los ancianos, nos fueron poniendo serias dificultades para cumplir lo que habían prometido la jornada anterior.

Músicos y balafón en la casa de fetiches Poro de Niofoin (Costa de Marfil)

De repente no éramos bienvenidos. Así que, antes de marcharnos definitivamente, apenas pudimos seguir unos minutos la llegada de una máscara con un llamativo traje con los colores verde y rojo, la cual agarraba fuertemente lo que parecía a todas luces un bastón de poder. A su lado pudimos percatarnos del conocido como «hombre pantera», figura esencial para los senufo, capaz de realizar bailes acrobáticos (con saltos que parecen imposibles) con los que se pretende similar la agilidad de este felino que hasta hace no mucho vivía en buena parte del territorio marfileño (ahora se halla, sobre todo, en la espesura de la selva del Parque Nacional de Taï , en el extremo suroccidental del país).

Funeral Senufo en Niofoin (Costa de Marfil)

Hubiera sido bonito asistir a todo el ceremonial, pero dado que hay que respetar la voluntad de los líderes de los pueblos, nos marchamos rumbo a Korhogo. Pero, pocos minutos más tarde, descubriríamos que aquel fracaso realmente era el paso necesario para que el las cosas se pusieran en su sitio y pudiésemos asistir a un momento aún más increíble. Puro karma.

Érase una vez un funeral Senufo…

Cuando vimos por la carretera a varios hombres con taparrabos sosteniendo con sus manos unas varas de madera detuvimos nuestros vehículos al instante. A un costado, en pleno bosque, retumbaba el son de los tambores y pudimos escuchar incluso gritos. ¡¡Era otra ceremonia funeraria!! Pero en este caso, y sin pedir un solo euro a cambio, fuimos invitados a asistir a la misma con una sola condición, que no estábamos autorizados a fotografiar ni filmar nada de lo que allí aconteciera. Cosa que, por supuesto, acatamos y cumplimos a rajatabla. Además teníamos el beneplácito del líder de Kategue, el pueblo donde la casualidad (o el contratiempo en Niofoin) nos proporcionaría uno de los actos sagrados más extraordinarios de todo el viaje. Aunque sin nuestras cámaras como testigos (salvo en un último instante). Pero, como repetiría Euloge en varias ocasiones… estábamos «presenciando con nuestros ojos las raíces más profundas de África». Y no le faltaba razón. Al final la suerte, quién sabe si el destino, nos tenía preparado un viaje al origen mismo de las creencias religiosas del ser humano.

Personaje con vestimenta de la sociedad Poro (Senufo) en Costa de Marfil

Contemplamos máscaras de una talla excepcional. Algunas con forma de cocodrilo, otras con rostro de mono y no pocas irreconocibles incluso para los mayores expertos en arte africano. Lo que para muchos resultan rostros monstruosos, para nosotros era un desfile de figuras hermosas, la magia en un trozo de madera que cobraba vida por sí sola para dar sentido a todo lo que estaba pasando. Los restos del difunto (eminentemente vísceras seleccionadas) estaban protegidos por un tejido blanco. Sólo podían sostenerlo los danzantes portadores de máscaras, quienes lanzaban cánticos y realizaban los movimientos ordenados por los sabios del pueblo, quienes seguían una tradición transmitida de manera oral a lo largo no de siglos, sino de milenios.

Cuando las criaturas regresaban al bosque y todo estaba a punto de terminar, tuvimos el permiso por parte del jefe de la aldea de retratar a tres representantes del la espiritualidad de este pueblo senufo (aunque no portaban máscaras). Fue una especie de recompensa por haber seguido sus instrucciones en todo momento.

En un funeral Poro de la etnia Senufo en Costa de Marfil

Para mí, la mejor experiencia del viaje. Sin ninguna duda. Como dice una buena amiga, Carmen, «lo que sucede, conviene». Estaba claro que las señales están ahí. Sólo hay que saber leerlas.

Y, de pronto, recordé cuando mi padre, poco antes de que yo cumpliera los doce años, me regaló mi primera máscara africana. ¿Sabéis su procedencia? Costa de Marfil. No podría ser de otro lugar.

Las visitas bajo la lluvia de las mezquitas de barro estilo sudanés de Kong

Un viaje a Costa de Marfil tiene mucho más que atractivos de mero carácter etnográfico. También cuenta con patrimonio realmente valioso. Una buena muestra correspondería a las mezquitas de Kong, de estilo sudanés-saheliano, y construidas por completo con barro y vigas de madera. Otros países como Malí, Burkina Faso (cuya frontera está muy cerca de la propia Kong) o incluso Ghana cuentan con algunas de estas joyas reflejo de la presencia islámica en la zona hace ya cientos de años. Y en mayor número que en la propia Costa de Marfil.

Mezquita de Kong (Costa de Marfil)

La mezquita principal de Kong fue levantada hace aproximadamente tres siglos. Y, si bien su tamaño es bastante discreto, mereció toda nuestra atención. Llegamos en medio de una tormenta muy fuerte, por lo que tuvimos que esperar a que escampara para poder acceder a su interior. Con suelo de arena, alfombras y troncos de madera completos como vigas que sustentan esta obra arquitectónica protegida por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. Así como la presencia ruidosa de decenas de murciélagos que en la techumbre del templo islámico encuentran refugio en días de lluvia como el que estábamos viviendo.

Sele en el interior de la mezquita de Kong (Costa de Marfil)

La mezquita más grande recibe el nombre Missiriba y está preparada para acoger aproximadamente cuatrocientos fieles en su interior (aunque no puedo imaginar el agobio allí dentro). Apenas a quinientos metros se encuentra otra mezquita mucho más diminuta (preparada para albergar medio centenar de feligreses) aunque más antigua que la anterior. Ambas son visitables y cuentan con espacios de separación para hombres y mujeres, aunque muchas veces al no haber nadie no queda claro por dónde debe situarse uno cuando entra.

Mezquita pequeña de Kong

Otras, mucho menos conocidas, y que también están protegidas por la denominación de la UNESCO son las de Tengréla, Kouto, Sorobango, Samatiguila, M’Bengué y Kaouara, en su mayoría muy próximas a las fronteras de Malí o Burkina Faso. Aunque, sin duda, en caso de tener que decantarse por una, la más valiosa y atractiva sería la mezquita mayor de Kong.

El día que contemplamos al último rinoceronte blanco en libertad de todo África Occidental (Reserva N’Zi)

Cultura, patrimonio, el poder de las personas… ¿Y la naturaleza? A Costa de Marfil se le considera un filón para quienes buscan rincones de naturaleza indómitos. Posee uno Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO como puede ser el Parc National de Taï (aunque se ha pasado más de dos años cerrado al turismo), pura selva, con especies como el chimpancé, el hipopótamo pigmeo o el elefante. O el Parc National de Comoe, en el nordeste del país, descrito como una de las sabanas más biodiversas no sólo del Golfo de Guinea sino de África. Pero uno de los destinos naturales menos conocidos de Costa de Marfil lo tenemos en la Reserva de Naturaleza N’Zi, la cual escogimos para vivir una bonita etapa durante nuestro viaje que no requiriese demasiado tiempo para llegar (Para el Taï haría falta casi una semana entre la entrada, la estancia y la salida). Por accesibilidad, disponibilidad en uno de los mejores alojamientos sostenibles del país (N’Zi River Lodges, a escasa hora y media de Bouaké, en el País Baulé), con cabañas elevadas en la foresta. Y por dotarle de un ingrediente de calidad con el que completar una ruta que pretendíamos hacer diversa.

N'Zi River Lodges (Costa de Marfil)

Apartados junto al río N’Zi, uno de los principales afluentes del gran río Bandama, disfrutamos de unas horas excepcionales en plena naturaleza. Llegando a hacer un safari en todoterreno a techo descubierto, aún a sabiendas de que aquello no era precisamente Botswana, ni el Parque Kruger de Sudáfrica, ni los clásicos de los mejores safaris fotográficos en África como pueden ser Kenia y Tanzania. Pues no se espera ni a los grandes depredadores. Aunque sí gran diversidad de antílopes o monos, multitud de especies de aves y, la gran estrella, el considerado como último rinoceronte blanco que vive en estado salvaje no sólo en Costa de Marfil sino en todo África Occidental. Aunque poder divisarlo era como buscar una aguja en un pajar, una auténtica quimera. Pero.. ¿Quién dijo imposible? Un chivatazo a nuestra guía de safari nos llevó de la relajación a la excitación. Acababa de ser avistado en una llanura sin árboles. Teníamos que «volar» literalmente para llegar y encontrarnos con él.

Antílope de la Reserva N'Zi (Costa de Marfil)

Sigo sin dar crédito por ello. Pero, lo logramos. ¡Y vaya si lo logramos! Pudimos admirar y fotografiar al rinoceronte desde el vehículo durante un largo periodo de tiempo. Se encontraba comiendo hierba y a su lado tenía una grupo de facóqueros a quienes, según los expertos de la reserva, los considera de su propia familia. Ajeno a su condición del último miembro de su especie en una vasta extensión del continente africano hizo caso omiso de la presencia de nuestro todoterreno. Parecía como aquellas estrellas que podemos observar en el cielo, pero que realmente se extinguieron hace mucho tiempo. Aquel animal representaba el último halo de luz de una época culminada en África Occidental. Y nosotros, unos privilegiados viviendo un hito en nuestras propias carnes que no sé si éramos o somos capaces de digerir todavía.

Rinoceronte blanco en la Reserva N'Zi de Costa de Marfil

¿Y la noche en la reserva? Allí sólo habló la selva. Como diría la canción… «a puro grito y en silencio».

Con los Komians hemos topado (El encuentro con el gurú)

Cuando dábamos por finiquitada nuestras vivencias culturales y antropológicas más viscerales e íbamos de camino al sur, junto a una pequeña aldea a media hora de Bouaké llegó otra de esas cosas que no esperábamos. Un gurú Komian se encontraba en el pueblo e iba a haber un pequeño ritual de transformación donde a través del trance puede erigirse como líder espiritual y enviar mensajes a los feligreses de esta sociedad secreta. Polvo blanco y varios objetos de poder (como bastones que trincharon en la arena) rodearon un pequeño escenario sacralizado in situ entre dos casas donde a través de la música y la danza aquel hombre empezó a sermonear a sus seguidores. Los Komians se sienten capaces de establecer conexión con los espíritus a través de la posesión. En internet circulan imágenes y vídeos impactante de las consideradas como últimas sacerdotisas del animismo (para ello recomiendo visionar el documental «Komian» de Jordi Esteve). Pero nosotros pudimos ver en vivo y en directo una representación difícilmente asimilable bajo los ojos de quienes, por mucho tiempo que lleváramos en el país, aún éramos capaces de sorprendernos y completamente inútiles de cara a articular palabra alguna así como definir determinadas experiencias sobre las que seguimos dándole vueltas.

Gurú Komian en una aldea próxima a Bouaké (Costa de Marfil)

A veces divertida, a veces imponente. Siempre vehemente. Así fue aquella ceremonia Komian la cual, obviamente, no se hallaba en los planes y que, como tantas cosas en nuestro viaje a Costa de Marfil… simplemente sucedió.

Ceremonia Komian en Costa de Marfil

Grand-Bassam, antigua capital colonial frente al mar (Despedida)

Grand-Bassam se convirtió en la primera capital de la colonia francesa entre los años 1893 y 1896, aunque un brote de fiebre amarilla que diezmó a tres cuartas partes de la población fue la causa por la que se trasladó con celeridad este puesto a Bingerville, muy cerca de la actual Abiyán. Pero, a pesar de este hecho, continuó considerándose «de facto» la urbe más francesa de Costa de Marfil, aunque se convirtiera en un fantasma de grandilocuentes edificios y mansiones coloniales entre una laguna salada y el océano. Hoy día se mantiene en estado de semirruina, sosteniendo algunas fachadas soportadas por columnas, con grandes escaleras de acceso y contraventanas de manera pintadas de blanco. La denominación de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2012 buscó darle un nuevo soplo a la ciudad costera. Y, si bien cada vez se han ido restaurando más edificios, aún permanecen en mayoría una serie esqueletos abrazados por la soledad, el abandono y la vegetación, encargada última estrangular su estructura y recuperar lo que siempre había sido de ella.

Mansión abandonada en Grand-Bassam (Costa de Marfil)

Museo de Grand-Bassam en el antiguo palacio del Gobernador de Costa de Marfil durante la época colonial francesa

Finalizar el viaje a Costa de Marfil en Grand-Bassam fue una de las mejores decisiones que se pudieron tomar en la ruta. Terminar en un hotel frente a una playa de palmeras y un mar embravecido (de los de mojarse más que bañarse), para después pasear por lo que fuera la mansión del Gobernador (ahora museo) primer hotel del país, el banco, la sede de la compañía bananera o mansiones carcomidas por la salitre, tiene su encanto. Además es, de largo, el lugar idóneo para permitirse unas compras de artesanía (el único lugar donde vimos puestos comerciales desde Korhogo) y llevarse a casa un buen recuerdo del país (máscaras, estatuas, telas, pinturas, bisutería, etc.). O permitirse una cena de gala en La Case Bleue, probablemente el restaurante con más encanto (y platos más suculentos) dentro de un viaje como este.

Playa en Grand-Bassam (Costa de Marfil)

Nuestros últimos instantes frente al mar nos hicieron recopilar muchas de las vivencias que tuvieron lugar a lo largo de dos largas e intensas semanas. En algo coincidiríamos de pleno. Costa de Marfil nos había marcado a todos de una forma u otra. Y para siempre.

Parte del grupo que formó parte del viaje a Costa de Marfil en Niofoin

EN LA PRIMAVERA DE 2023 VOLVEMOS A COSTA DE MARFIL. ¿TE VIENES?

Puedo anunciar desde aquí que ya estoy trabajando en darle continuidad a este destino y en asegurar que haya un segundo capítulo en tierras marfileñas. ¡¡Volveremos!! Nuevos momentos nos aguardarán en el segundo viaje de autor a Costa de Marfil que tendrá lugar, si nada cambia, en la segunda quincena del mes de abril de 2023. Las personas que deseen formar parte de un nuevo equipo y, por tanto, no quieran perderse este gran baile de máscaras, pueden ir poniéndose en contacto conmigo.

Máscara Guéré en Costa de Marfil

África será protagonista sin duda de en los viajes de autor de los próximos años. De eso estoy absolutamente convencido.

GRACIAS

No quiero terminar sin agradecer su presencia a mis compañeros y compañeras de viaje. Y a Pangea. Por supuesto al mejor anfitrión en el Golfo de Guinea, el gran Euloge Kossouho. A Xavi, con quien espero que este bonito idilio africano no se quede aquí. Y, cómo no, a quien ha llegado a leer hasta la última sin haberse dejado llevar por el sopor. Tienes mucho mérito, de verdad.

Por cierto, ya puedes leer 20 consejos prácticos para viajar a Costa de Marfil y planificar una aventura como ésta.

Sele

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