Crónicas de un viaje a Indonesia 10: Los Ngadas de Flores

 

18 de julio: NOS ADENTRAMOS EN LOS POBLADOS TRADICIONALES NGADAS

Uno de los mayores tesoros de la Isla de Flores se mide en valores eminentemente antropológicos. Porque aún es posible visitar poblados tribales en los que tanto la forma como el fondo tratan de ser impermeables a los influjos de la Globalización y los Tiempos modernos. Muchos de los Ngadas que decidieron no irse a vivir a ciudades como Bajawa aún conservan muchas de sus tradiciones en el interior de pequeñas aldeas en las que existe concepción de tribu y se puede percibir toda una serie de particularidades que los definen como Pueblo. Las chozas de paja y bambú, los altares a los ancestros, los amuletos y reliquias colgando de los quicios de unas puertas que nunca se cierran, los ikats de abstractos diseños, los monumentos funerarios o los terraplenes donde se realizan los sacrificios en sangrientos rituales se mezclan con las sonrisas auténticas tanto de niños como de ancianos que aún se sorprenden de los forasteros que penetran en sus dominios.

Acometer una ruta a hermosas aldeas Ngada como Bela, Luba, Bena y Wogo, a la sombra del Volcán Inerie, supuso sumergirnos en lo más remoto y elemental del Ser Humano. Al fin y al cabo viajar es penetrar en la mirada de los demás, conocer sus maneras de vivir y darnos cuenta que en realidad lo que estamos haciendo es aprender de nosotros mismos. Leer artículo completo ➜

Crónicas de un viaje a Indonesia 9: Flores y el Kelimutu

16 de julio: DE BALI A FLORES HAY ALGO MÁS QUE LA LÍNEA DE WALLACE

El galés Alfred Russell Wallace se dio cuenta a mediados del Siglo XIX de que en el Archipiélago malayo (Malasia e Indonesia) había entre islas relativamente cercanas unas diferencias radicales en lo que a orografía y sobre todo, fauna y flora se refería. Entonces plasmó una línea imaginaria que dividía islas a izquierda y derecha de Borneo, Sulawesi y Lombok, y estipuló que en el lado occidental (Java, Sumatra, Bali, etc…) la vegetación y las especies animales eran puramente asiáticas mientras que en el lado oriental (Komodo, Flores, Papúa, Timor, etc …) lo eran más propias de Oceanía. La conocida como Línea de Wallace forma parte de una teoría comunmente aceptada en la que se separa biogeográficamente Eurasia de Australasia. Es una frontera natural, nunca política, debida probablemente a una fosa submarina que pudo ser una barrera impenetrable para especies animales y vegetales autóctonas que evolucionaron por separado. Así Komodo, Flores o Papúa tienen muchas más similitudes a Australia que a la propia isla indonesia de Java. De ese modo cuando uno traspasa esta línea, en realidad está cruzando geográfica y biológicamente Asia y Oceanía.

La Isla de Flores, bautizada así por los portugueses que atracaron sus barcos en ella a principios del Siglo XVI, es un claro ejemplo de este “factor Wallace”, de pertenecer a un mundo aparte de lo que habíamos visto durante el viaje. La orografía, las lenguas autóctonas, las creencias, las etnias y razas, las construcciones, las tradiciones e incluso la flora y la fauna son diferencias más que evidentes que nos hicieron comprender que iniciábamos una nueva etapa en nuestra aventura por Indonesia que poco o nada tenía que ver con las anteriores en Java, Borneo y, sobre todo, Bali. Flores, que recorreríamos en coche desde Maumere hasta Labuanbajo, antes de utilizarla como lanzadera marítima a las míticas islas de Komodo o Rinca, se nos mostraría exultantemente bella y en absoluto explotada por el turismo de masas. Su autenticidad no pasó desapercibida para nosotros, que tratamos de implicarnos al máximo para conocer más profundamente unos cambios que denotan que hay de por medio “algo más que la línea de Wallace”.

La “Fase de Flores” estaba completamente huérfana de preparación alguna por nuestra parte. No llevábamos planificados los transportes o visitas ni, por supuesto, reservados los alojamientos donde pasar la noche. Teníamos conocimiento de los días con que contábamos, con ciertos lugares que queríamos ir a ver y que en cuanto pusiéramos los pies en la pista del Aeropuerto de Maumere debíamos buscarnos la vida para irnos moviendo en dirección oeste para llegar a las costas occidentales de la Gran Isla. De cómo saliera todo dependíamos absolutamente de la suerte, de lo que Flores estuviese dispuesto a ofrecernos. Que iba a ser mucho, aunque nadie dijo que fuera a ser fácil. Leer artículo completo ➜