El instante viajero XX: Lecciones de fe en Shangri-La

Niños monjes (budistas) en el gran monasterio de Songzanlin de Shangri-La (Yunnan, China)

Aquella mañana en Shangri-La llovía con cierta saña. Las nubes bien agarradas a las montañas que rodean este utópico enclave tibetano de Yunnan se ocupaban de acallar el color de los bosques otoñales y las praderas inmensas donde pastaban los yaks. Sobre todas las cosas destacaba un único elemento que no había cedido un ápice de su fulgor y luchaba contra la monotonía gris que acarreaba el temporal. Se trataba del monasterio de Songzanlin, conocido en China como el pequeño Potala por su parecido con el gran símbolo de Lhasa, al que se considera la máxima expresión que existe en la arquitectura tibetana. De hecho ambos son coetáneos (Siglo XVII) y están emparentados más allá de sus formas, sus murallas blancas y las estupas que sobresalen en estos inmensos lamasterios.

Shangri-La hace referencia a «Horizontes perdidos», la obra de James Hilton, con el que se narraban los condimentos de una sociedad perfecta y espiritual en un antiguo monasterio budista. No cabe duda de que su mente había viajado hasta Songzanlin como nosotros aquella mañana de lluvia.  Leer artículo completo ➜

Crónicas de un viaje a Sri Lanka (2): El Buda de Aukana y las Cuevas de Dambulla

P1190855Serendip es el nombre que los árabes le dieron antiguamente a esa Isla del Índico llamada Sri Lanka. Cuando el cuento persa de «Los tres príncipes de Serendip»,  cayó en las manos del británico Horace Walpole, nacía una nueva palabra, hermosa en su pronunciación y más aún en su significado: Serendipia. Dicho cuento narra la historia de estos tres príncipes que siempre descubrían, por accidente o por sagacidad, cosas que no estaban buscando pero que les aportaban un nuevo conocimiento de mayor trascendencia que en lo que realidad requerían sus pesquisas. El término, por tanto, define a esas coincidencias no buscadas en las que se realizan descubrimientos inesperados. Serendipidad, sería entonces la capacidad del sujeto para encontrar soluciones a temas que ni si quiera se había planteado. A Newton, por ejemplo, se le cayó una manzana en la cabeza y fue absolutamente esencial para poder conocer la Ley de la Gravedad. No lo andaba buscando, pero era una persona con curiosidad que supo transformar la suerte o la casualidad en un nuevo descubrimiento.

Sri Lanka, hace justicia a su neologismo, dado que es pura «serendipia». Día a día, minuto a minuto, el viajero realiza descubrimientos maravillosos que uno no se espera por mucho que haya podido leer o le hayan podido contar. Tomarle el pulso a la isla es un acto de curiosidad innata con un resultado siempre sorprendente que lleva a adentrarse en lugares fantásticos que parecen no ser reales sino recreaciones vivientes de un escenario sólo posible en los libros de aventuras. La búsqueda, el azar, la realidad… el tesoro como final feliz. Así es Sri Lanka, que posee momentos y rincones que en un viaje no tenemos más remedio que traducirlos como hallazgos increíbles.

La Serendipia viajera de este capítulo viene de la mano de un Buda gigante esculpido en una montaña solitaria (Aukana) y de una red de cuevas en la localidad de Dambulla en las que los monjes transformaron lo inhóspito en Arte hace más de dos mil años, creando un lugar mágico e irrepetible.  Dentro de una de estas cuevas dudé si lo que tenía frente a mí formaba parte de la realidad o si era un sueño del que no me quería despertar. Y lo mejor de todo es que aún no lo sé con certeza. Leer artículo completo ➜

Crónicas de un viaje a Sri Lanka (1): Anuradhapura y «el choque»

Una de las cosas que más disfruto de los viajes es lo me gusta llamar «el choque». Con esta palabra me refiero a cambiar un mundo por otro en cuestión de horas. Pasar de la rutina de la ciudad a jugar en un tablero de juego con unas reglas completamente distintas. No cabe duda que entre España o cualquier país occidental y Sri Lanka, hay más diferencias que las horarias. Bajarse del avión nos trasladó en un santiamén a un scalextric de tuk tuks, bueyes invadiendo la carretera, un 90% de humedad, monjes resguardándose en sus paraguas naranjas, niños bañándose en el río al caer la tarde, un mar de palmeras y cierto olor a curry. Un constraste apasionante que se vio reflejado en el que sería nuestro primer campamento base en la vieja Ceilán: Anuradhapura. En la primera de las capitales de un Reino antiquísimo (nacido en el Siglo V antes de Cristo) se expandió el Budismo a la isla. Muchos son los restos arqueológicos de más de dos milenios de vida dispersos entre estanques y lagunas invadidas por las garzas. Casi a partir del esqueje del árbol en que Buda obtuvo la iluminación, vino a nacer una ciudad en la que la religión se encuentra implícita en todas partes, tanto como el blanco que hace relucir a las dagobas que esconden algo más que reliquias.

El fervor de un pueblo que entrega su fé a los símbolos y a estatuas de piedra es el cultivo de Anuradhapura y de otras ciudades Patrimonio de la Humanidad de Sri Lanka en los que la arqueología tiene que ver mucho con la religión. Iniciábamos una etapa en un nuevo país dentro de lo que se conoce como el Triángulo cultural, el alma vestido de raíces dentro de la sugerente lágrima derramada por India. Se puede decir que probablemente todo comenzó en este lugar donde creímos mejor dar nuestros primeros pasos y vivir ese «choque». Leer artículo completo ➜

Crónicas de un viaje a Indonesia 3: Borobudur y Dieng Plateau

7 de julio: BOROBUDUR O EL CAMINO A LA VERDAD; DIENG O LA CHIMENEA DE AZUFRE

Para mí un lugar GRANDIOSO con mayúsculas, es aquel que logra arrebatarme el habla, elevar mi ritmo cardíaco, ponerme la carne de gallina e incluso los ojos vidriosos. Que cuando lo tengo delante el sosiego se convierte en una conmoción casi incontrolable y el mero hecho de llegar hasta allí justifica todos los esfuerzos empleados para hacerlo. El sentido de viajar se impulsa gracias a la belleza del mundo, capaz de regalar momentos de incuestionable emoción. Pero no son tantos los lugares GRANDIOSOS con mayúsculas. Sólo unos pocos, en función de cada persona, logran transmitir esa sensación de felicidad no contenida y vulnerabilidad ante un empequeñecimiento progresivo del «Yo» para ser tan sólo una pieza ínfima de un puzzle casi infinito. Y eso es algo que vi nítidamente reflejado en Borobudur.

Porque Borobudur logró emocionarme como pocos. El monumento budista más grande del mundo, levantado sobre una colina del centro de Java hace más de un milenio,  contiene todos los elementos que lo elevan a las cotas más altas de la Belleza y la Pureza, del Arte visto como la representación de lo intangible, de una idea que muestra cómo llegar al último estado de la perfección, cómo alcanzar el Nirvana.

Aquel 7 de julio de 2010 anduvimos por el Camino a la Verdad última, viajamos a través de distintas etapas del Ser Humano cinceladas delicadamente en la piedra por los artesanos celestiales. Borobudur, donde estuvimos desde primera hora de la mañana, dio paso después a otro lugar de Java más remoto situado en las alturas, Dieng Plateau, donde la Tierra late a ritmo de volcán y de fumarolas con un humo continuo y agua hirviente buscando la superficie. Leer artículo completo ➜

Crónicas de un viaje a Indonesia 2: Los Templos de Prambanan

6 de julio: LOS TEMPLOS DE PRAMBANAN, MARAVILLAS HINDUISTAS EN LA ISLA DE JAVA

Java es poseedora de dos joyas arquitectónicas sin igual, dos diamantes bien pulidos entre los volcanes y la selva que invocan esa dualidad Budista-Hinduista con la que han estado marcados sus Reinos a lo largo de la Historia, salvo este último periodo en que el Islam es la religión con más adeptos entre sus ciudadanos. Borobudur es la estructura budista de mayor tamaño en el mundo. Y el Conjunto de Prambanan es la más importante construcción hinduista del país. Ambos, más ancianos que un milenio, se encuentran en el centro de la isla, a una distancia relativamente cercana de Yogyakarta. Y probablemente son los monumentos que más interés despiertan entre los viajeros que acuden a Indonesia. Yo diría que con toda la razón del mundo.

Ese día, martes 6 de julio, nos dedicaríamos por entero a los templos de Prambanan y a otros muchos que les rodean. Y disfrutaríamos de una deliciosa conjunción cuya simetría apunta al cielo entre la vegetación, que guarda una Leyenda y mil secretos, muchos de los cuales se los llevó la tierra enfurecida. Pero el estremecer de terremotos y volcanes no lograron arrebatar su envidiable belleza, ni ese misterio sugerente grabado a fuego en la piedra.

Estos templos, por si solos, son un motivo más que loable para visitar la isla de Java. Sólo de esa forma se podrá agradecer a Shiva, Brahma y Visnú que los salvaran de ser un mar disperso de polvo y cenizas, de convertirse un cuento repleto de fantasía e irrealidad. Porque, por fortuna para el mundo, Prambanan continúa en pie esperándonos. Leer artículo completo ➜