El instante viajero XXI: La sonrisa del Tíbet

Tibetano haciendo la kora alrededor del Jokhang en Lhasa (Tíbet)

Apenas llevábamos unas horas en Lhasa y estábamos literalmente enganchados a la capital del Tíbet. Por la mañana, bastante temprano, acudimos al templo Jokhang, considerado por los tibetanos como el más sagrado. El humo del incienso perfumaba un ambiente diferente al que no lograba enrarecer ni tan siquiera la gran presencia policial que habíamos visto en los alrededores. Pero lo que resultaba impactante era, sobre todo, el color de la fe de quienes hacían la kora alrededor de este edificio religioso, es decir, rodeaban caminando o incluso arrastrándose por el suelo el mismo una y otra vez en sentido de las agujas del reloj y rezando como si en ello les fuera la vida. Pronto comprendimos que en realidad así lo era. La fe de los tibetanos es la fuerza que les ayuda a resistir, a no doblarse ante la adversidad. No sólo se trata de budismo, sino de una forma de levantarse por la mañana y mirarle a la vida a la cara. En realidad cuentan con la herramienta capaz de desenredar cualquier contratiempo, de desarmar al mayor ejército y colorear cualquier página en blanco y negro. Me refiero a la sonrisa. Y no puedo evitar recordar el gesto maravilloso de un peregrino que nos encontramos cuando estábamos a punto de entrar al Jokhang. Su rostro contagiaba el corazón del emblemático barrio tibetano de Barkhor de inocencia, pureza, amabilidad y, por qué no decirlo, felicidad. Veo imposible obtener un mejor recibimiento que aquel para quienes poníamos nuestros pies en Lhasa por primera vez. El retrato de este personaje anónimo fue la carta de invitación que necesitábamos para sentir que, de forma inevitable, siempre seguiríamos viajando por el mundo pero jamás nos marcharíamos del todo de ese lugar llamado TíbetLeer artículo completo ➜

Postales del otoño en el castañar de Casillas

A finales del mes de noviembre el otoño alcanza las cotas cromáticas más altas en lugares donde lo caduco se tiñe de amarillos, ocres y rojos, componiendo un puzzle desordenado de hojas que llueven al son del viento para cubrir la tierra de hermosos tapices. Cada año por estas fechas me gusta descubrir rincones en los que hacer una ruta fotográfica tras las huellas pictóricas de ese otoño fulgurante y vistoso. De ese modo me escapo con la cámara de fotos y busco paisajes en los que dejarme llevar por el crujir de las hojas secas y así traer conmigo escenarios que, aunque recomendables durante todo el año, tienen en la otoñada su mejor cara. Esta vez, hace apenas un par de días, me fui a conocer el entorno natural de Casillas, un pequeño pueblo de montaña en pleno valle del Tiétar (Ávila) rodeado de castaños centenarios que se ponen de forma elegante sus últimos trajes del año antes de rendirse al frío invierno. Son precisamente sus extensos castañares quienes le dan todo el sentido a una ruta por los senderos de uno de esos otoños dignos de ver y ser fotografiados.

Castañar de Casillas en otoño (Valle del Tiétar, Ávila)

Os propongo una escapada o paseo fotográfico por el castañar de Casillas para que que veáis lo que a uno le espera en la cumbre del otoño. Un paisaje deslumbrante a tan sólo 80 kilómetros de Madrid que deja con la boca abierta. ¿Queréis saber por qué? Adelante, pasad y sentiros cómodos, que comienza el viaje.  Leer artículo completo ➜

El instante viajero XX: Lecciones de fe en Shangri-La

Niños monjes (budistas) en el gran monasterio de Songzanlin de Shangri-La (Yunnan, China)

Aquella mañana en Shangri-La llovía con cierta saña. Las nubes bien agarradas a las montañas que rodean este utópico enclave tibetano de Yunnan se ocupaban de acallar el color de los bosques otoñales y las praderas inmensas donde pastaban los yaks. Sobre todas las cosas destacaba un único elemento que no había cedido un ápice de su fulgor y luchaba contra la monotonía gris que acarreaba el temporal. Se trataba del monasterio de Songzanlin, conocido en China como el pequeño Potala por su parecido con el gran símbolo de Lhasa, al que se considera la máxima expresión que existe en la arquitectura tibetana. De hecho ambos son coetáneos (Siglo XVII) y están emparentados más allá de sus formas, sus murallas blancas y las estupas que sobresalen en estos inmensos lamasterios.

Shangri-La hace referencia a «Horizontes perdidos», la obra de James Hilton, con el que se narraban los condimentos de una sociedad perfecta y espiritual en un antiguo monasterio budista. No cabe duda de que su mente había viajado hasta Songzanlin como nosotros aquella mañana de lluvia.  Leer artículo completo ➜

El instante viajero XVIII: Amanecer extraterrestre en Uyuni

Amanecer en el Salar de Uyuni (Bolivia)

Aquella mañana no es que hiciera frío. Más bien parecía que el mundo entero estuviese hibernando a casi cuatro mil metros de altura. Con el cielo aún oscuro un viento más gélido imposible se ocupaba de segar la poca piel que no habíamos sido prudentes de mantener a cubierto. Nunca había deseado con tantas ganas la llegada del amanecer. Pero la motivación que teníamos por delante justificaba de manera sobrada aquella espera que se hacía eterna. Porque en el instante en que comenzaron a asomarse las primeras luces del alba, del invierno pasamos a un verano de ánimos, de palpitaciones incontrolables. El paisaje que teníamos frente a nosotros correspondía a lo que nos habían contado del Salar de Uyuni, el desierto blanco de Bolivia, que a esas horas teñía sus siluetas con tonalidades fucsias, azules y violetas las cuales se mecían sinuosas en un gran horizonte de agua, cielo y salLeer artículo completo ➜

El instante viajero XVI: La mirada de los moáis

Moáis de Isla de Pascua

Hay que ver lo que cuesta sostenerle la mirada a un moái. Cuando te sientas frente a un grupo numeroso en el altar más impresionante de Isla de Pascua, Ahu Tongariki, con el océano a sus espaldas y a miles de kilómetros las costas chilenas, te das cuenta de que allí únicamente mandan ellos. Los moáis elaborados con piedra volcánica arrancada al Rano Raraku parecen recrear la figura de los ancestros de una aldea o tribu determinada. A pesar de que la isla es bien pequeña, había diversos grupos que no debían estar muy bien avenidos entre ellos, razón por la cual cuando el primer europeo llegó a Rapa Nui se encontró con todos los moáis (y eran cientos) tirados al suelo como si fuesen los últimos muertos de una guerra perenne. Leer artículo completo ➜

El instante viajero XV: El camellero de Merzouga

Camellero en el desierto del Sáhara (Marruecos)

Caminando en solitario por las dunas de Merzouga, esa alfombra ondulada que el todopoderoso Sáhara le regala a Marruecos, uno siente cómo la fuerza del desierto es capaz de empequeñecerte hasta convertirte en un minúsculo grano de arena. Allí es posible escuchar gritar al silencio, que el viento sea tu peor enemigo y perder la noción entre lo finito y lo infinito. Esa fue la enésima búsqueda que he hecho de mí mismo hasta ahora. Fue un día en el que dije «me marcho» y terminé comenzando el año a los pies de un mar de dunas persiguiendo estrellas fugaces y arrancando deseos en voz alta. Han pasado muchos años desde esa primera vez en territorio marroquí con una furgoneta alquilada convertida en mi máquina del tiempo particular. Era la primera vez en que hacía un viaje completamente solo… Leer artículo completo ➜

El Delta del Okavango a vista de avioneta (Vuelo fotográfico)

El Delta del Okavango se trata de una de esas rarezas geográficas que suceden muy pocas veces en que un río no desemboca en el mar. El Okavango, tras dibujar su silueta durante más de un millar de kilómetros por tierras angoleñas, decide que su final tenga lugar en Botswana, en los ondulantes arenales del desierto de Kalahari. Y es en su última morada donde realiza el mejor regalo, dotar de agua a una de las zonas más extremadamente áridas del planeta. Eso supone que ese pedacito norteño de Botswana sea una de las regiones donde la vida animal adquiera una presencia masiva y aún indómita. Y que, a través de humedales, lagos, canales e islas, recree uno de los mejores paisajes de África. Desde Maun, la puerta del Delta del Okavango, tuvimos la inmensa fortuna de volar por encima de esta maravilla natural en una pequeña avioneta, disfrutando de sus formas y colores. Disfrutando de la vida, en definitiva.

El delta del Okavango desde el aire (avioneta en Botswana)

Sobrevolar el Delta del Okavango en avioneta (también se puede hacer en helicóptero) es un imprescindible en todo viaje a Botswana. Desde arriba surge una explosión de genialidad inusitada que vuelcan en cada mirada un lienzo difícil de imaginar. Os propongo avistar a continuación las imágenes de un vuelo fotográfico que trae a la mente no pocos pasajes de la película Memorias de ÁfricaLeer artículo completo ➜

El instante viajero XIV: La cola de la ballena

Cola de ballena en el Estrecho de Magallanes

El agua fría del Estrecho de Magallanes viene a mezclar Atlántico y Pacífico con la brisa antártica perfumando un sendero imaginario. En este área de islotes vírgenes y glaciares donde lo mismo planea un cóndor que aparece nadando una familia de leones marinos o se distingue el color blanquinegro de varios pingüinos, todo puede suceder. Esta riqueza atrae además a aquellas ballenas jorobadas que, en su tránsito hacia la Antártida, se detienen a proveerse de nutrientes durante el verano austral. De hecho se dice que la que prueba las aguas del Estrecho de Magallanes nunca regresa a el continente de hielo y escoge de por vida hacer acopio de alimento en este lugar. Aunque durante décadas la industria ballenera acabó con todas las ballenas que venían hasta aquí, la lógica y nueva mentalidad de conservación medioambiental devolvió ese carácter sagrado al mamífero más grande del mundo, convirtiéndolo en monumento natural e impidiendo su caza. Los efectos se notaron enseguida. Años después de desaparecer el último barco ballenero en aguas patagónicas las ballenas retornaron a su despensa favorita. Por eso, cada vez que uno ve emerger la cola de una ballena jorobada en ese corredor acuático que ayudó a Fernando de Magallanes a esquivar el maldito Cabo de Hornos, es posible volver a creer en que no todo está perdido en nuestro planeta.  Leer artículo completo ➜

10 fotografías que inspiran viajar a Yorkshire

Tenía ganas de hincarle bien el diente a Inglaterra, olvidarme por un instante de Londres y las grandes urbes británicas para despejar a solas diversas incógnitas en la campiña, en ciudades diminutas de valor medieval y vida tranquila, así como en esos pueblos costeros en los que aún se cuentan historias de piratas y contrabandistas. Deseaba realizar un viaje en coche y empezar a hablar en millas y rotondas que se toman por la izquierda. Dicho y hecho. El destino me llevó a Yorkshire, en el norte, considerado el condado histórico más grande de Inglaterra. Allí me dejé perder en los callejones estrechos de York, en la fina Harrogate, en las vidrieras de Ripon y en las ruinas de abadías huecas con la hierba como suelo y el aire como ventanal de silencio y oración. También busqué las huellas de Robin Hood en la bahía que lleva su nombre, al misterioso Drácula de Bram Stoker en la incomparable Whitby e incluso tuve la suerte de perseguir el vuelo de frailecillos y alcatraces en los majestuosos acantilados de Bempton.

Calle de Whitby (Yorkshire, Inglaterra)

Tengo todavía mil imágenes de este viaje dándome vueltas en la cabeza. De hecho sólo he tenido tiempo de revisar a fondo el material de mi cámara. Así que antes de desenvolverme con los escritos, ¿qué tal si repasamos 10 fotografías de momentos que inspiran viajar a Yorkshire y que pude vivir in situ?  Leer artículo completo ➜

El instante viajero XIII: Niños afganos en una calle de Shiraz

Niños afganos en un callejón de Shiraz (Irán)

Un viernes en Shiraz, así como en todo Irán, es un viernes de puertas abiertas en mezquitas, santuarios y salas de oración, mientra que los candados echan el cierre a los comercios del bazar. Es el único día de la semana en que un zoco es un laberinto de silencio y oscuridad. Los pájaros se dejan oír mientras los vientos de Persépolis trazan su vuelo hasta que son interrumpidos por las cinco llamadas al rezo a todos los musulmanes del país persa. En Shiraz se apaga la normalidad de un trasiego infinito mientras se viste con el traje oscuro de un día enmudecido e incluso aburrido. En este caso son tan sólo los niños quienes llenan de color las calles. Sin escuela ni sus padres reclamando su ayuda en el negocio, salen a la calle a jugar a los juegos que son universales y para los que no hacen falta maquinitas, ni siquiera juguetes. Juegan a ser niños por un día, a correr detrás de los callejones del bazar en que no hay nadie más que ellos, y a llenarse de recuerdos de un día soleado que dentro de muchos años mirarán con nostalgia.  Leer artículo completo ➜

El instante viajero (XII): Caminando con raquetas por la nieve hacia ningún lugar

Caminando con raquetas de nieve en Saint-Lary (Francia)

Mientras arañas la nieve y el hielo con tus pies metálicos piensas si realmente caminas hacia algún lugar en concreto o te dejas llevar sin más. Extasiado por el paisaje y el ruido blanco, considerando al viento una caricia y al frío una parte más del juego, tiendes a no pensar en nada en particular y centrarte en el desierto congelado por el que estás divagando sin otro motivo que el de tocar la naturaleza en el corazón del invierno. Las rocas de las montañas que muestran algunas muecas de su desnudez, el orgullo pétreo de no ser tapadas en su plenitud por el grueso manto blanco, son señales inequívocas dentro de un camino inexistente. Coincidir con un día tan despejado permite además admirar el cielo que se rompe de tan azul que es, que refleja la bondad de un día cualquiera en un rincón perdido y maravilloso de los Pirineos. Leer artículo completo ➜