Crónicas de un viaje a Sri Lanka (1): Anuradhapura y «el choque»

Una de las cosas que más disfruto de los viajes es lo me gusta llamar «el choque». Con esta palabra me refiero a cambiar un mundo por otro en cuestión de horas. Pasar de la rutina de la ciudad a jugar en un tablero de juego con unas reglas completamente distintas. No cabe duda que entre España o cualquier país occidental y Sri Lanka, hay más diferencias que las horarias. Bajarse del avión nos trasladó en un santiamén a un scalextric de tuk tuks, bueyes invadiendo la carretera, un 90% de humedad, monjes resguardándose en sus paraguas naranjas, niños bañándose en el río al caer la tarde, un mar de palmeras y cierto olor a curry. Un constraste apasionante que se vio reflejado en el que sería nuestro primer campamento base en la vieja Ceilán: Anuradhapura. En la primera de las capitales de un Reino antiquísimo (nacido en el Siglo V antes de Cristo) se expandió el Budismo a la isla. Muchos son los restos arqueológicos de más de dos milenios de vida dispersos entre estanques y lagunas invadidas por las garzas. Casi a partir del esqueje del árbol en que Buda obtuvo la iluminación, vino a nacer una ciudad en la que la religión se encuentra implícita en todas partes, tanto como el blanco que hace relucir a las dagobas que esconden algo más que reliquias.

El fervor de un pueblo que entrega su fé a los símbolos y a estatuas de piedra es el cultivo de Anuradhapura y de otras ciudades Patrimonio de la Humanidad de Sri Lanka en los que la arqueología tiene que ver mucho con la religión. Iniciábamos una etapa en un nuevo país dentro de lo que se conoce como el Triángulo cultural, el alma vestido de raíces dentro de la sugerente lágrima derramada por India. Se puede decir que probablemente todo comenzó en este lugar donde creímos mejor dar nuestros primeros pasos y vivir ese «choque». Leer artículo completo ➜