Los pueblos más bonitos que ver en el Alentejo (Portugal)

Desconozco si es por cómo la luz es capaz de tintar sus extensos dominios, desde la dehesa hasta el océano, o por cómo el tiempo ha ennoblecido las calles desgastadas de paredes blancas, y en ocasiones también azules, dotándolas con la pátina del encanto. O quizás por la nostalgia que imprimen los rincones auténticos, casi paralizados en la misma hoja del calendario. Sus pueblos amurallados, sus castillos de frontera, los reflejos matutinos del río Guadiana y el Lago Alqueva, el dorado de playas desiertas, ese porco a la alentejana que sabe a gloria y el recuerdo a los que no están ya en estrambóticas capillas levantadas con sus propios huesos. Por eso, y mucho más, no me canso de regresar una y otra vez a la región del Alentejo que, para mí, representa mejor que ninguna la esencia misma de Portugal.

Calle de Monsaraz (Alentejo, Portugal)

El Alentejo y el turismo rural forman un magnífico equipo. Si bien su capital, Évora, es un auténtica belleza, son, en realidad, sus pueblos quienes gozan de un merecido protagonismo. Sobre ellos precisamente trata el artículo de hoy, de mostrar una selección (completamente subjetiva, como siempre) de los que para mí son los pueblos más bonitos que ver en el Alentejo, tanto de interior como de costa, y así fundamentar las claves para modelar un viaje apasionante de varios días por la región portuguesa.  Leer artículo completo ➜

Postales de Belchite viejo, el pueblo fantasma de la Guerra Civil española

En la provincia de Zaragoza, a escasos veinte kilómetros de la cuna de Francisco de Goya, Fuendetodos, las ruinas del pueblo viejo de Belchite viven en prolongada contienda con su ya único rival, el tiempo. En agosto de 1937 se apagaron todas las luces de un pueblo convertido en un campo de batalla entre sublevados y republicanos. La sangre derramada por ambos bandos (la lista de bajas civiles y militares superó con creces el número cinco mil) es hoy tatuaje imborrable de calles vacías, abandonadas y rotas por los bombardeos o los disparos que, de día y de noche, marchitaron para siempre este enclave con notables huellas del mudéjar aragonés, las cuales se intuyen todavía campanarios y techumbres erguidas de puro milagro.

Ruinas de Belchite Viejo

La visita a Belchite viejo, el pueblo fantasma de la Guerra Civil española, permite tocar la aldaba de una puerta que se abre directa a la memoria de un momento turbio y doloroso de la historia de un país extenuado y repleto de cicatrices del ayer. Viajar, al fin y al cabo, es recordar. Y compartir una serie de instantáneas del tiempo detenido en este rincón zaragozano, la misión del presente artículo/serie fotográfica con la que regresar a lo ha quedado de aquellos días.  Leer artículo completo ➜

Los pueblos de interior más bonitos del País Vasco francés

Una frontera de papel dobla en dos partes la tierra del euskera, la txapela, los txikitos del aperitivo y toda una forma de ver la vida. A uno y otro lado de las montañas, ya sea desde España o desde Francia, los prados tienen una gama de verdes únicos en la paleta de colores. Y en ellos podemos descubrir algunos rincones de belleza infinita que no suelen copan demasiados reportajes turísticos ni guías. Regresando de un roadtrip por Midi-Pyrénées le dedicamos un aparte a nuestro viaje. Decidimos dejar a un lado las localidades marítimas de la costa vasca y así sumergimos en una ruta diferente por el corazón del País Vasco francés para ir en busca de los pueblos de interior más bonitos que se esconden en valles encantados y en cuyas fachadas con traviesas de madera rojas, verdes o azules se deja secar el pimiento.

Fachadas de La Bastide-Clairence, típicas del País Vasco francés

Siempre tuve un especial interés en conocer esos pueblos con encanto más allá de la frontera que conserva la tradición vasca a flor de piel. Y para ello llevamos a cabo una ruta en coche por los pueblos de interior del País Vasco francés con objeto de descubrir cuáles son los lugares más recomendables para ver en la zona. ¿El resultado? Aquí lo tenéis… Leer artículo completo ➜

Las Barrancas de Burujón, un paisaje de anuncio en Toledo

A veces no hay que irse demasiado lejos para viajar a paisajes deslumbrantes que uno imaginaría en países remotos. Cuando contemplé por primera vez Las Barrancas de Burujón , apenas a treinta kilómetros de la ciudad de Toledo, con motivo de una escapada corta de media tarde a este rincón de la provincia, me vinieron a la mente las semejanzas de lo que tenía delante. Por una parte los colores dorados del Gran Cañón del Colorado, por otro la forma caprichosa de las montañas que miran al Mar Muerto e incluso algún que otro áspero escenario del Death Valley californiano. Pero a su vez resultaba tan diferente, tan especial y, sobre todo, desconocido para lo que era capaz de transmitir que muy pronto me olvidé de parangones y me dediqué a disfrutarlo sin más.

Barrancas de Burujón (Toledo)

Las Barrancas de Burujón representan a uno de esos rincones de naturaleza deslumbrantes que tenemos a dos pasos y los cuales a veces pasan desapercibidos de puro milagro. En este caso aparecer fugazmente en un anuncio de Coca-Cola rodado en España hace varios años le sacó del anonimato. Lo que para muchos nos parecía el Gran Cañón resultaba estar en Toledo. Y eso tenía que verlo con mis propios ojos.  Leer artículo completo ➜

Medinaceli y el arco del tiempo en Soria

Sobre un cerro asomado al valle del Jalón surge un reino en piedra cincelado durante milenios por celtíberos, romanos, árabes y cristianos viejos. Todavía la soriana Medinaceli sigue recibiendo a sus visitantes por su arco de tres puertas que en tiempos del Emperador Domiciano (siglo I d.C) servía como acceso a esta ciudad situada en la calzada romana que comunicaba Emerita Augusta (Mérida) con Caesar Augusta (Zaraguza). El gran arco de Medinaceli sería algo así como un gran portón desde el que poder llevar a cabo un viaje en el tiempo a través de uno de los pueblos más encantadores y sugerentes de la provincia de Soria.

Arco romano de Medinaceli

A escasas dos horas en coche desde Madrid, Medinaceli nos regala un casco histórico excepcional y armonioso donde, por supuesto hay mucho que ver, por lo que os propongo nos demos juntos un paseo por esta villa sin igual.  Leer artículo completo ➜

El otro Gijón II (Neolítico, astur, romano y medieval)

Utere felix domum tuam reza una inscripción latina a carboncillo sobre la superficie de un ladrillo hallado en en el yacimiento arqueológico de la villa romana de Veranes, en el corazón del concejo de Gijón, por la que pasa además la celebérrima Vía de la Plata. Su traducción sería algo así como “Que uses felizmente tu casa” o, más coloquial y al grano, “disfruta de tu casa”. Este hallazgo en forma de buen deseo puede ser una manera entrañable de comenzar un nuevo capítulo de “El otro Gijón” dedicado, en esta ocasión, a dar luz a algunos restos memorables de su pasado más lejano. Manteniendo, por supuesto, la línea de tratar de desentrañar otras parroquias que forman parte de Gijón, olvidándonos de la ciudad por unos instantes y, de ese modo, buscar motivos para recorrer un territorio que abarca un sinfín de rincones dignos de conocer.

Villa romana de Veranes (Concejo de Gijón)

Caminaremos sobre los túmulos neolíticos del Monte Deva y avistaremos las siluetas pétreas del castro cilúrnigo de la Campa Torres frente al Cantábrico donde Roma dejó también su impronta. Y del que puede ser considerado el origen de la hermosa villa asturiana de Gijón subiremos a la parroquia de Cenero para rebuscar el modo de vida romano en Veranes y las ajadas torres señoriales de dos de las familias más importantes en la Asturias del medievo. Si te apuntas, mejor déjate el reloj en casa, que el tiempo precisamente hoy no lo vamos a medir con horas, minutos y segundos.  Leer artículo completo ➜

El otro Gijón I (El románico y los senderos milenarios)

Gijón es mucho más que una ciudad de Asturias, la más poblada, bañada por las olas del mar Cantábrico. Su faceta urbana, de sobra conocida, nos lleva al encantador barrio de pescadores de Cimavilla, a pasear por playa de San Lorenzo y asombrarnos con el elogio del horizonte que proyectó Chillida, a entrar al Museo Jovellanos, a escuchar cánticos en el Molinón o a disfrutar de sus termas romanas como parte de un valiosísimo yacimiento arqueológico. A estudiar la inmensidad de la Laboral o a atreverse a surfear en cualquier época del año. Pero muchos visitantes desconocen que la villa es poco más del 10% de un concejo en el que es posible palpar la verdadera esencia asturiana. Un Gijón que, a espaldas de su entramado urbano, convierte al visitante en peregrino por senderos milenarios. Donde el románico se topa con una humildad arrebatadora para otorgar todo el protagonismo a radiantes y ondulados paisajes de valles y montañas cuyo color verde astur le aporta a las pomaradas el ingrediente necesario para crear la mejor sidra del mundo. Territorio de hórreos, paneras y merenderos al aire libre, de alardes medievales, túmulos prehistóricos y oscuros tejos junto a los pórticos de las iglesias. De carbayeras que sobrepasan su propio mito, cocinas donde a fuego lento borbotean fabadas sublimes y alojamientos rurales con encanto donde se convive con el silencio y el entorno natural más privilegiado.

Iglesia románica de San Miguel de Dueñas (Santurio-Bernueces, Gijón)

Ese es el Gijón adonde pretendo llevarte en esta ocasión a través de una serie de tres relatos. Y para los cuales te advierto no vamos a pisar ciudad. Propongo me acompañes allá donde confluyen el camino de Santiago de la costa y la Vía de la Plata romana para conocer esas otras muchas cosas que ver en Gijón, las cuales se alejan de enredos urbanitas para contemplar su faz más natural y, sorprendentemente, desconocidaLeer artículo completo ➜

Viajar a Svalbard en un crucero polar

Es curioso comprobar cómo cuando vas navegando por alguno de los fiordos o canales de Svalbard y el barco empieza a sortear icebergs, la temperatura desciende de manera radical. Sientes que, de repente, has pasado directamente del estante de la fruta que hay en la nevera al cajón del congelador. El único sonido que eres capaz de percibir es el del crujido del hielo, un hielo tan azul que permanecen atrapados en el tiempo miles de pedacitos del cielo que lo ilumina más arriba, y que la única manera de librarse de su largo cautiverio será cuando éste se derrita para fusionarse con el mar. Al fondo los picos nevados de las montañas se la juegan entre imponentes y kilométricas lenguas glaciares que desembocan en el océano. Te percatas enseguida de unas huellas que se hunden en el permafrost. Y no tienes dudas. Por allí acaba de pasar nada menos que un oso polar.

Morsas en Svalbard (Crucero polar)

Viajar a Svalbard en crucero polar, en un auténtico barco de expedición, es hacerlo a uno de los últimos confines del Ártico más puro. Significa ponerte en la piel por uno momento de los grandes exploradores polares, pero siendo tus ojos los que miran y se conmueven ante un horizonte helado e inconmensurable.  Leer artículo completo ➜

10 consejos para ver las auroras boreales

Es evidente que uno de los momentos más buscados de quienes viajamos a los países nórdicos cuando no es verano es la mera posibilidad de poder ver en directo el baile de las auroras boreales. Noruega, Islandia, Suecia, Finlandia, Alaska, Groenlandia y el norte de Siberia o Canadá son lugares cuyo territorio se mece en la frontera del Círculo Polar Ártico y, por tanto, receptores de las célebres luces del norte. Este fenómeno natural rodeado de mitos y leyendas justifica por sí solo un viaje a estos países. Al menos intentar salir a su encuentro porque, a diferencia de quien va a visitar una catedral, una cascada o un glaciar, las auroras no se dejan ver tan fácilmente.

Auroras boreales fotografiadas en Noruega

Si bien no es posible garantizar el avistamiento de las luces del norte porque dependemos de varias condiciones, sí podemos aprender cuál es el contexto ideal para salir en su búsqueda. Por ello, tras varios intentos fracasados y otros de éxito, aquí van una serie de consejos para ver las auroras boreales en nuestro viaje a los países nórdicos. Y, sobre todo, disfrutarlas. Leer artículo completo ➜

10 cosas que ver y hacer en Malinas, corazón calmado de Flandes

El único pecado de Malinas es haber nacido en Flandes junto a dos de las ciudades más hermosas de este mundo como son Brujas y Gante. Sólo ese. Y, créeme, que en el pecado lleva la penitencia. Cómo sí no, entonces, se justifica que no reciba ni la cuarta parte de visitas que las otras dos. Pero eso para los viajeros que llegan hasta ella es todo lo contrario a un problema. Más bien una bendición. Malinas (Mechelen en neerlandés) trae tras de sí una gran historia, ya que fue corazón de los Países Bajos, la casa y escuela del gran Carlos V durante casi quince años y el rostro más afable de la poderosa Margarita de Austria. Y su dicha se pasea plácida en sus calles, canales, iglesias, beaterios o en una de las plazas mayores más radiantes en toda Bélgica. Incluso en la cerveza, que se elabora con la receta original que tanto deleite provocó al Emperador durante toda su vida, y a la que no halló jamás otra que le hiciera sombra.

Edificios en la Grote Markt de Malinas (Flandes, Bélgica)

Malinas se trata una visita altamente recomendable en Flandes , ideal para pasar un día. Tras haber viajado hasta ella en tren desde Bruselas me gustaría proponerte que la recorramos juntos a través de una lista con 10 cosas que ver y hacer en Malinas. ¿Me acompañas? ¡Pues allá vamos! Leer artículo completo ➜

Planes diferentes para redescubrir la Sierra Norte de Madrid

Si me lo permitís voy a hacer una generalización, aunque suela estar bastante en contra de ellas. O, al menos, tengo el deseo de compartir por aquí una sensación personal. Siempre he tenido la impresión de que son muchos los madrileños y madrileñas que no sólo no conocen su propia ciudad, lugares, calles, monumentos e historias. Sino que además, por extensión, ignoran por completo otros muchos rincones de la Comunidad de Madrid. La Sierra Norte de Madrid es, por ejemplo, una de esas grandes desconocidas. Con la salvedad de clásicos recursos para escapadas de medio día como Patones de Arriba, Buitrago de Lozoya o, más recientemente, el Hayedo de Montejo cuando llega el otoño, existe una lista interminable de parajes y pueblos magníficos que nos permiten descubrir “el otro Madrid” los cuales aún, por fortuna, siguen inalterados incluso durante buena parte de los fines de semana del año. Y eso en Madrid, donde solemos afirmar con cierto hartazgo y desazón que “está todo hasta los topes”, puedo asegurar que se trata de un tesoro. Y de ahí trata de la historia que os voy a contar a continuación, la de una ruta improvisada con coche buscando vivir planes distintos, algunos bastante sorprendentes, por lo que se conoce como Sierra Norte de Madrid.

Convento de San Antonio en la Sierra de la Cabrera (Sierra Norte de Madrid)

Mi intención es compartir unos cuantos lugares insólitos, experiencias que no son muy célebres pero que bien merecen la pena. A través de una sucesión desordenada de planes diferentes para redescubrir la Sierra Norte de Madrid pretendo hallar entre montañas, valles, campiña y pueblos de piedra las respuestas que a muchos nos esperan en ese otro Madrid. Una ruta fantástica entre búnkeres de la Guerra Civil, un eremitorio medieval a los pies de La Cabrera, la cuna del Cardenal Cisneros (que no es Alcalá), una necrópolis milenaria, un valle repleto de esculturas (y sueños), regalos firmados por Picasso, chocolate recién hecho o un otoño absolutamente mágico. ¿Me acompañáis? Leer artículo completo ➜