Escena de caza del lince ibérico en la Sierra de Andújar (Jaén)
Con sigilo y cautela, casi como un fantasma, deambula el lince ibérico por los bosques de la Sierra de Andújar en Jaén. Una criatura admirable que, para muchos, guarda su lugar en el podio de los felinos más bellos y elegantes de nuestro planeta. Se desplaza como las sombras, pisando la hierba en silencio como si flotara, y escondiéndose bajo la protección de un matorral o una encina centenaria. Sabedor de su situación privilegiada en la cúspide de la cadena alimenticia, ignora que hace escasos años su propia especie estaba abocada de manera irreversible a una pronta extinción. Pero, gracias a valientes exitosas medidas de conservación, el gran emblema de la fauna ibérica vuelve a pasearse por los campos peninsulares, aunque jamás su rastro desapareció de los contornos de la Sierra de Andújar, un enjambre de lomas y dehesas con un profundo bosque mediterráneo encaramado en el interior de una gran cadena montañosa llamada Sierra Morena. Es allí donde, con una población de varios centenares, el lince parece sentirse más cómodo. No escasea en absoluto su presa predilecta, el conejo, el cual forma parte del 90% de la dieta diaria de este voraz felino moteado con características orejas pinceladas. Y, aunque la comparte con otras especies como el águila imperial o el búho real, su efectividad a la hora de cazar resulta suficientemente elevada como para, por el momento, subir cada vez más escalones de su propia supervivencia.

Como admirador de esta especie, a la cual he tenido la oportunidad de ver en libertad en diversas ocasiones, pude asistir a un momento único. Tras pasar un montón de horas en un hide fotográfico en el corazón de la Sierra de Andújar, muy próximo a la ribera del río Jándula, no sólo llegué contemplar a poca distancia a varias hembras de lince ibérico sino, además, observar, filmar y fotografiar el momento exacto en que una de ellas se dispuso a cazar un conejo que abandonaba de manera arriesgada su madriguera. Una escena verdaderamente asombrosa que jamás había imaginado que tendría la suerte de presenciar en vivo y en directo. Y que demuestra las dotes para la caza de un felino sobrado de astucia y agilidad.
LINCE CAZANDO EN SIERRA DE ANDÚJAR (FOTOS Y VÍDEO)
Aguardando en un hide fotográfico
En una fría mañana de enero, en realidad un anodino lunes, aún lejos del amanecer, me aproximé con mi vehículo a la cancela de una de las fincas más grandes dentro del Parque Natural Sierra de Andújar. En sus miles de hectáreas campan a sus anchas dos familias de lince ibérico, las cuales tienen allí sus dominios, de ahí que tras años de observación y estudio entre los dueños, sus guardas y los buenos consejos de un fotógrafo de naturaleza, levantaron dos pequeños hides o aguardos para poder contemplar y fotografiar estos u otros animales de manera íntima, separados por un cristal, sin ser vistos ni generar impacto alguno dentro del territorio. Una manera de conseguir formar parte de un documental de naturaleza. Porque normalmente, yendo a la sierra, si se tiene la inmensa fortuna de llegar a ver estos felinos, suele suceder a una distancia muy difícil de obtener normalmente, salvo que uno se tope de sopetón con el gran gato de orejas puntiagudas. De ahí que el hide sea uno de los recursos a los que acuden investigadores, expertos, fotógrafos profesionales y últimamente, también meros apasionados en la materia.

Escogí enero porque, desde mediados de diciembre a primeros de febrero, las hembras del lince entran en celo, por lo que ellas se exponen más y dejan a los machos algo alborotados. Tampoco hace calor, por lo que la especie, de hábitos eminentemente nocturnos o que tiende a moverse en las horas en las que evita las temperaturas más elevadas, se encuentra más activa en estas semanas dentro del corazón del invierno. Ni que decir tiene que, si la Sierra de Andújar se muestra hermosísima todo el año, durante esta época se encuentra radiante, con un verde que llega a deslumbrar.

Esa mañana lo que hacía era un frío que helaba. Estar a bajo cero se suele arreglar con buena ropa de abrigo. Pero en un hide en pleno campo, dentro de un espacio pequeño sin calefacción donde no te puedes mover demasiado, digamos que cuesta entrar en calor. Aunque lo que se veía al otro lado del cristal justificaba aquella friolera. La neblina a esa temperatura había blanqueado la hierba, escarchado los árboles y las rocas graníticas que completaban una panorámica excepcional capaz de resumir a la perfección las bondades del interior de la serranía jienense.

El campo de juego de los linces
No tardó en hacer acto de aparición el primer ejemplar. Aún estaba oscuro y ya pude apreciar la silueta borrosa de una joven lince de unos dos o tres años de edad, supuestamente ya con madurez reproductiva para tener las primeras crías en primavera tras una gestación, brevísima en esta especie, de apenas tres meses. Se paseó por la zona de manera constante, indagando en las madrigueras en forma de túneles que los conejos excavan en la tierra para protegerse de sus depredadores. Los movimientos ejercidos por un lince no difieren mucho de los de un gato montés o incluso común. Pero tampoco de la manera de contonearse o rastrear de sus hermanos mayores en África como pueden ser leopardos, caracales o servales. Salvo por el tamaño, todos son más parecidos de lo que cabría imaginar.

Aquella hembra de lince se intercaló con su hermana, aunque sin compartir escenario juntas. Ambas resultaban idénticas. Tanto, que sólo quienes trabajaban en la finca eran capaces de arrancarles sutiles diferencias. Coincidían, eso sí, en su manera de asomarse en los pequeños hoyos dentro de su campo de caza, de provocar temor a las criaturas refugiadas en su interior sabedoras de una vida tan breve como arriesgada. En un momento dado incluso una de las lincesas se entretuvo con una piña e incluso llegó a trepar por el tronco de un árbol.

Observar a un lince, ya de por sí puede considerarse una especie de milagro en la naturaleza. Se trata de animales extremadamente esquivos. Como si llevaran en sus genes haber sido menos de un centenar a finales de los años noventa. Con la inmensa responsabilidad de la subsistencia de su propia especie. Cada miembro se podría medir como un tesoro viviente. O, lo dicho, un milagro. De ahí que, si verlo para cualquier amante de la naturaleza es un tremendo privilegio, hacerlo a corta distancia, como un testigo invisible en medio del bosque, justifica el quedarse petrificado y casi helado durante horas en busca del minuto de gloria. Debo reconocer además, que minutos hubo muchos. Aunque nada comparable a lo que sucedería por la tarde.

La secuencia de la escena de caza de un lince
Habíamos hecho un receso en un cobertizo de la finca donde permanecía una chimenea encendida. Aunque la temperatura había ido subiendo a lo largo de la mañana, reconozco que asomarme a la lumbre me vino bastante bien. Allí aprovechamos a comentar las mejores jugadas que nos había dejado la pareja de felinos, a revisar fotos, empezar incluso con el primer filtro de borrado y a seleccionar las imágenes que, a priori, parecían haberse salvado de la quema. De hecho, ya creía que con la mañana había tenido una experiencia muy por encima de lo esperado. A diferencia de otras ocasiones había podido disfrutar de un mayor tiempo, la luz a favor y una panorámica delantera que superaba a todas las anteriores. Pero, por supuesto, uno siempre va en busca del más y mejor y no dejaba de rondar en mi cabeza la posibilidad de ver en directo una escena de caza, aunque era consciente que las probabilidades eran mínimas.

Así que volví al hide, esta vez de Alejandro, un asturiano aficionado a la observación de naturaleza salvaje muy amigo de Tirso, el fotógrafo a quien le debía estar precisamente en ese coqueto aguardo de la Sierra de Andújar. Allí dentro pasó una hora… pasaron dos. Y no se movían por allí más que los rabilargos, alguna que otra urraca y un petirrojo bastante territorial que hacía siempre el mismo revoloteo próximo a la rama de un matorral. Así es un hide, puede pasarse el tiempo sin nada, a priori interesante, que luego todo sucede en un minuto. Por lo que lo único que no sobra es la paciencia, tener el trípode ajustado, la cámara configurada y enfocada y no dejar de buscar señales que puedan preceder un movimiento futuro. Dicen que el alboroto de las urracas, por ejemplo, suele ser señal de alarma. Al igual que cuando se rastrea un leopardo o un tigre de Bengala en la India lo son la reacción de los monos y las aves, como si existiese un lenguaje común entre los seres que habitan un lugar, aunque nada tengan que ver entre ellos.

De pronto, en la anodina tranquilidad, entró en juego un conejo que salía de su madriguera a otear el entorno y aprovechar la aparente calma para poder alimentarse de los verdes y húmedos pastos que tenía delante. Rechoncho y mofletudo, de pelaje grisáceo y tan suave que parecía de peluche, apenas osaba desplazarse medio metro del agujero del que procedía. Después mordisqueaba la hierba sin dejar de mirar alrededor y regresaba al interior, repitiendo el proceso de manera de manera constante. Parecía despreciar cualquier ventaja física posible, no fiándose en absoluto de las distancias, de su amplio campo visual, ni de su contrastada velocidad y capacidad de reacción ante los posibles depredadores que, como mencioné antes, van más allá del lince ibérico. Como no podía ser menos, los comentarios en el hide derivaban todos en puras hipótesis. Redundaban los “¿Te imaginas que…?” “¿Y si de repente?” , siempre fieles dentro de una conversación a susurros de quienes sabíamos que era demasiado improbable que sucediera lo que, en el fondo, deseábamos que sucediera.

Debo reconocer que aquel conejito gris, flanco de nuestras conversaciones, se erigió en el causante de amenizar una velada vespertina caracterizada por la calma. Gracias a él sobrevivimos a cierta modorra. Y eso que aún no se habían pronunciado las palabras mágicas que resonarían como campanas en mi cabeza. “¡Allí hay un lince!”. Y es que sería Alejandro quien observara primero a aquel fantasma de piel moteada. Sin duda se trataba de una de las hembras que habían estado pululando por la zona durante la mañana. Como quien se sienta en un trono, ocupaba su espacio en una roca grisácea a la que el musgo se había adherido tras innumerables invernadas.

Aquel felino observaba sus dominios en total majestad, como si en ese instante dispusiese de un cetro de gobierno en aquel territorio campestre, un retazo de bosque mediterráneo en plena Sierra de Andújar donde su especie había empezado a salir adelante de nuevo tras unos tiempos que parecían oscuros para estos pequeños y ágiles carnívoros.

El semblante de la “gata” de orejas pinceladas cambió de manera radical cuando se percató del conejo que sobresalía un palmo de su madriguera. Conscientes de que lo había visto, creímos que no tenía demasiadas posibilidades y que aquel lagomorfo escaparía raudo en cuando se diera cuenta de había convertido en la diana del depredador. Pero, quitándonos la razón, aquella hembra de lince se bajó su su pedestal de granito, iniciando un recorrido largo pero continuado sin originar el más mínimo ruido que hiciera escapar a la que había identificado a su presa.

Los desplazamientos eran sigilosos, casi como si caminara de puntillas, mimetizándose con los matorrales, las piedras, los árboles… El depredador concentró todas sus energías en no ser vista, salvo por quienes con la boca abierta, contemplábamos aquella escena de fauna a la ni el mismísimo Félix Rodríguez de la Fuente hubiese escatimado emoción alguna. En ese momento Alejandro y yo acordamos, que él fotografiara y yo filmara. Tocaba ser equipo.

El lomo manchado del gran predador, se aupó sobre el mismo aura de las panteras más letales de nuestro planeta y, de ese modo, aproximarse a su manjar preferido. Ella, quedándose agazapada junto a una roca, apenas le quedaban dos o tres metros que salvar y, de ese modo, abalanzarse sobre su objetivo. Se hizo el silencio en el hide. Mis manos temblorosas sujetaban como podían la cámara mientras grababa lo que podía. Juro que podía escuchar mi corazón en ese instante. Durante un minuto, que se nos hizo extremadamente lento, sólo teníamos a la vista al conejo troceando la hierba con sus característicos dientes alargados.

Pero todo llega. Y vaya si llegó. El lince dio un increíble salto y, en décimas de segundo, zarandeó al conejo sostenido con la punta afilada de sus colmillos. El pequeño animal, que no lo había visto venir, se quedó inmóvil durante unos segundos, como si se le hubiese pasado toda su vida por delante y se hubiese dado cuenta de que no tenía ni la más mínima oportunidad de escapar de allí.

Aquella hembra, en cuyos ojos se reflejaba la satisfacción de las misiones cumplidas, se llevó con la boca a su presa, que removía sus patas en busca de una clemencia que jamás obtendría. Dedicándonos una última mirada, aquella figura volvió a esfumarse dejando de nuevo un paisaje sublime como fondo. Aún sin digerir lo que acababa de pasar, repasamos una y otra vez lo vivido sabedores de que, si los milagros existen, habíamos presenciado uno.

A continuación, os muestro toda la escena grabada en un vídeo que recientemente compartí en mi cuenta viajera de Instagram (@elrincondesele).
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Algo menos de una hora después, cuando casi estábamos a punto de recoger el material fotográfico, la hembra de lince volvió por el mismo sendero que había tomado antes. Su presa ya debía ser un despojo de huesecillos y piel a merced de los cuervos. Delante del cristal se limpió las patas con la lengua y se estiró como quien viene de correr un maratón. Un buen revolcón en la hierba pareció sacudirle todos los males pero, al cabo de unos instantes, regresó a la madriguera de donde procedía el origen de su festín, a ver si salía algo más de allí.

Era absolutamente Insaciable. Allí aguantó hasta ver, otra vez, cómo algo asomaba la cabeza en otro agujero. Esta vez el radio de acción ni la luz jugó a nuestro favor aunque sí nos permitió observar cómo avanzó agazapándose y quedándose a un palmo de la madriguera sospechosa. Al cabo de treinta minutos más tarde, cuando el sol ya se había escondido sobre la ondulada Sierra de Andújar, le vimos dar otro salto y hacerse con otro conejo, con el que desapareció por una zona de hierbas altas donde nadie ni nada podía verla. Un nuevo festín. Quizás sin hambre, pero si algo aprendí en mis muchos viajes a África es que un buen depredador, por muy saciado que parezca, nunca desaprovecha una buena oportunidad.

Ya no volvimos a ver más felino alguno. La noche se tropezó sobre aquellas lomas arboladas y sobre las rocas que dejaron de brillar a la espera de una nueva luna y una nueva cencellada. Y los testigos de aquella escena de caza con un lince como protagonista, aún seguimos refugiándonos en aquella tarde que, si nos lo hubieran contando antes, jamás lo hubiésemos creído.
¡Nos vemos en el hide!

Sele
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