Una casa en Noruega - El rincón de Sele

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Una casa en Noruega

Acabo de regresar de pasar varias semanas en el norte de Noruega. Allí mismo, en el corazón del invierno, a varios cientos de kilómetros por encima de la línea de que delimita Círculo Polar Ártico y, lejos del trasiego de turistas tanto de Tromsø como de las islas Lofoten, enarbolamos como bandera una casa de madera asomada a un fiordo. De las de paredes de madera rojas y un tejado de hierba, el aislante de gran eficacia por aquellas latitudes que ya fuera utilizado por los samis en Escandinavia miles de años atrás. Había funcionado como puesto comercial desde el siglo XVIII con permiso de posada otorgado por el Rey de Dinamarca y se localizaba en medio de la nada en su concepto más amplio. Detrás le protegía un denso bosque de abedules con cortezas ajadas y barbas de líquen colgando las ramas. Un mar de árboles inundado por las huellas de liebres árticas, zorros rojos y demás fauna. Por delante, una playa en forma de media luna a veces taponada de nieve, mientras que otras, en cambio, permitía mostrar los verdes pastos a los cuales acudía una pareja de renos para alimentarse cada mañana. De sus aguas una foca asomaba su cabeza a cada rato para controlar un territorio ocupado también por gaviotas, serretas medianas y el poderío alado de las águilas marinas con su característica cola de plumas blancas imponiendo respeto a su paso. Otras islas con picos nevados y paredes verticales se abrían paso en un horizonte que podríamos tildar de inmenso y salvaje. El silencio del exterior tenía en aquella casa como contrapunto el crujir de la madera que delataba siglos de historia y los pasos de sus ocupantes, huéspedes con predilección por los grandes viajes quienes acudían en busca de una hibernación voluntaria en aquel paraíso helado.

Una casa en Noruega (invierno ártico, auroras boreales)

Para la ocasión, el viaje se planificaba día a día en la mesa de un gran salón repleto de libros y mapas de la región. Allí comprobábamos los pronósticos del tiempo de un invierno primero frío y después templado. También las previsiones que distintas entidades científicas emitían sobre la actividad auroral para las horas, días y semanas sucesivas. Aquello parecía un gabinete de entusiastas ansiosos por observar y fotografiar las auroras boreales deslizándose sobre aquel fiordo. Con un constante abrir y cerrar las ventanas de madera que servían de faros para definir instantes, el aquí y ahora, el salimos afuera ya mismo o aguardamos al abrigo de una sala calefactada no exenta de conversaciones heterogéneas y olor a comida recién preparada. La casa siempre rezumaba vida, salvo cuando nos marchábamos a explorar la zona. Aunque nunca estaba sola del todo. El hogar siempre quedaba a buen recaudo con un pequeño y solitario armiño vestido con su elegante pelaje blanquecino típico del invierno, un ilustre habitante del subsuelo que pululaba silencioso por debajo de la casa. Tampoco faltaría Maren, el supuesto fantasma de la dama que fuera dueña de aquellas tierras y quién, según los lugareños y leyendas noruegas, aún deambula por las dependencias de la vivienda vigilando su correcto orden.

Un lugar utópico para una aventura ártica

Por primera vez nos olvidábamos de ejercer un programa minucioso con más horas que un reloj. El qué hacer o qué no hacer lo definía el momento, la climatología y, cómo no, la ilusión. Esa era la clave. Pues a golpe de ilusión precisamente construimos este idilio con el Ártico noruego capaz de ceñir sus cimientos desde las últimas semanas de un enero muy frío hasta las postrimerías de un marzo ya primaveral. Día a día, grupo a grupo, ideábamos excursiones, travesías con raquetas de nieve, roadtrips al uso y navegaciones en estos fiordos septentrionales, mientras narrábamos algunos de los capítulos más gloriosos de la Batalla de Narvik en los albores de la II Guerra Mundial desde un búnker alemán. O cuando perseguíamos las huellas de los alces en aquellos bosques interminables donde se intercalaban los abedules y los abetos en valles inmensos con lagos congelados y un olor siempre dulce capaz de invalidar las consecuencias aromáticas propias del salitre del océano.

Nuestra casa en Noruega

Levantarse cada mañana ofrecía un nuevo capítulo para la reflexión. Antes, incluso, de desayunar, una puerta de madera acostumbrada a recibir visitantes durante los últimos doscientos cincuenta años, se abría para que no pocos se dedicaran a transitar recién despiertos por un paraje deslumbrante de cielos donde, al principio, el sol aún no se atrevía a levantarse demasiado, mientras que al final se erguía imponente en posiciones más elevadas para iluminar un ancho fiordo recortado por las montañas de alrededor. Y es que, aunque por la noche aquello era el reino de las auroras boreales, durante el día la luz magnética del Ártico envolvía entre rojos, violetas y azules aquel paraje brutal tejido con los hilos de su propio aislamiento. Salir a pisar nieve o acariciar la playa se convertía en la mejor declaración de intenciones ante una jornada que tenía sus propios planes para nosotros. Hay lugares, sin duda, donde ni tus propias emociones utilizan riendas. Sólo el destino, el dejarse llevar, acarrea las consecuencias de un rincón de Noruega del que aún todo está por escribirse.

Isla de Gritoy en un amanecer con la luna llena aún al fondo

Después nos situábamos todos al calor de una mesa repleta de viandas para darle un mordisco a nuestra experiencia noruega. Salmón, arenques, huevos revueltos, bollitos de canela, yogures, arándanos, frutas, pan tostado y café, mucho café. Subíamos nuestras baterías al 100% en un desayuno contundente y sosegado mientras cada día a las 9:20 en punto de la mañana, el expreso de la costa, el mítico barco Hurtigruten, hacía acto de presencia en su navegación diaria rumbo al Cabo Norte y se colaba, literalmente, por la ventana de la cocina. Su paso ejercía de aviso para empezarse a preparar de cara a un día marcado por una serie de propuestas diversas que mutaban a medida avanzaba la semana.

Desayunando en la cocina de nuestra casa noruega

Normalmente el primer día lo reservábamos para improvisar y recorrer con nuestros vehículos los extraordinarios paisajes de la región. Como un primer hechizo, aprovechando el choque ejercido a base de contrastes con los lugares de origen de los participantes, andábamos entre valles excavados por antiquísimos glaciares capaces de modelar infinidad de paraísos en bruto.

Caminando con raquetas de nieve en medio del bosque

Nos dejábamos llevar por los bosques bien con las botas fuertemente amarradas o evitando hundirnos en la nieve gracias a las raquetas que muchos se enfundaban por primera vez.

Caminando con raquetas de nieve

Oteábamos renos, a veces alces, y con mayor frecuencia, águilas pescadoras trasladándose de una orilla a la otra. Pero, sobre todo, todos empezábamos a sentir que, de una forma u otra, pertenecíamos a la naturaleza de un país donde las ciudades y los pueblos son diminutos dentro de panorámicas inabarcables de vida salvaje. No resulta difícil sentirse exploradores en aquellas tierras árticas, en la Laponia de los cuentos y las leyendas de trolls, elfos, duendes y zorros mágicos capaces de disipar la nieve con sus gruesas colas para crear las mismísimas auroras boreales.

Alce en Noruega

Navegantes en el fiordo de las águilas en una reliquia flotante

Otra jornada épica dentro de nuestra andadura noruega venía marcada por un antiguo barco de los años cincuenta, el M/S Grytøy, el cual se fabricó con el objetivo de trasladar mercancías y pasajeros desde el puerto de Harstad a aldeas incomunicadas e islas de la región. Un ferry de madera que detuvo su actividad convencional en 1982 y convertido hoy día en un museo flotante el cual, tras una larga y costosa restauración, vuelve a navegar décadas después con su motor y maquinaria original, gracias a la capacidad de unos ciudadanos muy aferrados a este barco al que, poco a poco, le están devolviendo la vida.

Barco Grytoy en Noruega

En el Grytøy pudimos vivir grandes momentos, pues nos permitió alcanzar horizontes primorosos y congelar los instantes donde los grandes pigargos europeos, enormes águilas marinas de cola blanca, agarraban peces con sus afiladas garras a pocos metros de la nave, recordándonos quiénes ejercen un reinado interminable bajo las frías corrientes del fiordo.

Pigargo europeo en Noruega

La tripulación del Grytøy nos acogió a todas y cada una de las personas que pasamos por allí como la gran familia que representaban. Lejos de cualquier actividad turística de pase por caja y que venga el siguiente, aquella embarcación nos abrazaba como un hogar a la deriva. Con una visión formidable de las montañas, de la iglesia de Trondenes (el templo medieval de piedra más al norte del mundo), de los anillos de las salmoneras y bajo una luz que poco tenía que envidiar a la de las auroras. Pues a este lado del Círculo Polar Ártico, el invierno tiene a bien dibujar sus mejores lienzos con paisajes indescriptibles, viejas casas marineras, faros iluminando la inmensidad y un sinfín de aves como eíderes, cormoranes, araos, gaviotas y las propias águilas trazando carreteras imaginarias en un cielo infinito.

MS Grytoy

Historias desde el lavvu sami

Otro apéndice importante del viaje tenía que ver con el fascinante universo de los samis. Lo hacíamos aprendiendo de primera mano, junto a los propios nativos y alrededor de la hoguera de un gran lavvu, un tipo de tienda de campaña cónica abierta por arriba idónea para el difícil clima ártico. Muy similar al tipi de los indios de Norteamérica y aún más a las viviendas de los nenets así como de otros pueblos nómadas del norte de Siberia. Antiguamente levantado con pieles de reno y hoy con lona sintética, suele disponer de un fuego en el centro y abierto por arriba para dejar salir el humo. El lavvu, cada vez que íbamos, se convertía en un centro de enseñanzas donde paladear, además de una deliciosa sopa de reno, las particularidades de la vida de ayer y hoy del pueblo indígena más antiguo de Europa.

Sami frente a la hoguera en lavvu en el norte de Noruega

Los samis, muchos de ellos dedicados al pastoreo de renos (actividad para la que tienen exclusividad en Noruega), se distribuyen por las regiones más septentrionales de Escandinavia. Residen, en su mayor parte, en el propio territorio noruego, con más del 50%, pero también quedan miles en Suecia, Finlandia e incluso en la Península de Kola, dentro de la Federación Rusa. Casi todos muy mezclados hasta el punto de ser difícil o imposible reconocerlos de otros noruegos. Por fortuna, muchos conservan un respeto reverencial por las tradiciones de su pueblo y le infunden una importancia vital a la supervivencia de la lengua sami, emparentada con el finés y el húngaro (familia de las lenguas urálicas) y hablada con distintas variantes regionales.

Sele con un reno y los samis en Noruega

En el lavvu dos matrimonios sami nos hablaban de un ancestro común que se trasladó desde Suecia a las tierras que ahora ocupan, de cómo es la vida siguiendo a los renos (cuentan con algo más de seiscientas cabezas) en su periplo libre (que no salvaje), algunas creencias animistas donde los dioses y espíritus guardan una relación estrecha con la naturaleza, la figura del noaidi o chamán como mediador entre dos mundos, el simbolismo y colores recogidos en sus ropajes o la utilización de los dos tipos de cuchillos que suelen manejar. Aunquem cada vez que acudíamos, salían a la palestra más y más cuestiones con las que conocer mejor a este pueblo que llegara a tierras escandinavas hace unos diez mil años en su afán, precisamente, de perseguir las manadas de renos salvajes que les proporcionaban alimento, vestimenta y la capacidad de elaborar numerosos utensilios con huesos y astas.

Matrimonio sami frente al lavvu típico (Noruega Ártica)

Cazadores de paisajes

Si algo hace incomparable a Noruega con cualquier otro país de Europa es que posee una colección infinita de paisajes de postal. No importa la época del año ni la región, que siempre enamoran, aunque reconozco que el pelaje de invierno, como a los armiños, le aporta un mayor poder de seducción. Pisar nieve, a veces incluso clavándote en ella por encima de las rodillas, escuchar el crujido mudo de tus pies mientras transitas hacia ninguna parte (en aquellos bosques y montañas, el fin no es el objetivo sino lo que se disfruta entre medias) lo es todo. Y cuando se hace con parajes como aquellos, auténticos diamantes en bruto donde los picos puntiagudos (llamados tinden por los noruegos) dibujan un horizonte disparatado, el Síndrome de Stendhal viene de sobra justificado. Brotan entonces los cazadores de paisajes, seres capaces de escanear con sus ojos y su mano tapando la frente todo cuanto tiene delante, como si fuera necesario cuadrar las numerosas escenas de postal que surgen en el camino, para convertirse en figuras esenciales de una ruta siempre improvisada, siempre diferente.

Valle de Grov en Noruega

No importa las veces que se acuda a un mismo valle o una misma isla. Las condiciones siempre resultan distintas. Cambia la luz, el grosor de la nieve, el contraste con los árboles, los lagos completamente blancos o rotos ante un deshielo inminente el cual dibuja grietas de manera imprevisible. A veces el viento sopla a favor, otras en contra. En ocasiones un fiordo llega a ser tan estrecho que se congela justo al final. Momento para el cual tendíamos a aprovechar a pisar hielo con las burbujas aún visibles bajo nuestros pies.

Lago helado

O puede suceder que un alce, zorros, águilas o focas aparezcan para regalar su presencia a una localización henchida de atractivos.

Reno en Noruega

Es ahí entonces cuando los cazadores de paisajes alcanzan el éxtasis, dando valor a lo que atisban e insuflando ánimo y emoción a los demás. Otros, en cambio, cocinan las localizaciones sublimes a fuego lento y necesitan una larga digestión que mantienen con ellos incluso después de haber guardado el equipaje en el armario de casa.

Paisaje de Noruega Ártica

Huellas de la II Guerra Mundial en una costa fortificada

Pero el norte de Noruega, concretamente en los condados de Nordland y Troms, además de entornos naturales formidables, esconde una agitada historia. Más allá de la presencia de los vikingos o los samis ya mencionados, esta parte del país desempeñó un papel crucial durante la II Guerra Mundial. En Narvik, el puerto donde desembarca desde hace más de un siglo el material obtenido de las minas de hierro de Kiruna (Laponia Sueca), se produjeron cruentas batallas navales en las cuales los destructores nazis y británicos se enfrentaron en uno de los capítulos más interesantes y, a su vez, desconocidos de este conflicto. Con la premisa de dominar la salida de este mineral imprescindible para la construcción de armas e infraestructuras de carácter militar, tanto los nazis como los aliados se disputaron la victoria en el fiordo de Narvik (Ofotfjord) y alrededores durante la primavera de 1940. Y, aunque los alemanes sufrieron una primera gran derrota en el campo de batalla con casi todos sus barcos hundidos, la retirada fugaz de las tropas británicas y francesas ante la llegada de Hitler a París permitió que los germanos se quedaran en Noruega hasta prácticamente el final de la contienda.

Cruz alemana en el cementerio de Narvik

A partir de 1944, cuando el ejército nazi se retiró de tierras laponas, hizo política de tierra quemada, destruyendo todo lo que veía a su paso. Pero dejó el litoral blindado con búnkeres y cañones con los que había pretendido defenderse de la posible llegada de sus enemigos cuyo objetivo, además de expulsarlos definitivamente de Escandinavia, pasaba por hacerse con el codiciado puerto de Narvik y, por tanto, con el control de la producción y comercialización de hierro. Huellas de un periodo fundamental para comprender la Noruega contemporánea. Tanto en el Museo de la Guerra en Narvik, con piezas únicas e interesantes explicaciones, así como en todo el fiordo, ya sea cerca de Narvik o en la región de Harstad, fuimos recreando con palabras e imágenes lo allí acontecido. De ese modo nos aproximamos a un destructor nazi, el Z2 Georg Thiele, que aún asoma la proa oxidada en el fiordo de Rombaken, uno de los brazos del Ofotfjord, así como al cementerio de Narvik con tumbas inglesas, francesas (en estas la mayoría de personas enterradas eran españoles exiliados de la Guerra Civil que lucharon con Francia contra los alemanes), polacas y, por supuesto, noruegas.

Vehículo de la época de la Batalla de Narvik (II Guerra Mundial en Noruega)

En realidad no hacía falta irse muy lejos. Junto a la casa, al otro lado de la pequeña playa, se erigía una colina con un número elevado de búnkeres dispuestos para que los nazis se defendieran de una posible incursión aliada. Y los cuales, en varias ocasiones, visitamos por la noche con la luz de las linternas, enterrándonos en la nieve y adentrándonos en sus túneles y nidos de ametralladora, devolviéndonos un poco a esa niñez donde cualquier sitio nos convertía en pequeños exploradores.

Las noches en que las auroras boreales salían de la chimenea

Sin embargo no había noche donde dejáramos de invocar el contoneo verde de las auroras boreales. Sabíamos que la localización era magnífica, así que no quedaba más que implorar que se dieran las condiciones necesarias para su correcta observación. Primero, que hubiera actividad, algo que podíamos ir controlando gracias a consultar diversas herramientas. Segundo, y casi lo más importante, que tuviéramos el cielo despejado o, al menos, parte de él. Y tercero, estar en el lugar idóneo en el momento necesario, algo que en nuestra casa con una amplitud visual fuera de lo común, se trataba de algo ya garantizado.

Auroras boreales en Noruega

A lo largo de las semanas que estuvimos allí, siete en total, pudimos observarlas en plenitud con sesiones increíbles con todos los grupos. Cuando “la bolsa cotizaba al alza” (nuestra clave para saber que venía algo gordo) se preparaba una buena cena o incluso se hacía fuera una barbacoa ártica y, simplemente, había que esperar. El momento clave era cuando las luces del norte parecían estar saliendo de la chimenea. Sabías que cuando eso sucedía, la explosión de auroras iba a ser antológica. Entonces se formaban varios arcos entre las islas y el fiordo hasta que decidían desplazarse como un dragón, desplegando sus alas sobre nuestras cabezas y permitiéndonos vivir creyéndonos dentro de un sueño.

Chimenea de auroras sobre nuestra casa noruega

Creo que las mejores auroras de toda mi vida las vi desde esa casa. A veces volando por la playa, otras permitiendo definir nuevos colores como blancos, rojos y violetas. Y la expresión de la gente, los rostros emocionados y las voces que salían por su garganta desde el corazón, nos hacía partícipes de uno de los fenómenos más extraordinarios que acontecen en nuestro planeta. En definitiva, habíamos estado trabajando durante meses en este proyecto para vivir momentos como esos.

Aurora coronal en Noruega Ártica

Pocas cosas me parecen comparables a vivir una buena experiencia con las auroras boreales, la verdad. Se trata de un momento de conexión con la naturaleza en su estado más perfecto pero, a su vez, inesperado. Porque nunca sucede de las misma manera. Las líneas que las auroras dibujan en el cielo, con mayor o menor intensidad, son tan únicas como los lienzos que un artista atesora en su taller. De ahí que seamos muchos quienes no nos cansemos de salir a cazar este fenómeno.

Una playa en Noruega con auroras boreales

Las mejores historias son las que se comparten

Este viaje de viajes a Noruega, con la casa roja frente al fiordo, siempre ha ido mucho más allá de vislumbrar o no la danza de las auroras boreales. El propósito consistía en convivir entre diferentes durante el invierno ártico en uno de los lugares más maravillosos de Laponia. Y ahí entraba en juego la capacidad de la gente por integrarse, compartir, dejarse llevar, disfrutar y aportar presencia, conocimientos, a veces experiencias vitales e incluso buen humor, siempre necesario para hilar las mejores aventuras. Y este, verdaderamente, ha sido el éxito de la que mencionaba antes como “una hibernación voluntaria” en territorio noruego. Porque cada grupo, y cada una de las personas que los han conformado, han entrado de lleno en este juego de vivir y compartir en una aventura en la que todo estaba por escribirse. La actitud de la gente ha sido asombrosa en todo momento. De una forma u otra han sentido la casa como parte de ellos y se han trazado lazos que serán difíciles de quebrantar.

Grupo admirando auroras boreales en Noruega

Ahora me vienen a la mente un sinfín de imágenes fugaces. De las risas en el salón, huevos revueltos en la cocina, raquetas de nieve en el bosque, crampones en suelos de hielo que parecían láminas de cristal, águilas marinas, el silencio abrumador de cada noche, el armiño saliendo de su escondrijo, el olor de la carne en una barbacoa rodeada de nieve, el grito ante la llegada de las auroras, los juegos de palabras, esas confesiones tan personales, historias de fantasmas, salir a revisar cada mañana si había salido algún bicho en la cámara de fototrampeo, la carretera hacia la casa, el sonido de la nieve bajo los pies, los joik sami dentro del lavvu, el viento en la proa del Grytøy, las primeras mañanas de enero en azul oscuro y la luna hiena levantándose sobre las montañas… En fin, creo que cada uno de los participantes de esta temporada invernal, guardará sus propios momentos. Momentos que nos acompañarán a todos mientras tengamos la mente lúcida.

Equipo en Grotavaer (Grytoya, Noruega)

Uno cree dejar Noruega atrás, pero Noruega siempre está ahí. No dejará de ser la eterna convidada en los encuentros, reuniones e incluso soliloquios. Trato de contárselo a todo el mundo, pero me siento incapaz de transmitir lo mucho y bueno que este país me ha dado hasta ahora. Aunque reconozco que, desde la calidez de una casa roja frente al fiordo, las palabras pueden volar más allá del Círculo Polar Ártico y quien sabe si en alguna ocasión lleguen hasta ti, esa persona que se encuentra leyendo estas líneas desordenadas y se ha topado con esta recopilación de sensaciones en caliente de quien sabe que jamás se irá del todo de tierras nórdicas.

Imagen de drone de uno de los grupos de Noruega

No podría cerrar este maremágnum de ideas sin dar las gracias, ante todo, a mis dos mosqueteros, Roberto y David Taurà, junto a los cuales sé que no hay sueño imposible. Juntos vislumbramos con nitidez hace mucho tiempo este proyecto profesional y vital. Y el tiempo creo que nos ha dado la razón. Porque una cosa es idear y otra bien distinta es poner todo marcha haciendo que, de verdad, las cosas funcionen.

Roberto, David y yo en la cima del Keipen (Noruega Ártica)

No me olvido, por supuesto, ni de Pablo ni del otro David, el astrónomo, por haberlo dado absolutamente todo de sí mismos. Pero, si se me permite, deseo nombrar a todas y cada una de las personas que han pasado por la casa en estas siete semanas tan intensas. Porque son los verdaderos protagonistas de esta historia nórdica de tintes épicos. Allá van: Mabe, Richard, Mario, Coti, Carlos, Gladys, Carla, Joaquín, Mónica, Nelia, Carmen, Yenn, Josu, Marian, Silvia, Jacqueline, Sofía, Pedro, Aránzazu, Amparo, Hilda, Estrella, Chechu, Margarita, Marta, Xevi, Luz, Uchi, Valdun, Sole, Belén, Isabel, Elena, Alicia, Maria José, Francis, Gabi, Rafa, Mar, Lola, Maite F., Maite G., Toni, Ana, Mar, Alba, Enrique, Gerardo, Inés, Paqui, Carlos, Auxi, Arantxa, Guillermo, José Luis, Ascen, Marieta, Marimar, Nuria, Cristina y Violeta. En total sesenta y un almas viajeras que han dejado su impronta en un lugar del Ártico de cuyo nombre sí quiero acordarme pero, permitidme que me lo guarde.

Auroras boreales en nuestra casa de Noruega

Sin duda, viajamos por vivir lugares y momentos así….

Sele en la isla de Grytoy (Noruega)

*Nota: Para 2027 (finales de enero a mediados de febrero) ya hemos preparado nuevos viajes en el invierno ártico. Y cambiaremos de escenario, pues marcharemos a un rincón privilegiado dentro de Laponia Sueca. Aquí os dejo más información. Quien quiera formar parte de los próximos viajes de auroras puede ponerse en contacto conmigo para recibir más información.

Oscar Mayer, el armiño que vivía debajo de nuestra casa noruega

Sele

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