En tierra de volcanes y espejos

En Chile hablar de tierra firme es decir mucho. Nadie se atrevería a apostar por aquí que el suelo que uno pisa es inamovible por los siglos de los siglos, ni que esa pared rocosa llamada Cordillera de los Andes no se la siente respirar. Al contrario, en este país las palabras terremoto, maremoto o volcán forman parte del vocabulario habitual, del diccionario de todos y cada uno de los chilenos. Los últimos pasos de mi viaje, centrados en la Región de los Lagos y en la Araucanía, me han llevado a contemplar grandes colosos volcánicos, cuyos cráteres son como la boca de unos Dioses que una vez fueron adorados por la población indígena apegada a su hogar, la Naturaleza. Concretamente fueron dos volcanes convertidos en símbolos para todo Chile los que atrajeron mi atención y mi admiración, el Osorno y el Villarrica. Si dibujáramos un volcán perfecto se parecería mucho a cualquiera de ellos. Formas sublimes, conos amenazantes y humeantes por momentos, hielos atrapados en las rocas, laderas arrugadas por los ríos de lava que un día salieron de sus fauces voraces e incontrolables.

El Volcán Villarrica

Cuando se viaja a esta tierra de volcanes uno no se cansa de mirar una y otra vez a las montañas, a los cráteres que se niegan a cicatrizar las heridas de su cuerpo. Y por fortuna, siempre hay algún lago que actúa como espejo para que no dejes de verlo cuando das media vuelta. Leer artículo completo ➜