Improvisando una ruta bereber en el Atlas Medio de Marruecos

Cuando ya había estado observando las paredes más verticales y estrechas de las famosas Gargantas del Todra, dentro de mi viaje en solitario por Marruecos conduciendo una Kangoo alquilada, tuve la curiosidad de seguir un poco más la carretera desgastada y llena de baches que iba serpenteando de la misma forma que lo hacía el río. Cada metro que avanzaba, o mejor dicho, cada metro que me tocaba esquivar un boquete en un asfalto casi inexistente, me iba dando cuenta que ya me había salido de la parte más turística de la zona y me estaba metiendo donde ni yo mismo me esperaba. La carretera iba subiendo cada vez más hasta estar a una altura media de 1700 metros y quedarse un paisaje de montañas rojas y peladas, con brillo de las nieves del recién estrenado invierno. La fiebre de la última noche y el frío que había pasado en esa habitación sin calefacción del Hotel Jasmina le habían dado el relevo a la liberación de adrenalina y a la conciencia de que venía una bonita aventura por delante. La improvisación había vencido una vez más a la planificación. Por delante estaban por llegar las imágenes más auténticas e imborrables del que fuera mi primer viaje a Marruecos. Conduciendo por los caminos del Atlas Medio, extinguida del todo la cobertura de mi teléfono móvil, me animé a no seguir un rumbo fijo y quedarme en los detalles que me iría encontrando, y que serían muchos.

Hombre en burro por el Medio Atlas de Marruecos

Realizar una ruta bereber entre montañas, pueblos de adobe y pastores con turbante me dio una nueva lección de que lo más apasionante de viajar es, además de aprender, es perderse y salirse de los caminos más trillados.

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