Oxidados barcos varados en un desierto llamado Mar de Aral

Cuando llegamos a Moynaq, una de las ciudades más remotas y desoladas de la República Autónoma de Karakalpakstán (dentro de Uzbekistán), y vimos en el cartel de bienvenida la figura de un pez nos pareció una broma macabra. Aquel fantasmagórico lugar había sido próspero décadas antes cuando se trataba de uno de los puertos principales del Mar de Aral, el cuarto lago más grande de todo el Planeta. Pero tras el que probablemente fuera el mayor desastre ecológico de la Historia, consentido y orquestado, ha quedado batido en la pereza y soledad de un desierto de partículas tóxicas cuya orilla se ha perdido a cientos de kilómetros, siéndole robado el presente y el futuro. El Mar de Aral es apenas un 10% de lo que fue, y lo que queda, absolutamente contaminado, se ha alejado de puertos como Moynaq dejándolos a expensas del olvido y de un vetusto y oxidado cementerio de barcos que ya no tienen razón de ser. El viento no movía olas sino granos de veneno bacteriológico que se colaba en las paredes herrumbrosas de aquellas embarcaciones rodeadas de anacronismo y pesadumbre. Nunca pensé que fuera a quedarme sin palabras…

Barco varado en el Mar de Aral (Uzbekistán)

Uno de los retos de nuestro viaje a Uzbekistán era pasar del cielo de la Ruta de la Seda a ser testigos del infierno que provocó la falta de ética y sensibilidad del ser humano para permitir que el mundo perdiera uno de sus grandes mares. El Mar de Aral ya no es un mar inmenso y abundante, sino algo perdido en un desierto envenenado y maldito. Y allí estuvimos para verlo con nuestros propios ojos. Leer artículo completo ➜