Sadhu: Santo, asceta e hindú

En India y Nepal aún quedan ascetas que deciden prescindir de todo placer terrenal y de los bienes materiales para dedicarse de manera plena a la meditación así como prepararse ante la muerte. Cortan los lazos que podían tener con la vida corriente y se vuelven austeros hasta el extremo, sin más pretensiones que sobrevivir con lo que puedan y rezar a sus Dioses. La religión hindú considera que ésta es la cuarta etapa del ser humano (las otras son por este orden: estudiar, tener descendencia y hacerse peregrino), necesaria para alcanzar la luz y romper el ciclo de reencarnaciones. El ascetismo radical tiene en la India en torno a cinco millones de fieles quienes siguen la estela del dios Shiva obteniendo el respeto y veneración por parte de sus conciudadanos, que son en definitiva quienes alivian sus estómagos por medio de donaciones. A estos hombres se les conoce como sadhus o, lo que es lo mismo, hombres santos.

Sadhu de Varanasi (India)

Muchos de ellos se pintan la cara con ceniza y otros colores, dejan crecer el pelo y sus barbas, e incluso hay quienes portan un tridente que representa a Shiva. Participan en los rezos y ceremoniales religiosos de las ciudades, y algunos se autoinfringen durísimas penitencias como ayunar de forma prolongada, permanecer de pie durante meses, arrastrar grandes pesos o atravesar piras de fuego cual fakir. Su aspecto es tremendamente llamativo para un occidental que viaje por primera vez a la India, pero no así para los propios hindúes, que están acostumbrados a verles en los templos, en las calle o sentados en las orillas de los ríos. Varanasi (Benarés) es uno de los lugares donde más se nota la presencia de hombres santos, y es que la ciudad sagrada del Ganges es sencillamente un espectáculo de vida y muerte a todo color donde nunca pueden faltar las caras pintadas, las túnicas de azafrán y las manos levantadas a un forastero.  Leer artículo completo ➜

Crónicas de un viaje a Indonesia 3: Borobudur y Dieng Plateau

7 de julio: BOROBUDUR O EL CAMINO A LA VERDAD; DIENG O LA CHIMENEA DE AZUFRE

Para mí un lugar GRANDIOSO con mayúsculas, es aquel que logra arrebatarme el habla, elevar mi ritmo cardíaco, ponerme la carne de gallina e incluso los ojos vidriosos. Que cuando lo tengo delante el sosiego se convierte en una conmoción casi incontrolable y el mero hecho de llegar hasta allí justifica todos los esfuerzos empleados para hacerlo. El sentido de viajar se impulsa gracias a la belleza del mundo, capaz de regalar momentos de incuestionable emoción. Pero no son tantos los lugares GRANDIOSOS con mayúsculas. Sólo unos pocos, en función de cada persona, logran transmitir esa sensación de felicidad no contenida y vulnerabilidad ante un empequeñecimiento progresivo del «Yo» para ser tan sólo una pieza ínfima de un puzzle casi infinito. Y eso es algo que vi nítidamente reflejado en Borobudur.

Porque Borobudur logró emocionarme como pocos. El monumento budista más grande del mundo, levantado sobre una colina del centro de Java hace más de un milenio,  contiene todos los elementos que lo elevan a las cotas más altas de la Belleza y la Pureza, del Arte visto como la representación de lo intangible, de una idea que muestra cómo llegar al último estado de la perfección, cómo alcanzar el Nirvana.

Aquel 7 de julio de 2010 anduvimos por el Camino a la Verdad última, viajamos a través de distintas etapas del Ser Humano cinceladas delicadamente en la piedra por los artesanos celestiales. Borobudur, donde estuvimos desde primera hora de la mañana, dio paso después a otro lugar de Java más remoto situado en las alturas, Dieng Plateau, donde la Tierra late a ritmo de volcán y de fumarolas con un humo continuo y agua hirviente buscando la superficie. Leer artículo completo ➜

Crónicas de un viaje a Indonesia 2: Los Templos de Prambanan

6 de julio: LOS TEMPLOS DE PRAMBANAN, MARAVILLAS HINDUISTAS EN LA ISLA DE JAVA

Java es poseedora de dos joyas arquitectónicas sin igual, dos diamantes bien pulidos entre los volcanes y la selva que invocan esa dualidad Budista-Hinduista con la que han estado marcados sus Reinos a lo largo de la Historia, salvo este último periodo en que el Islam es la religión con más adeptos entre sus ciudadanos. Borobudur es la estructura budista de mayor tamaño en el mundo. Y el Conjunto de Prambanan es la más importante construcción hinduista del país. Ambos, más ancianos que un milenio, se encuentran en el centro de la isla, a una distancia relativamente cercana de Yogyakarta. Y probablemente son los monumentos que más interés despiertan entre los viajeros que acuden a Indonesia. Yo diría que con toda la razón del mundo.

Ese día, martes 6 de julio, nos dedicaríamos por entero a los templos de Prambanan y a otros muchos que les rodean. Y disfrutaríamos de una deliciosa conjunción cuya simetría apunta al cielo entre la vegetación, que guarda una Leyenda y mil secretos, muchos de los cuales se los llevó la tierra enfurecida. Pero el estremecer de terremotos y volcanes no lograron arrebatar su envidiable belleza, ni ese misterio sugerente grabado a fuego en la piedra.

Estos templos, por si solos, son un motivo más que loable para visitar la isla de Java. Sólo de esa forma se podrá agradecer a Shiva, Brahma y Visnú que los salvaran de ser un mar disperso de polvo y cenizas, de convertirse un cuento repleto de fantasía e irrealidad. Porque, por fortuna para el mundo, Prambanan continúa en pie esperándonos. Leer artículo completo ➜