Crónica de un viaje a Camboya y Singapur: Capítulo 7º (Angkor III)

27 de marzo: ANGKOR III

Angkor fue un viaje en primera clase a la Fantasía. Un viaje de regreso a una infancia de inocencia y ensoñación permanente, de no distinguir lo real de lo irreal, de volcarse sólo a las ilusiones y volar a través de un mundo fantástico. La aparición de personajes como Indiana Jones o Lara Croft unicamente es posible dejándose llevar. Si se desea traspasar puertas oscuras taponadas por la espesura de la selva y descubrir qué hay más allá de las mismas, se habrá cruzado definitivamente la frontera entre lo posible y lo imposible. Será entonces cuando las piedras cobren vida y resurgan los villanos, las ninfas y el poder de Dioses implacables. Entonces, habrá comenzado la aventura y los límites sólo estarán en tí mismo, en tu imaginación. Lo demás dejará de importar. En los mundos de Angkor no hay momento en que los sueños se detengan.

Después de dos días recorriendo los templos (ruta 1, ruta 2), llegó el momento de llevar a cabo la tercera y última ruta al interior del antiguo Imperio Jemer. En esta ocasión nos alejaríamos bastante de los circuitos ordinarios para conocer Beng Mealea, un templo ubicado a 60 kilómetros al nordeste de Siem Reap, que ha sido literalmente engullido por la selva y que muy poca gente visita. Sería el que mejor sabor de boca me dejara porque recorrerlo fue toda una aventura. Después retornaríamos al lugar en que se inició el Arte de Angkor que todos conocemos, en Roluos. Para el final nada mejor que un atardecer a ritmo de aplauso en lo alto de la colina Phnom Bakheng. Una jornada de campeonato que culminaría la etapa cumbre de un viaje que iba como la seda. Leer artículo completo ➜

Crónica de un viaje a Camboya y Singapur: Capítulo 6º (Angkor II)

26 de marzo: ANGKOR II

Una tormenta de imágenes fascinantes se sucedían constantemente en mi cabeza. Aún no había sido capaz de asimilar todo lo acontecido el día anterior cuando me enfrenté cara a cara con los Templos de Angkor por primera vez. Todo era para mí cúmulo de sensaciones y de sueños cumplidos, un viaje de retorno a una infancia de imaginación y fantasía, que no había tenido tiempo de convertir en «carne de realidad». Y tampoco lo tendría, al menos ese día porque, sin apenas solución de continuidad, volvería de nuevo a esos senderos que permanecieron siglos enteros escondidos en el bosque. Teníamos planteada una ruta completamente diferente que nos llevaría a conocer otros Templos que también merecen ser admirados tras su largo letargo. 

Aún con su magia prácticamente intacta, habían dejado de estar ocultos tras la espesura. Siempre a la sombra de Angkor Wat, Bayon y compañía, pero en absoluto simples retazos el Imperio Jemer. Al contrario, son continuadores de la línea de grandiosidad y perfección, de la vida entre las piedras y de representar al Universo idealizado. Por ello continuamos con nuestro viaje a los Templos de Angkor, para seguir esta estela, para seguir escalando los picos del mítico Monte Meru y llamar a la puerta de los Dioses que los habitan. Leer artículo completo ➜

Crónica de un viaje a Camboya y Singapur: Capítulo 5º (Angkor I)

25 de marzo: ANGKOR I

Hace mucho, mucho tiempo, tanto como pueden ser mil años, existió en Indochina un Reino realmente poderoso, donde sus monarcas eran venerados como Dioses y en el que se construyeron inmensos Palacios y Templos que no tenían igual. El insuperable esplendor de estos magníficos tesoros tuvo su núcleo en Angkor, dentro de la actual Camboya, capital del dominante Imperio Jemer. Viajeros de la época nos dejaron escritos contando cómo las ninfas se contoneaban en muros y ventanas, los rostros impasibles de los Reyes se convertían en piedra para ser eternos, y las torres se alzaban buscando las estrellas. Se había logrado recrear el Paraíso, un mundo paralelo, la morada de los Dioses en la Tierra. La ciudad de Angkor, que tuvo más de un millón de habitantes, gozó de una prosperidad inusual en la época, arrebatando protagonismo a otros reinos lejanos y a la vez enemigos. Sus templos eran la muestra más palpable de las posibilidades de un Imperio destinado a pervivir para siempre.

Pero como nos ha enseñado continuamente la Historia, hasta el Imperio más fuerte ha terminado sucumbiendo con el tiempo. Lo hizo Egipto, lo hizo Babilonia, lo hizo Roma… Y, obviamente, el Jemer no fue P1130127menos que ellos. Derrotado y arrasado en más de una ocasión por la vecina Siam (Thailandia) cayó en el olvido de casi todo el mundo. Sus fabulosos templos quedaron relegados en el más absoluto abandono. Pero contaron con una aliada que les ayudaría a sobrevivir, la Selva. Fue la Madre Naturaleza la que abrazó los muros con las ramas de sus árboles, la que taponó puertas y ventanas con las raíces más gruesas y duras, la que cubrió por completo de verde los pasillos, los patios y las salas que un día se dedicaron a los Dioses. Los escondería hasta que llegaran tiempos mejores, hasta que pudieran volver a brillar para asombro de quienes ni hubieran oído jamás hablar de ellos. Al principio fueron una historia más, después un mito, y por último una Leyenda. Permanecieron ocultos tras la espesura de la selva durante siglos, hasta bien entrado el XIX cuando Camboya no existía como tal e Indochina era una colonia francesa.

Hoy día sus puertas están abiertas para ser re-descubiertos de nuevo por la gente, para que sus ninfas vuelvan a bailar y los ojos todopoderosos de los antiguos Reyes puedan seguir aceptando clemencia. La Selva nos los ha devuelto, aunque con algo de recelo y desconfianza, dando otra oportunidad a la Humanidad. Pero sus miedos, justificados por los actos del Hombre, están haciendo que cada día, poco a poco, los Templos de Angkor vuelvan a ser solo suyos. Y esta vez se los llevará para siempre… Leer artículo completo ➜

Crónica de un viaje a Camboya y Singapur: Capítulo cuarto

23 de marzo: PHNOM PENH, UNA PERLA QUE VUELVE A RELUCIR

Durante mucho tiempo a la capital de Camboya se la conoció como «La Perla de Asia». Dicha denominación fue P1120861retirada de todo uso cuando los Jemeres Rojos la transformaron en una ciudad fantasmagórica y triste, cubriendo de negro cualquier brillo que pudiera tener. Afortunadamente todos sus fantasmas fueron abandonando paulatinamente los distritos, calles y rincones hasta llegar a hoy donde parece que esta perla aún no ciega con su fulgor, pero que cada día, cada hora, cada minuto centellea para recordar al mundo que es capaz de resurgir de sus cenizas. Normalmente muchos viajeros prescinden de ella en sus itinerarios o le otorgan una mera función de escala para ir a Siem Reap o regresar de la ciudad más próxima a los fantásticos Templos de Angkor. Pero Phnom Penh, la capital que emergió de una colina sagrada a los pies del Tonlé Sap, tiene muchos motivos para ser un punto fuerte más de Camboya. Más allá de su etapa de infausto recuerdo posee grandes atractivos para quedarse y disfrutar de su rutina para nada ennegrecida.

El día anterior había visitado las huellas de uno de los mayores Genocidios de toda la Historia de la Humanidad junto al esplendor de un pasado no tan lejano como parece en la que fueron capaces de levantar los Palacios y Templos más suntuosos. Durante esta jornada de martes haría un recorrido variado que tocaría lugares sacros como Wat Phnom, el lugar donde nació esta ciudad tras una bella historia, Wat Ounalom, que es el baluarte del Budismo en Camboya, Mercados tradicionales donde uno se encuentra «de todo» por muy extraño que pueda parecer, para finalmente ver caer el Sol en una pequeña barca de madera surcando el Río Mekong y observar otros modos de vida en la orilla opuesta a la ciudad.

En este post pretendo dar a los futuros viajeros a Camboya más motivos para no pasar Phnom Penh por alto. Poderosas razones que estoy desgranando poco a poco entre el capítulo anterior y este que ahora comienza. Y es que le pese a quien le pese, la perla vuelve a relucir…

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