Jizōs de piedra por los niños condenados

En Japón me llamó poderosamente la atención encontrarme en algunos cementerios, templos o senderos próximos a los cauces de los ríos, a grupos de pequeños bebés esculpidos en piedra con sus gorritos, sus baberos e incluso algún que otro juguete junto a ellos. Es, sin duda, una imagen muy llamativa y que tiene una explicación. La de los niños de piedra es una tradición muy arraigada para los japoneses y parte de una historia realmente emotiva. Una historia a la que se aferran los padres desesperados por la pérdida de sus hijos pequeños para tratar de aliviar el profundo dolor que les rompe desde que se marcharon.

Jizos de Nikko (Japón)

Ya se sabe que éste es un país muy rico en creencias y cuentos, los cuales muchos desconocemos, e ir descifrándolos nos va permitiendo comprender cada vez más porqués de la cultura nipona. Para ello, hoy os voy a contar el cuento de Jizō y los niños condenados. Leer artículo completo ➜

Viaje a Japón y las 2 Coreas: Capítulo 2

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2 de Julio: EN BUSCA DEL GRAN BUDA DE KAMAKURA

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Kamakura, al igual que Nikko, que visité la jornada anterior, es un destino más que apropiado para hacer una excursión de un día desde Tokyo. Su cercanía (50 km sentido suroeste), su fácil comunicación (JR Yokosuka Line desde Tokyo Station, 50 min.) y, sobre todo, su agitada Historia reflejada en la construcción de importantes centros religiosos, hacen que este lugar sea otro de esos «imprescindibles» para quien tenga el tiempo suficiente. En bastantes ocasiones los viajeros dudan a la hora de decantarse si visitar ésta o Nikko. Si así fuera y alguien me preguntara mi opinión le diría, ¿Y por qué no las dos?

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Viaje a Japón y las 2 Coreas: Capítulo 1

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27-29 de junio: ESTO PARECE QUE EMPIEZA…

Mis casi dos días de «escala voluntaria» en París me permitieron disfrutar tranquilamente y conocer un poco mejor la ciudad del Sena antes de subirme en el Aeropuerto Charles de Gaulle a ese avión de JAL que en 13 horas me dejaría en la ciudad de Nagoya. Fue en ese mismo avión donde se cambió el chip de raíz para darme de bruces con el País del Sol Naciente. Pura tecnología, palillos para la comida y curiosas miradas rasgadas hacia a mí como uno de los pocos occidentales que allí se encontraban. La aventura no había hecho más que empezar..

Del pulcro y nublado Aeropuerto de Nagoya me sorprendió que a pesar de haber tanta gente, se oía menos ruido del normal. Más bien había silencio, limpieza, y orden, mucho orden. Las indicaciones gestuales de las femeninas policías con sombrero de bombín fueron suficientes para coger el metro (Línea Meitetsu) que en 30 minutos me dejara en la Estación de Trenes, donde debía validar mi Japan Rail Pass y reservar mi primer tren bala (Shinkansen) con dirección a Tokyo. En la Oficina de JR (siglas de la compañía Japan Rail) conseguía mi salvoconducto para moverme veloz por el país nipón, y en una ventanilla de reservas reservé un asiento para salir en media hora hacia su capital. En realidad no es necesario reservar, ya que hay varios vagones en que te puedes subir y tomar un sitio, pero si se tiene tiempo no está de más hacerlo, y más en temporada alta. La propia Estación de Nagoya estaba atestada de gente que iba de un lado para el otro, pero era como si con un mando a distancia se le hubiera bajado el volumen a la gente. Numerosos trajes y corbatas se cruzaban a escasos centímetros pero nunca se veía que chocaran entre ellos. Orden en la multitud, algo usual en Japón.

Mi primer Shinkansen llegó a eso de las dos y media de la tarde, cumpliendo estrictamente con la premisa de la P1100868puntualidad, virtud inequívoca de la que me aprovecharía durante los quince días que duraría mi estancia en el país. Los asientos están tan separados entre sí que te permiten estirar las piernas, la gente habla poco o nada, y el ruido que origina el tren es mínimo. Si a eso le sumamos la velocidad (que puede llegar a 300 km/h), es comprensible que se pueda disfrutar de un viaje cómodo en el que en menos de tres horas uno se planta en Tokyo. Llovía bastante, y es que nos encontrábamos en plena temporada de lluvias. Había que ir haciéndose a la idea de que el agua me acompañaría durante todo el viaje. Ni por asomo podía imaginar que los chaparrones y las tormentas se engancharían mínimamente a mi mochila para vivir uno de los veranos más secos a este lado de Asia. Librarse de las lluvias torrenciales en pleno julio se puede considerar casi un milagro.

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