De ruta por las Tierras del Jiloca y Gallocanta

Las Tierras del Jiloca y Gallocanta hermanan las provincias de Zaragoza y Teruel en un espacio común pero a la vez sumamente diverso. Por un lado combinan parajes esteparios con sabinares milenarios, lagunas saladas y altiplánicas que atraen como un imán a decenas de miles de grullas cada invierno junto a profundas hoces horadadas por un río de piedra cuyo curso helado viene acompañado por el planeo de buitres y alimoches. La solidez de imponentes torres mudéjares como faros de un medievo que reunión a tres culturas muy diferentes y pueblos de cuento secundando una vereda solitaria. El aroma del azafrán, de la trufa o de los secaderos de jamón se ocupan de envolver para regalo un sinfín de sabores y tradiciones que por sí solas son capaces de explicar un territorio que siempre sirvió como cruce de caminos donde a los transeúntes son guiados por robustos peirones de piedra así como por los cielos más rasos y limpios que se puedan imaginar.

Sele en el castillo de Peracense (Tierras del Jiloca y Gallocanta, Aragón)

Tras varios días recorriendo la zona con el coche me gustaría proponer a continuación una ruta por las comarcas del Jiloca (Teruel) y Campo de Daroca (Zaragoza). Un itinerario no falto de propuestas con las que se demuestra que en esta parte de Aragón la sorpresa tiene cabida. Que es rica en rincones históricos formidables, espectáculos naturales al alcance de todos y la bondad de los lugareños que provocan que el frío invernal se pueda contrarrestar con la más cálida hospitalidad.  Leer artículo completo ➜

El instante viajero XXII: Amanecer entre grullas en Gallocanta

Grullas al amanecer en la Laguna de Gallocanta

Llegar todavía de noche, con la luna como testigo, pisando con cierta torpeza un campo helado para buscar un rincón donde cobijarme de un frío que cala los huesos y eriza la piel es sólo la previa a uno de los mayores espectáculos que la naturaleza regala cada invierno, aunque siga siendo desconocido para muchos. En un mirador cualquiera a la laguna de Gallocanta, entre las comarcas de Campo de Daroca y del Jiloca, la linde donde se hermanan Zaragoza y Teruel, todo comienza con una sucesión constante de sonidos que recuerdan a los de las trompetas en un festival de jazz. Son las grullas que, a miles y aún refugiadas en sus dormideros acuáticos se preparan para marchar a alimentarse a los campos aledaños o a proseguir con su viaje a latitudes más meridionales en busca de unas condiciones meteorológicas más favorables que las que les aportan los inviernos nórdicos al otro lado del mar Báltico. Cuando las primeras luces del sol se ocupan de dibujan los moldes de los montes aledaños se apelotonan estas estilizadas aves para iniciar su despegue en bandada. Y, como si el alba fuera el silbato definitivo de una carrera, abandonan su cobijo lacustre aleteando y formando tantas filas que da la sensación de que el cielo se convierte en una sucesión de autopistas de viento construidas por el plumaje y la silueta estilizada de unas aves que hacen miles de kilómetros cada invierno y deciden año tras año que Gallocanta es una parada indiscutible para ellas.  Leer artículo completo ➜

Lo que me contaron las momias de Quinto

Hay momias que hablan. Cuerpos sin vida de gesto incorrupto que, tras permanecer en la oscuridad y el olvido durante siglos, son capaces de contarnos, aunque sin voz, muchos detalles sobre cómo fue su existencia, cuáles eran sus hábitos y, sobre todo, sus expectativas y creencias ante los caprichos de la muerte. Ésta fue una de las enseñanzas que recibí en un pequeño pueblo zaragozano llamado Quinto, el cual puede presumir de contar con el primer museo de momias de toda España en una vieja iglesia mudéjar semiderruida por los avatares de la Guerra Civil donde todavía los agujeros de bala decoran las paredes. Sería en el antiguo templo de la Asunción, más conocido por los lugareños como “el piquete”, donde unas obras sacaron a la luz un buen número de enterramientos entre los cuales se descubrió de manera fortuita, junto a cientos de lápidas carcomidas y huesos esparcidos, en torno a una quincena de cuerpos momificados de manera natural. Personas que vivieron entre los siglos XVIII y XIX que conservan no sólo su piel, su pelo o la vestimenta con la que fueron a la tumba, sino ese último gesto congelado en su rostro y parte de los secretos que guardaron con ellos en el fúnebre subsuelo.

Museo de las momias de Quinto (Zaragoza)

El museo de las momias de Quinto representa todo un viaje, apenas a media hora de Zaragoza, a un instante exacto y esencial en la vida como es su propio desenlace. Tras los muros ajados por la metralla, el intercambio de balas y los morterazos, la Historia continúa respirando a través de quienes, como testigos de un tiempo lejano, han regresado a la luz desde las sombras para contarnos muchas cosas. ¿Os atrevéis a escucharlos?  Leer artículo completo ➜