El instante viajero (XII): Caminando con raquetas por la nieve hacia ningún lugar

Caminando con raquetas de nieve en Saint-Lary (Francia)

Mientras arañas la nieve y el hielo con tus pies metálicos piensas si realmente caminas hacia algún lugar en concreto o te dejas llevar sin más. Extasiado por el paisaje y el ruido blanco, considerando al viento una caricia y al frío una parte más del juego, tiendes a no pensar en nada en particular y centrarte en el desierto congelado por el que estás divagando sin otro motivo que el de tocar la naturaleza en el corazón del invierno. Las rocas de las montañas que muestran algunas muecas de su desnudez, el orgullo pétreo de no ser tapadas en su plenitud por el grueso manto blanco, son señales inequívocas dentro de un camino inexistente. Coincidir con un día tan despejado permite además admirar el cielo que se rompe de tan azul que es, que refleja la bondad de un día cualquiera en un rincón perdido y maravilloso de los Pirineos.

Cuando caminas con raquetas de nieve por la montaña sólo percibes el sonido de la nieve en un crujido tan bien coordinado como cuando un reloj te avisa de cada segundo en una habitación cerrada. Tus pies rasgan una alfombra perfecta que sólo el tiempo osará levantar casi a la llegada del verano. Lo demás parece banal, aquel es el centro del mundo, el astro al que tú te pones a dar vueltas como si estuvieses en su órbita. Cuesta entender todo esto si no se vive, si no se palpa la emoción de verse envuelto en un paraje grandioso que centellea hasta volverse cegador. La verdad del color blanco se explica en estos viajes al invierno, incluso para los que nos sentimos torpes con unos esquís o una tabla de snowboarding y recurrimos a estos vehículos que le permiten a los pies navegar por los campos nevados.

He sido caminante de raquetas de nieve en diversas ocasiones. Pero recuerdo con cariño esta experiencia, entre otras muchas, en un lugar como Andorra, el país de los Pirineos, que pude disfrutar en un invierno sin ponerme los esquís. O en Saint-Lary, una de las estaciones invernales más importantes de Francia, donde la nieve adquiere un papel esencial para goce de los viajeros.

Queridos Reyes Magos…

Le pido a Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente que ese año pueda volver a acariciar hermosos paisajes glaciales y escuchar cómo cruje la nieve. Quiero universos de hielo y cielos robustos. Y, si puede ser, ver por primera vez reverdecer la noche y que me acune una aurora boreal. Es algo que me debe el invierno hace mucho tiempo. Lo impidieron las nubes que cubrían sin clemencia los techos lapones. Pero no estarán ahí eternamente. El día que por fin sea testigo de este espectáculo lo sabréis, lo sentiréis. Por mi parte prometo que así será. Pero mientras tanto, ¿qué tal si caminamos por la nieve y el hielo? ¿Os habéis puesto ya las raquetas?

Sele

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* Podéis ver aquí más fotografías correspondientes a la sección El Instante viajero.

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