Viaje a Japón y las 2 Coreas: Capítulo 9

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15 de Julio: GOLGULSA Y YANGDONG, ESTANDARTES DE LA COREA MÁS TRADICIONAL

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Antes de comprar algo de desayuno en el supermercado de al lado fui directo al teléfono para llamar a los de la agencia Gonsee, con quienes había contratado mi tour norcoreano. Con mi inglés carabanchelero y con el inglés made in Corea del Sur de la chica que atendía el teléfono llegamos a la conclusión de que si nadie decía nada, debía estar el viernes en el punto acordado. Se habían suspendido sine die los tours a la Montaña Diamante, pero no los de Kaesong, por lo que no debía preocuparme. Aunque ese era un tema que se estaba tratando en las altas esferas políticas y no podía hacer más que estar atento a las noticias. O se daba un cierre total de fronteras o bien podía llevar a cabo “con normalidad” mi paso a Corea del Norte. De todo esto a mi familia no le había dicho absolutamente nada. Si ya de por sí no verían con buenos ojos tratar de pasar a uno de los países del famoso “Eje del Mal”, menos sería si días antes a una turista le habían pegado tres tiros por “salirse del camino”. Era algo suficientemente arriesgado, y más en las condiciones en que uno accede al interior del país y que contaré más adelante. Así que con calma más o menos moderada, salí fuera a proseguir con mi descubrimiento de la capital histórica y cultural de Corea del Sur. Como se suele decir, a otra cosa mariposa.

Lo de la dispersión monumental de Gyeongju es más una realidad que una opinión personal. Y para muestra los lugares visitados durante aquel martes 15 de julio: El Templo Golgulsa y la Aldea de Yangdong. Uno al sureste de la región y el otro al norte, casi fuera de los límites marcados en los planos. Medios de transporte diferentes que hacen que utilizando la base de la Estación de autobuses tengas que ir a un sitio primero, retornar a Gyeongju una vez terminada la visita, y otra vez a empezar. Con razón se necesita tanto tiempo para recorrer todo el área. No bastan ni dos, ni tres ni cuatro días. Es por ello que hay que ser sumamente selectivos y apostar por lo que más te apetezca conocer. Lo que está claro, a no ser que uno sea tan afortunado de no contar con límites de tiempo, es que es imposible verlo todo.

Con esta premisa, mapa en mano, decidí ir primero al Templo de Golgulsa, conocido por ser la cuna del Sunmudo, arte marcial zen coreano emparejado con el Taekwondo y con cada vez más fieles. El trayecto en bus (valen las líneas 100 y 150 que van hacia Gampo. Precio 2800 Wones) es de nada menos que de una hora, y después es necesario caminar durante aproximadamente 15 ó 20 minutos. Suficiente por sí mismo para estar ocupado toda una mañana entre visitas, idas y venidas. Aunque merece la pena. Porque éste no sólo es un lugar importante para el mundo de las Artes Marciales sino también para el Arte y la Historia. Golgulsa aprovecha la piedra del Monte Hamwol para excavar grutas y tallar en una de sus paredes un Buda sonriente y sereno que cuenta con más de catorce siglos de antigüedad. Se le compara con los templo-gruta existentes en India y en China, y por ello tomé la decisión de ir hasta allí y descartar otros muchos y apetecibles destinos.

Como acabo de comentar el recorrido en bus se hace en un tiempo cercano a los 60 minutos. Conviene pedirle el favor al conductor de que te avise cuando llegue a la parada más próxima al templo, que no queda precisamente en la puerta. Yo, que fui la única persona que desalojó el autobús en la conocida como Intersección de AndongP1000422 (Andong-ri), me sentí como que me habían dejado en medio de la nada. Una carretera perdida entre verdes montañas y apenas una indicación de que por la carretera de la izquierda se llegaba tanto a Golgulsa como a Girimsa, otro templo más alejado. No venían ni distancias ni nada que se le pareciera. Así que no me lo pensé y caminé por el arcén de la carretera porque no había ningún camino peatonal. Cierto es que sentí algo de vértigo, no por los automóviles que pasaban casi rozándome a gran velocidad, sino por el hecho de ponerme a pensar que me encontraba totalmente solo en una perdida carretera comarcal de Corea del Sur, en la otra punta del Planeta, sin saber a ciencia cierta dónde iba a parar. Me acordaba de mi familia, de mi novia, de mis colegas del barrio y de mis compañeros de trabajo que estaban a más de 10000 kilómetros de aquel paisaje verde, probablemente durmiendo a esas horas. Y de mis amigos de tantas y tantas vacaciones en Galicia, que ya estarían allí como siempre. No me arrepentía en absoluto de haberme embarcado en solitario en esta aventura oriental, aunque no puedo negar que no echara de menos a mucha gente. Pero viajar es mi vida y estaba cumpliendo uno de mis sueños. La nostalgia y el recuerdo se esfumó cuando Golgulsa ya parecía asomarse al otro lado del arcén. Un largo sendero se adentraba en el monte, a unos 15 minutos de la parada del autobús, y tenía pinta de ser ese el lugar escogido por los monjes para levantar su templo.

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La primera persona con la que me crucé a la entrada no tenía en absoluto rasgos orientales. Era un occidental vestido con una especie de kimono color gris y con la cabeza rapada. Debía ser uno de los alumnos de Sunmudo hospedados en las instalaciones del Templo. Golgulsa lleva muchos años instruyendo a gente de todo el mundo la práctica moral y física de este Arte Marcial Zen del que se dice que nació en plena etapa gloriosa del Reino Silla. Este chico no sería el único “no oriental” que vería en el templo, ya que fueron al menos diez las personas occidentales que se encontraban allí adiestrándose en este noble arte que ansía controlar al unísono mente, cuerpo y respiración.

El Sunmudo requiere de un entrenamiento constante y de mucha concentración. Los pasos que se utilizan son en este orden: Meditación (Yoga), Respiración Zen y Movimientos de Artes Marciales. Se piensa que si se equilibran estas tres etapas se pueden adquirir infinidad de beneficios tanto físicos como mentales. Esta práctica la puso en solfa el Cuerpo de Élite y Paramilitar existente en el Período Silla. Tras muchos siglos recluido en algunos templos y monasterios, volvió a salir a la luz hace menos de cien años. Pero fueron dos monjes, uno de Beomunsa (Busan) y otro del propio Golgulsa llamado Jeok-Un, quienes en la segunda mitad del Siglo XX desarrollaron una escuela en que se instruyera este antiguo Arte Marcial. Desde los años setenta Golgulsa está considerado no sólo el centro de gravedad del Sunmudo sino también el centro de entrenamiento más grande del mundo.

Ascendiendo un empinadísimo sendero rodeado de bosque, iba viendo a mi derecha el complejo residencial de monjes y alumnos, sus habitaciones y el lugar donde se desayuna, se come y se cena diariamente. Al final del todo, cuando el camino parece romperse para dar paso a la pared rocosa se alza un pabellón con tatami exterior desde donde pude escuchar con plena nitidez las oraciones de los monjes, sucesores de aquellos que en el Siglo VI arribaron a aquel lugar procedentes de la India.

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Excavaron grutas y crearon santuarios y lugares de oración y meditación. Y tallaron figuras en las rocas, algunas de las cuales han llegado hasta nosotros. La escultura más célebre de Golgulsa es la del Buda Maya Tathagata, de 4 metros de altura, y a la que se accede por un enrevesado sistema de escalerillas y cuerdas a las que hay que agarrarse bien para no caerse. Una vez arriba es posible disfrutar de la presencia de tan antigua figura que observa un horizonte frondoso con mirada serena y sonrisa misteriosa. La erosión y los siglos le han dañado, y para proteger su integridad se ha instalado una pequeña techumbre de hierro y cristal que evite las filtraciones de agua. Este Buda es otro de los tesoros escultóricos que nos regala Corea en general y Gyeongju en particular. Una obra de arte digna de ver y gozar.

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Yo me encontraba absolutamente solo, subido a un andamio que se apoyaba en la pared. Fundido por el calor a mi camiseta del Real Madrid me senté a mirar el paisaje con una banda sonora muy especial, la de los monjes cantando y honrando con música a su Dios. El eco propagaba los rezos por todo el valle. Cuando me quise dar cuenta desde una de las muchas grutas excavadas en la roca también salió la grave y fuerte voz de otro monje en plena oración. Un momento maravilloso e inolvidable para mí, de esos que siempre recordaré con tanta claridad como añoranza.

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Bajé del Buda Maya Tathagata y acudí silencioso al pabellón principal donde oía las voces. Éste era pequeño y P1000463disponía de un tatami exterior que hacía de balcón improvisado. Las paredes de madera, muy coloridas, contaban con dibujos que hacían alusión al Sunmudo y a sus monjes rapados vestidos gris haciendo los movimientos básicos de este Arte Marcial. En el interior del pabellón había tres personas de frente a tres figuras doradas de Buda. El el centro, un chico alto cantaba y hacía sonar un ruido seco con el choque repetitivo de dos objetos de madera. A su izquierda y a su derecha otras dos personas se alzaban y agachaban de forma separada pero nunca al mismo tiempo. Cuando el de la derecha se arrodillaba el de la izquierda se levantaba, y viceversa. Y así pudieron estar durante más de media hora en la que ni se percataron de que yo estuviera asomado a la puerta observándoles, tomándoles fotos e incluso grabándoles un video. Transmitían serenidad, calma y plenitud. Y felicidad, mucha felicidad. No parecían necesitar más que a ellos mismos, a su comunidad y al entorno privilegiado que les acompañaba día a día.

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Con esa paz y la seguridad de haber vivido otro de los momentos mágicos de mi vida me marché por donde había venido. Mi soledad y yo nos devolvimos al arcén de una también solitaria carretera para dar por concluida la visita a Golgulsa y regresar a Gyeongju en bus. Una vez allí, tras soportar nuevamente la incómoda mezcla de sudor y aire acondicionado, tuve que esperar cerca de 30 minutos en la parada para poder tomar un autobús de las siguientes líneas que pasan “relativamente cerca” de Yangdong (200, 201, 202, 203, 204, 205, 206, 207, 208, 212, etc..). Son muchas líneas pero por unas cosas un otras no apareció ninguna en media hora. Un señor surcoreano que me preguntó dónde iba, me dijo que él vivía en el propio Yangdong y que subiera a su mismo autobús para asegurarme llegar a la aldea. Muy amable por su parte, porque estuvo pendiente de mí todo el tiempo, y se aseguró de avisarme del momento en que tuviéramos que bajar.

La parada del bus estaba a casi dos kilómetros de la Aldea tradicional de Yangdong. Lo normal es que le hubise hechado valor y me caminara con todo el calor agobiante y terrible que hacía, pero tuve suerte porque este señor que venía conmigo desde Gyeongju tenía su coche aparcado allí mismo y se ofreció a llevarme hasta las puertas de la oficina de turismo situada a la entrada del pueblo. Según la encargada que atendía el pequeño kiosko donde repartían mapas y folletos de la zona, yo era la primera persona que iba de visita a Yangdong en aquel día. Por una parte mejor, aunque por otra, si no había turistas, ¿habría algún sitio para comer? Porque eran casi las tres de la tarde y mi estómago rugía enfurecido. Y temía que no hubiera nada abierto a esas horas…

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En la oficina de turismo me dieron un mapa en inglés donde venían posibles itinerarios por la aldea, que para nada es P1000502pequeña, de diferente duración. Con las recomendaciones subrayadas a bolígrafo me interné un poco para encontrar un lugar donde poder comer. Llegué a una casa con alguna silla de plástico y una máquina de refrescos y pregunté si podían prepararme algún almuerzo. Una señora de tez hiperblanca y que no entendía ni papa de inglés me sacó una menú escrito totalmente en coreano, y que por supuesto me fue imposible entenderlo. Al final le expresé como pude con un idioma un tanto gestual que trajera lo que le diera la gana. Me senté en el suelo de frente a una mesa baja y un ruidoso ventilador que aliviaba el fuerte calor de fuera y esperé varios minutos. Hasta que la buena señora apareció con una sopa llena de cosas de un aspecto no demasiado apetecible. Nariz tapada y haciendo de tripas corazón me comí lo que pude, que no fue ni mucho menos todo. Le pagué, le di las gracias y me marché, esta vez sí, a recorrer las arenosas calles del pueblo.

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P1000510Yangdong es uno de las pocas aldeas tradicionales que conserva casi intactas más de ciento cincuenta viviendas y edificios de madera del período Joseon (1392-1910). Mayoritariamente se pueden observar en un estado ejemplar las casas de nobles y aristócratas, habitables hoy día. Al igual que las de sus sirvientes, reconocibles por tener los tejados de paja y tener un tamaño menor. Los ciudadanos de la actual Yangdong son los descendientes de aquellos propietarios y trabajadores de siglos pasados, y junto a las autoridades surcoreanas han colaborado en los excelentes trabajos de conservación y promoción, que puede llevarles a formar parte de la lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. En aquel momento el propio organismo estaba estudiando su inclusión. Quién sabe si lo conseguirá. Razones no le faltan, está claro.

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Recorrer sus calles, internarse en las casas visitables o en viejas escuelas confucionistas, es regresar al tiempo de los Joseon, de los aristócratas (Yangban) y de las costumbres de antaño. Los oscuros tejados orientales se alzan en un bosque bañado por el río Hyeongsangang. Estaba completamente solo. Ni un sólo turista. Apenas algún anciano caminando por la calle o asomándose tímidamente a la ventana.

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Me llevó bastante tiempo profundizar en Yangdong, y más cuando estando alejado de la entrada principal al pueblo me di cuenta de que unos nubarrones tan negros como malvados se aproximaban demasiado deprisa. El olor a tierra húmeda vaticinaba lo inevitable. Huyendo de una lluvia tan arisca como constante regresé a la casa de la mujer que me había dado de comer. Su inexpresiva cara mostró una sorprendente sonrisa y me animó a pasar a su salón donde veía tranquilamente la televisión. Mientras en el exterior se desataba una tormenta increíble que duró aproximadamente media hora.

Cuando terminó continué con mi visita a Yangdong, que me estaba dejando un buen sabor de boca. Éste es un lugar que parecen desconocer muchos de los viajeros que penetran en Corea del Sur y que ofrece la posibilidad de observar con la mirada de hoy la vida del ayer. Subido en un altozano divisé muchos de los más importantes edificios de madera en una envidiable panorámica de puertas con el símbolo del ging y el yang en azul y blanco.

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Al emprender mi marcha de dos kilómetros a la parada del autobús me topé con un señor francés que acudía también en solitario a conocer las excelencias de la aldea. Me pidió que le recomendara los lugares que más me habían gustado y le acompañé a por un mapa a la oficina de turismo, que la encargada estaba cerrando en ese preciso instante. Aproveché que la mujer se marchaba para pedir que me acercara a la parada del autobús. Como primer visitante del día bien lo merecía, ¿no? Afortunadamente no tuvo reparos en llevarme hasta allí. Doble suerte de ida y vuelta.

Ni cinco minutos tardó el autobús, que me dejó en la Estación de trenes, donde reservé los billetes Gyeongju-Daegu y Daegu-Seúl. Muy pocos y muy lentos son los ferrocarriles que unen directamente esta ciudad con la capital de Corea del Sur, por lo que pensé que era más conveniente hacer un viaje de una hora hasta Daegu y allí tomar el KTX, que es el de alta velocidad. No estaba en mis planes del principio ir el miércoles 16 de julio a Seúl, pero cambié de opinión porque presentía que iba a necesitar más tiempo para visitar la ciudad. Si viajaba el jueves y me marchaba el domingo, contando con que el viernes hacía mi tour de Kaesong, apenas iba a disfrutar de dos días en la gran capital surcoreana. El cansancio de las tres semanas de viaje también jugaba a favor del cambio, por lo que finalmente descarté las otras opciones planteadas (Haeinsa, Hahoe Folk Village, Suwon, etc..) y me decanté por tener unos últimos días tranquilos antes de partir a Madrid. La última y definitiva etapa ya estaba en camino…

16 de Julio: VIAJE A SEÚL, LA GRAN CAPITAL DE COREA DEL SUR

Un taxi me acercó a la Estación de trenes pasadas las siete de la mañana. Gyeongju ya había amanecido un rato antes y los trabajadores acudían firmes a sus puestos de trabajo. Aún así no parece ser una ciudad de demasiados agobios ni demasiadas apreturas. Para eso está la capital de verdad, Seúl, que acoge a nada más y nada menos que 18 millones de personas en toda su área metropolitana, quedando entre las cinco primeras ciudades más pobladas del Planeta. Entre transbordos y KTX tenía algo más de tres horas para llegar hasta ella y dirigirme al hotel que había reservado en el centro donde debía pasar las últimas cuatro noches de viaje.

En el trayecto, entre cabezada y bostezo, aproveché para envolverme en una lectura sosegada referente a Seúl, a su Historia, a su oferta turística y de ocio con objeto de esquematizar con más o menos precisión mi estancia en la misma. Me lo iba a tomar con tranquilidad. No quería que mis últimos días fuesen una paliza desmedida sino disfrutar sin prisa alguna de una de esas megalópolis universales donde se aprende algo nuevo en cada paso que se da.

Seúl se reflejaba en mi mente como una ciudad moderna, de un estilo futurista similar al de Tokyo, aunque más occidentalizada debido a las enormes influencias norteamericanas que tiene el país desde que terminó la II Guerra Mundial. La recordaba como sede de unos Juegos Olímpicos en 1988 y del Mundial de Fútbol en 2002 junto a su vecina Japón (el mismo en el que un árbitro egipcio robó a mano armada a España en su partido frente a la anfitriona Corea del Sur). Pero nada más. Mi desconocimiento era pleno. Aunque para eso están los libros, internet, y si se puede, acudir allí directamente.

Seúl lleva más de 600 años siendo de forma ininterrumpida la capital de Corea. Aunque más de un milenio antes el Reino Baekje, uno de los tres componían la Península en el primer milenio, construyó aquí su ciudad estandarte. Pero fue durante el comienzo del Período Joseon (1392) cuando la ciudad de muralla circular pasó a ser la sede de la que probablemente fue la Dinastía Real más prolongada de Asia. Tuvo distintos nombres (“Hangyang” antes de los Joseón, “Hanseong” hasta 1910 y “Gyeonseong” durante la ocupación japonesa) hasta llamarse definitivamente Seúl (que significa literalmente “capital”) tras la II Guerra Mundial.

La vida de la ciudad durante la Dinastía Joseon tuvo sus momentos de mayor o menor esplendor. Se construyeron Palacios espectaculares como el de Changdeokgung, además de un gran número de templos y jardines, y de perfeccionarse un sistema de fortificaciones y puertas bastante eficaz. Pero fue llegar el Siglo XX y comenzar su largo periplo de desgracias. Primero, la invasión japonesa, que exprimió severamente su afán colonizador e hizo desaparecer más de quinientos años de Dinastía monárquica. Segundo, la llegada de la II Guerra Mundial, que favoreció la separación de Corea en Norte y Sur. Tercero el ataque norcoreano auspiciado por la gran URSS estalinista, formándose en la ciudad un campo de batalla en una guerra teledirigida entre rusos y norteamericanos. Y cuarto, la definitiva división del país en dos bloques gracias a la creación de una frontera conocida como DMZ (Zona Desmilitarizada), apenas a 50 kilómetros de Seúl. Las constantes amenazas, pruebas nucleares, y avatares entre norte y sur, siguen latentes hoy en día. Las dos Coreas viven técnicamente en un alto el fuego, pero ni mucho menos se han reconciliado. Aunque afortunadamente Seúl ha sabido crecer y adaptarse a los nuevos tiempos, a diferencia de los vigilantes y estrictos vecinos del Norte. La ciudad, y por extensión Corea del Sur, forman actualmente una potencia en constante crecimiento.

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En cuanto el tren se detuvo en la Estación Central de Seúl se puso a llover. El tiempo en Corea estaba dando un poco más la lata que en Japón, pero tampoco estaba afectando sobremanera a los planes del viaje. Seguía siendo, en la mayor parte de los casos, lluvia inteligente. Sí, porque si llovía un día podía hacerlo cuando me metía en el metro, cuando iba a comer, cuando viajaba en bus, cuando entraba a un museo, por las noches… pero generalmente me respetaba. El verano asiático es horriblemente húmedo, pero yo no me podía quejar en absoluto.

El metro en Seúl está muy bien. Tiene una red muy extensa, se encuentra en unas condiciones de limpieza bastante aceptables, cuenta con cuartos de baño muy completos y cuidados, y, sobre todo, las indicaciones son muy claras. Las estaciones vienen en coreano e inglés en todos los casos, por lo que resulta muy sencillo guiarse a través del metro por una ciudad poco recomendada para los conductores que detesten los atascos como me imagino que somos todos. Los tickets se compran generalmente en máquinas expendedoras, aunques suele haber a parte taquillas donde adquirir los mismos físicamente. El precio de un billete sencillo es de 1000 Wones.

Quizás le encontré un par de defectos al metro de Seúl. El primero, que no se prodigaba demasiado en escaleras mecánicas. Y el segundo, que las máquinas expendedoras sólo aceptaban monedas y no billetes (aunque la solución en el caso de no tener metal es acudir a una taquilla).

La parada más próxima a mi hotel era Anguk, en la línea 3, desde la que tuve que caminar cinco minutos. El hotel escogido para la ocasión respondía al nombre de Holiday In Korea (http://www.holidayinkorea.com). Desgraciadamente no se basaba en tan sólo una “n” la diferencia con cualquiera de los hoteles de la cadena Holiday Inn. Todo parecido es pura coincidencia. Porque Holiday In Korea es a grandes rasgos un Hostel o Albergue de toda la vida, con sus cuartos compartidos, su cocina comunitaria, sus mesas de desayuno, el típico tablón en recepción lleno de fotos de clientes y billetes de todos los países, la clásica mesa repleta de folletos publicitarios de otros hoteles del país, y por supuesto, los siempre agradecidos ordenadores con conexión a internet (de acceso gratuito). Vamos, que no me estoy inventando nada. Los hostel son la alternativa económica más utilizada por los mochileros del mundo desde hace muchísimos años.

El que sería mi alojamiento para lo que restaba de viaje no tenía unas habitaciones demasiado limpias. Más bien diría que mi cuarto lo encontré un tanto descuidado. Pero quizás me importaba más que tuviera cerca los “grandes Palacios”, la zona comercial de Insadong, y dos paradas de metro cercanas que poder utilizar para desplazarme fácil y rápido a otros lugares. Sin olvidarme de que el bus 602-1 (precio 8000 W) que comunica el centro con el Aeropuerto de Incheon (el principal, donde llegan vuelos internacionales) tiene una parada muy cerca de allí, por lo que para mi regreso matutino del domingo me venía fenomenal. En resumen, en lo que respecta al alojamiento de este tipo de viajes mi prioridad está en que tenga una buena localización. Tampoco estoy hablando de que este albergue fuera un cuchitril, porque en peores plazas he lidiado.

Después de dejar el equipaje y darme una duchita, planifiqué un recorrido sencillo a pie por la ciudad que no exigiera demasiado. En esta ocasión me ayudó en parte una de las rutas recomendadas por la guía Lonely Planet, con la que sería posible obtener unas primeras impresiones de esa Seúl de dimensiones desproporcionadas. El llamado “Old & New Downtown Walk”, es un recorrido que no consiste en visitar palacios, templos, o jardines imperiales. Como su propio nombre indica, se trata de ver esa mezcla de tradición y futuro del centro de la gran metrópoli. Viejos mercados como Namdaemum y modernísimas arterias comerciales como Myeongdong son ejemplos de recurrentes contrastes que marcan el sentido de la capital de Corea del Sur.

Hubo unos minutos de fortísimas lluvias durante mi salida del hotel. En estos momentos “torrenciales” aproveché para almorzar y encomendarme a la suerte para que las nubes tuviesen piedad de mí. Y así fue. Nada más comer tuve la oportunidad de comenzar tranquila e interesante ruta de la que os acabo de hablar y que os muestro con más detalle a continuación:

* INICIO DE LA RUTA (JONGGAK STATION, SALIDA 4): La concurrida estación de metro Jonggak es el lugar ideal para comenzar esta breve excursión o, más bien, incursión a Seúl. La línea 1 es probablemente una de las más importantes a la vez que extensas, y esta parada puede considerarse como un punto referencial tanto desde el punto de vista histórico como del financiero y más moderno de la ciudad. La tradición lo marca, sin duda alguna, el Pabellón de la Gran Campana (Bosin-gak), cuya estructura de madera engaña un poco a la vista porque parece antiguo sin serlo (1979). Y es que la protagonista es la enorme campana que se se tañe para celebrar la llegada del año nuevo. En una copia de la original custodiada en el Museo Nacional. Se mandó construir allá por 1468 durante el reinado de Sejo, y se encontraba en la Puerta Namdaemun, que era uno de los ocho accesos a la ciudad amurallada. Durante la Dinastía de los Joseon, se tocaba dos veces al día para anunciar la apertura o cierre de las ocho puertas por la mañana o noche respectivamente. En la mañana (4:00 h.) se daban 33 campanadas, que representaban los 33 cielos que se deben cruzar para llegar al Reino de Buda. En la noche (19:00 h.) eran 28 las campanadas, que hacian referencia a las 28 constelaciones que determinan el destino de los hombres. La tradición budista se mantiene hoy día, ya que son 33 las veces que se hace sonar la gran campana con motivo del inicio de un nuevo año, congregando a las puertas del pabellón a miles de surcoreanos celebrando la Nochevieja. Me viene a la mente las 12 campanadas de Fin de Año en la Puerta del Sol de mi ciudad, Madrid. Todo un clásico…

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Justo en frente de Bosin-gak se halla el edificio más emblemático de Seúl. Estoy hablando de la Jongno Tower, visible a muchos kilómetros, y reconocible por su futurista y acristalada silueta. El nombre de Jongno es el mismo que el de la avenida por la que pasa y viene a significar “Calle de la Campana”. Esta torre de 33 plantas (una vez más aparece este número) es el emblema financiero de la capital y posee un bar-restaurante en la azotea desde donde, como uno se puede imaginar, las vistas son de vértigo. Junto a la Torre de telecomunicaciones de Seúl, es probablemente el lugar más interesante donde subirse y mirar hacia abajo.

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* EL BARRIO GASTRONÓMICO DE JONGNO: Saliendo del edificio Jongno y cruzando de nuevo al Bosin-gak, si uno tuerce hacia la izquierda y se mete al primer callejón que aparezca, llegará al barrio gastronómico más apetecible de la ciudad. Todos los estilos, tanto occidentales como orientales, tienen hueco en estas estrechas calles peatonales de paredes forradas de carteles que iluminan la noche surcoreana recordando por un segundo la estética del Tokyo profundo. Sería la zona donde iría a comer y cenar en más de una ocasión, y es que, apenas quedaba a un paso de mi hotel, tanto en metro como caminando. Riadas de juventud se mezclan por las noches en las cenas previas a largas noches de karaoke y discoteca. Lugar animado y colorido en proporción a la disminución de la luz solar, que pasa a ser sustituida por el neón.

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* CHEONGGYE STREAM: Abandonamos las callejuelas de la gastronomía para llegar, caminando apenas un minuto hacia el sur, al una larga avenida conocida como Cheonggye Stream, que es algo así como “Arroyo Cheonggye”. Dicho arroyo o afluente del gran río Han tiempo atrás era un centro de problemas porque era muy propenso a desbordarse y a ocasionar destrozos. Por eso y por las pésimas condiciones de higiene a comienzos del P1000548siglo XX se decidió cubrir para crear una carretera, que pasó a ser una autopista elevada con un tráfico desmedido. En 2003 se inició un proyecto para volver a reflotar este área denostada y olvidada, y se volvió a sacar a la luz al arroyo. Con un gasto mil millonario se adecentó la zona creando un bonito paseo, de puentes y fuentes, convirtiéndola en una de las más interesantes para pasear. Caminamos por la avenida hasta llegar a un concurrido y céntrico cruce donde aparecerá una estatua de Yi Sun-si, uno de los héroes militares coreanos que derrotaron a la Armada japonesa allá por la última década del Siglo XVI. De todas las opciones posibles hay que escoger la izquierda y bajar la calle hasta una gran Plaza circular. Habremos llegado al siguiente destino.

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* LA PLAZA DEL AYUNTAMIENTO: Grandes hoteles, edificios gubernamentales y la sede del Ayuntamiento de Seúl se asoman a esta plaza redonda cubierta casi en su totalidad de césped. Este lugar lo recordaba por las imágenes en televisión de aficionados a la selección surcoreana de fútbol viendo los partidos del Mundial en la calle a través de pantallas gigantes. El edificio del Ayuntamiento es de estilo occidental, a pesar de que su construcción la iniciaron los japoneses en 1926, durante su última ocupación. El City Hall, como refleja su parada de metro, parece sacado de un barrio neoyorkino. Apenas a unos metros a la derecha se encuentra la entrada principal a Deoksugung (Palacio Deoksu), que fue habitado por varias generaciones de Emperadores coreanos de la Dinastía Joseon, antes y después de que el Palacio Oficial fuera Changdeokgung. De todos los palacios que se conservan en Seúl, éste quizás sea el menos interesante arquitectónicamente hablando, pero siempre se agradece un paréntesis de silencio para abandonar el tráfico y pasear por los jardines y parques de este lugar ubicado en pleno centro. Además, para quienes les interese el Arte Moderno, cabe decir que uno de los pabellones se utiliza como Museo que alberga obras tanto del Siglo XX como actuales. Seguimos caminando sentido sur.

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* NAMDAEMUM, LA GRAN PUERTA DEL SUR: El símbolo más conocido, el emblema más apreciado, P1000561Patrimonio de la Humanidad, Tesoro Nacional número 1, el resto más valioso del sistema fortificado que protegía la ciudad de Seúl desde el Siglo XIV, la construcción de madera más antigua conservada en la capital… Todas estas designaciones ardieron junto a la Puerta del Sur la madrugada del 10 de febrero de 2008 cuando un loco pirómano sin escrúpulos la prendió fuego. La que durante siglos fuera una de las entradas más importantes a la ciudad es ahora el foco de las donaciones e inversiones tanto públicas como privadas que desean que se restaure minuciosamente lo antes posible. Durante mi estancia, apenas cinco meses después del incendio, una gigantesca lona cubría los restos quemados sobre lo que ya se estaba trabajando. El Arte y la Arquitectura de la antigüedad, en peligro de extinción. El hombre como creador, el hombre como destructor.

* NAMDAEMUM MARKET, ALGO MÁS QUE UN MERCADO CALLEJERO: Recibe su nombre de la maltrecha Puerta del Sur, lugar de referencia para comenzar un recorrido por el que se vanagloria de ser el Mercadillo al aire libre más grande de Seúl. La lluvia que estaba empezando a caer me forzó a adquirir un paraguas para no empaparme. No fue demasiado difícil porque aquí hay stands de todo tipo donde es posible comprar tanto paraguas (por 1000 Wones!!) como vestidos de gala para ceremonias o incluso botellas con el famoso gynseng coreano, el producto nacional más célebre y exportado del país.

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El espacio en el Namdaemum Market está más que aprovechado, ya que hay tiendas a los lados e incluso en el medio de la calle. El humo de las cocinas y de los puestos callejeros de comida se mezclaba con las gotas de lluvia que no afectaba para nada a la maraña de coreanos y turistas bien provistos de paragüas de colores. Uno puede comerse un kimchi (Plato más típico de Corea: un repollo muy picante que tiene más de cien variantes y que acompaña a TODAS las comidas) y esquivar a la gente mientras se compra unas gafas, una batería de cocina (los productos de cocina estaban en todas partes) o un té de Gynseng. Todo cabe en este mercado que sigue funcionando a altas horas de la madrugada permaneciendo siempre abarrotado. Conviene no limitarse a recorrer la calle principal, más ancha, y entrar a los callejones donde sigue habiendo tiendas y más tiendas, a cada cual más original.

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* MYEONG-DONG, EL BARRIO DE LA MODA: A diferencia del ya mencionado Mercado Namdaemum, que se compone de un sinfín de puestos callejeros “low cost” de la más diversa índole, el área de Myeong-dong se considera el barrio de las boutiques y los escaparates de las marcas internacionales. Aquí la tradicionalidad oriental se olvida para dar paso a logotipos occidentales conocidos por todos y todas. Los trajes ceremoniales se han cambiado por unos Levi´s 501 y unas Adidas Goodyear. Lugar habitado y coloreado eminentemente por la población más joven que busca estar “a la última”. Y después de las compras, fast food. Si no fuera por el neón con alfabeto coreano uno puede decir que se encuentra en cualquier ciudad europea.

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Por cierto, fue aquí donde una señora muy rara, micrófono en mano y cartelones a sus pies, canturreaba que con Jesús hay cielo y sin él hay infierno. No hay que olvidar que en Corea del Sur, a pesar de estar muy arraigado el Budismo y el Chamanismo, hay un gran número de católicos. En la propia Myeong-dong hay una iglesia de finales del Siglo XIX.

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Y en Myeong-dong puse fin a este recorrido a través de los entresijos de la city. Volví al hotel a descansar un poco, a consultar internet, a hacer alguna llamada y a preparar el día siguiente, donde tendría más tiempo para ver más cosas de Seúl.

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Fue ya por la noche cuando regresé caminando a Jongno Street para cenar en cualquiera de los muchos restaurantes que allí había, y comprobar cómo la ciudad goza de un encanto especial cuando el neón y la luz aparecen. La iluminación de Bosing-gak es magnífica al igual que las de los callejones aledaños donde apenas cabía un alfiler.

Seúl por ti.

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Mi regreso al hotel, ya casi asomando la madrugada, fue un poco confuso porque quise atajar y terminé perdiéndome. Me extrañó ver decenas de autobuses blindados de la policía, que ya durante el día había visto circular por las calles. ¿Estaría ocurriendo algo? ¿Tendría esto que ver con las manifestaciones multitudinarias y repetidas que estaban saliendo por televisión? Daba por hecho que así era. Lo que no daba por hecho era que encontrara fácilmente el hotel. Estaba más perdido que Marco en el día de la madre y creo que fue el azar el que me llevó sin darme cuenta al silencioso, escondido y sucio callejón donde se encontraba el Holiday In Korea.

Sele


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