Bukhara: La belleza del espíritu II

Todavía creo escuchar las voces de quienes en tiempos lejanos venían a encontrarse en Bukhara. Resuenan en mi cabeza las conversaciones jococas surgidas en los caravansares donde los camellos y caballos solían reposar de tan larga y difícil travesía. Les veo aproximarse y suspirar de alivio al atisbar en el horizonte la impresionante silueta de la ciudad más noble y santa de Asia Central. La moral esquilmada por un duro viaje atravesando los desiertos más inhóspitos y peligrosos se repone en cuestión de segundos al alcanzar las puertas de la grotescas murallas de barro que protegen a la población de los ataques de tribus foráneas. Y es que pensar en Bukhara es ponerse en la piel de mercaderes, viajeros y otras almas nómadas que hicieron suya la Ruta de la Seda. Todos ellos fueron grandes aventureros, personajes anónimos en una Historia a veces demasiado selectiva en cuanto a nombres, que encontraron en esta ciudad un hogar transitorio entre minaretes, bazares, palacios y fondas de mala muerte. Afortunadamente hoy aquello no es polvo y arena, ni mucho menos, y la vida nos ofrece una nueva oportunidad de permanecer en uno de los escenarios más extraordinarios que existen en el mundo.

En el anterior relato sobre esta ciudad (Bukhara: La belleza del espíritu I) os conté algunos de sus porqués centrándome en el Poi Kalon y el perfecto ensamblaje de una madrasa, un alminar y una mezquita, convertidos en el punto de referencia para todos los viajeros que posan allí sus pies. Ahora es momento de contaros cuáles son los demás lugares que creo indiscutibles en toda visita a la vieja Bujara. Por ser hermosos, apasionantes, emocionantes… y por ser el reflejo fiel de aquellos que un día vinieron de muy lejos y se percataron de que sus pasos no habían sido en balde.

Para situarnos lo mejor posible creo conveniente reproducir de nuevo un mapa con algunos de los highlights más importantes de Bukhara. De todos ellos, quizás el Mausoleo Samánida sea el más lejano, y aún así no llega a hacerse necesario utilizar un taxi (ni oficial ni extraoficial) para visitarlos todos. Nosotros lo hicimos completamente a pie, que para ello cuenta con un casco histórico eminentemente peatonal y las cuatro ruedas no tienen demasiado sentido salvo para llegar o partir.

Quiero destacar que contábamos con dos bases desde las cuales explorar la ciudad, la zona de Lyab-i-hauz (donde estaba nuestro hotel) y el área de Poi Kalon, que era donde pasábamos realmente la mayor parte del tiempo. Este último jugó el mismo papel que el Registán en Samarkanda, que no nos lo queríamos quitar de la cabeza en ningún momento, y además jugaba una posición central-estratégica desde donde partir a otros lugares.

Creo importante comentar que a Bukhara llegamos en un taxi compartido desde Samarkanda y de Bukhara salimos de la misma forma hacia Khiva después de dos días completos en la ciudad (ver transportes y precios en la Guía práctica de Uzbekistán) y superar de forma relajada un viaje lleno de adelantamientos. No nos quedaba nada… (ironía, pausa, ironía, risa tonta). Aunque sobre el tormentoso recorrido a Khiva por pseudocarreteras da para escribir otro día.

Ahora sí, pongamos las cartas de Bujara sobre la mesa una vez ya hemos visto su As más valioso. En el tapete del desierto de Uzbekistán, camuflado por los canales de irrigación herederos de un pasado glorioso y de una materia prima como el Río Amu Daria, aparecerán muchas jugadas maestras con las que ser siempre el ganador.

LYAB-I-HAUZ: JUNTO AL ESTANQUE

Probablemente sea el lugar más animado y más vital de Bukhara. Al igual que en los últimos siglos cuando ha agrupado a gentes venidas de aquí y de allá para reunirse frente a uno de los estanques que recogían el agua tan preciada proveniente de lluvias y canales. De hecho el significado de Lyab-i-Hauz es “Junto al estanque”, por tanto, definitivo para explicar todo lo que tiene que ver con esta especie de piscina artificial de 46 x 36 metros que, al parecer, proviene del Siglo XVII. Al igual que muchos de los árboles que circundan su rectilínea orilla, como las moreras, que se mantienen erguidas frente al paso del tiempo como símbolo de esa parte del camino inmortalizado por la seda.

No es complicado imaginar que frente a uno de estos depósitos de agua se acercara todo tipo de gente, para llenar garrafas que llevar a sus hogares (quien fuera de allí), o en el caso de venir de fuera soliviantar la sed de camellos y caballos tras surcar los extenuantes desiertos o simplemente buscar un lugar más fresco en esos infernales veranos de más de 40 grados a la sombra. Por ello surgieron las chaikanas junto a los caravansares. O para que todos nos entendamos, las casas de té junto a los hospedajes en los que pernoctaban los comerciantes (y animales de carga) que venían de viaje con las mercancías que transportaban. Actualmente en Bukhara se conservan algunos de estos viejos caravansares, aunque no con el uso que tuvieron en origen sino como lugares de venta de artesanía local y de recuerdo de los tiempos de la Ruta de la Seda. Basta caminar por los alrededores de Lyab-i-hauz o tomar la calle desde la piscina hacia el zoco cubierto Taqi Sarrafon y descubir algunos de ellos que pueden llegar a pasar desapercibidos si vamos a paso rápido. Basta con detenerse en fijarse bien y acceder a los mismos para alcanzar estos patios cuadrados cuyas puertas cerraban las habitaciones de los mercaderes y en cuyo centro se depositaba la mercancía junto a los animales.

Lo que, en cambio, sí sigue utilizándose como tal, es la chaikana que hay junto al estanque y donde la gente acude a sentarse para tomar un buen té, almorzar copiosamente o cenar en un entorno más fresco. Es uno de los sitios donde mejor comimos durante el viaje, sobre todo cuando pedíamos brochetas de pollo, ternera o carne picada que no fuimos capaces de encontrar mejores en todo Uzbekistán. El lugar era agradable, la comida deliciosa y, por las noches, además palpitaba de movimiento mientras que apenas 100 metros más lejos gobernaba el más puro silencio.

El área de Lyab-i-Hauz agrupa el mayor número de hoteles, bed&breakfast y alojamientos de toda condición en la ciudad de Bukhara. Cuando nosotros llegamos en un taxi compartido desde Samarkanda pedimos nos dejaran allí para salir a buscar alojamiento por nuestra cuenta. Y después de mirar habitaciones mejores y peores, encontramos en el callejón de la sinagoga, a no más de 100 m. del agua del estanque, el Malikjon B&B House, que nos pareció perfecto para quedarnos. Su habitación doble con desayuno incluido nos vino a costar 20 dólares (aprox 7€ cada uno). Creo que nos acabó de convencer la amabilidad de la familia que allí vivía, quienes nos proporcionarían un trato fabuloso durante los dos días que permaneceríamos hospedados. Aunque el cuarto, limpio, con baño privado, aire acondicionado y un pequeños trastero, se nos vendió solo a un coste bastante asequible. Aún así todo es cuestión de buscar porque no exageraría si dijese que por la zona había no menos de una veintena de alojamientos aptos para pequeños y medianos presupuestos. Y una vez más no recomendaría hacer reserva con antelación, ya que suele haber sitio suficiente y, sobre todo, posibilidad de negociar precio.

Volviendo a Lyab-i-Hauz, nuestra base de operaciones y de partida de todas las rutas que haríamos por Bukhara, tenía de por sí, además de ser el centro de esparcimiento de la ciudad, suficientes motivos para admirar nada menos que tres monumentos que la circundan al norte, este y oeste. Y, aunque quizás estén demasiado restaurados, forman parte de un conjunto atractivo que se refleja en las aguas como antaño recordando un pasado lleno de riqueza y esplendor.

Al norte la enorme Madrasa Kukeldash tuvo el honor de ser la escuela islámica más grande de Asia Central en aquel tiempo. Construida en 1568 sus 60 x 80 metros glorificaban la riqueza del monarca Abdullah Khan II, iniciador de muchos proyectos arquitectónicos durante su reinado. El nombre de la madrasa hace mención al Hombre fuerte en esos momentos, el General Kulbaba Kukeldash.

Al este otra madrasa, la Nadir Divangegi, de 1630 y que en su origen fue uno más de las decenas de caravansares que existieron en la ciudad. Sería el Imam Kuli Khan quien hablaría en boca de Alá y convertiría su fachada de criaturas y dibujos en azulejo en el espejo del férreo sentimiento religioso en aquella parte de Asia Central absolutamente islamizada. Y al oeste la khanaka o, mejor dicho, lugar de cuto y descanso de sabios sufíes también de la misma época de la Madrasa y cuyo nombre honra al Gran Visir Nadir Divangegi.

Lugares sin duda esenciales para comprender la importancia del área de Lyab-i-Hauz, poseedor además de una de las pocas sinagogas de Uzbekistán. Muchos escritos aseguran que el barrio judío de Bukhara, situado al sur del estanque, era uno de los mayores baluartes del judaísmo en Asia Central. Se puede decir, por tanto, que hubo una fluida convivencia de ambas religiones durante muchos siglos, aunque actualmente no son demasiadas las familias que conservan la Fé judía de sus ancestros. Nosotros sí pudimos observar cómo funcionaba la sinagoga porque la teníamos prácticamente frente a nuestro hotel, pero de lo contrario no nos hubiésemos dado cuenta ni de su existencia.

Interesante Lyab-i-Hauz, resquicio del espíritu glorioso, lugar de descanso de tantos y tantos viajeros…

CHOR MINOR: LOS CUATRO MINARETES

La mayor parte de los monumentos importantes de Bukhara aparecen en los mapas entre Lyab-i-Hauz y el Complejo monumental Poi-Kalon y es la zona que más gusta escudriñar a los visitantes esporádicos de la ciudad uzbeka. Suele ser lo normal, aunque hay algunos casos en los que no conviene despistarse y tener en cuenta rutas alternativas. Debo reconocer que el lugar del que voy a hablar a continuación, Chor Minor, no lo localizamos por los libros o por internet. Quizás no leí sobre él o se me pasó entre tantas notas. Pero fue una forma de descubrirlo mucho más “romántica”, ya que supimos de su existencia a través de las pinturas de un artesano que conocimos en la ciudad, muy cerca de Taqi Sarrafon. Cuando vi dibujados los cuatro extraños pregunté “¿Esto existe?” y ante la afirmación de aquel hombre la siguiente pregunta fue “¿Dónde está”?. Tras confirmarnos que se encontraba en Bukhara, a una caminata hacia el este de “la piscina”, sería lo primero que fuéramos a ver a la mañana siguiente.

Hubo que callejear más de lo previsto, sirviéndonos de un impreciso mapa y, sobre todo, de las indicaciones de los ciudadanos que nos fuimos encontrando en los estrechos callejones tras los cuales, supuestamente, debía estar el monumento de los cuatro minaretes. Después de tomar alguna que otra calle errónea, en medio de un barrio para nada turístico, pero realmente interesante y auténtico, apareció de la nada la magnífica construcción de Chor Minor, uno de los pabellones de la entrada de una madrasa de 1807 que ya no se conserva y que responde a una de las más originales extravagancias arquitectónica de la época, ya que probablemente no exista nada parecido en el mundo.

Ni es mezquita ni sus cuatro minaretes lo son al uso. De hecho nunca lo fueron. Confunde quizás su significado (Chor Minor = cuatro minaretes). Al parecer por uno de ellos se podía acceder a la segunda planta donde hubo alguna vez una pequeña biblioteca, pero ninguno de ellos tuvo la función de ser el lugar por el cual el muezzin llamara a rezar a los fieles musulmanes las cinco veces al día correspondientes. Es, simplemente, parte de una construcción mayor inexistente, pero por fortuna ese reflejo del atrevimiento arquitectónico en una ciudad donde todo era posible, ha llegado hasta nosotros.

Por dentro había una tienda de alfombras y telas desde la cual es posible observar su estructura interna, aunque fuera costoso imaginar qué sería lo que habría dentro cuando fue construida. Aún así lo mejor que pudimos hacer fue dar un par de vueltas sobre ella y captar cómo sus alminares de 17 metros de altitud salían a buscar el cielo. Sin duda un lugar fotogénico donde los haya. Y, además, en nuestro caso, un descubrimiento que llegó a través de las hermosísimas pinturas de un artesano.

A continuación podéis ver un vídeo que grabamos en el monumento:

ARK: LA FORTALEZA DE BUKHARA

La ciudadela de Bujara es una contraposición de parches los unos sobre los otros para mantenerla a los pies de la ciudad, aunque sea en un 20% de lo que fue hace tan solo un siglo. Se sabe que siempre allí hubo una fortaleza, y que a medida que una dinastía entraba, se destruía lo hecho con anterioridad. Al parecer uno de sus orígenes más allá de lo militar viene de un poderoso templo zoroástrico, convertido en mezquita tras la llegada del Islam. Después los distintos khanes darían forma a su Palacio, a su punto fuerte y estratégico donde ser aún más poderosos. Esas idas y venidas fueron las normales durante siglos hasta que en 1920 el Ejército Rojo puso las cartas sobre la mesa destruyendo gran parte de la inmensa ciudadela con una artillería contra la que nada pudo hacer el último Emir de Bujara. Sus murallas abombadas son testigos de lo sucedido…

Aunque siempre situamos el corazón de Bujara en Poi Kalon y su excelso conjunto islámico, antaño lo fue su Gran Fortaleza (The Ark), que si desde fuera parece grande, habría que imaginársela de igual forma pero multiplicada por cinco. Entonces así podría entenderse su importancia y no creerla como un lugar más situado a las afueras de la “Ciudad vieja”. Porque durante más de mil años la ciudadela fue Bujara en sí misma, por encima de todas las cosas. Que se lo digan a los rusos, que hasta que no la dejaron en ruinas era uno de los mayores quebraderos de cabeza de una URSS que expandía sus dominios. Escrita está la frase de que “Bujara era una úlcera en el estómago de la Unión Soviética”.

La parte más atractiva de “The Ark of Bukhara” está en una de sus grandes puertas de acceso. Una rampa imponente se estira desde la muralla con dos torreones circulares y una hilera de ventanales cuya celosía ocultaría la presencia de los guardianes de la imponente fortaleza. En el lado opuesto de la muralla, mirando hacia Poi Kalon, debió haber otra, pero hoy sólo nos ha llegado esta parte salvada de una cruel demolición.

Entre vosotros y yo, es quizás la parte más interesante y, por supuesto, fotogénica de la Fortaleza. Hermosa, sugerente, misteriosa, la Puerta de Acceso al Palacio de los Emires de Bujara es la causante del 99% de asombros y suspiros de los turistas, que quizás sienten una ligera decepción en su interior después de pagar los 7000 Soms que cuesta la entrada (aprox 3€ con la cotización oficial). Hablamos de la mejor cara del Ark, una gota de agua del esplendor que vibró en Bukhara hasta la llegada del Ejército Rojo a las puertas de la ciudad.

Subiendo la rampa, con tiendas flanqueando al visitante, se llega hasta una interesantísima Mezquita de los viernes, a la cual debió acudir la flor y nata de la sociedad bujarí durante centurias. Pequeña, pero cuidada en sus detalles, sirve hoy como exposición de Coranes y soportes de madera convertidos en verdaderas filigranas.

Es cierto que todavía sobrevivieron a los bombardeos algunas dependencias de gran importancia, pero no nos llamaron demasiado la atención cuando, sobre todo, habíamos visto otras cosas en Bukhara mucho más impresionantes. Hay unos cuantos pequeños museos que cuentan la Historia de Bukhara y de la Fortaleza, aunque de forma muy soviética o, cómo decirlo, muy bizarra. En Uzbekistán (Khiva es la reina) abundan esta clase de museos no demasiado cuidados, los cuales parecen estar por estar.

Uno de los intereses que tenía del Ark de Bukhara era poder asomarme hacia el Kalon y toda la ciudad vieja, pero lamentablemente a toda esa zona está prohibido asomarse. Por tanto las panorámicas que presumiblemente podían ser lo mejor de la Fortaleza se nos vinieron abajo, dándonos cuenta que lo mejor era rodear las murallas y disfrutar del pórtico de entrada por el que subimos a este monumento que, sin duda, pasó su mejor época.

Lo mejor, quizás, es imaginarse este lugar en todo su esplendor, pensar en el gran Avicena yendo a consultar libros a la que dicen fue una de las mejores colecciones bibliográficas en todo el mundo. Algunas de las fuentes de información de medicina medieval más importantes estuvieron aquí, aunque como todo, terminó desapareciendo. El propio Avicena diría de esta colección lo siguiente:

” En esta biblioteca he encontrado libros de los que no tenía conocimiento ni había visto en mi vida. Los he leído, y he llegado a conocer a cada científico y cada una de sus ciencias. Delante mía estaban las puertas de la inspiración a las grandes profundidades de un conocimiento que no había sospechado que existía”.

Se me ocurre una pregunta entonces: ¿Bujara tuvo entonces su particular Biblioteca de Alejandría? Me imagino qué hubiera sido del mundo si no hubiésemos perdido tanto conocimiento en los senderos del fuego y el odio…

ZINDAN: PRISIÓN CRUEL E INFAME

En los cuartos traseros de la Fortaleza Bujarí, aunque separada de ésta y que alcanzamos en un trasiego de callejuelas sin asfaltar, nos encontramos con los restos, convertidos en museo, de una de las cárceles más duras que los siglos XIX y XX que tuvo Uzbekistán. Zindan (también escrito zindon) quiere decir “vieja prisión”, y eso es lo que precisamente esconden unos muros de ladrillo muy a tono con una muralla del Ark que se aprecia al otro lado de un despoblado. Por un precio módico de 2400 UZS (aprox 1€) es posible asomarse a las celdas donde se hacinaban a los presos y se les torturaba hasta la muerte si era preciso.

Casualmente no encontramos un sólo visitante en esta especie de “museo del horror” que acogió criminales, ladrones, presos políticos que no cabían en las prisiones de la fortaleza. Muy cerca de las casas, ya que estaba perfectamente incorporada a la ciudad, Zindan hacía gritos de horror y lamento desde sus techos en cúpula que hacían más respirables las mazmorras infestadas de olor pestilente, sangre seca y podredumbre. Tras las rejas, restos de grilletes secundan una sensación amarga de una historia demasiado reciente.

Uno de los lugares más hediondos y oscuros de la prisión es “el pozo negro”, al cual se arrojaban a los presos que se dejaban morir, a los cuales se les arrojaban escorpiones, serpientes y se les ahogaba sin luz, ni víveres y casi sin aire. En dicha mazmorra subterránea, al parecer, estuvieron encarcelados los espías británicos Conolly y Stoddart, quienes no tuvieron la suerte de contárselo a nadie.

En este foco de muerte y tortura que ahora es un museo, se exponen algunas fotografías horripilantes que se tomaron a algunas de las personas que permanecieron aquí encarceladas. Es un trago duro, pero como suele ocurrir en otras cámaras del horror, necesario para comprender lugares y tiempos oscuros como los que, por supuesto, también vivió Bujara. 

MAUSOLEO DE ISMAIL SAMANI

Saliendo por la puerta de acceso a la Ciudadela Ark si se avanza, además de pasar por una mezquita de pilares de madera interesantísima (Bolo Hauz) para perderse unos minutos, se termina llegando a un gran parque (Samani Park) donde pasear se hace delicioso, entre arbustos y árboles, pequeños estanques y un Sol que se rompe en sombra cuando lo absorben las hojas de morera, los sauces y otras especies vegetales que allí habitan. Nosotros lo encontramos después de andar durante al menos 15-20 minutos desde la Ciudadela sentido oeste. ¿Y qué había en este parque que se considera uno de los lugares histórico-artísticos más recomendables de la ciudad?

Mucha gente no tiene en cuenta que en este lugar no demasiado próximo al casco histórico se halla el monumento más antiguo de Bujara. Es una tumba, o mejor dicho, en realidad es un mausoleo, pero de unas particularidades que lo hacen único. El Mausoleo de Ismail Samani, emir de la dinastía samánida que reinó en lo que antes era Transoxiana y Khorasan y que falleció en el año 902 después de Cristo, es una de esas construcciones que han llegado a la actualidad en un estado de conservación espectacular y que aúna elementos islámicos y zoroástricos (religión predominante en la zona antes de la llegada del Islam).

Los samánidas se ocuparon de extender la religión musulmana y de hacer santa a una ciudad como Bujara. Por ello el líder samánida más importante que gobernó en Asia Central, tiene un lugar de privilegio y un reconocimiento prácticamente como santo, en ese pequeño cubp de barro y ladrillo rematado en un techo en cúpula fabuloso. Pero son sus pequeños detalles los que le hacen ser también parte de las creencias y costumbres ancestrales de la ciudad más persa de la actual Uzbekistán. Dicen que la cúpula simboliza el cielo y el cubo la Tierra, siendo pues una metáfora del universo. La proximidad de un lago, como mar, es también sugerente como tantas y tantas civilizaciones que lo utilizaron como recurso simbólico. Lo mejor para comprobar que este lugar es especial y, sobre todo, diferente, es acercarse, rodearlo las veces que haga falta, jugar con la posición del Sol y entrar (es de pago) para disfrutar de su mística.

Una de las preguntas que nos hicimos es cómo llegó este monumento de más de mil años a sobrevivir por completo a la destrucción de las hordas mongolas de Genghis Khan. Los libros decían que sólo habían dejado en pie el minarete de Kalon por órdenes expresas de su obstinado Emperador. Y entonces, ¿qué razón hizo que llegara intacto el mausoleo de un viejo líder islámico? La solución a esta duda viene explicada por el abandono que lo cubrió de arena proveniente del desierto, dejándolo enterrado hasta 1924 cuando un Arqueólogo soviético lo descubrió bajo una montaña de tierra. Ese fue su mejor y único escudo y a eso se debe que más de mil años hayan llegado hasta nosotros.

El Mausoleo de Ismail Samani es otro de esos imprescindibles de Bujara escondidos en un halo mágico y soprendente, una pequeña porción de un universo que funde Zoroastrismo e Islam ante una de las figuras más importantes de la Historia de Asia Central. Muy cerca, además, permanece otro mausoleo con una original cúpula cónica de los tiempos de los Kharakhanes (S. XII), aunque el aspecto actual proviene de la época de Tamerlán (S. XIV), y que se llama Chashma Ayub. Lo que mucha gente desconoce es que Chasma Ayub significa “El Pozo del Santo Job” (el del dicho de tienes más paciencia que el Santo Job), el cual hizo brotar agua con su bastón por un mandato divino.

LOS ZOCOS CUBIERTOS DE BUJARA Y LA ESENCIA DE LA RUTA DE LA SEDA

Así como los caravansares y chaikanas esparcen el polvo histórico de la conocida como Ruta de la Seda, los bazares también contienen parte de este espíritu comercial y destapan las viejas esencias de uno de los recorridos más apasionantes que se han realizado jamás. Bukhara posee varios zocos, algunos de los cuales permanecen abiertos al público a diario desde hace muchos siglos, aunque bajo un techo abovedado y fresco capaz de aguantar las circunstancias de un clima gélido en invierno y llameante en verano. Sus nombres hacen mención a los antiguos gremios (Bazar de los joyeros, de los tejedores de alfombras, etc..), aunque en la actualidad las ventas de mercancías se han diversificado, sobre todo, por el turismo. Se pueden encontrar, por tanto, alfombras en el bazar de las alfombras, aunque seguramente también haya objetos de madera, telas, sombreros de piel o cualquier tipo de souvenir que un turista esté dispuesto a llevarse a su casa como recuerdo de un viaje único.

De los zocos de Bukhara hay tres que destacan sobre todos los demás, tanto por su tradición como por sus magníficos emplazamientos en construcciones de más de cinco siglos de antigüedad y, por consiguiente, testigos vivos del paso de las caravanas de la Ruta de la Seda. Todos ellos en la ciudad vieja (Shakhristan):

+ TAQI SARRAFON (Tok-i-Sarrafon): Significa “Zoco de los cambiadores de dinero” y está a no más de tres minutos en línea recta y dirección oeste desde Lyab-i Hauz. Su nombre recuerda la función que durante siglos llevaron a cabo quienes se ocupaban de cambiar moneda en un Reino, además, que sufría devaluaciones constantes (En la primera mitad del Siglo XVII hubo casi sesenta devaluaciones). No cuesta imaginarse a los mercaderes venidos de Persia, India, Afganistán, China o Turquía, necesitando hacerse con nuevas divisas para funcionar económicamente a lo largo de su viaje. No cabe duda, entonces, que este trabajo fuese esencial en este enorme y complejo entramado comercial. La cuestión es que ahora no es un lugar que se utilice para ello (en Uzbekistán son todos cambistas) sino que las tiendas se han aprovechado para vender vestidos, sombreros típicos, cuadros y toda clase de objetos de artesanía.

Además está entre varios caravansares que, si uno no se fija, pasan desapercibidos.

+ TAQI ZARGARON (Tok-i-Zargaron): Su significado es “Zoco de los joyeros” porque aquí durante siglos se mercadeó con oro, plata y piedras preciosas o semipreciosas. De algunas de las tiendas de este bazar cubierto salieron las joyas más trabajadas que después llegaron a formar parte de los tesoros de aristócratas, gobernantes, monarcas y princesas de cuento. El exotismo de un collar de gemas perfectamente labrado por los de los artesanos más avezados despertó la llegada de sacos de monedas de plata y oro de diferentes lugares del mundo.

Es el zoco más próximo a Poi Kalon y, al igual que los demás, es un popurrí de compra-venta de artesanía en general. Su mar de cúpulas es el perfecto acompañante de una ciudad que está hecha a su medida. Sin duda, una joya bujarí por fuera… y por dentro, en la que se pasea el espíritu de la ruta de la seda.

+ TAQI TELPAK FURUSHON (Tok-i-Telpak): El célebre zoco de los tejedores de alfombras fue un lugar al que recurrimos habitualmente para hacer algunas compras. A mitad de camino entre Sarrafon y Zargaron este cruce de caminos a cubierto va más allá de las alfombras. Porque incluso tiene sitio para la tumba de un hombre santo bajo la oscuridad de una cúpula, lo que nos hace pensar en lo que se decía de que había más santidad bajo la tierra de Bukhara que por encima de ella.

CONSEJO SOBRE LA COMPRA DE ARTESANÍA Y RECUERDOS EN UZBEKISTÁN:

La de las compras es una parte que muchos viajeros consideran importante. Llevarse un recuerdo puede ser una de las pocas maneras que hay de tener un pedacito de ese rincón que te ha maravillado. Para mí el súmmum son las fotografías, pero siempre me gusta traerme algo especial que baste con mirarlo para viajar de nuevo allí, aunque sea con la mente. Por ello me gustaría comentar, a propósito del presente relato, que en Uzbekistán el mejor lugar para las compras es Bujara, sin ninguna discusión. Hay más variedad, más calidad en los artículos confeccionados por los artistas y mejores precios si lo comparamos, por ejemplo con Samarkanda. En Khiva también hay mucho que llevarse, pero de menor calidad, salvo el caso del que esté interesado en llevarse las simpatiquísimas marionetas que venden en algunas tiendas con especial encanto (ver artículo La magia de una humilde tienda de marionetas en Khiva), que son las mejores en todo el país.

En nuestro caso, de Bukhara recayó uno de esos “tesoros” que tenemos encima de la mesa del salón con las mejores galas. Se trata de un ajedrez con motivos de la Ruta de la Seda dibujados con suma delicadeza en la madera y modelados en las piezas. Con él tuvimos un amor a primera vista y tras un leve regateo (en Uzbekistán se regatea pero los vendedores son más obstinados que en otros sitios) nos hicimos con él para nuestra fortuna.

Así que ese es mi consejo: Las mejores compras de Uzbekistán se hacen en Bujara.

EL SECRETO DE BUKHARA ESTÁ EN LOS LUGARES Y EN…

Hemos visto entre el primer relato de Bukhara y éste los lugares que uno no puede perderse en un viaje a la Ciudad Santa. Aunque son muchos más los que forman parte de su casco histórico, sobre todo, y los alrededores. Pero esos conviene descubrirlos tras callejear o preguntarle a la gente. Hay madrasas y mezquitas para cada día del año, como dicen algunos escritos, y es algo que es tan cierto como que Bukhara suele convertirse en la favorita de los viajeros que recorren el país.

Pero como suele ocurrir siempre, lo mejor muchas veces está en la gente, en la sonrisa de personas amabilísimas que componen una escena urbana y, sin las cuales, la ciudad no sería lo mismo. De tanto que caminamos por Bujara terminamos haciéndonos algunos amigos y sintiéndonos invitados de honor a su improvisada fiesta.

Está claro que hay una Bujara distinta para cada viajero. La que acabáis de ver es la mía…

Sele

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PD: ¿Aún no has leído la primera parte de este relato Bukhara: La Belleza del Espíritu I? En él conocemos mejor la Historia de la ciudad y el Complejo Poi Kalon.

PD2: Recuerda que la ruta que hicimos en Uzbekistán, los alojamientos, transportes, consejos y el índice de los relatos/artículos que tengan que ver con este viaje lo podrás consultar en:

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7 comentarios en “Bukhara: La belleza del espíritu II

  1. Qué interesante! Y la fortaleza de Ark, impresionante… Siempre he querido hacer la ruta de la seda. Desde que ponían en la tele “El tiempo es Oro” y hubo un concursante que la eligió como tema. Consiguió engancharme a este recorrido. Espero poder seguir sus pasos y los vuestros algún día!

  2. Nos estás descubriendo un país muy interesante, que al menos yo, desconocía la riqueza que tenía.

    Un saludo.

  3. No cabe duda que es un lugar especial, aunque en estas horas en las que me he puesto a leer, me quedo con ese pedazo de pincho, que buena pinta tiene jajaja

    Precioso el ajedrez que comprasteis, nosotros vimos algunos similares en Moscú, pero al final nos pudo la racanería, quizás en otra ocasión 😀

    Esa camiseta del Madrid paseando al mejor club del mundo por todos sitios que no falte xDDD

    Esta tarde cuando tenga un rato veré el documental sobre Jordania que le tengo ganas.

    Un abrazo Sele!!!

  4. Amigos,

    Para añadir al magnífico blog de Sele:

    1. Delante justo de Ark podeis encontrar la mezquita de Bolo-Hauz (vi una foto en la revista Altaïr sobre Samarcanda, pág.60, super recomendable, y no paré hasta encontrar el lugar). Nos gustó mucho, impresionante, una columnas de madera trabajadas altísimas y un techo precioso y muy bien conservado.

    2. Totalmente de acuerdo con Sele, en Bujara podeis hacer las mejores compras. Reconozco que a mi me encanta comprar, me gusta el regateo y disfruto “hablando” con los comerciantes… soy fenícia. Es uno de los mejores momentos del viaje. A lo que iba, en Bujara podeis comprar pintura de miniaturas de libros, son preciosos. Yo me gasté la pasta con unas miniaturas en papier maché preciosas, también se pueden comprar sobre seda o sobre algodón. Hay muchos puestecillos en el bazar, pero especialment hay una galería que regenta el propio miniaturista y su mujer que es, también, muy bueno. Otra cosa que me gustó fueron los “suzanes”, telas de seda o algodón bordadas a mano con hilos de seda o de algodón. Hay muchas calidades y precios, todos son muy bonitos. Yo opté por la miniatura en papier maché, y el presupuesto no daba para más. Pero es también un gran recuerdo. Por cierto en Margilon, en el valle de Fergana, en la fábrica de seda dos jovencitas enseñan como lo hacen, unas niñas encantadoras.

    Un abrazo.

    Fina

    Si quereis alguna información más, aquí estoy.

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