Atardecer y canción de cuna en el Serengueti
Cada vez que me propongo profundizar en las vastas sabanas del Serengueti, ante un ejército de acacias quebrantando toda monotonía en un paisaje de llanura que algunos tenemos cartografiado en nuestra cabeza, incluso mucho antes de haber puesto los pies en África, no puedo evitar susurrar las notas geniales de un tal Hans Zimmer mientras el vehículo avanza sobre las pistas y rodadas de arena roja que atraviesan este parque de Tanzania. El cielo más imponente que jamás hayan visto mis ojos, como si el horizonte le perteneciera por derecho, juega a tientas con una luminosidad que lo pintarrajea todo sus anchas sin miedo a las consecuencias. Sobre todo, cuando las últimas horas del día se aproximan al final de su propia cuenta atrás. Los animales, en concreto los herbívoros, ven aumentar sus palpitaciones de un modo directamente proporcional al descenso de un sol agrandándose en majestad a medida acaricia con su presencia las copas de los árboles. Las paredes invisibles encargadas de envolver todo a su alrededor de un naranja extremo, vaticinan una noche extremadamente larga donde los ojos brillantes de los depredadores vuelven a encenderse como luciérnagas sobre una ventajosa oscuridad. Es entonces, ante el inminente ocaso, cuando todo acontece sin que apenas nos demos cuenta.

Mientras nos sentimos arropados por la fina protección de una lona cerrada con cremallera en un tented-camp cualquiera en medio del parque, la vida se abre paso ahí fuera a base de sonidos nocturnos que pretendemos interpretar con mayor o menor acierto mientras osamos a quedarnos dormidos. La naturaleza, tras un memorable atardecer, ha vuelto a poner todas las cartas en su sitio para el único juego posible en esos momentos para todos los seres que pululan al otro lado, consistente exclusivamente en sobrevivir una noche más ante un caos regulado por mil y un instintos naturales.
La luz del Serengueti siempre se cerciora de imprimir de colores vívidos a todo lo que le rodea, incluso hasta el punto de saturar la imagen como si fuese su propio filtro de Instagram. Pero esa belleza es, en definitiva, una trampa para vestir de poesía una jornada que no acaba precisamente cuando los visitantes de la gran llanura abandonan los senderos de polvo y baches. Todo empieza realmente con la caída inevitable y a plomo del sol, momento donde la banda sonora pasa por un galopar de cebras y ñus ante un pulular travieso de hienas que abandonaron sus madrigueras con carcajadas torticeras para incomodar lo máximo posible. Amenazas crepusculares donde se llaman las unas a las otras para estar atentas ante una posible emboscada porque, aunque sean célebres carroñeras, también saben cazar en grupo una disposición táctica encomiable y una gran dosis de inteligencia.

Me imagino con escalofríos el temblor corporal de una gacela Thomson a esas horas, cuando los leones inician sus llamados para marcar territorio desgañitándose con un vibrato inquietante dejándose oír varios kilómetros a la redonda. No pocas veces, cuando se está en Serengueti, en el vecino Masái Mara, en Zambia o en la lejana Botswana… las graves voces de leones marcan una estremecedora, y a su vez, hermosa coreografía sonora acompañada por el barrito de los elefantes, las señales acústicas de las hienas, el rugido de un leopardo subido a un árbol y un orfeón de aves nocturnas anulando por completo el silencio. Para quienes ejercemos en este caso de meros oyentes, resulta tan reconfortante que justifica por sí solo un viaje a esa África salvaje dominada bajo los dictados de un entorno único.

Aquello me recuerda a una nana, a una de esas canciones de cuna con las que, de pequeños, nos dejábamos llevar por el sueño más profundo. Pero la emoción es otra, no se puede explicar con palabras. Porque uno es consciente de que justo al otro lado, a escasos metros de la habitación, el Serengueti desempeña su papel protagonista en un nuevo documental imaginario bajo la voz centenaria y siempre sabia de Sir David Attenborough donde unos persiguen mientras otros son perseguidos.

Esas largas noches en la sabana me suelo a levantar y miro al otro lado de la red esperando que la linterna tenga a bien devolverme la lumbre de unos ojos felinos tan intensos como penetrantes. Me cuesta esperar a que el sol de la mañana, aún sin capacidad de calentar nada a su alrededor, vierta sus colores en uno de los principales santuarios de la vida salvaje en el Planeta Tierra. Siento que mirar a la naturaleza directamente a los ojos puede ser una de las cosas más reconfortantes que experimentar dentro de un viaje. Y, para eso, sin lugar a dudas, el Serengueti, así como buena parte de Tanzania, resultan infalibles.

En los próximos meses regresaré a los rincones más maravillosos de este continente. Son muchos los viajes de autor los que tengo entre manos. Pero África siempre en la cabeza.
“Después de meses en el Serengueti, uno empieza a sentir que la llanura no tiene fin, que el espacio y el tiempo se fusionan en una sola existencia”. George Schaller.
Sele
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