¿Cómo conectarse a internet en China esquivando la censura?

China probablemente se trate del país con más gente conectada a la red de todo el planeta. Pero existe un nivel de censura tan elevado que, cuando uno viaja a China y trata de conectarse a internet se da cuenta de que no son accesibles redes sociales como Facebook, Twitter, Instagram, que resulta imposible acceder a los vídeos de Youtube, hacer búsquedas en Google, entrar a tu correo de gmail o hotmail, leer buena parte de los medios de comunicación internacionales o whatsappear con la familia. El conocido como «Gran cortafuegos» fulmina todas las webs o aplicaciones no consideradas como afines al gobierno chino. Se permite un acceso a contenidos limitado que debe sobrepasar un filtro cada vez más estrecho. Pero, afortunadamente, existen maneras diversas de conectarse a internet en China esquivando la censura. Y algunas ciertamente novedosas que permiten a quienes visitan el país poder evitar los bloqueos y, además, contar con datos suficientes para todo el viaje.

Pescador en China (¿Cómo conectarse a internet en China y saltarse la censura?)

¿Cómo saltarse la censura en internet cuando se viaja a China? ¿Cómo dar esquinazo al gran cortafuegos y poder conectarse libremente con el móvil, el ordenador o la tablet? Aquí van una serie de soluciones específicas para lograrlo de manera rápida y sencilla.  Leer artículo completo ➜

Por las tierras rojas de Dongchuan, la paleta perdida de Dios

Érase un lugar de tintes tan remotos que podríamos decir sin equivocarnos que forma parte de esa China profunda y desconocida que no aparece tan siquiera en las guías de viaje. Al sur del país, dentro de la provincia multiétnica de Yunnan y en un límite casi invisible con Sichuan, se encuadra un curioso y onírico paisaje rural definido por campos de cultivo y diminutas aldeas al que muchos se refieren con el nombre metafórico de «la paleta perdida de Dios», puesto que allí andan esparcidos los colores del arco iris en colinas, laderas y bancales. En las denominadas Tierras Rojas de Dongchuan, con un suelo agreste de componentes ferruginosos, conviven juntas, pero no revueltas, las predominantes tonalidades rojizas con otras verdes, naranjas o amarillas. Todo ello en un marco de silencio, bancos de niebla y el paso a cámara lenta de un carro tirado por bueyes en un escenario que se maneja en otros tiempos.

Tierras rojas de Donchuan (Yunnan, China)

Durante varios días me dejé llevar por la inercia de mi cámara de fotos y mis primeras lecciones de chino mandarín para disfrutar sin prisa pero sin pausa de las Tierras Rojas de Dongchuan, uno de los paisajes más inverosímiles a los que he asistido en toda mi vida.  Leer artículo completo ➜

Postales del Tíbet (selección de instantes inspiradores)

Siempre he creído que en el Tíbet las imágenes que reflejan cada instante son de una intensidad brutal. Diría incluso que inusual. Quizás India y puede que algunos rincones del África subsahariana puedan llegar a poseer semejante fuerza visual. Pero no mayor. Desde que puse mis pies en Lhasa reconozco que me fue imposible dar abasto con tal cantidad de escenas potencialmente retratables. La mirada, así como las intenciones, se empeñaban en volar por todos los ángulos posibles entre las miles de composiciones que aparecían y desaparecían en una décima de segundo. El bermejo de la túnica de un monje budista titilando sobre un mar de banderas de oración de cinco colores. Mientras tanto una manada de yaks se pierde al otro lado de unas montañas entreteniéndose solas para a cambiar de tono entre la aridez y la nieve más resplandeciente. En otro lado un devoto de sombrero ancho y rostro ajado mueve sin cesar su rueda de plegaria pronunciando de un modo casi inaudible una retahíla de mantras antiquísimos. Eso es el Tíbet.

Monjes de la secta gelugpa

Me he puesto a recordar los mejores momentos vividos durante el viaje al Tíbet y me he perdido entre algunas imágenes. Si me lo permitís, voy a colocarlas sobre la mesa, sin más orden que el de la casualidad, para regresar nuevamente al antiguo reino que se esconde (y sobrevive como puede) tras los Himalayas.  Leer artículo completo ➜

Maravillas que ver en Xi’an, el extremo oriental de la Ruta de la seda

Mucho antes del descubrimiento de los guerreros de terracota allá por 1974 la ciudad de Xi’an estaba entre uno de los destinos más excepcionales de China (y diría que de Asia). Y eso que hablamos del que probablemente se trate del hallazgo arqueológico más importante del siglo XX. Pero, aún sin la presencia del vasto ejército desenterrado en las proximidades del mausoleo todavía inexplorado del Emperador Qin Shi Huang, sabíamos de la vieja Xi’an que durante siglos fue capital del Imperio Chino y el extremo oriental de la Ruta de la Seda. La última (o la primera según se mire) de un recorrido que unió el Lejano Oriente con Asia Central y Europa, tal como nos contó Marco Polo en su libro de las maravillas. Destino de caravanas y mercaderes venidos de remotos confines y que comerciaban con gemas, marfil, especias y, por supuesto, la seda que se elaboraba en China desde hacía miles de años. Ya entonces tenía la ciudad más habitantes que sumando las principales capitales europeas. Hoy Xi’an se trata, de largo, de un viaje estupendo para ir en busca de los prodigios de su rico pasado y la multiculturalidad tanto dentro como fuera de su extensa muralla.

Guerreros de terracota. Uno de los imprescindibles que ver en Xi'an (China)

He tenido la suerte de viajar a Xi’an en dos ocasiones bastante separadas en el tiempo en las cuales he tenido tiempo de perderme en su barrio musulmán, probar los mejores dumplings a este lado de China, ir en bicicleta por su muralla antigua, rendirme ante sus pagodas milenarias y, por supuesto, admirar  la grandiosidad de los guerreros de terracota. De ahí que me gustaría compartir a continuación todos esos lugares tan maravillosos como imprescindibles que ver en Xi’an y así poder regresar, aunque sea a través de las palabras y las imágenes, a un emplazamiento esencial para comprender el mundo.  Leer artículo completo ➜

Ruta por tierra entre Shanghái y Lhasa: El largo camino al Tíbet

“Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca, pide que tu camino sea largo, rico en experiencias, en conocimiento». Esta frase del memorable poema de Cavafis, aplicable tanto a los viajes como a muchas de las facetas de nuestra vida, procuro llevarla conmigo a todas partes. Siempre he pensado que la meta está lo lejos que tú quieras que esté y que, en muchas ocasiones, para saborearla aún más hay que detenerse lo que sea necesario y aprender de la senda o sendas que te lleven a ella. El largo camino al Tíbet lo inicié realmente muchos años antes de poner los pies en Lhasa. Primero a través de la literatura, después dando pasos con la imaginación y dejándome llevar por los pormenores del viejo Reino de los Himalayas de los que me iba empapando. Después, tras varias andaduras por China fui casi tocándolo con la yema de los dedos (como en Shangri-La, en el pequeño Tíbet de Yunnan). Y en la vez que por fin emprendí el viaje definitivo, traté de que el recorrido también fuese lento, que el Palacio de Potala se hiciese esperar. Dar un salto no era opción. De ahí que la llegada al Tíbet desde Shanghái vino precedida de diversas vivencias dignas de recordar.

Templo de la Fortuna en las Montañas Cangyan (Hebei, China), parte de nuestra ruta por tierra entre Shanghai (China) y Lhasa (Tíbet)

En la ruta por tierra entre Shanghái y Lhasa se sucedieron rascacielos futuristas, una noche en un monasterio zen, una villa medieval de piedra y un templo sostenido por un puente. Así como un ejército con miles de guerreros de terracota, un mar de interior sagrado en Qinghai, un monasterio gelugpa que no dejaba de recibir a devotos peregrinos arrastrándose literalmente por el suelo y un tren al que dicen de las nubes con el que atravesar la meseta tibetana. Todo antes de acariciar el Palacio de Potala, la Ítaca de mis sueños.  Leer artículo completo ➜

El instante viajero XXI: La sonrisa del Tíbet

Tibetano haciendo la kora alrededor del Jokhang en Lhasa (Tíbet)

Apenas llevábamos unas horas en Lhasa y estábamos literalmente enganchados a la capital del Tíbet. Por la mañana, bastante temprano, acudimos al templo Jokhang, considerado por los tibetanos como el más sagrado. El humo del incienso perfumaba un ambiente diferente al que no lograba enrarecer ni tan siquiera la gran presencia policial que habíamos visto en los alrededores. Pero lo que resultaba impactante era, sobre todo, el color de la fe de quienes hacían la kora alrededor de este edificio religioso, es decir, rodeaban caminando o incluso arrastrándose por el suelo el mismo una y otra vez en sentido de las agujas del reloj y rezando como si en ello les fuera la vida. Pronto comprendimos que en realidad así lo era. La fe de los tibetanos es la fuerza que les ayuda a resistir, a no doblarse ante la adversidad. No sólo se trata de budismo, sino de una forma de levantarse por la mañana y mirarle a la vida a la cara. En realidad cuentan con la herramienta capaz de desenredar cualquier contratiempo, de desarmar al mayor ejército y colorear cualquier página en blanco y negro. Me refiero a la sonrisa. Y no puedo evitar recordar el gesto maravilloso de un peregrino que nos encontramos cuando estábamos a punto de entrar al Jokhang. Su rostro contagiaba el corazón del emblemático barrio tibetano de Barkhor de inocencia, pureza, amabilidad y, por qué no decirlo, felicidad. Veo imposible obtener un mejor recibimiento que aquel para quienes poníamos nuestros pies en Lhasa por primera vez. El retrato de este personaje anónimo fue la carta de invitación que necesitábamos para sentir que, de forma inevitable, siempre seguiríamos viajando por el mundo pero jamás nos marcharíamos del todo de ese lugar llamado TíbetLeer artículo completo ➜

60 consejos prácticos para viajar al Tíbet

¿Qué significa viajar al Tíbet? Son demasiadas cosas en realidad. Caminar por un reino atávico y remoto con los Himalayas como barrera natural, hacer una kora alrededor de un lugar sagrado en compañía de gente apasionada y maravillosa que vive por y para su espiritualidad, asomarse por la ventanilla del tren hacia una llanura salpicada de cientos de yaks y aceptar junto al templo un té con mantequilla de estas vacas peludas aunque tenga el sabor más horrible del mundo. Realizar un viaje al Tíbet representa la posibilidad inequívoca de marcar un antes y un después en tu cuaderno de bitácora vital, como si contemplar las paredes níveas del Monte Everest, ascender por las escaleras del Potala o ver volar miles de banderas de oración de colores junto a un glaciar o un lago salado se convirtiese por un instante en lo único que te importa.

Consejos para viajar al Tíbet

Tras regresar de un sensacional viaje a Tíbet entrando en el tren de las nubes he preparado un escrito de carácter práctico con una recopilación de información que pueda resultar útil a los viajeros y viajeras que tengan interés en embarcarse en una aventura de este tipo. Por medio de anotaciones realizadas durante una intensa y emocionante experiencia en el techo del mundo nace esta lista documentada que agrupa nada menos que 60 consejos para viajar al Tíbet con los que ayudar a poner las bases para cumplir el sueño de toda una vida. Leer artículo completo ➜

Los mejores momentos de un viaje al Tíbet

Tíbet. Una tierra llena de secretos, de tesoros milenarios, de certezas de fe e incertidumbres mundanas. El lugar en el que el budismo depositó su trono sagrado a los pies de la cordillera del Himalaya. Donde el Everest mira siempre al norte y una cantidad inasumible de santuarios y monasterios mueven los hilos invisibles del presente, el pasado y el futuro de un pueblo religioso como pocos y que no deja de dar vueltas como una de las muchas ruedas de oración que despliegan mantras con tan sólo tocarlas con la mano. Tíbet no sólo es un lugar, es un estado mental, una manera honesta de mirar a la vida, de hacerle cosquillas al cielo más azul que uno pueda imaginarse, de escarbar a su vez en los infiernos terrenales y toparse con unas dosis de dignidad y pundonor envueltas para regalo en las sonrisas más sinceras.

Sele en Shighatse, un imprescindible a la hora de viajar al Tíbet

En mi última aventura en el Tíbet aprendí aliviado que mientras su gente conserve la fe, se mantendrán los preceptos y cimientos de este reino entre montañas, tiempo atrás impenetrable y desconocido. Hacer un viaje al Tíbet me ha llevado a recopilar una serie de experiencias increíbles y a tratar de asimilar una interminable sinfonía de escenas y escenarios con la lenta digestión que la mantequilla de yak es capaz de permitir en estos casos.  Leer artículo completo ➜

Rumbo al Tíbet: Arranca una gran aventura

Hay viajes que no necesitan adorno ni gala alguna para su descripción. En ocasiones basta una sola palabra para narrar una declaración de intenciones e inspirar admiración. Decir TÍBET representa volar muy alto, concretamente al techo del mundo, y recorrer con la mente un paisaje de montañas colosales, llanuras con yaks pastando amparados por su lanudo pelaje así como con inmensos monasterios budistas refugiados en el eco que provoca un viejo dungchen, la clásica trompeta que utilizan los monjes para sus ceremoniales religiosos. Espiritualidad, historias perdidas y otras más cercanas y esa ensoñación permanente que quienes aman los viajes y la aventura guardan bajo llave como un auténtico tesoro. En efecto, hasta para este tipo de cosas existen palabras mayores que infunden respeto. Y el nombre de Tíbet, no cabe duda, que entra perfectamente en esta categoría.

Monasterio de Songzanlin (Tíbet de Yunnan)

Una idea, recorrer el Tíbet entrando por tierra tras un largo viaje desde Shanghai. Una aventura con una previa magnífica y digna para todo lo que llegará después. Y muchos objetivos, como mirar a la cara al Everest desde su campo base y comprender (más que visitar) la idiosincrasia tibetana a través de sus templos, sus pueblos y su gente.  Leer artículo completo ➜

Paisajes de Yunnan

En el país al sur de las nubes, que es lo que significa precisamente Yunnan, habita una colección de paisajes memorables. Esta provincia de la China suroccidental resulta tan variopinta que se pierde en los reflejos de ondulados arrozales para después alzar el vuelo sobre gigantestas y nevadas montañas que dan forma a una pequeña porción de Tibet. Entre medias el mítico río Yangtzé hace de las suyas en meandros y cañones superlativos, los bosques se convierten en laberintos de piedra y las tierras cultivadas mezclan tal cantidad de colores que hay quien dice que Dios perdió allí la paleta con la que pintó el mundo.

Sele en los arrozales de Yuanyang (Yunnan, China)

Yunnan es poseedora de un collage de paisajes espléndidos que varían casi a cada kilómetro. Pedacitos del Sudeste Asiático y de las estribaciones de los Himalayas, espiral blanca del dragón de jade al que adora este pueblo de pueblos. Bienvenidos a Yunnan, la atalaya de esa China profunda con la que tantos hemos soñado alguna vez.  Leer artículo completo ➜

10 razones para viajar a Yunnan (China)

Érase un lugar al sur de las nubes. Érase esa China profunda cuyos paisajes se esparcen en los contrastes que nos hacen confundir picos nevados con terrazas de arroz. De pronto, la lejana silueta de una caravana de caballos, que desconozco si vemos o imaginamos,  se pierde en los rudos desfiladeros del río Yangtzé. Viene de un rincón remoto donde los caminos son angostos y las voces que hablan lenguas diferentes rezan también a dioses que no son los mismos. Paredes blancas, puentes que son dragones, pagodas que apuntalan cielos llenos de pureza, grandes ventanas de colores, túnicas bermejas de monjes con los pies descalzos y mujeres cargando sobre los hombros la idiosincrasia de la región más hermosa y sorprendente se mece en territorio chino. Érase un lugar al que todos vienen a llamar Yunnan y en el que un día encontré el rumbo.

Estanque del dragón negro en Lijiang (Yunnan, China)

No soy tibio a la hora de decir que estos senderos representan esa idea que tenía de China y que creía se había perdido para siempre. Lo tengo muy claro, existen muchas (y poderosas) razones para viajar a Yunnan y que justifican la fe que muchos aún le profesamos al Lejano Oriente.  Leer artículo completo ➜