Guía práctica del viaje a Irán III: Medios de transporte

Moverse en Irán es mucho más fácil de lo que nos podamos imaginar. El país posee una red de carreteras completa y en buen estado para recorrer en coche o en autobús, numerosos destinos comunicados por el ferrocarril y unos billetes de avión a unos precios irrisorios en cuanto a trayectos nacionales. Pero, sobre todo, Irán es un destino que se presta mucho a la improvisación, a poder escoger entre distintos medios de transporte sin antelación con el «sobre la marcha» por bandera, algo que agradecemos bastante los viajeros que nos nos gusta planificar en exceso en los viajes.

Carretera de los Kaluts

En esta tercera parte de la Guía práctica del viaje a Irán (La primera trata sobre el recorrido de tres semanas por el país y la segunda sobre los hoteles en los que estuvimos) trataré de explicar distintas soluciones de transporte, cómo fuimos de un sitio a otro y cuánto pagamos por ello, así como consejos útiles para moverse por el país. Leer artículo completo ➜

Guía práctica del viaje a Irán II: El alojamiento en el país

Tras una primera parte de la Guía del viaje a Irán en la que viene reflejada tanto la ruta como los mejores momentos vividos en la vieja Persia, esta vez pretendo centrarme en otra información más práctica aún si cabe. Ya tenemos claro un recorrido de tres semanas por el país del Medio Oriente, pero es momento de compartir datos concretos en torno al alojamiento. A continuación iré desgranando poco a poco todos los hoteles en los que estuvimos y ofrecer algunos consejos en torno a si es recomendable reservar previamente, si se puede regatear los precios oficiales o qué lugares debemos evitar en la medida de lo posible.

Foto caravasar

Irán cuenta con unas infraestructuras turísticas sorprendentes y, aunque tengo la convicción de que la improvisación es la mejor aliada en un viaje de este tipo, no está de más que os cuente dónde dormir en Irán, trucos a la hora de hospedarse y no morir en el intento, así como los precios con los que nos encontramos en todo momento. Leer artículo completo ➜

Guía práctica del viaje a Irán I: Ruta y momentos únicos

Un intenso aroma a incienso y azafrán se cuela entre las rendijas de azulejo de una de esas mezquitas anónimas coronadas por una cúpula más azul que el mismo cielo. Mientras tanto languidece un canto desde el minarete para recorrer cada una de las callejuelas de barro hasta el bazar y perderse en el bullicio. Nos encontramos en Irán y pensamos en voz alta que en el mundo aún quedan lugares auténticos de los que jamás se regresa. Esto es lo que me ha sucedido con el hechizo que se ha venido conmigo de la antigua Persia, uno de los destinos que llevaba soñando toda la vida y que he tenido la suerte de conocer después de tres semanas viajando por este país del Medio Oriente. Suspiros de Bam, ejércitos de piedra surcando Persépolis, ciudades de las mil y una noches como Isfahán o Yazd, santuarios históricos (e hipnóticos) que siguen vivos en Mashhad, Qom o Shiraz, y desiertos fabulosos y, a la vez, desconocidos como los Kaluts en el sudeste. Sin olvidar, por supuesto, que la la gente es el secreto mejor guardado de todos porque la hospitalidad es la definición más pura de los persas que conozco. De todo esto sale un extraordinario viaje a Irán que busca huir de los prejuicios para mostrarse tal y como es.

Cúpula de Mahan (Irán)

He preparado una breve Guía práctica del viaje a Irán para que pueda serle de utilidad a otros viajeros que quieran profundizar en el país. En la primera parte podréis leer  sobre recorrido y mejores momentos para ir tomando nota de qué hay que ver y hacer en Irán, lo que no hay que perderse por nada del mundo en tierras persas. Me gustaría que nos acercásemos juntos a desvelar los entresijos de una aventura a la que siempre había aspirado y terminó convirtiéndose en realidad… Leer artículo completo ➜

Última carta desde el Eje del bien

Cuando estéis leyendo esta carta estaré de nuevo en casa. Un largísimo regreso marcó una interminable despedida a ese país llamado Irán con el que tantas veces había soñado y, estoy convencido, seguiré haciendo a partir de ahora. Aunque es cierto que los aeropuertos no son precisamente dependencias monacales en los que escribir de forma relajada, me gustaría desde uno o varios de ellos, dedicar esta última carta a un viaje inigualable, a una gente maravillosa.

Panorámica desde Kharanaq (Irán)

¿Qué decir de Persia? ¿Qué decir de esta aventura de veintiún días en el Eje del bien? Leer artículo completo ➜

Postales de los Kaluts, el Marte iraní

Kaluts

De nuevo la capacidad de sorprenderse vuelve a ser superada por un nuevo escenario. Durante un par de días hemos profundizado en el alma del Desierto de Lut, situado en el sudeste de Irán. Con un todoterreno, una tienda de campaña y dos personajes que nos recomendaron en Kerman, dimos un salto a las montañas para acercarnos a uno de los desiertos más bellos, extraños y, a la vez, desconocidos, que hemos podido ver en nuestra vida. Se trata de una zona denominada como Kaluts, que viene a significar algo así como «colinas del desierto» y que explican sólo en parte la realidad del enigma. Porque es abandonar la llanura más limpia para empezar a vislumbrar formaciones de barro que pudieran parecer castillos inacabados en los que la erosión y la naturaleza son sus únicos responsables. Leer artículo completo ➜

¡Bam sigue viva!

El delicado rostro de Bam fue desfigurado hace una década. Muchos la dieron por muerta, por finiquitada. La ciudad que siempre se acompañaba del apelativo de mítica se vino abajo con uno de los terremotos más perversos que se recuerdan en Irán y desde entonces se convirtió en lágrimas para quedarse en silencio y finalmente en el olvido fingido de quienes prefirieron agarrar la imagen de los días en que fue más bella que ninguna. Bam ya no aparece en las rutas de los viajeros, es como si hubiese desaparecido del mapa y los llegados a Kerman sueñan con otros paraísos cercanos con que recordarla. Pero eso jamás me importó. A pesar del zelzele, que es como se refieren los persas en farsi al terrible terremoto, Bam siguió siendo la de siempre en mi corazón, un objetivo vestido de expectación, un amor ciego e incomprendido. Por dentro sentía (o quería sentir) que nada había pasado, que lo ocurrido había sido un paso atrás pero no el último. Si alguna vez viajaba a Irán, nadie ni nada me iba a quitar la ilusión de ir a Bam.

Ciudadela de Bam después del terremoto

Hoy, cuando Isaac y yo hemos accedido a la fortaleza por su entrada natural, estábamos algo nerviosos. Nuestra confianza en que Bam no había muerto no era precisamente de barro, pero sí teníamos miedo a que se desmoronara. Suerte que nuestros primeros pasos en solitario (porque allí no había absolutamente nadie) nos hicieron confirmar lo que nuestro corazón nunca dudó, que Bam seguía viva. Leer artículo completo ➜

Como dos gatos persas sobre los tejados de Yazd

Durante este viaje me he dado cuenta que nos gusta buscar la manera de subir a los tejados de Irán para encontrar un perfil diferente y jugar con las alturas como hacen los gatos. Diría que es casi una obsesión. Como un clavo ardiendo nos agarramos a la silueta de azoteas y cúpulas para ver cómo la ciudad se paraliza en el horizonte. Ha habido varias veces en las que nos hemos colado en hoteles o hemos buscando puertas abiertas en las paredes laterales de los zocos abovedados. Pero la de Yazd con la llamada a la oración proveniente de las mezquitas retumbando en todas partes fue la mejor de todas. Una escalera nos llevó a un mar de cúpulas y las célebres torres del viento (que atraen el aire desde los distintos puntos cardinales para refrigerar las casas en una ciudad calurosa como pocas) con el cielo enrojeciendo como si se hubiese ruborizado de los dos caminantes sobre tejados que buscaban sentir la ciudad de adobe desde la mejor posición.

Vista panorámica de Yazd

Como dos gatos persas alcanzamos el cielo de Yazd para ser los reyes de los tejados que apuntalan un laberinto que entusiasmó al mismísimo Marco Polo en su viaje hacia China. Pura ruta de la seda y el incipiente verde islámico haciendo brillar minaretes y azulejos adheridos los unos a los otros como un puzzle inabarcable. Con el almuedín cantando por Alá y el rumor del zoco bajo nuestros pies obtuvimos otro de esos momentos en los que explotan los relojes y la rutina diaria se queda en una mera anécdota. Aquí en Irán las mil y una noches se viven todos los días y muchas veces desde un ángulo contrapicado nacido de un tejadillo en el que nadie sabe qué ocurre. Leer artículo completo ➜

Una postal del mausoleo Shāh Chérāgh de Shiraz

Hay lugares que emocionan no sólo por su monumentalidad sino por la energía que poseen. En Irán estamos encontrando numerosos rincones que nos han dado para regresar varias veces, sentarnos en una esquina y simplemente quedarnos observando cómo la vida pasa por ellos. En un país con la religiosidad tan marcada es obvio que en mezquitas y madrasas suntuosamente decoradas hallemos esas dosis tan cargadas de fervor pero a la vez de paz y normalidad. Basta con acercarse, no temer abrir las puertas y entrar a conocer lo diferente, la manera que tienen los pueblos de vivir sus creencias. En Shiraz, antigua capital persa, fuimos atraídos como un imán (y lo digo por el sentido más magnético de la palabra) al mausoleo que contiene las tumbas de dos hijos de Mūsā al-Kādhim, séptimo imán de los musulmanes chiíes (esta vez el sentido de la palabra deja de ser metálico para volverse puramente religioso). Es allí donde obtuvimos otro de esos momentos congelados que nos llevó varias horas obtener.

Mausoleo Shah-e-Cheragh (Shiraz, Irán)

Y es que en lugares como este de Shiraz el alma se encoje con el colorido de los azulejos, las curvas de las cúpulas, esas estalactitas de piedra llamadas mucarnas desprendiéndose de las puertas y, sobre todo, con la devoción religiosa de la gente. Aunque es cierto que en el interior no pueden entrar los «no musulmanes», no hemos tenido ningún problema en hacerlo sino que, todo lo contrario, nos han permitido conocer esta maravilla en todo su esplendor sabiendo que éramos extranjeros. Tan especial nos pareció el mausoleo que regresamos durante la noche del viernes para ver cómo había multitud de familias disfrutando su fiesta sin dejar de sonreir. La espiritualidad la viven todos juntos y, aunque me sigue costando ver los chadors cubriendo de una oscuridad fantasmal la piel de muchas mujeres, no puedo hacer más contemplar en silencio una tradición que espero cambie algún día en favor de una mayor libertad en Irán. En un país con una gente tan maravillosa y hospitalaria lo contrario sería una necedad. Cuando se capta la calidez sincera de los persas es imposible no querer lo mejor para ellos y no prendarse de una tierra que hace de un viaje el mejor espectáculo del mundo. Leer artículo completo ➜

Postal de equipo desde la Plaza del Imán de Isfahán

La última postal que pude publicar pertenecía a una de las cúpulas más destacadas de la Plaza de Naqsh-e Jahan de esa ciudad maravillosa llamada Isfahán. Para hoy me gustaría destacar una foto de equipo en dicha plaza, con la preciosa Mezquita del Shah al fondo. Y hablo de equipo porque tanto Isaac como yo estamos funcionando como tal durante este viaje. Aunque parece complicado encontrar personas con las que estar perfectamente compenetrados para viajar este es el caso en el que todas las condiciones se cumplen a la perfección. Da gusto estar compartiendo esta experiencia con un amigo como Isaac y haber logrado juntos distintos momentos en Irán que jamás olvidaremos. Imágenes congeladas en el tiempo solemos decir…

Isaac y yo en la Plaza del Imam de Isfahán

Ahora ya desde Shiraz, que hemos empezado a descubrir tras un largo viaje de noche en bus, volvemos a encontrar tesoros en cofres sin oro pero con enormes cantidades de realidad y pureza. Persépolis está cada vez más cerca y muy pronto tomaremos la máquina del tiempo para viajar hasta ella. Mientras tanto a través de esta foto de equipo con un fondo inconmensurable os mando un fuerte abrazo y os emplazo a próximas instantáneas.

Sele

PD: El amigo Isaac sigue colgando cosas en Chavetas. No os perdáis Persia: La aventura en ruta.

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Una postal furtiva desde un minarete de Isfahán

Cúpula de Isfahán

Encuentro en Isfahán una mezcla entre Samarkanda y Bukhara con una buena dosis de gente amable, tradicionalidad y poemas persas que hablan de mercaderes partiendo a tierras lejanas con relojes de arena en las alforjas. La Plaza de Naqsh-e Jahan es un buen compendio del arte y el saber estar persa en algo más de 500 metros de longitud. Los safávidas la convirtieron en lo que se llamó «la mitad del mundo» y, como tal, sólo podía contar con un preciosismo inigualable e incalculable. Un ejemplo de este prodigio es la Mezquita del Shah, que eleva el arte islámico hasta las más altas cotas. Con sus cuatro minaretes y la profusión de puertas y salones muestra la meticulosidad a la que el ser humano podía llegar con sus manos. Precisamente a uno de estos minaretes hemos logrado ascender hoy tras unas cuantas conversaciones con un amigo que conocimos en el zoco y el respectivo soborno a un guardia de seguridad de la que probablemente sea la mezquita más famosa de Irán. Leer artículo completo ➜

Una postal de Abyaneh, corazón de adobe en el Irán más rural

Las casas que se cuelgan a las faldas del Monte Karkas son la metáfora de un pequeño y encantador pueblo iraní llamado Abyaneh, que se aferra a un carácter y una tradición que no entiende de revoluciones. Allá donde las mujeres caminan con vestidos floridos que nada tienen que ver con el negro del chador, los hombres van a trabajar en burro y los dátiles se dejan secar en los tejados, uno halla un pedacito del Irán rural y amable, del Irán más auténtico.

Abyaneh

80 kilómetros separan Abyaneh de Kashan, con una carretera mareante que deja entrever distintas (y polémicas) instalaciones nucleares vigiladas por militares armados hasta los dientes que ven pasar el tiempo sobre tanquetas. Acompañados por una conductora kamikaze que parecía encontrarse más cómoda en el carril contrario que en el suyo propio, llegamos a lo alto del pueblo para recorrerlo minuciosamente y ver cómo las manecillas del reloj corrían mucho más despacio.

Un laberinto de adobe rojizo, calles sin asfaltar y grandes balcones de madera conforman la impronta de un pueblo como Abyaneh, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y que se exhibe hermosísimo desde una fortaleza de barro que parece deshacerse poco a poco. Da la impresión que el turismo no ha terminado de aterrizar de todo aquí, por lo que las cosas si cambian, lo harán muy despacio. Leer artículo completo ➜