Un verano en Groenlandia

Las noches de verano en Groenlandia invitan a ponerse el antifaz para dormir porque la luz no llega apagarse del todo en esos cielos rasos acostumbrados a la luz de las auroras boreales, las cuales empiezan a tocar las ventanas ya a finales del mes de agosto. El calor del saco sirve en estos casos para amortiguar los rigores de un frescor estival del todo insuficiente para mantener la nieve y que permite disfrutar por unas semanas de las verdes y floridas praderas junto al fiordo. Razón que explica que cuando los primeros vikingos liderados por el gran Erik el Rojo llegaron a esta parte del mundo y fundaron en el año 985 la primera colonia en la aldea de Brattahlíð (ahora llamada Qassiarsuk), denominaran Grønland (que significa país verde) a un inmenso territorio que navega entre el Atlántico y el Ártico. Aún no conocían el durísimo invierno groenlandés y vieron en el estío una buena oportunidad de iniciar una nueva vida. Quienes amamos los viajes y, sobre todo, los relacionados con la naturaleza en su faceta más salvaje, el verano es la ocasión idónea que nos permite conocer un poco mejor y transitar por ese gran planeta polar llamado Groenlandia.

Campamento Fletanes en Qaleraliq (Verano en Groenlandia)

Cada día en el sur de Groenlandia deparaba momentos extraordinarios. A la pregunta de – ¿Qué hacemos hoy? – sobrevolaban numerosas respuestas, a cada cual mejor. Como caminar con crampones en un glaciar, navegar por un fiordo repleto de icebergs, acercarnos a un grupo de renos salvajes, dejarnos llevar en un kayak o saber a qué huele la carne de foca en un mercado inuit en el que parecen estar demasiado acostumbrados a los turistas. 

Días de verano en el sur de Groenlandia

Largos son los días de verano en Groenlandia, aunque al contrario que en el norte, en el sur sí llega a oscurecer un poco, aunque nunca del todo, y durante no demasiado tiempo. Idóneo para sentirse exploradores polares y salir a cazar glaciares, icebergs o auroras boreales desde finales de agosto a primeros de septiembre en territorio indómito. Perfecto para gozar de la inmensidad en 360 grados.

Paisaje florido en Groenlandia

Uno no termina de acostumbrarse a que pase un iceberg por delante durante el desayuno. Por supuesto cuando ésto sucedía me clavaba en la ventana o salía fuera café en mano para verlo más de cerca. Cosas inusuales en tu vida diaria pero normales en el Leif Eriksson Hostel, la base de Tierras Polares en Groenlandia, con quienes hice el viaje. Se trata del único operador español con infraestructura propia en este territorio. Cosa harto difícil, creedme. Para su creador, el explorador Ramón Larramendi, fue mucho más complejo lograr algo así que hacer la circumpolar durante tres años o recorrer Antártida en trineo de viento. Pero lo consiguió, al igual que sus muchas aventuras, y gracias a él y su magnífico equipo se puede viajar a Groenlandia con el castellano como lengua vehicular. Y eso es un tesoro.

Qassiarsuk en Groenlandia

Algún que otro té me tomé con Ramón y su familia en Qassiarsuk, aunque era raro ver su cabaña ocupada y que no anduviera haciendo una caminata, visitando a algún vecino inuit o navegando con el kayak. Conversar con el tipo del que querría que a mi hijo le hablaran en la escuela, es otra de esas muchas razones por las que me animé a llevar a cabo un viaje a Groenlandia. Las demás irían sucediéndose una tras otra en unos días que todavía hoy recuerdo con especial cariño.

Ramón Larramendi en Groenlandia

Campamento glaciar «Fletanes» frente al Qaleraliq

El viaje a Groenlandia tuvo muchas partes destacadas, pero la de Qaleraliq estuvo entre las mejores. Llegamos a un apartado al que sólo se puede acceder navegando y que tenía varios domos semicirculares con literas. Justo detrás una cascada, donde no son extrañas las huellas de reno o incluso de zorro ártico. Y delante el paraíso de hielo, el frente del glaciar Qaleraliq arrojando bloques de hielo al fiordo. Su estruendo con cada crujido en la pared llegaba a escucharse a cualquier hora en el conocido como Campamento Fletanes. Un pequeño y aislado refugio bañado por la libertad que ofrecen paisajes solitarios, espectaculares, y personalmente la mejor base que se me ocurre para llevar a cabo una desconexión total (no hay cobertura ni wifi) con la que lograr conectar con el mundo y contigo mismo.

Campamento glaciar

Dormir acurrucado por la rugosidad a la vista de muro glacial o el sonido relajante de una cascada fue para mí un alivio certero con el que curar los efectos de las caminatas por el territorio que nos rodeaba. Un día por pequeños lagos en un sendero de corte estepario. Otro por el mismísimo Qaleraliq, aunque utilizando crampones con los que ser suficientemente ágil para poder surcar ese hielo que a veces se mira blanco y otras azul, el cual se pierde mucho más allá de donde llegue la mirada.

Sele caminando con crampones por el glaciar Qaleraliq (Sur de Groenlandia)

Durante el tiempo que estuve «afincado» en el Campamento Fletanes sentí mucho más lejos mi casa, pero bastante próximo el calor de los míos. El aislamiento tiene estas cosas, que reduce las distancias entre almas traspasando todos los límites posibles. Los rincones remotos del planeta no dejan de ser un viaje de proximidad al amor a las personas que solemos (o ansiamos) tener más cerca. Nada mejor que un homenaje de realidad para subir los niveles de autoestima y, por consiguiente, reafirmar lo que uno quiere y a quienes uno ama.

Crampones en el glaciar Qaleraliq (Groenlandia)

En Fletanes antes de dormir solía subirme a la montaña que había detrás para colocarme lo más cerca de la cascada y así observar el campamento y el paisaje circundante. No percibir un solo sonido que no fuera de la naturaleza suponía un soplo de energía brutal, una sonrisa antes de meterme en la cama y envolverme en el saco.

Sele en Qaleraliq (Groenlandia)

Cuando descubrí que no hay nada mejor que deslizarse en kayak

En Groenlandia me estrené con el kayak. Puesto a empezar con algo nuevo, qué mejor que hacerlo a lo grande. En la bahía de Tasiusaq, con la compañía de icebergs y témpanos de hielo, a la vista de las focas que se asomaban tímidamente al paso de esta estrecha embarcación que para el pueblo inuit (el término «esquimal» lo consideran despectivo) es a la persona como un vestido o traje más para su día a día. Para ellos uno no se sube a un kayak… uno se viste en un kayak para estar en plena sintonía con su entorno. De esa manera, en kayak, salían (y salen todavía) a cazar focas u otra fauna ártica. Aunque la evolución de esta invención inuit desde el oriente ruso a Groenlandia pasado por las islas Aleutianas o Canadá, ha llevado a ser considerado como un elemento de carácter deportivo. Y, por supuesto, ese fue nuestro propósito con el kayak en Groenlandia, deslizarnos por un paisaje arrebatador de tonos blancos y azulados. Aprender a llevar «ese vestido» de fibra de vidrio con el que alcanzamos lugares increíbles.

Sele y Álvaro haciendo kayak en Groenlandia (Bahía de los icebergs de Tasiusaq)

Yo, que soy la persona menos deportista del mundo, perdí la noción del tiempo en aquella bahía. Remar durante horas no me resultó agotador, y no sólo porque la compañía que dirigía detrás los designios del kayak (Raúl, un bendito) tuviera la fuerza que a mí me faltaba, sino, sobre todo, porque allí saboreé la razón exacta por la que viajar se ha convertido para mí en una obsesión irrenunciable. Poder besar en los labios a un planeta donde aún permanecen con rincones vírgenes lo es todo para mí. No deseo que me cuenten lugares así, deseo vivirlos, sentirlos, narrarlos… Y en Groenlandia saboreé las mieles de la felicidad más absoluta. A través de paisajes en bruto, de la mirada de las curiosas focas, del no saber qué hora es. Y digo yo… ¿Quién necesita un reloj para degustar algo así?

Iceberg en Groenlandia (Un verano en Groenlandia)

Una de las veces dejamos aparcados los kayaks en una playa de piedra y subimos a una loma para divisar a cierta altura el horizonte de hielo al que nos enfrentábamos. Y tengo esa estampa en mi piel erizada con ese cúmulo de grandiosidad que no consigo reflejar por escrito. Como si transcribir desde la mente lo que vi en aquel momento fuese más difícil que traducir este blog por entero al chino mandarín.

Sele ante un fiordo repleto de icebergs (Kayak en Groenlandia)

La belleza de lo efímero

Cada vez que subíamos al kayak o a una lancha con la que ir a mayor velocidad aparecía una sucesión de icebergs a cada cual más impresionante. Algunos parecían obras de arte flotantes sacadas de un museo, aunque con la particularidad de que su duración era tan efímera como consideraran los elementos. Si una aparecía con un rosetón cual catedral gótica, bastaba derretirse un poco para voltearse por completo y regresar a la superficie con otra forma diferente.

Sele en Groenlandia

Algo que sólo conoce quien ha estado en un lugar de estas características es ese sonido de miles de hielos inmensos ofreciendo un constante crujido. Me recordaba al ruido que ocasiona esa acto tan adictivo para muchos que es hacer explotar burbujas de plástico en el típico film para envolver objetos. Pero sin detenerse en un solo momento.

Pared de un glaciar en Groenlandia

Un glaciar a vista de pájaro

¿Y cómo será mirar aquellas lenguas de hielo desde arriba? – me preguntaba estando en Groenlandia . Perseguir un glaciar hasta perderse en el blanco del indlandsis, la capa de hielo que cubre alrededor del 80% de la superficie de este gran territorio, puede ser algo maravilloso. Dicho y hecho… antes de darme cuenta estaba a punto de despegar en helicóptero desde el aeropuerto de Narsarsuaq con el objetivo de surcar el gran glaciar Qorqup y admirarlo a vista de pájaro.

Glaciar Qorqup desde el aire (Groenlandia)

La anchura media de este río de hielo es de aproximadamente tres kilómetros al poco de abandonar el frente glaciar. Pero cuando avanza hay nada menos que cinco kilómetros entre los dos flancos. Montañas erosionadas y desnudas, que ocasionalmente permiten atisbar cascadas en sus paredes, protegen una gran alfombra plagada de rugosidades azules.

Glaciar Qorqup desde un helicóptero (Groenlandia)

Belleza en bruto, belleza salvaje e inhóspita.

El legado de Erik el Rojo y Leif Eriksson

El sur de Groenlandia es rico en ruinas vikingas. Cuando éstos se marcharon siglos después de su llegada no quedaron más que marcas y cimientos de piedra sobre la hierba como recuerdo de las que muchos consideran las primeras construcciones europeas en el nuevo mundo. Porque Groenlandia geográficamente hablando es América, a pesar de pertenecer a Dinamarca. Y hace más de mil años, desde Qassiarskuk, salió en barco el hijo de Erik el Rojo, Leif Erikkson, cuya estatua preside todas las vistas de la aldea, para tocar las costas americanas de lo que hoy es Terranova. A esa nueva tierra ellos le llamaron Vinland (tierra de viñas), aunque lo calificaron como un territorio rico en pastos y salmones.

Iglesia vikinga de Qassiarsuk (Groenlandia)

Qassiarskuk e Igaliku son la Brattahlíð (primer asentamiento) y Garðar (la primera diócesis episcopal en el nuevo mundo) que narran las sagas vikingas. Y pasear por sus restos, que aún perviven, es hacerlo a través de una civilización interesantísima y que viajó más allá del Atlántico quinientos años antes de que lo hiciera el mismísimo Cristóbal Colón.

Granja en Igaliku (Sur de Groenlandia)

Sonrisa inuit

Hoy lo único vikingo que queda en Groenlandia son ruinas arqueológicas. Desde hace siglos la población mayoritaria el territorio es eminentemente inuit (antes denominados esquimales, término considerado peyorativo) y, aunque ha cambiado mucho su forma de vida, aún siguen viviendo de la caza y la pesca. Otra cosa es lo que deseen hacer las nuevas generaciones, a quienes les llama la atención lo que otros mundos les ofrecen. Sin duda se trata de una cultura que abarca múltiples territorios más allá de Groenlandia y cuyo futuro está cargado de incertidumbre.

Ayo, capitán inuit de una de las zodiaks de Tierras Polares

Inuit significa «gente» en esta lengua ininteligible que el propio Ramón Larramendi ha terminado por aprender a hablar (para que luego digan que existen los imposibles). Y son estas personas, ya sea en Qassiarsuk, Narsaq, Narsarsuaq, las que imprimen un rostro humano a un país de hielo en el que muchos verían inviable vivir. Salvo ellos, que siempre han demostrado estar por encima de los contratiempos y que hasta para llamar a la nieve tienen un montón de palabras diferentes. Porque aquel es su mundo, su planeta polar….

Mural inuit en Groenlandia

Así es un verano en Groenlandia

Recordar los días de verano que pasé en Groenlandia me ha llevado de nuevo a viajar sin levantarme de la silla. Porque, al fin y al cabo, un viaje finaliza cuando tú y sólo tú lo decides. Mientras no expreses lo contrario, considera tu gran fortuna porque llegas a los sitios y no te marchas de ellos.

Sele en Groenlandia

Al menos con Groenlandia me sucede. Llevándole la contraria a la pegadiza canción de Amaral SÍ, aún quedan días de verano. Y no es necesario estar en julio, agosto o septiembre para no abandonar física y mentalmente la estación del año que más gusta a la mayoría. Verano es cuando a mí y a ti te parezca.

Un viaje a Groenlandia en verano contado en un minuto

 

¡Hasta pronto, Groenlandia!

Sele

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3 comentarios en “Un verano en Groenlandia

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