Las Catedrales del Hielo: El Perito Moreno y otros glaciares argentinos

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Las Catedrales del Hielo: El Perito Moreno y otros glaciares argentinos

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A veces cometemos la imprudencia de creer que lo hemos visto todo, que cada vez es más difícil soprenderse de algo nuevo, cuando en realidad no es así….nunca es así. En mi vida viajera hay un antes y un después de tener al frente glaciares inmensos como el Perito Moreno, el Spegazzini o el Upsala, de navegar por las aguas de cristal del Lago Argentino e ir sorteando grandes icebergs y témpanos de hielo de un color que de tan azul parece un imposible. El Parque Nacional de los Glaciares, en Argentina, es el súmum de la belleza congelada, una muestra de la osadía de la Naturaleza para componer obras maestras únicas. Allí pude contemplar por primera vez las Catedrales del Hielo.

Fotografía del Glaciar Perito Moreno

Ciertamente este viaje a Sudamérica es un “Quién da más” constante, un pulso interminable de maravillas retándose las unas y las otras en el ring de paisajes sublimes que, por fortuna para todos, no son ciencia ficción. Todo lo contrario, son una realidad incontenible, inmensa, que se clava fuerte en el tiempo y en las retinas de quienes pueden pensar, de forma equivocada, de que no puede haber algo semejante….

MI CAMPAMENTO BASE EN EL CALAFATE

Para visitar el Perito Moreno y compañía lo mejor es establecer una base en El Calafate, una pequeña ciudad con más turistas que habitantes y desde la que se contrata alojamiento, transportes, excursiones y todo tipo de actividades para llevar a cabo en el Parque Nacional de los Glaciares, o incluso más allá si se quiere como El Chaltén (A 220 km) o Torres del Paine (Chile).

Dado que yo estaba en Puerto Madryn, y la comunicación por avión desde allí es escasa y cara, mi escapatoria fue cubrir 1700 km de planicie patagónica en un autobús de la compañía RP (520 pesos argentinos) que necesitó de 20 horas para hacer el trayecto. Pero lo que sucede, por mucha distancia que sea, es que cuando se va arribando por carretera a El Calafate y se ven las aguas turquesas del Lago Argentino y de fondo las siluetas de las montañas todas esas horas quedan en un segundo plano. A partir de allí todo se vuelve absolutamente maravilloso.

Mapa de Puerto Madryn a El Calafate

Lo primero que hice al llegar a la Terminal de Omnibus de El Calafate fue buscar alojamiento para las próximas tres noches. Allí mismo alguien del Hostel Glaciares Libertador (de Hi Hostels y del que ya llevaba buenas referencias en guías impresas e internet) nos ofreció una habitación doble con baño privado, desayuno y wi-fi por 200 pesos argentinos por noche (aprox 35€). Y digo “nos ofreció” porque en esta ocasión me alié con un viajero inglés de Brighton llamado Henry, el cual estaba haciendo un viaje similar al mío y con el que compartí sitio y conversación en el largo bus procedente de P. Madryn. Dado cómo estaban los precios allí, 100 pesos argentinos por persona no estaba nada mal, así que aceptamos y allí nos instalamos ambos.

El Hostel Glaciares Libertador estaba realmente bien, super equipado y limpio, y con numerosas ofertas de excursiones dirigidas a sus clientes, y a precios más competitivos que en la calle. Quizás el inconveniente que encontré, tanto aquí como en todo El Calafate, es que esta ciudad está tan acostumbrada a recibir turistas en masa que no tienen que trabajarse demasiado la amabilidad y el excelente comportamiento que siempre dispensa el argentino a sus visitantes. Siempre hay mucha gente y no cuesta tanto buscarse los clientes.

Es sólo mi punto de vista, y totalmente discutible, pero tengo la impresión por las formas, los precios y los monopolios de los concesionarios de las excursiones (Sólo Patagonia SL se lleva todo el pastel) que esta región se está volviendo cada vez más elitista y alejada de los presupuestos de muchos viajeros. Salvo en los hostels, uno respira por las calles el aroma de poderes adquisitivos un tanto elevados.

Aún así seleccionando bien es posible llegar a un acuerdo con tu presupuesto y sacarle partido a la que, sin discusión, es una de las zonas del mundo más impresionantes. Si había que hacer ciertos esfuerzos económicos, este era el lugar.

Hablando de El Calafate diré que es una ciudad bastante surtida de servicios al viajero, donde no faltan cajeros, casas de cambio, restaurantes, tiendas, farmacias y supermercados (que vienen muy bien para comprarse comida para las excursiones y compensar ciertos gastos). Aunque lo que abundan de forma extrema, casi a una por habitante, son las agencias de viaje donde se contratan las excursiones, las cuales están llenas de turistas hasta última hora. Y eso que es difícil encontrar precios que no superen los 400 – 600 pesos ( aprox 70 – 100 euros) de muchas de las actividades que se tienden a contratar.

UNA TARDE PROLÍFICA PARA HACER GESTIONES

En una tarde me dio tiempo a gestionar varios asuntos del tipo:

+ Reserva de bus con RP al Perito Moreno: Ida y vuelta (9:30 a 16:30) por 80 pesos (suelen costar 120 $ARG pero llevaba un 30% de descuento por haber viajado con esta compañía desde P. Madryn). Se deben elegir horarios cerrados, ya que se va y se vuelve en el mismo autobús. (Los hay que van a las 13:30 y están hasta las 19:30, por ejemplo).

+ Reserva de bus con CAL-TUR a El Chaltén (i/v) por 180 pesos (aprox 30€).

+ Compra de billete de avión en Aerolíneas Argentinas para ir de El Calafate a Ushuaia la tarde del 19 de marzo de 2012. Me costó 800 pesos (aprox 140€).

+ Ir al supermercado a comprar pan y embutido para la cena y la comida del día siguiente (el restaurante que está cerca del Perito Moreno tiene precios poco populares).

El resto lo pasé escribiendo por la noche, algo que me gusta hacer porque es justo cuando llega el silencio y los recuerdos vuelan solos por la habitación. Me tomé esas últimas horas como el que vela armas ante un día importante. Sabía que tenía delante uno de los puntos clave de este viaje.

EL GLACIAR PERITO MORENO

Dado que mis expectativas ante este coloso de hielo eran altas, tenía cierto temor a que todo lo que me hubieran contado fuera ciertamente exagerado, a que pudiera llegar a pulular por ahí la palabra decepción. Pero nada más lejos de la realidad, la fama del Perito Moreno se me queda corta a cualquier halago, cualquier fotografía, cualquier vídeo que muestre este lugar. Bastaría una mirada teñida de lágrimas para darme cuenta que en mi vida había visto cosa igual.

El Mirador de los Suspiros

Llegué al Glaciar Perito Moreno en el bus de RP que tardó 90 minutos en hacer el trayecto desde El Calafate. Éste se detuvo tan sólo en el acceso al Parque Nacional de los Glaciares para que nos cobraran la entrada (100 pesos argentinos, aprox 18€, válida sólo para el día, los nacionales y miembros de Mercosur pagan menos), y de ahí empezó a dar vueltas en una carretera donde el paisaje se volvía loco con los arcoiris, las montañas nevadas del fondo y los halcones apostados en las cercas de las fincas. Fue entonces cuando el conductor nos dijo que si queríamos detenernos en un Mirador conocido como “Los suspiros” para ver de lejos la que sería para muchos la primera imagen del Glaciar Perito Moreno. Nunca un nombre se había puesto con tantísimo acierto.

Imagen del Perito Moreno desde el Mirador de los suspiros

Suspirar, emocionarse, rascarse los ojos ante semejante lengua de hielo bajando la montaña y cortándose frente al agua. Estaba aún lejos, pero bastaba para quedarse planchado ante la figura del que probablemente sea el glaciar más hermoso del mundo. Este río de hielo tiene unas dimensiones de 30 kilómetros de largo, 5 de ancho y alturas que superan los 60 metros de altura. Todo en bloques de hielo que se mueven una media de 2 metros cada día, ocasionando fricciones y derrumbes y, por tanto, icebergs y témpanos de hielo que navegan por las aguas del Lago Argentino y sus canales.

A lo largo de un proceso extremadamente lento la nieve caída en la montaña se torna en hielo, el cual avanza triturando las rocas y todo lo que pase por delante, hasta llegar a un punto conocido como “de ablación”, en el que éste se derrite. Cuando la mayoría de los glaciares del Planeta están en pleno retroceso, el Perito Moreno no da un paso atrás, por lo que entre eso y la posibilidad de verlo muy de cerca desde diversos puntos, lo hacen ser tan famoso.

Nos acercamos en barco a las Paredes del Glaciar

El conductor del bus nos dio la opción de que, antes de llevarnos a la zona de pasarelas, quienes quisiéramos pudiésemos tomar una embarcación que salía a las 11:30 (de ahí cada hora) que se acerca por el Brazo Rico al lado sur del Glaciar Perito Moreno. Es una forma diferente de verlo, por lo que me animé a hacerlo previo pago de un ticket de 70 pesos argentinos (aprox 12€). Así que desde el Puerto Bajo de las Sombras salí en un catamarán con muchísima gente (aunque no estuviésemos en temporada alta: diciembre-febrero). Y creo que la decisión fue de lo más acertada…

La embarcación se aproximó bastante a las paredes agrietadas de hielo azul del Glaciar. En una hora da tiempo a apreciar el color azul que se forma por la compactación de oxígeno y la incisión de la luz (es un efecto óptico ya que el hielo es, en realidad transparente).

Aunque hubiera mucha gente buscando hacer “la foto”, siempre había huecos donde encontrar buenos ángulos para hacerlas. A uno le parece mentira, sobre todo, estar viendo lo que tiene delante. Parecía que esas cosas sólo estaban al alcance de los exploradores del Polo Sur y esta es otra muestra de que no hay nada que quede demasiado lejos para hacerse realidad.

La imagen monumental del Perito Moreno se dibujaba por sí sola en mis más preciados recuerdos viajeros. Como decía anteriormente, las expectativas que llevaba se esfumaron de un plumazo de cortas que se quedaron. No hay nada ni nadie que le haga justicia a la Catedral del Hielo que enmudece a todo el que visita Patagonia.

Otra cosa impactante del Perito Moreno y otros glaciares de la zona es que no sólo se ven, se escuchan. No hay que olvidar que son fenómenos vivos de la Naturaleza y que hay un momento en que se resquebrajan pedazos desde arriba o incluso por abajo, emergiendo en el agua como si nada. Precisamente tuve la inmensa fortuna de filmar la aparición súbita de un bloque de algo más de 30 metros que se había soltado de la pared de glaciar. En ese momento tenía la cámara grabando y un crujido me llevó a observar y captar la imagen inenarrable de algo que no se ve todos los días. Aún no me creo que tuviese la suerte de ver con vida semejante pedazo de hielo, el nacimiento de un iceberg que llenó de oleaje las aguas hasta entonces calmadas del lado sur del canal de los témpanos.

Lo mejor no es que os lo cuente, sino que lo observéis en este vídeo que lo habré revisado ya cientos de veces:

Si no ves el vídeo en pantalla pincha aquí para verlo en Vimeo

Cuando pienso en lo que vimos aún se me pone el vello de punta. Es otro ejemplo de que la Naturaleza avanza y que se muestra cuando ella quiere. Unas veces parece inmóvil, tapa sus maravillas, pero otras surge de repente para sorprender a quien anda buscando un momento inolvidable en su vida.

Compartí todo el espectáculo con unos madrileños muy simpáticos, quienes se quedaron boquiabiertos al igual que yo. Fue inevitable comentar la jugada una y otra vez, lanzando hipótesis de si había sido una caída, si el bloque venía de abajo y, por supuesto decir que el viaje a Argentina ya se había pagado solo. Lo dicho, tuvimos que venir al Parque Nacional de los Glaciares para darnos cuenta de que no yendo nos estabamos perdiendo algo verdaderamente grande.

Las pasarelas que se asoman al Perito Moreno

El barco regresó a puerto y allí nos esperaba el autobús de RP que nos llevaría defitivamente a la zona de pasarelas desde las cuales se ve el Perito Moreno desde todos los ángulos. Para ir allí me junté con una coreana llamada Sunshine y un par de japonesas la mar de sonrientes. Antes de empezar a caminar aprovechamos a comer nuestro almuerzo, que buenamente habíamos traído de uno de los muchos Supermercados de El Calafate. Era la una de la tarde, por lo que teníamos aún tres horas y media para hacer el circuito completo. Encontramos la mejor de las terrazas al aire libre posibles. En casos así lo que menos importa es la comida…

La red de pasarelas del parque tiene aproximadamente 4 kilómetros. Son senderos de madera que van de más arriba a más abajo y de los cuales surgen distintos miradores, a cada cual mejor. Lo propio es caminar y, si hay tiempo para ello (que lo hay), sentarse y detenerse a mirar en silencio el gran coloso de hielo.

Eso fue lo que hice en extremo inferior derecha del recorrido, pararme y observar. O, para completar la frase, pararme, observar y… escuchar. Porque no hay minuto que pase sin que se aprecie crujir al glaciar. La caída del más insignificante trozo de hielo se vuelve un espectáculo para los sentidos. Ese estruendo de la Naturaleza que parece hablarnos es también único.

Pocas veces me he quedado tan ensimismado, me he sentido tan insignificante. La panorámica, dando igual dónde se ubique uno, es tan rotunda, tan admirable, que cuesta incluso pestañear, dar la espalda al glaciar para hacerse una foto que recuerde un “yo estuve aquí”.

En función de la luz, que era magnífica aquel día, los salientes de la pared de hielo se fueron volviendo aún más azules. Cuando se ve aquella composición que resulta difícil creer que no estamos soñando, que acaso todo eso es el destino gastándonos una broma y que vamos a ser zambullidos de la cama con el soniquete infernal del despertador. Pero pienso que si os lo estoy contando debe ser que todo ocurrió de verdad… o no.

Nunca me costó tanto decirle adiós a un lugar. A cada paso que daba hacia la salida me daba la vuelta otra vez para atrás, no fuese que no hubiera absorbido todas aquellas imágenes, no fuese a mirar la cámara de fotos o la videocámara y sintiese que el material recopilado fuera la milésima parte de lo que había presenciado en vivo y en directo.

Pero hubo que partir y vivir del recuerdo de un día prodigioso. El viaje volvía a darme un empujón hacia arriba, y ya eran muchos. El “quién da más” del que hablaba al principio seguía siendo el Rey de una aventura a la que le faltaban pocas jornadas para cumplir su primer mes.

¿Y qué será lo siguiente? – me pregunté a mí mismo. Tardaría un solo día en averiguarlo…

NAVEGAR VIENDO OTROS GLACIARES SORTEANDO ICEBERGS Y TÉMPANOS DE HIELO

En el hostel vendían una excursión en catamarán de 6 horas por el brazo norte del Lago Argentino. Su precio era de 330 pesos argentinos (aprox 57€), bastante menos de los 500 e incluso 600 que costaban otras rutas algo más completas organizadas por el omnipotente y omnipresente operador Sólo Patagonia S.L., único concesionario de las travesías en barco por el lago. Después de haberme maravillado con el Perito Moreno tenía unas ganas inmensas de ver más glaciares (Spegazzini, Glaciar Seco, Upsala…) invirtiendo más tiempo, por lo que me hice con mi ticket en el propio albergue.

Me vinieron a buscar a las 7:15 de la mañana y después de recoger a otros pasajeros de distintos alojamientos de El Calafate marchamos a Puerto Bandera para surcar las aguas del Lago Argentino. Eso sí, hubo que pagar de nuevo los irrenunciables 100 $ARG, ya que éstos nunca van incluídos en el precio de las excursiones (La “Todo Glaciares” cuesta en torno a los 600 pesos, por lo que sumando y poniéndolo en euros la cosa sale por unos 120€ por persona. Y la comida no viene incluída, que un triste café se acerca seriamente a los 3€).

A las 9:00 empezó la travesía y poco tardamos en salir a cubierta por primera vez, aunque lo mejor aún estaba lejos de venir. Las montañas, las lluvias repentinas sin necesidad de que hubiera nubes por encima (un clásico en Patagonia) y sorprendentes arcoiris fueron las primeras imágenes de una embarcación que lentamente fue dejando atrás la conocida como Boca del Diablo para internarse por el Brazo Norte del Lago Argentino.

El viento era frío y sólo la popa del barco se convertía en el único refugio para taparse, si no se quería estar en las cómodas y calientes butacas del interior del barco como era mi caso. Estaba impaciente por ver los primeros bloques de hielo flotando, nuevos glaciares con los que soñar y nuevas sorpresas que, quien sabe, podían repetirse tal y como había sucedido en el Perito Moreno.

El brazo norte se bifurcaba a izquierda y derecha. La primera se dirigía hacia el Glaciar Spegazzini, mientras que la segunda lo hacía al Upsala. La ruta la decide siempre al momento el capitán del barco, en función de la meteorología y la situación de icebergs y témpanos que suelen bloquear el paso, sobre todo en el caso del Upsala. Decidió primeramente acercarnos a la pared del Spegazzini y después ver cómo podíamos sortear los hielos flotantes del canal Upsala. A partir de ahí la cosa se puso interesante, el paisaje empezó a parecerse más a lo que esperaba.

De camino al Spegazzini fueron surgiendo ocasionales bloques azulados que fueron dándole atractivo a la travesía. A nuestra derecha pudimos ver El Glaciar Seco, uno de los que se encuentran en retroceso y ya no vienen a fundirse al lago como sí lo hacen otros en el Parque. Lamentablemente esa situación se repite en todo el Planeta, que los ríos de hielo se van echando para atrás hasta desaparecer.

El Glaciar Spegazzini

A partir del Glaciar seco nos esperaban tan sólo unos minutos para llegar al espectacular Spegazzini, nombre puesto en honor a un prestigioso glaciólogo italiano. Los picos montañosos servían de frontera y faro a una inmensa cascada de hielo que venía a congelarse en su última caída hacia el lago. Algunos témpanos de camino fueron delatando la presencia cercana del glaciar y, como sucedió con el Perito Moreno, no pude evitar emocionarme ante tanta grandiosidad.

El Glaciar Spegazzini no posee las dimensiones indiscutibles del Perito Moreno, pero su pared es más alta, llegando a rozar superar los 80 metros como desafío a las Leyes de la Gravedad. Era absolutamente un río de hielo detenido en el tiempo, el cual se partía y desmembraba de forma casi constante a tenor de los ruidos crujientes similares a los de morder una patata frita multiplicando decibelios a la enésima potencia.

La hermosura de sus formas, cinceladas por un artista invisible, pasaba de largo lo grotesco de sus dimensiones, apreciables cuando el barco se puso cerca de la pared. Siempre a una distancia prudencial porque nunca se sabe cuándo se va a resquebrajar un pedazo de hielo o si las dimensiones de éste van a ser aún mayores que el barco en sí. No hay que olvidar que de los glaciares surgen icebergs, tal y como se puede ver en el lago, el cual cuenta siempre con muchos de éstos esparcidos por doquier.

Algunos pedruscos cayeron al agua resonando como meteoritos rompiéndose en el vacío. Estas pequeñas explosiones son constantes, parte del proceso constante en esa fase de ablación del glaciar, el último paso antes de un deshielo lento y meditado.

No siendo el Perito Moreno el Spegazzini hace latir igualmente los corazones de los afortunados que logran contemplar tan maravillosa escultura natural. La travesía había merecido la pena absolutamente, ya que éste carece de pasarelas y miradores, encontrándose aislado en todos sus lados.

Icebergs y témpanos de hielo en el Canal Upsala

Abandonamos lentamente el canal del Spegazzini, tiempo en el que aproveché para comer el bocadillo que me había preparado por la mañana. Coincidí en el almuerzo en cubierta con una brasileña llamada Marina, la cual se convirtió ipso facto en “mi fotógrafa profesional”, ya que creo que fue quien me tomó prácticamente todas las fotos que me hice ese día.

Casi en consonancia con el último bocado entramos a tierra de nadie, al canal que lleva al Upsala, de unas dimensiones aún mayores que el Perito Moreno, ya que alcanza 60 km de longitud, aunque es 1 km menos ancho que éste, teniendo en total 4 km. Pero a la pared del Glaciar Upsala iba a ser imposible llegar, puesto que este brazo de agua estaba repleto de témpanos de hielo y grandes icebergs.

Lo que sí hizo el barco es avanzar todo lo que pudo, sorteando estos grandes bloques helados que contaban con distintas formas, e incluso se movían por el deshielo constante. Hay icebergs que tardan más de 6 meses en fundirse por completo. Mientras tanto dan vueltas sobre sí mismos muriendo en el lago mientras expulsan de su cuerpo litros y más litros de agua. Son ellos precisamente las fuentes que hacen crecer el caudal del más extenso de los lagos en Argentina.

A medida que fuimos avanzando el número de témpanos e icebergs fue creciendo en proporción. Sin duda aquel estaba siendo un espectáculo superior o como poco similar a los anteriores. No daba crédito a lo que tenía delante de mis ojos. Surgió de nuevo la pregunta de que si todo aquello que estaba sucediendo podía ser verdad.

Dicen que un iceberg muestra en la superficie tan sólo el 15% de su cuerpo, dejando el 85% restante bajo el agua. Se entiende así el hundimiento del Titanic y todo lo que se hubiera puesto por delante. No me extraña que no pudiésemos ver, sino de lejos, la esbelta lengua de hielo del Glaciar Upsala. Aunque quizás lo mejor de éste se encuentra precisamente en el brazo de agua que lleva hasta él. Aquel mar de témpanos es realmente sobrecogedor, increíble de asimilar en un principio.

La cantidad de joyas de hielo es tan variada, que se dejan ver por el canal verdaderas obras de arte de la Naturaleza, con formas inusuales y requiebros estéticos que rozan la perfección hecha escultura perecedera. Uno no da abasto mirando a uno otro lado de la cubierta, buscando una buena foto, una buena imagen que llevarse para no olvidar todo aquello que está sucendiendo durante la travesía.

Y así poco a poco fuimos dando la vuelta para regresar, ya por la tarde, a Puerto Bandera y, posteriormente, a El Calafate, con su clásica vestimenta alpina que tanto gusta a los turistas que allí llegan. Aunque son Los Andes los que dejan sus últimos pasos de baile en el extremo meridional argentino, uno tiene la impresión de encontrarse en cualquier lugar del Norte de Europa, no sólo porque se escuche menos el acento argentino sino también por las formas de una ciudad por la que todo el que viaja al país sudamericano debe pasar irremediablemente para saber lo que es bueno.

Al llegar a El Calafate precisamente, tuve que pasar por el hospital para que me recetaran algo ante una reacción alérgica que todavía no me explico. Afortunadamente no era nada importante y los granos molestos que hacían que me picaran el cuello y los brazos se fueron después de una inyección y unas pastillas. Fue algo que solucioné rápido porque no quería que nada pudiera interrumpir un recorrido que se estaba poniendo la mar de interesante.

Lo más inmediato, El Chaltén, a 220 km, y considerado como la capital del trekking en Argentina. Tres días y medio venían por delante en este pequeño pueblo rodeado de montañas por las que se deja ver el cóndor. De hecho este relato que acabáis de leer fue escrito en una noche lluviosa vivida en una cabaña de madera con muchísimo encanto (Cabañas Cerro Torre), a poco de salir a descubrir otro de esos lugares del mundo en los que me vendría a perder un tiempo.

El viento hace mecer las ramas de los árboles con violencia, la lluvia golpea la ventana… y yo debo acostarme pronto para iniciar un nuevo y mágico día en La Patagonia.

Dulces y reales sueños… de hielo y plata.

Sele

PD: Ya estoy en Tierra del Fuego, en la ciudad más austral de América, Ushuaia. Por encima el Estrecho de Magallanes, por debajo el mítico Canal Beagle… Sólo quedan el Cabo de Hornos y la Antártida a mis pies. Me entran escalofríos sólo de pensar que estoy aquí.

* Recuerda que puedes seguir todos los pasos de este viaje en MOCHILERO EN AMÉRICA

30 Respuestas a “Las Catedrales del Hielo: El Perito Moreno y otros glaciares argentinos”

  • […] No nos los pensamos ni un segundo. Cada uno nos las arreglamos como pudimos para cambiarnos e ir corriendo a lo que parecía una poza termal habilitada para quien quisiera darse un bañito. Acabábamos de encontrar una especie de jacuzzi puramente natural en un lugar en el que no nos lo hubiésemos imaginado. No éramos los únicos viajeros que hacíamos esa parada en el camino. De hecho, casualidades de la vida, me encontré allí mismo con un inglés, Henry, con el que había compartido habitación de hostel meses antes en la ciudad argentina de El Calafate en plena batida de glaciares y témpanos de hielo. […]

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