Un día cualquiera en la Plaza Jemaa el-Fna de Marrakech

Apuro el primer sorbo de un vasito cristal con té a la menta como si fuera el último de toda mi vida. Mientras me pregunto por qué el té de Marruecos me sabe mejor que en cualquier lugar del mundo tengo a la vista el bullicio típico de todas las tardes en la Plaza Jemaa el-Fna. Siempre he creído que todo Marrakech se define en esta plaza. Un inmenso espacio multicultural funcionando desde hace siglos y que se trata, en realidad, de un organismo tan vivo como cualquiera de nosotros.

Plaza Jemaa el-Fna al atardecer (Marrakech)

Tengo la costumbre de observar el atardecer de Jemaa el-Fna en el tercer piso del Café de France, un clásico desde la época del protectorado galo en tierras marroquíes. No sólo cuenta con la tradición del local en sí sino que posee las que para mí son las mejores vistas de la plaza a cualquier hora del día.  Leer artículo completo ➜

El instante viajero XV: El camellero de Merzouga

Camellero en el desierto del Sáhara (Marruecos)

Caminando en solitario por las dunas de Merzouga, esa alfombra ondulada que el todopoderoso Sáhara le regala a Marruecos, uno siente cómo la fuerza del desierto es capaz de empequeñecerte hasta convertirte en un minúsculo grano de arena. Allí es posible escuchar gritar al silencio, que el viento sea tu peor enemigo y perder la noción entre lo finito y lo infinito. Esa fue la enésima búsqueda que he hecho de mí mismo hasta ahora. Fue un día en el que dije “me marcho” y terminé comenzando el año a los pies de un mar de dunas persiguiendo estrellas fugaces y arrancando deseos en voz alta. Han pasado muchos años desde esa primera vez en territorio marroquí con una furgoneta alquilada convertida en mi máquina del tiempo particular. Era la primera vez en que hacía un viaje completamente solo… Leer artículo completo ➜

Viaje a los 5 desiertos más hermosos que he visto jamás

Qué tendrán los desiertos que resultan tan sugerentes, que desprenden un poder místico y embaucador. Provocan un chantaje directo a las emociones más profundas y algo que se parece mucho a la hipnosis. Desiertos, lugares que inspiran por su silencio, su inmensidad y la capacidad de hacerle sentir a uno como un minúsculo grano de arena, la metáfora de un mundo más solitario de lo que nos llegamos a pensar. Feligrés de pro ante esta clase de paisajes deshabitados busco acariciar su esencia en la contemplación y en la meditación, en escuchar su voz. Los hay muchos, muy diferentes y a cada cual más inspirador, pero hoy os voy a hablar de los 5 desiertos más hermosos que he visto en mi vida viajera.

Los 5 desiertos más hermosos que he visto jamás

Un viaje a cinco desiertos (en realidad a seis) tan extraordinarios como sugerentes que me han regalado un mar de sensaciones, amaneceres imposibles y puestas de Sol de ensueño. Desiertos que se han quedado con parte de mí y que me han regalado momentos inolvidables.  Leer artículo completo ➜

5 lugares del mundo donde me gustaría retirarme algún día

A veces me da por pensar en lugares donde me iría a vivir durante un tiempo indefinido, algo así como un plan imaginario de lo que sería una fuga o un retiro soñado. No hablo precisamente de la jubilación, porque quiero creer que me queda mucho para eso, sino de esos rincones del mundo en los que desaparecería por un tiempo, me dedicaría a poner las cosas en su sitio, escribir, descansar y vivir la vida mucho más despacio. Y es que, a lo largo de estos años viajando, he conocido y experimentado esa sensación de felicidad y paz interior en escenarios a los que me gustaría regresar para algo más que una mera visita.

Arrozales de Bali

Hoy os planteo cinco lugares donde retirarse a tiempo sería una victoria, un paréntesis con mucho fundamento y mucha pasión. Y es que viajando me he dado cuenta de que sé dónde deseo estar en todo momento. Leer artículo completo ➜

Improvisando una ruta bereber en el Atlas Medio de Marruecos

Cuando ya había estado observando las paredes más verticales y estrechas de las famosas Gargantas del Todra, dentro de mi viaje en solitario por Marruecos conduciendo una Kangoo alquilada, tuve la curiosidad de seguir un poco más la carretera desgastada y llena de baches que iba serpenteando de la misma forma que lo hacía el río. Cada metro que avanzaba, o mejor dicho, cada metro que me tocaba esquivar un boquete en un asfalto casi inexistente, me iba dando cuenta que ya me había salido de la parte más turística de la zona y me estaba metiendo donde ni yo mismo me esperaba. La carretera iba subiendo cada vez más hasta estar a una altura media de 1700 metros y quedarse un paisaje de montañas rojas y peladas, con brillo de las nieves del recién estrenado invierno. La fiebre de la última noche y el frío que había pasado en esa habitación sin calefacción del Hotel Jasmina le habían dado el relevo a la liberación de adrenalina y a la conciencia de que venía una bonita aventura por delante. La improvisación había vencido una vez más a la planificación. Por delante estaban por llegar las imágenes más auténticas e imborrables del que fuera mi primer viaje a Marruecos. Conduciendo por los caminos del Atlas Medio, extinguida del todo la cobertura de mi teléfono móvil, me animé a no seguir un rumbo fijo y quedarme en los detalles que me iría encontrando, y que serían muchos.

Hombre en burro por el Medio Atlas de Marruecos

Realizar una ruta bereber entre montañas, pueblos de adobe y pastores con turbante me dio una nueva lección de que lo más apasionante de viajar es, además de aprender, es perderse y salirse de los caminos más trillados.

Leer artículo completo ➜

Las sensaciones de viajar en un crucero por primera vez

Observar desde la ventana cómo íbamos avanzando en ese sendero de olas azules que pintaba el mar era una de mis mayores aficiones en el Costa Fortuna. En este barco de vastas dimensiones se podían hacer muchas cosas, pero la esencia la encontré en el movimiento, en la incuestionable compañía del mar en proa y en popa, a babor y a estribor. Todo lo demás me resultaba secundario, un mero acompañamiento a mi primera experiencia en un crucero transatlántico que se dirigía a Brasil y en el que pude completar una ruta realmente interesante como era la de ir de Barcelona a Tenerife deteniéndonos en ciudades como Málaga y Casablanca. Como ya he dicho en alguna ocasión, no voy a pasar ahora a ser el mayor defensor del viaje tipo crucero, porque por el momento no se ha convertido en mi forma preferida de viajar, pero sí voy a narrar las sensaciones buenas y no tan buenas que me produjo el que para mí fue un placentero experimento en alta mar.

Fotografía tomada en el crucero realizado en el Costa Fortuna

Viajar en crucero durante varios días me ha permitido divagar, descansar y, a su vez, ofrecerme un hálito de sensatez ante una afición que engancha a muchas personas que con orgullo se declaran “cruceristas”, y que a otras no les ha logrado seducir del todo. Leer artículo completo ➜

Me embarco en un crucero desde Barcelona hasta Tenerife

Reconozco que nunca he sido muy amigo del viaje tipo Crucero, quizás porque soy demasiado culo inquieto, porque las olas me marean a rabiar y porque cuando he tenido la ocasión quizás he preferido lanzarme a otro tipo de aventuras en escenarios digamos que más abiertos. Pero siempre hay una primera vez para todo y las cosas, antes de juzgarlas, hay que probarlas. Por eso cuando la gente de Costa Cruceros me ofreció embarcarme en su mastodóntico barco Costa Fortuna para hacer un viaje por mar entre Barcelona y Tenerife, pasando por Málaga y Casablanca, y mostrarme en detalle cómo va a ser su programa en 2013, me animé y dije que sí. A este tipo de historias se le conoce como Famtrip, que es algo así como un viaje de familiarización en el que acuden agentes de viajes, prensa y en esta ocasión, bloggers de viajes, a quienes les hacen conocer en profundidad “un producto determinado”, en este caso una experiencia en una embarcación de la Compañía. Así que allá que nos vamos…

Imagen del Costa Florida (Costa Cruceros)

Desde hoy viernes hasta el próximo miércoles experimentaré mi primer crucero, esperaré amigos en cada puerto al que bajemos y, por supuesto, me ocuparé de contároslo en detalle a través de las redes sociales y del propio blog.

Leer artículo completo ➜

Aventura en Marruecos V: Asilah, la medina del Atlántico

El indómito Atlántico rompe sus olas en los muros defensivos que los portugueses alzaron hace siglos para proteger la ciudad de piratas y demás embestidas procedentes del otro lado del estrecho. Las costas españolas, demasiado cerca para ser imposible la paz en tiempos complicados, eran la referencia de los conquistadores lusos que se hicieron fuertes en la antigua Arcila, ahora llamada Asilah. Aunque ellos serían uno de muchos que pasaron por esta ciudad frecuentada desde antiguo por fenicios, cartagineses, romanos y los propios árabes, que le dieron la forma definitiva. Más adelante los españoles unirían este nudo de comunicaciones a su protectorado de Marruecos dejando ligeros toques de su presencia. En unas calles laberínticas vestidas de blanco y azul de la medina más bella del Atlántico (competiría con Essaouira, con la que guarda cierto parecido) los aires de bohemia y vanguardia de principios del Siglo XX en el norte del país alauíta, y más concretamente en Tánger, recubren de arte, poesía y pintura las paredes de las casas que aguardan el brillo del Sol cada mañana. Allá, donde el pescado más fresco vuelve en pequeños botes cada mediodía, sigue deteniéndose el tiempo en la paz de unos callejones bordados de silencio, abrazados por una muralla que los protege de sí mismos más que del propio Océano.

Asilah parece un rincón lejano del mundo, pero está más cerca de lo que todos nos imaginamos. El bajo coste de los vuelos nos permitió hacer una breve incursión de fin de semana a esta ciudad del Marruecos más septentrional separada de Tánger por apenas cuarenta minutos de playas aún vírgenes (aunque por poco tiempo). Si queréis saber más de ella, quitáos vuestros relojes, olvidaros de las prisas y acompañadnos por sus calles durante un instante. Leer artículo completo ➜

Siempre es bueno volver a Marruecos. Arranca el #Asilahtrip

Dicen que no hay quinto malo y este fin de semana lo comprobaremos en uno de mis países talismán, Marruecos. Creo que nunca me cansaré de volver a poner los pies en alguna de sus laberínticas medinas, de escuchar las voces que los alminares propagan por todos y cada uno de los callejones, por todas y cada una de las montañas o incluso en lo inhóspito de un desierto. El más cercano de los viajes lejanos tiene siempre a Marruecos como protagonista, uno de los pocos lugares que pueden hacernos escapar en menos de dos horas de vuelo y llevar a nuestras almas a caminar por otro ritmo mucho más pausado, pero a la vez más vibrante. La facilidad del bajo coste nos hará saltar al otro lado del Estrecho y situarnos en el país alauíta para olvidarnos de la rutina e incluso de nuestros nombres. Al son de las olas Atlántico chocando sobre las casas blancas envueltas en murallas de conquista, descubriremos la ciudad de Asilah, situada a 46 km. de Tánger cuya personalidad forma parte de la riqueza cultural e histórica de el Marruecos que los viajeros tanto amamos.

Y porque cualquier excusa es buena para regresar a Marruecos, sin importar haber estado apenas unos meses antes en la ciudad azul de Chaouen, aparece en el cercano horizonte un fin de semana en el que trataremos de saborear al máximo los secretos y vivencias que nos deparará esa Asilah de la que tantas maravillas he leído y escuchado. Leer artículo completo ➜

Aventura en Marruecos IV: Chaouen o el Reino Azul

Existe un lugar capaz de trasladarte a otro tiempo, en el que la prisa no está ni se la espera porque dicen que mata, y que trastoca tu ritmo y tus latidos del corazón lo quieras o no. Es un Reino de calles azules y blancas, sobre todo azules, que te persiguen con sus estrecheces y juegan contigo para perderte en su laberinto de siete puertas. Cuando cae la tarde y los carpinteros rematan sus últimos trabajos, un olor proveniente de finas pipas de madera abandona las puertas entreabiertas y se cuela por los callejones para perfumar las paredes que esconden el azul del cielo hasta la mañana siguiente. El ruido de tambores de la Plaza se vuelve hueco cuando choca con las pieles curtidas que cuelgan de las azoteas. Las almenas de la Kasbah salen reforzadas de esta armonía de colores y recuerda las fortalezas y debilidades de un pueblo como ningún otro. Quizás cuando abandones este lento caminar por cuestas y recovecos te darás cuenta que nunca debías haberte marchado.

El Reino Azul no es Mitología ni Novela. Se encuentra en Marruecos, escondido en las faldas de las escarpadas montañas que siluetean la Cordillera del Rif y más cerca de lo que uno se podría imaginar. Su nombre es Chaouen y se clava en tus ojos y en tu piel como un tatuaje que no tiene vuelta atrás. El último fin de semana, utilizando Tánger como salvoconducto, nos fuimos a perder y a enamorar de este lugar que no tiene parangón. Y que por suerte para todos…existe. Leer artículo completo ➜