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No sé si aquella era la peor carretera del mundo, pero seguro que al menos se le parecía mucho. En Bolivia, el país de la conocida como “Carretera de la muerte” por sus estrecheces y sus acantilados poco seguros entre La Paz y las Yungas, se habla bastante de la peligrosidad de las vías incluso en documentales emitidos en Televisión. Pero esa tan célebre no era la ruta a la que me refiero. Mucho más al norte, entre Rurrenabaque y Santa Rosa, solitarias localidades bolivianas que se resguardan entre selvas y pantanales que preludian la Amazonía, me hallé en un contexto de barro y mucha agua, de decenas de vehículos atrapados durante días, de rabia e indignación de quienes no podían salir de allí porque se habían quedado clavados en un camino inexistente. Las lluvias torrenciales de la última noche convirtieron nuestra ruta en un lodazal, en un terreno de arenas movedizas en las que había que tener verdadera destreza para lograr avanzar unos pocos metros.

Esta carretera fue un infierno que tuvimos que recorrer tanto para ir como para regresar de nuestro destino, las Pampas de Río Yacuma, el Pantanal de Bolivia. Hubo que bajar al barro y pringarse, pero nos lo tomamos con muy buen sentido del humor porque sólo con cierta actitud las cosas que parecen imposibles dejan de serlo. Leer el resto de esta entrada »
Esqueletos de locomotoras y vagones esparcidos por el gélido suelo del altiplano, amasijos de hierros oxidados que se retuecen en su propio abandono, en su propia indiferencia… Una vez hubo una línea de ferrocarril en Bolivia, inaugurada en el último suspiro del Siglo XIX, que comunicó Uyuni con Antofagasta (ahora chileno) y que sirvió para transportar minerales como estaño, plata e incluso oro. Durante décadas fue un símbolo del progreso que parecía tocar al pueblo boliviano con la yema de los dedos pero con el tiempo y la pérdida en la guerra de su única porción de mar, resultó que no fue así y que las máquinas que se llevaban a arreglar cerca de la Estación de Uyuni, la primera del país, no volvieron jamás a deslizarse sobre raíles ni a despedir humo de sus gruesas chimeneas. Hoy el óxido decolora las piezas desgastadas de una esperanza en el conocido como Cementerio de los trenes olvidados.

La visita al cementerio de trenes de Uyuni es una de las opciones más interesantes para el viajero romántico al que le gusta ir siguiendo las huellas de un pasado no tan lejano. Leer el resto de esta entrada »
“Todos los edificios, en lo posible deben ser uniformados para que la ciudad resulte bella” es uno de los artículos de La Ley urbanística de 1547 que el Rey Felipe II quiso se aplicara a las ciudades que se fundaran en el Nuevo mundo. Durante los más de trescientos años de colonización española en el vasto territorio americano se levantaron numerosísimas metrópolis desde las cuales se centralizó el poder de los distintos virreinatos. Los cimientos del nuevo orden en continente empezaron a ponerse en plazas, callejuelas, palacetes y catedrales en lugares que llegaron a superar incluso por población a no pocas ciudades revelevantes de la vieja Europa. Las normas básicas de las ciudades de nueva planta se acoplaron a los estilos arquitectónicos y artísticos presentes en España, modificándose paulatinamente hasta alcanzar un mestizaje y una particularidad especial en estas urbes. Hoy muchísimas de esas ciudades levantadas en América Latina conservan su estilo, apreciándose esos lazos que nos unen a un lado y otro del charco. Algunas de ellas son auténticos tesoros, reflejos de su Historia y que están dentro de la lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Durante mi viaje de siete meses como Mochilero en América visité muchas de estas ciudades, las cuales me dejaron una profunda huella. Algunas me parecieron tan rotundamente hermosas que me enamoré sin remedio, paseando una y otra vez por sus callejones, contemplando el ritmo que la gente le ha dado a estas maravillas del mundo.

Hoy voy a hablaros de cinco ciudades coloniales de Latinoamérica que me enloquecieron. Una selección justa o injusta de lugares magníficos que nadie debería dejar de ir al menos una vez en la vida.
No toda Bolivia es altiplano ni gélidos vientos modelando un paisaje árido a cuatro mil metros de altura. A veces se pasa por alto que algo más de una tercera parte de su territorio, en el norte y en el este, posee junglas y humedales casi vírgenes que preludian la Amazonía. Pero la fama de Brasil, el oriente peruano o incluso ecuatoriano no parece haber tocado a este país, más reconocible por sus montañas nevadas que por sus selvas. Como a los viajeros la poca propaganda, a priori, nos tiende a atraer, sin haberlo meditado me encontré en una villa de extraño nombre como Rurrenabaque preparado para partir hasta Santa Rosa, a orillas del Río Yacuma. Allí nacen unos humedales que son gemelos del extraordinario Pantanal brasileño, regando de vida una área extensa cuyos dueños son únicamente los cantos de las aves, los ojos bien abiertos de los caimanes y las muestras evidentes de libertad tanto por encima como por debajo de esas aguas que pocos conocen lo que de verdad esconden.

Las llanuras impenetrables del Yacuma, subtributario del Río Amazonas, corresponden a una explosión increíble de la Madre Naturaleza. Allí pude observar cómo entreabría sus puertas para poder disfrutar de sus rumores y sus silencios en compañía, entre otros, de un caimán que no se separó un segundo de nuestro refugio. Leer el resto de esta entrada »
Bolivia en general y La Paz en particular poseen un aura algo místico en el imaginario de sus gentes. Todavía previve esa mezcla de creencias ancestrales basadas en la Naturaleza y en la magia de los objetos junto con la Fe cristiana llevada desde los inicios de la conquista. En el país con mayor porcentaje de población indígena de Sudamérica la Pachamama, es decir, la Madre Tierra, tiene tanta o más importancia que otros conceptos adquiridos a través de las misiones evangelizadoras de siglos anteriores. Los rituales en busca de la fortuna, el amor o el trabajo tanto realizados por hechiceros como por gente de a pie requieren una serie de objetos o figuras escenciales para llevarlos a cabo. Y es precisamente el mercado paceño denominado “de las brujas” el más indicado para hacerse con los amuletos o recetas y así lograr ese afán por medios que se salen de toda racionalidad.

El Mercado de las Brujas es uno de los lugares con más sabor e intríngulis de la ciudad de La Paz. Da igual que se sea supersticioso, milagrero o incrédulo… no pasa desapercibido para nadie. Leer el resto de esta entrada »
Recuerdo que entramos aún siendo de noche en el Salar de Uyuni, considerado el mayor desierto de sal del mundo y a más altura. Tres días atravesando el Altiplano boliviano desde la frontera de Chile habían sido el mejor preludio para lo que estaba por llegar. Si de Atacama decía que no era de este mundo, las primeras luces de la mañana me demostrarían que aún se podía llegar más lejos en la composición irreal e imposible del paisaje de Uyuni. Montones de sal apilados se reflejaban bajo un suelo húmedo que nos servía de espejo, el horizonte se expandía hasta el infinito mientras un frío agudo se clavaba como un afilado punzón en todo aquella parte del cuerpo que no tuviéramos bien a cubierto. Pero los diez grados bajo cero de aquellos instantes eran apenas un soplo en comparación con el espectáculo que se cernía sobre nuestras narices. ¿Acaso nos sumergíamos en algo que no existía más que en la imaginación de un loco? Mi cabeza daba vueltas entre la realidad y la ilusión mientras caminaba por aquel suelo blanco mojado que reflejaba los colores del amanecer… y de los sueños.

En el Salar de Uyuni sólo hay espacio para le emoción, la lágrima fácil y la marea de sensaciones. Se puede volar, convertirse en una gota de agua, quedarse con la mente en blanco y volverse absolutamente loco tratando de atrapar la esencia del vasto desierto blanco. Creo haber traido un pedacito de este Paraíso de somnolientos y chiflados, pero sólo podría haceróslo llegar por medio de imágenes o postales que hablan por sí mismas. Leer el resto de esta entrada »






















