Así fue nuestro viaje a Benín y Togo: Etnias, cultura, naturaleza y vudú

No me resulta sencillo en absoluto narrar el último viaje a Benín y Togo. Al menos con cierta lucidez y precisión. En realidad no sé cómo ni por dónde comenzar, así que pido disculpas de antemano si no empleo las palabras adecuadas y me pierdo en divagaciones varias. En estos momentos se me amontonan las imágenes y no soy capaz de hilar fino. Veo pasar de manera constante una secuencia tras otra. Sin orden, sin sentido. Retumba en mi cabeza el ruido de tambores y surgen cánticos ininteligibles, mantras a deidades de las que desconocía incluso su existencia. Pero algo sí tengo muy claro. Vengo de esa África de tradiciones y ritos ancestrales, de danzas mágicas y máscaras de madera con vida propia, de chozas de adobe e incluso de hojas de palmera. He visto esa versión del continente con la que llevaba soñando desde niño. Porque conocer distintas etnias que viven amarradas al orgullo de pertenencia a una cultura singular que no dudan en tatuar e incluso escarificar en su negra piel, supone, al fin y al cabo, viajar con una mirada inocente y antropológica, convertir al ser humano en el único protagonista de una función teatral donde, pase lo que pase, nunca cae el telón.

Tata Somba en Togo (Mujer y vivienda tamberma en Togo)

Un viaje a Benín y Togo no es un mero qué ver y hacer. Llegar aquí es como poner sobre la mesa un sendero de tierra roja hacia los orígenes del vudú y el animismo más atávico. Significa dormir acunado con el rugido de un león a media noche y despertar en un mundo donde los colores, la gratitud a la naturaleza (con los dioses que actúan en ella) y el recuerdo al pasado, en ocasiones amargo y en otras dulce, nutre cada etapa. Así ha sido nuestra aventura en estos dos pequeños países situados en el Golfo de Guinea. Una sucesión permanente de imágenes impactantes que aún estoy tratando de digerir. Aunque me temo que no existe digestión para una experiencia que jamás podré olvidar. 

Para quien esté pensando en conocer estos destinos he preparado un reportaje con 20 consejos prácticos para viajar a Benín y Togo. ¿Cuándo ir? ¿Por libre o con agencia? ¿Es fácil coincidir con rituales o ceremonias vudú? ¿Cómo moverse? ¿Qué tal la seguridad por allí? ¿Hacen falta visados? ¿Qué vacunas son las recomendables?

Benín y Togo, viaje al corazón tribal de África Occidental

Apenas unas horas antes de abandonar Benín tras un viaje de algo más de dos semanas a las profundidades de este multicolor y rítmico corazón tribal del Golfo de Guinea (Benín y Togo suman decenas de etnias extremadamente diversas en un pequeño territorio) rendimos una visita a la conocida como Puerta de no retorno de Ouidah. Costaba articular palabra. Esta localidad costera antiguamente fue un antiguo reino que, absorbido por el poderosísimo Dahomey, sirvió como punto de partida de millones de esclavos vendidos para trabajar en Brasil, Cuba, Haití o los Estados Unidos de América. Desde ese punto que hoy recuerda un gran arco alzado sobre la arena de una playa maldita, muchos dijeron adiós a sus raíces para pasar a ser meros objetos con la firma de su dueño marcada a fuego en la piel. Los que tenían suerte de sobrevivir a la travesía, algo que sólo lograban las dos terceras partes del pasaje de aquellos galeones infernales, mantuvieron en su lengua, religión y costumbres practicadas en secreto, lo poco que les quedó de su vida anterior. Pero para los demás, para quienes les habían comprado o intercambiado por productos de pacotilla, carecían de etnia, de pueblo, de todo elemento que les hiciera parecerse a ellos. Sencillamente no eran nadie.

Hechicero Somba en la Puerta de no retorno de Ouidah (Benín)

No han pasado ni dos siglos de aquello y Ouidah aún conserva la que fuera la plaza de subastas de seres humanos, curiosamente dedicada al brasileño de origen portugués Francisco Félix de Souza, más conocido como Chacha, uno de los mayores esclavistas de la Historia. Un enorme ficus permanece en el centro y su sombra proyecta tristeza y desazón. Pero también esperanza. A pesar de haber esquilmado millones de almas arrancadas a fuego de su origen, al menos ha sobrevivido en Benín y Togo (independientes de Francia desde 1960) un número ingente de etnias que nunca se resignaron a desaparecer. Y es esa la parte positiva de un viaje a ambos países, la constatación de que continúan latiendo los corazones tribales de fon, yoruba, taneka, somba, fulani, holi, ewé y muchos otros pueblos. Que aún siguen practicándose ritos animistas y vudú, al cual muchos conocen por su sincretismo en países americanos, y que se vanagloria de vivir su edad de oro en la tierra en la que nació. Porque el vudú se trata de una religión con la que estar en sintonía con la naturaleza y las enseñanzas de los antepasados la cual se aleja de esos estereotipos hollywoodienses que han traspasado fronteras.

Mujer y niño en poblado Holi (Benín)

Ese fue el objetivo de nuestro viaje a Benín y Togo. Conocer de cerca (y disfrutar también de nuestra pasión por la fotografía) algunas de las etnias más interesantes de esta parte del Golfo de Guinea, al menos las que han mantenido en mayor medida sus tradiciones. No queríamos ir de un punto al otro. No buscábamos monumentos donde apenas los hay. Este no es un viaje de ese tipo. Tanto Isaac (de Chavetas) como yo deseábamos ir más allá de los tópicos, asistir a ceremonias vudú así como animistas que practican otros pueblos, mirar de cerca a los ojos de los taneka y los holi, aprender de su cultura, de su forma de mirar la vida y, por supuesto, empaparnos de todos los elementos de un gran reino de reinos. Conocer su naturaleza, la sacralidad de los bosques, las laberínticas casas de adobe de los somba o entablar una conversación con un hechicero o un rey tribal han sido partes indisolubles de un viaje que no sólo ha abarcado África occidental sino que ha entrado en lo más profundo de nosotros mismos.

Sele e Isaac (Chavetas) en el País Somba (Benín)

La importancia de ir con un guía local en un viaje a Benín y Togo de estas características

 

Éste no era un viaje de A a B, ni de B a C. No bastaba subirse a un autobús o una camioneta y bajarnos en la plaza del mercado de una ciudad cualquiera. Necesitábamos comprender, acceder a aldeas de las que no conociéramos sus nombres y a templos que jamás encontraríamos en un mapa. De ahí que contactáramos con Loana Travel para llevar a cabo esta aventura con una persona que no sólo conociera el territorio, sino que fuera del territorio. De ese modo contamos en todo momento con guía local en castellano que se ocupó de introducirnos allá donde nosotros solos no hubiéramos podido. Fuimos recibidos por reyes, asistimos a festejos y mascaradas, a ceremonias vudú. Nos alejamos de cualquier connotación turística posible para conocer la realidad de los pueblos. Así que desde aquí me parece justo dar las gracias a Euloge, a Xavi y a Ghislane por ser nuestros ángeles de la guarda en un destino que se va a quedar en nuestro corazón para siempre. Vosotros nos enseñasteis que además del dónde, importa el cómo y el con quién.

 

Ceremonia vudú en un templo de Shangó en Benín

 

Esta cuestión de si es mejor ir por libre o con agencia a Benín y Togo la respondo en este post de consejos prácticos.

Algunas de las mejores experiencias vividas en el viaje a Benín y Togo

Con el tiempo iré desgranando todo lo que pueda lo que ha supuesto viajar a Benín y Togo. Y, por supuesto, iré ofreciendo información de carácter práctico con un montón de consejos tal y como acostumbras a encontrar en este cuaderno de bitácora. Pero hoy permítete mostrarte algunos de los mejores instantes vividos tanto en Benín como en Togo. Lugares, momentos y sensaciones de un viaje muy diferente a todos los que he podido realizar con anterioridad. ¿Quieres verlos?

Con los taneka en una fiesta que se celebra cada diez años

Teníamos un plan, una ruta más o menos prevista. Pero en un viaje de este tipo para poder ser testigos de momentos únicos conviene dejarse llevar por los acontecimientos que estén sucediendo en ese mismo instante. Y la casualidad nos llevó a romper la ruta prevista porque nuestra llegada a Benín coincidió con un festejo que la etnia taneka, que habita varios pueblos y aldeas al noroeste del país y que presume de mantener prácticamente intacta su cultura (vestimenta, tradiciones, casas de adobe cilíndricas, etc.), celebra tan sólo cada diez años. La iniciación de los jóvenes que en otros grupos tribales sucede año tras año, para los taneka sólo es posible una vez por década. Sólo de esa forma se puede pasar de niño a hombre y ser tenido en cuenta en la comunidad, de ahí que muchos jóvenes desde los doce años de edad, así como sus familias, esperen ese momento con cierta impaciencia. Son llevados al bosque sagrado, siguen las premisas del hechicero y sus mensajeros (en las mujeres también hay sacerdotisas) y se suceden los actos de valentía, que no van reñidos con jornadas interminables de danzas, celebraciones y sacrificio de cebús. Las cornamentas de estos bóvidos son portadas por las mujeres en estas fechas.

Bailes de la fiesta de iniciación taneka en Benín

Así que nuestros primeros días en Benín tuvimos tiempo de formar parte como únicos testigos extranjeros de una fiesta extraordinaria repleta de exaltación y simbología por doquier. Nos recibió el rey del territorio (en Benín hay multitud de reyes en la función de líderes de una zona) secundado por cazadores que disparaban sus escopetas al aire, al igual que varios hechiceros fumando pipa y sus mensajeros ataviados con coronas de púas de puerco espín. Asistimos a los bailes que se formaban de manera espontánea en distintas aldeas (cuyas casas son cilíndricas con techo de paja rematado en pico) y a las muestras de fortaleza por parte de los varones novicios (aún no iniciados, ya que esto sucede con la circuncisión realizada con un cuchillo escogen ellos mismos) en las distintas pruebas con las que demostrar su capacidad física. Aunque en una de las danzas que realizan aparecen maquillados y vestidos como mujeres en una pose de respeto hacia ellas.

Danza taneka en la ceremonia de iniciación

Puedo asegurar bien alto que tuvimos un mejor comienzo posible en nuestro periplo africano.

Hechicero tanketa y su mensajero con un tocado de púas de puerco espín

En barca por Ganvié y el Lago Nokoué, un país sobre el agua

Voy a intentar no caer en el tópico de «la Venecia africana». Pero, en efecto, al norte de Cotonou, la capital de Benín, existe una ciudad flotante sobre pilotes en el Lago Nokoué habitada por los tofí, descendientes de quienes huyeron de la esclavitud impuesta por el poderoso Reino de Dahomey allá por el siglo XVIII. Se escondieron de sus captores ocultándose en el agua, allá donde los fon jamás accederían por su aversión a los lugares acuáticos. Fue entonces cuando nació Ganvié, una ciudad de madera en el corazón de un lago de aguas poco profundas donde la pesca es la principal actividad, seguida por el comercio, puesto que allí las canoas se convierten en auténticos puestos ambulantes.

Navegando en Ganvié, la ciudad sobre el agua en el Lago Nokoué de Benín

Se trata, sin duda, de uno de los lugares más fotogénicos de Benín. Un clásico que tuvimos ocasión de recorrer en una barca en la que comenzamos la navegación solos pero terminó albergando un pasaje de lo más variopinto. Si en alguna ocasión regreso, trataré de hacerlo justo minutos antes del atardecer. Este lugar me dejó un sabor muy dulce que me recordó a los días que pasé en el Lago Inle de Myanmar, otro ejemplo de adaptación al medio acuático.

Ganvié (Lago Nokoué en Benín)

Zangbetos, guardianes de la noche, espíritus danzantes del vudú

En el vudú extendido por el pueblo yoruba en África Occidental (no sólo en Benín sino también en Togo o Nigeria) existe una figura danzante con traje de rafia de forma cónica conocida como zangbeto. Esto tiene que ver con las sociedades secretas del vudú y su inmenso panteón de deidades y criaturas. Pues bien, los zangbetos serían algo así como los espíritus guardianes de la noche, custodios de la moral y el buen hacer de los creyentes de esta antiquísima religión. En todo viaje a Benín o a países del entorno es sencillo encontrar su figura impregnada en paredes de templos pero, nada mejor, que encontrárselos en una calle, un sendero o una plaza dando vueltas y más vueltas como parte de bailes rituales (allí llamados bailes mágicos) que los feligreses observan con auténtica pasión. Dicen que salen para ahuyentar las malas acciones y también en festejos importantes (entronización de un nuevo rey, fallecimiento de alguien importante del pueblo, etc.). Y lo mejor de todo, la tradición sostiene que en el interior de estos zangbetos no hay nadie, que está vacío por dentro. Cosa que llegan a mostrar en ceremonias incendiándolos o abriendo su interior.

Zangbeto en Benín

Tuvimos la fortuna de ver a los zangbetos danzar en dos ocasiones. La primera a orillas del lago Nokoué, donde en torno a una decena, tras ofrecer un sacrificio al Dios Legba, se pusieron a dar vueltas y más vueltas en un suelo de arena, rodeados de una inmensa multitud y acompañados por el ruido de los tambores. Días más tarde en Porto Novo, uno de los epicentros del vudú en Benín, también tuvimos ocasión de verlos como parte de la entronización del nuevo monarca del reino de Adjarra Su Majestad Kpotehoun Allanmakoun, el decimoctavo de su dinastía. Resulta imposible no quedarse con la boca abierta ante sus continuos movimientos en círculo.

Zangbeto en Porto-Novo (Benín)

Egúngún, el espíritu colectivo de los antepasados

En los festejos de la subida al trono del nuevo rey de Adjarra también pudimos observar muy cerca a otro personaje indispensable del panteón yoruba. Se trata del Egúngún, la representación de los muertos quien, ataviado con un enrevesado y colorido traje, es movido por un espíritu con el objeto de que los vivos no se olviden de las enseñanzas y normas éticas que impartieron quienes ya no están. La sociedad secreta del Egúngún tiene múltiples adeptos y sólo éstos pueden tocar a esta deidad las personas iniciadas en la misma. Quienes no formen parte de dicha sociedad, según la tradición yoruba, no pueden resistir su poder y caen fulminados por lo que tocar al Egúngún no está entre las cosas que hay que hacer si uno se los encuentra. Porque no es uno solo, son varios, y se les distingue por su fastuosa vestimenta y el rostro cubierto.

Egúngún en Porto-Novo (Benín)

Las danzas de los Egúngún son enimáticas, más aún incluso que las de los zangbetos. Siempre tienen iniciados a su alrededor, quienes no dudarán en golpear con una larga vara de madera a quien se acerque más de la cuenta. Por fortuna no nos llevamos ningún varazo y pudimos retratar los bailes de los Egúngún en el Palacio Real de Porto Novo.

Danza del Egúngún en Porto-Novo (Benín)

Recepción del rey y sus consejeros (cuestiones de protocolo… incumplido)

 

Toda la multitud, los zangbetos y egúngún presentes en la ciudad de Porto Novo, respondía a un día histórico, la entronización del nuevo rey de Adjarra. De una forma u otra terminamos dentro del Palacio Real en mitad de los festejos (éramos los únicos «yobos», es decir, «blancos» según la lengua fon). Y cuando nos invitaron a saludar al nuevo monarca, que estaba con sus consejeros reunido en una humilde sala de recepciones (los palacios de los reyes en Benín no son Versalles precisamente), no lo dudamos. Pero nadie nos explicó el protocolo. Como ya habíamos tenido la oportunidad de saludar a un rey taneka, pensé que bastaba con agacharse un poco y darle la mano. Y yo, que entré el primero, así lo hice. Pero vaya, al rey de Adjarra no se le puede tocar, así que me tocó reponerme del ridículo (y la reprimenda del personal), por lo que terminé hincando rodilla y poniendo la cabeza en el suelo como manda la tradición de este pequeño reino fronterizo con Nigeria.

 

El recién entronizado rey de Adjarra (Benín) y su séquito

Safari en el Parque Nacional Pendjari (Jauría en la sabana)

En los límites más septentrionales de Benín, la frontera con Burkina Faso y Níger está considerada como uno de los santuarios de la fauna de mayor importancia en África Occidental. A pesar de que en el Golfo de Guinea la caza ha arrebatado a muchos parajes de sus animales, el norte beninés muestra una sabana esplendorosa donde aún se escucha el rugido del león, corre el guepardo y los elefantes pisan con firmeza los senderos de arena roja que atraviesan el parque. Por lo que, a pesar de ser el nuestro un viaje muy centrado en aspectos antropológicos, no perdimos la oportunidad de recorrer Pendjari en 4×4 y pernoctar en un pequeño lodge en plena naturaleza. Nos encantan los safaris fotográficos y este parque, sin ser por supuesto Masai Mara, Serengueti ni tener la cantidad de animales que hay en Botswana, nos permitió ver de cerca e inmortalizar con la cámara un buen número de especies.

León en el Parque Nacional Pendjari de Benín

Lo mejor fue tener durante horas a una pareja de leones (en realidad eran un trío pero dos los protagonistas) a escasos cien metros de nuestra habitación en pleno periodo de apareamiento. El coito de los leones es muy corto, de apenas segundos, pero pueden pasarse dos días completos haciéndolo una y otra vez. Por lo que estuvimos toda una tarde, una noche y una mañana oyendo rugidos (de placer) que rebotaban como si los tuviéramos metidos dentro de nuestros oídos. También pudimos disfrutar de la presencia de elefantes, hipopótamos, cocodrilos, antílopes de todo tipo, búfalos y una variedad extraordinaria de aves (ornitológicamente hablando Pendjari es matrícula de honor) que convirtieron en ésta una de las etapas más sorprendentes del viaje. ¡Y sin cruzarnos con un sólo vehículo!

Cocodrilo en el Parque Nacional Pendjari de Benín

País Somba, las tatas y un singular templo de fetiches

Al norte de los Taneka en Benín, y el el nordeste de Togo se extiende una de las etnias más significativas y curiosas del Golfo de Guinea. Se les conoce como a los «Somba» pero ellos consideran peyorativa a esta denominación (no me extraña, pues significa «salvajes») y prefieren considerarse Batammariba (en el caso de los que viven en Benín) o Tamberma (para los que están en Togo). Sea como sea, esta etnia dividida por una estúpida frontera rectilínea fruto del reparto de África como quien trocea una tarta de cumpleaños, tiene a valle de Koutammakou y las montañas de Atacora como baluartes físicos. El otro es el baobab, árbol sagrado en el que durante mucho tiempo se escondían familias enteras para ocultarse de sus enemigos, sobre todo los cazadores de esclavos que peinaban mucho más allá que el territorio sobre el que gobernaban los reyes de Dahomey.

Niña Somba o Tamberma en un baobab sagrado (País Somba, Togo)

Hoy, por supuesto, los somba, batammariba o tamberma ya no viven en baobabs, pero sí en auténticas fortalezas de adobe cuyos muros escarificados representan de manera figurativa a estos gruesos árboles. Hay quien opina que el tipo de vivienda de este pueblo, conocida como «tata» o takienta constituye un verdadero prodigios de la arquitectura civil que, junto a las construcciones de los dogones en Malí, conformarían una especie de «gótico» en África Occidental. Entiéndase la metáfora como una exaltación del estilo artístico fastuoso y, en ocasiones, recargado (sobre todo con los muros que representan las escarificaciones del clan) que la UNESCO consideró como parte del Patrimonio de la Humanidad allá por el año 2004 (aunque curiosamente sólo establece su clasificación en el lado togolés).

Casas somba (Tatas somba en Togo)

En esta región que abarca dos países pudimos visitar varias aldeas, conocer algunas tata-sombas por dentro (de granero y establo de la parte baja a las habitaciones en pequeñas torres cilíndricas arriba) e incluso ser invitados a un templo de fetiches donde pudimos asistir a un ritual de sanación por parte de un curandero. La persona que debía «ser sanada» no estaba allí mismo, pero fueron utilizados dos altares del templo, con montículos de adobe representando a los antepasados, así como huesos de animales, para un complejo ceremonial del que fuimos testigos de excepción y donde la sangre jugó su papel.

Sele en una Tata Somba de Benín

Tengo que reconocer que los dos días que pasamos en territorio somba se me hicieron incluso cortos. Me hubiera quedado más tiempo, repitiendo caminatas entre los baobabs, conociendo más tatas y, por supuesto, conociendo en mayor medida a un pueblo realmente irrepetible que es mucho más de lo que nos cuentan sus sombreros de cuernos de antílope y sus complejísimas escarificaciones en la piel.

Mujer somba o tamberma de una aldea de Togo en el valle de Koutamakou

Trekking en el Monte Agou y sus pueblos naranjas

El Monte Agou, con poco menos de mil metros sobre el nivel del mar, es el más alto de Togo. Aquí el paisaje cambia rotundamente de las áridas y extensas llanuras norteñas a un auténtico bosque lluvioso donde las nieblas vespertinas juegan un papel fundamental y millares de murciélagos inundan los cielos rosados que tiñen los últimos rescoldos de la puesta de sol. Kpalimé es la capital del senderismo togolés. El territorio de la etnia ewé nos sirvió para practicar un trekking entretenido entre pueblos naranjas en plena naturaleza y que se vuelven más hermosos cuanto más cerca de la cima del Agou se hallan.

Sele en el Monte Agou de Togo

Aquella jornada de caminata sudé lo comparable a medio océano Atlántico. Y juré en arameo, lo reconozco.

Los mercados de fetiches de Togo y Benín

Algo difícilmente digerible en este viaje fue presenciar esas secciones de los grandes mercados dedicados a los conocidos como fetiches. Que más que figuras de madera utilizadas en rituales en esta ocasión tiene que ver que ver con cabezas o «trozos» de animales de todo tipo envueltos en un aroma putrefacto no apto para todo tipo de públicos. Babuinos, aves, serpientes, camaleones, murciélagos e incluso patas de león o cabezas de hienas ahumadas e hinchadas son vendidas para su uso dentro de la medicina tradicional como para ceremonias vudú. Es una especie de mercado de los horrores que se escapa a cualquier explicación racional, aunque mejor no hay que tratar de buscarla. Sencillamente porque no lo vamos a entender. Por supuesto nos gusta un pelo. Pero ahí están a la vista esos estantes en los mercados de Dantokpa (Cotonou), Lomé o Bohicon esperando compradores, que no son precisamente los turistas o no iniciados en este tipo de lugares. Es parte de la cultura de una porción de África (muy amplia, eso sí) con unas creencias muy arraigadas y que bajo una mentalidad «occidental» resultan ininteligibles.

Mercado de fetiches de Lomé (Togo)

Mercados, lugares que cuentan cómo es un país

 

Me apasiona visitar mercados, perderme por galerías laberínticas con puestos coloridos de todo tipo. En este viaje por Togo y Benín hemos visitado el gran mercado central de Dantokpa en Cotonou (Benín), muy recomendable, así como la sección de arte africano de Lomé (Togo), muy cerca de la catedral. También hemos visto los mercados de Bohicon (Benín) y Sokodé (Togo), así como muchos otros donde pasear entre aromas, comida y gente de diversas etnias que no trató con bastante amabilidad. Quizás Dantokpa y Lomé sean algo más hostiles a la presencia de las cámaras, pero en el resto, fuera ya de ciudades grandes, hemos ido realmente relajados.

 

Mujeres ahumando pescado en un mercado de Cotonou (Benín)

Ritual vudú con calaveras humanas en el templo del Dios del trueno

A ver cómo explicar esto. En una aldea beninesa junto a un lago y cuyo nombre prefiero guardarme había un templo vudú dedicado al Shangó, el Dios (o más bien orishá) de la justicia, los truenos y rayos, el fuego que impartía justicia. Gracias a nuestro amigo Euloge y su amistad con el sacerdote de dicho templo pudimos acceder, y no sólo físicamente sino como testigos de algo más grande. En sus dependencias se guardan las calaveras de los condenados por Shangó, es decir, aquellos que cayeron muertos fulminados por un rayo en una tormenta. Castigados supuestamente por algún acto cometido durante su vida y que quizás pudieron ocultar a sus conocidos. Pero no al Orishá del trueno.

Ceremonia vudú en un templo dedicado al Shangó en Benín

Al parecer una mujer que era miembro de esta sociedad secreta, una iniciada, había sido gravemente ofendida por otra persona y había entrado en una especie de trance que no cesaba. Por supuesto, para remediar el mal, el sacerdote inició un largo ritual en su templo. Sin comerlo ni beberlo nos vimos inmiscuidos en una ceremonia de una estética que recordaba a «Indiana Jones y el Templo Maldito», pero aquello no era cine ni ficción de ningún tipo. Bailes frente a calaveras humanas, frases repetidas una y otra vez, campanas repicando, fuego, gruesas humaredas… Sangre derramada sobre cráneos anónimos de los supuestos castigados. Todo el pueblo envuelto en un ritual de varios días del que formamos parte unas pocas horas. Las suficientes para que las imágenes continúen intactas en nuestra cabeza y sigamos con mil preguntas y casi ninguna respuesta.

Ritual vudú en un templo de Shanghó en Benín

Conociendo a los Holi

Muy cerca de las ciudades beninesas de Cove y Ketou, Onigboló es el centro de operaciones de una etnia realmente peculiar como es la Holi. Si digo que los holi practicaban de manera oficial la antropofagia (o canibalismo) hasta su abolición en 1984 me quedaría únicamente en una superficie cargada de cierto sensacionalismo. Pero es una sola de sus muchas aristas. Los holi habitan una llanura fértil y lluviosa en el centro del país y sus casas no son de adobe como las de los taneka o lo somba sino que habitan chozas hechas con hojas de palmera y ramas de árbol que a priori desvelan las vulnerabilidades y humildad de un pueblo que probablemente vivió tiempos mejores.

Aldea holi en Benín

Una de las curiosidades que pudimos conocer en un poblado holi, donde pasamos varias horas sentados a la sombra con hombres, mujeres y niños (nos invitaron a aguardiente y una especie de pasta de maíz) es la manera de plasmar su arraigo a la tierra, ese sentimiento de pertenencia a la tribu. Sobre todo por parte de las mujeres de cierta edad, quienes a través de un alarde estético, muestran orgullosos sus cuerpos semidesnudos rellenados por completo con tatuajes y escarificaciones. Algunos torsos son auténticas obras de arte, pero tan intrincados que resultaban ininteligibles para neófitos como nosotros. Todo tiene que ver con una manera de expresar belleza y de formar parte de la etnia. Aunque, es cierto que hoy día las más jóvenes rehúsan a continuar con la tradición porque les resulta más difícil encontrar trabajo. Pero hasta hace no mucho, si varias mujeres se bañaban desnudas en un río, la que pasaba vergüenza era quien no tenía su cuerpo tatuado.

Mujer holi en Benín

En una mascarada Gelede

Las ceremonias Gelede son parte intrínseca de la tradición Yoruba. Y reconocidas como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Tuvimos la suerte de asistir a una de ellas donde además de cantos y percusión, entró a la palestra la máscara, considerada un objeto mágico y transmisor de mensajes a través de su forma, su pátina y la manera en la que es danzada. Son festejos que se llevan a cabo normalmente en momentos importantes para el pueblo, como el final de la cosecha, el comienzo de las lluvias, nacimientos, enlaces matrimoniales y, por supuesto, funerales. También se recurre a ellos en momentos de necesidad como epidemias, sequías o una racha de acontencimientos negativos. La gelede es otra sociedad secreta en la que las máscaras de los danzantes tienen rostro de mujer y devuelven la armonía al poblado con la sabiduría femenina.

En una mascarada gelede (Benín)

Fue una tarde, en un poblado yoruba en plena zona holi de cuyo nombre no me acuerdo (y no es una licencia literaria) al que llegamos sorteando charcos durante una enorme tormenta que finalizó en cuanto empezaron a sonar los tam-tams. Algo de magia tendría el asunto porque Isaac y yo, que bailamos menos que un gato de escayola, terminamos participando en las danzas con todo el pueblo. Sin complejos… ni vergüenza.

Mascarada gelede en Benín

Fulani, nómadas a todo color y campamentos ambulantes

La etnia conocida como fulani o fula partió hace muchos siglos de un lugar que se desconoce (hay quien dice que de Sudán, otros de una zona del Volta (Ghana) e incluso hay hipótesis más que curiosas que los sitúan por media África. Lo que sí está claro que son nómadas, que se mueven de un lado a otro con sus vacas, establecen sus campamentos en plena selva, alejados de poblaciones grandes, y que no se mezclan con otras etnias. Ellas son altas y de rostro fino y estilizado, de piel más clara y visten ropajes muy coloridos, además de adornar su rostro, cuello y muñecas con abalorios y tatuajes. Y, si bien nos topamos con varias personas de este grupo étnico en varios mercados (por ejemplo en Sokodé, Togo) fue en Benín donde tras una caminata por el bosque pudimos encontrar un campamento cuyas casas recordaban a las yurtas o gers mongoles pero elaboradas con hojas de palmera y otros vegetales.

Sele en un campamento fulani en Benín

También pudimos pasar un buen rato charlando (como podíamos) con un grupo fulani que nos contó que se sentían ciertamente hostigados en un territorio en el que no se consideran nunca bienvenidos. Sin duda poder conocer a los últimos nómadas de África siempre es un lujo.

Mujeres fulani en Togo

Material escolar siempre bienvenido

 

Cuando viajo a África siempre lleno el equipaje con material escolar (bolígrafos, lápices de colores, cuadernos, etc.) para entregar a los niños que puedan necesitarlo. Algo tan básico como eso puede resultar un lujo inasequible para muchas familias. Con los fulani viví algo inédito. Estuvimos con unos niños que tendrían unos seis o siete años y les saqué pinturas de colores para que se las quedaran. De repente me di cuenta que jugaban con ellas como si fueran espadas. Así que tomé un papel y utilicé una de estas pinturas. Ellos alucinaron como si estuvieran contemplando algo realmente extraño. Y es que se trataba de la primera vez que tomaban lápices o algo que sirviera para pintar o escribir. No sabían para qué lo podían utilizar. Los fulani, así como otras etnias de África Occidental, no están obligados a escolarizar a sus hijos, por lo que muchos de ellos no acuden en toda su vida al colegio.

 

Sele en Benín

Los Palacios Reales de Abomey

Benín cuenta con dos lugares Patrimonio de la Humanidad (si no contamos las tatas de los Somba, que sí están protegidas por la UNESCO en el lado de Togo, aunque son exactamente iguales en Benín), el Parque Nacional Pendjari y los Palacios Reales de Abomey, la vieja y lustrosa capital del reino de Dahomey. O, como todavía se escucha, esa serpiente que se muerde la cola donde a los poderosísimos reyes no se les escapaba nada de lo que sucedía alrededor. Porque todo estaba bajo su absoluto control. Ellos fueron los responsables directos de las capturas indiscriminadas de muchos súbditos de su reino, y fuera de sus fronteras, para venderlos como mercancía a los negreros portugueses, franceses o británicos. Y su riqueza e influencia, que creció hasta cotas insospechadas en los siglos XVI, XVIII y buena parte del siglo XIX, les llevó a construir palacios reales de los cuales se conservan, al menos, una docena en Abomey.

Palacio Real en Abomey (Benín)

Abomey es una visita indiscutible para comprender Benín (que se llamó Dahomey hasta 1975). En los palacios de Ghezo y de Glelé, que son los más interesantes que se pueden visitar en la ciudad (tienen muchas salas utilizadas como museo) pudimos vislumbrar los bajorrelieves que nutren muchas de sus paredes. También los objetos sagrados y de uso de los monarcas, como, por ejemplo, una silla soportada sobre cuatro calaveras de sus rivales masacrados. Allí coincidimos con otra ceremonia relacionada con la entronización del nuevo rey de Abomey, por lo que nos encontramos con las muchas mujeres del monarca rezando en uno de los patios del palacio de Ghezo.

Silla con calaveras en el Palacio Real de Abomey (Benín)

¿Sobrevive una buena muestra de arquitectura colonial europea en Togo y Benín?

 

Es cierto que ni Togo ni Benín cuentan con un patrimonio arquitectónico excelso. Pero además de los palacios o las tatas-somba protegidas por la UNESCO, sobreviven, aunque a duras penas, múltiples construcciones de estilo colonial. Sobre todo francés y portugués, aunque también alemán en ciertas zonas de Togo como, por ejemplo, Togoville. En Benín los centros urbanos con mayor proporción de edificaciones coloniales son Porto Novo (fundada por los portugueses) y Ouidah. En Togo es indiscutible la ya mencionada Togoville (la llegada en canoa es magnífica) así como algunas callejas de la capital, Lomé.

 

Mezquita de Porto-Novo en Benín

 

Lamentablemente muchas de las construcciones coloniales están en un estado preocupante de abandono. Fotográficamente hablando, eso sí, aún pueden proporcionar muy buenos escenarios merecedores de retratados. Sobre todo cuando se fusionan con las construcciones vudú, que son muchas y no pasan precisamente desapercibidas.

 

Fachada de Togoville (Togo)

Momentos fugaces, momentos que se quedarán con nosotros en este pedacito de África Occidental

Esto es apenas una pequeña parte de un gran viaje a Benín y Togo de 16 días. Hemos vivido momentos muy divertidos, otros de mayor tensión. Las horas y horas de coche con Euloge y Ghislane nos han servido para vivir in situ auténticas clases magistrales sobre etnografía y religión vudú. Las eternas esperas para comer, los apagones de luz, el calor que casi nos consume en Kpalimé, ese olor a muerto en los mercados de fetiches, el rugido de los leones de la noche que pasamos en Pendjari y las múltiples casualidades que nos han servido para amasar una aventura inolvidable, muy diferente a las anteriores.

Estoy deseando contarte más cosas, y no dudes que lo haré. Deseo desgranar este viaje del que traigo un destacable material fotográfico, vivencias increíbles y, por supuesto, un montón de información práctica anotada para quienes deseen llevar a cabo un viaje a Togo y Benín.

¡Salud y viajes!

Sele

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9 comentarios en “Así fue nuestro viaje a Benín y Togo: Etnias, cultura, naturaleza y vudú

  1. Hola…..soy una enamorada de África, empecé con los safaris pero también las diferentes culturas. Pensaba en Ruanda o Madagascar como siguiente destino, pero me ha gustado lo que acabo de leer aquí y voy a plantearmelo. 😊

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