Ivolginsky Datsan, el alma budista de todas las Rusias - El rincón de Sele

Blog

Ivolginsky Datsan, el alma budista de todas las Rusias

Print Friendly, PDF & Email

No es demasiado conocido que en Rusia viven alrededor de tres millones de budistas. Antes de la Revolución de 1917 hubo muchísimos más provenientes, sobre todo, de Mongolia o incluso China bajo el amparo de su tradición nómada y el influjo del budismo tibetano. Era usual, incluso, que diversos grupos étnicos practicaran el sincretismo religioso, asimilando estas creencias con el chamanismo transmitido por sus ancestros. Uno de estos pueblos fue el buriato, etnia relacionada con los mongoles establecida desde antiguo en la orillas del gran Lago Baikal y que ocupara un vastísimo territorio estepario, el cual pasó a ser uno de los grandes sostenedores de la religión budista en Rusia. Lo más curioso sucedió bajo el mandato de Stalin, quien no se caracterizó precisamente por ser amigo de cualquier tipo de expresión o actividad religiosa en la Unión Soviética. De hecho fue uno de sus mayores perseguidores. Pero en 1945 permitió una excepción que para muchos, incluso hoy día, resulta inexplicable, casi un milagro. A pocos kilómetros de la ciudad de Ulán-Udé, la capital de la República de Buriatia, amparó la construcción de un grandioso monasterio budista, Ivolginsky Datsan. Lugar que encabezaría (y sigue encabezando) la tradición budista en el país más grande del mundo.

Ivolginsky Datsan, el monasterio budista más importante de Rusia

El complejo religioso de Ivolginsky Datsan, regado de hermosos templos, capillas, estupas e incluso una universidad de carácter religioso, está considerado como capital del budismo en Rusia. Un lugar plagado de rastros sagrados, e incluso del cuerpo incorrupto de un lama, alzado donde nadie hubiese imaginado en esta parte de Siberia. Pero Rusias hay muchas. Más de las que imaginamos. Y en Ulán-Udé se encuentra una de ellas. 

Ivolginsky Datsan: Budismo, buriatos y una momia sanadora.

Una visita en el marco de un gran viaje al Lago Baikal

Durante el último invierno antes de que la llegada del coronavirus golpeara nuestro modo de vida, a unas semanas tan sólo de un confinamiento que jamás hubiésemos imaginado, tuvo lugar un magnífico viaje al Lago Baikal y alrededores en su versión de hielo. En el marco de los viajes de autor a lugares insólitos que llevaba tiempo haciendo junto a las personas que por aquí me leen, me propuse, junto con un pequeño grupo de aventureros y aventureras empedernidas, conocer cómo se comporta el lago más profundo del planeta (y uno más grandes del mundo) cuando de congela por completo. Y es que las temperaturas extremas convierten al ojo azul de Siberia en una especie de planeta de hielo donde es posible no sólo caminar por sus suelos transparentes con una visibilidad de varios metros sino, además, surcarlo en potentes aerodeslizadores e infalibles UAZ de la época soviética. Íbamos en busca de las burbujas congeladas, de grandes bloques emergidos, de islas accesibles de repente a pie o fascinantes cuevas con estalactitas de hielo con las que los fotógrafos profesionales se vuelven completamente locos.

Lago Baikal congelado en invierno

Pero también quisimos darle un toque cultural al viaje, de ahí que visitáramos una ciudad histórica como Irkutsk, la suma de antiguas casas típicas siberianas de Taltsy o que subiésemos en tren para viajar por uno de los tramos más populares del transiberiano (Circumbaikal). También fue posible conocer Ulán-Ude y, por extensión, el monasterio encargado de mover los hilos del budismo en Rusia durante las últimas ocho décadas. Además todo ello coincidiendo con la festividad buriata del Sagaalgan (una especie de celebración de su año nuevo). Algo que, sin saberlo, nos facilitó una visita muy peculiar en este conjunto religioso.

Serges o postes chamanistas en la isla de Olkhon (Lago Baikal, Rusia)

Muy cerca de Ulán-Udé…

Ivolginsky Datsan se encuentra exactamente a 23 kilómetros de la populosa Ulán-Ude, metrópoli marcada por su excepcional y estratégica situación en el mapa que le hace ser un importante nudo de comunicaciones en Siberia. Si bien dentro de la propia ciudad hay algunos enclaves budistas notorios tipo Rinpoche Baghsa, nada aparenta semejanzas con la grandeza del complejo monástico al cual Stalin jamás dijo no.

Ulán-Udé, capital de la República de Buriatia

Paso obligado e intermedio de una línea mítica de ferrocarril con trenes dirigiéndose hacia Moscú al oeste o Vladivostok, en el extremo oriental del país. Pero también hacia la frontera de Mongolia. La capital de la República de Buriatia, conocida sobre todo por poseer en su plaza principal una cabeza de Lenin de más de siete metros de altura y cuarenta y dos toneladas de peso.

Cabeza de Lenin en Ulán-Udé (República de Buriatia, Rusia)

El último día que pasaríamos juntos todo el equipo del Baikal vendría marcado por la visita al caparazón budista de todas las Rusias. Particularmente veía en este lugar una de las claves del viaje. Tenía especial interés en sellar precisamente aquí nuestra aventura por el hielo. Quizás porque pasara a toda velocidad por la zona muchos años antes realizando el transmongoliano o porque aún estaba demasiado caliente el viaje a Bután que tuvo lugar unos meses antes. Pero fueron, sobre todo, las ganas de percibir y transmitir esa faceta multiétnica y multirreligiosa de la Federación rusa que, muy a menudo, se solapa con tópicos y cierta ignorancia.

Máscara ceremonial del budismo tibetano en la República de Buriatia (Rusia)

Sobre la universidad del budismo en Rusia y visitantes ilustres

Cuando llegamos a este lugar, cuyos templos y estupas saltaron a la vista enseguida, muchos no pudimos esquivar el dibujar una sonrisa indisimulable. Algo que a más de uno nos acompañó durante toda la visita. Era primera hora de la tarde y el tiempo, con el frío propio de finales de febrero, aunque acompañaba en cuanto a falta de viento, usual enemigo. Teníamos a nuestra disposición los cielos despejados y una luminosidad espléndida. En la puerta, desde donde se escuchaba de fondo ruido de tambores y cánticos que desconocíamos si provenían del templo o de la megafonía, nos esperaba una guía de etnia buriata cuyos ojos rasgados no lograban enmascarar sus enormes gafas de sol de cristales violetas. Cubría su cabeza un gorro de piel en color negro. Esta mujer nos acompañaría buena parte de la visita, aunque sus explicaciones en inglés parecían un recital de copia y pega repetido con puntos y comas en cientos de ocasiones. Parecía de esas personas que se valen exclusivamente de la memoria y olvidan por completo la transmisión de sentimientos. Aportan datos concretos, cifras y en cuanto a sensaciones se quedan a cero.

La guía buriata que tuvimos en la visita a Ivolginsky Datsan (Rusia)

Resultaba complicado prestarle atención y no perderse en lo que teníamos delante. Ivolginsky Datsan, cuyo significado es “El Monasterio, donde la rueda de la enseñanza gira, llena de alegría y nos trae felicidad”. Una larga traducción donde se especifica en su principal misión religiosa, la enseñanza. En una explanada completamente plana se articulan ocho edificios que dan lugar a varios templos, biblioteca y una universidad budista, única en Rusia donde además de aleccionar sobre budismo se aprenden otras materias como filosofía, escritura tibetana e incluso medicina tradicional. A estas estructuras de arquitectura propia del Tíbet, salvo uno de los templos más recientes donde se aprecian cánones coreanos (y al que accederíamos después para ver uno de los “tesoros” más buscados de este centro religioso), se le sumaban conjuntos de estupas y varias casas de madera clásicas de Siberia (de muy vivos colores) que servían para residencia tanto para los monjes como para estudiantes e invitados que pudieran llegar.

Ivolginsky Datsan, el monasterio budista más importante de Rusia (muy cerca de Ulán-Udé)

El complejo religioso dispone también de un hotel de pequeñas dimensiones. No son pocas las personalidades las que en algún momento han acudido a este lugar, incluido el Dalai Lama en 1982. De hecho, este lugar ha sido visitado por Putin, Mevdeved y otros líderes rusos a lo largo de su corta historia. De una forma u otra, desde el visto bueno al nacimiento del templo y la creación en 1946 de una Junta Central de Budistas de la URRS así como el imperativo legal de que su clero se encargue de “honrar la patria de los trabajadores, poniendo sus intereses a la par con su fe”, las relaciones entre ámbitos tan diferentes fue mejor de lo esperado. Al menos en esta parte de Rusia. Porque en Mongolia, por ejemplo, la purga de templos, monasterios y monjes fue devastadora y extremadamente cruenta. Ivolginsky Datsan no hizo sino crecer mientras otros santuarios budistas desaparecían bajo las llamas.

Ivolginsky Datsan, el principal monasterio budista de Rusia

Ivolginsky Datsan en la semana de Sagaalgan y una puerta abierta

Entre la suma de datos hormigonados que nuestra guía asignada seguía ofreciendo (durante un momento lo hizo en una clase con pizarra detrás y cualquiera se atrevía a romperle el discurso) nos percatamos de una información con la que no contábamos. Al encontrarnos en la semana en la que los buriatos celebraban Sagaalgan (eso sí lo sabíamos) se estaban viviendo diversas celebraciones en el monasterio. Pero también nos abrirían las puertas del templo de colores que vimos próximo a la entrada y que custodia el cuerpo incorrupto del lama Dashi-Dorzho Itigilov, algo que sucede únicamente durante siete días al año, los correspondientes a esta festividad que se celebra no sólo en esta etnia sino al otro lado de la frontera, en la vecina nación de Mongolia. ¿Pero quién es Itigilov? O mejor dicho. ¿Quién era Itigolov y por qué resulta tan importante visitar a este personaje en Ivolginsky Datsan?

El templo que custodia la momia de Itigilov en Ivolginsky Datsan (Rusia)

Itigilov, el cuerpo sedente del viejo lama

Dashi-Dorzho Itigilov fue un lama budista de la etnia buriata nacido en 1852 en una aldea próxima a Ulán-Udé y que durante los últimos años de la Rusia de los Zares fue designado como el duocécimo Pandido Khambo Lama, es decir, la máxima autoridad de los budistas de aquel país. Tras el derrocamiento del Imperio y el nacimiento de una la URSS advirtió a sus seguidores que debían abandonar el territorio cuanto antes puesto que las “nuevas enseñanzas rojas” borrarían del mapa sus creencias y muchos no sobrevivirían al comunismo. Pero el propio maestro decidió quedarse y vivir su final en Buriatia. Un 15 de junio de 1927 Itigilov hizo llamar a los monjes y estudiantes que se habían animado a acompañarle en su arriesgada estancia  y les indicó debían realizar ceremonias de meditación y preparar un ritual funerario, ya que estaba preparado para morir. Ellos se negaron puesto que el réquiem no era para los vivos, sino para los muertos. Y el maestro no parecía, a su juicio, estar en ese momento. Éste cerró los ojos y llevó a cabo la repetición de mantras. El lama, sentado en posición de loto, tal como había vaticinado, falleció durante aquellas oraciones bajo la incrédula mirada de los demás monjes que, entonces sí, continuaron con el ritual funerario. En su testamento había dejado por escrito que debían enterrarle en la misma posición de su muerte y que en treinta años volvieran para destapar su cuerpo.

Foto antigua de Itigilov, el duodécimo Pandido Khambo Lama de Rusia

Cuando aún no habían cumplido las tres décadas desde el último suspiro del lama, varios monjes en 1955 cumplieron este cometido y fueron a visitar el cuerpo que habían llevado a la necrópolis de Khukhe-Zurkhen. Y cuál fue su sorpresa cuando tras destapar el sarcófago de cedro de su maestro comprobaron que la figura de Itigilov permanecía impoluta. Se hallaba en la misma posición sedente de su último oficio religioso conservando, además, por completo sus rasgos físicos. No poseía el más mínimo índice de corrupción en su cuerpo ni en su rostro. Parecía simplemente dormido. Durante años se convirtió en un símbolo para los monjes que resistían en el monasterio de Ivolginsky pero nunca le comunicaron el hallazgo a las autoridades por miedo a represalias antirreligiosas. En 1973 fue, de nuevo, inhumado el cuerpo de Itigilov manteniéndose el secreto hasta 2002 cuando volvieron a sacarle del sarcófago para examinar el cadáver momificado (de forma natural) delante de la asamblea budista rusa. Científicos y patólogos de entonces atestiguaron y documentaron que el cuerpo del duodécimo Pandido Khambo Lama no tenía signos de descomposición y que su piel, sus músculos y tejidos internos estaban intactos. Tanto que parecía “que había muerto tan sólo hacía un día”. Entonces sería llevado al nuevo templo construido dentro del monasterio de Ivolginsky, donde todavía permanece.

Visitar al maestro en su posición de loto en el centro del altar del templo es un acto sagrado. Para muchos existe la creencia de que hablarle al lama es reconfortante y sanador. Que, de una forma u otra, el viejo Itigilov responde a tus dudas y aporta calma. De hecho el propio Vladimir Putin en una ocasión se pasó un largo rato a solas y “charlando” con este sabio personaje paralizado en 1927. Sólo unos pocos días al año las puertas del templo custodio de la momia incorrupta se abre para los visitantes, algo coincidente con los últimos días de febrero en el Sagaalgan.

Uno a uno, en fila india, accedimos al templo. Nos pidieron que sólo una persona se pusiese frente al cuerpo de Itigilov y pasásemos cada uno unos segundos con él (o lo que necesitáramos). Y que no osásemos dar la espalda al duodécimo Pandido Khambo Lama. Así lo fuimos haciendo. Elevado en el altar principal pudimos todos y cada uno de nosotros contemplar y reverenciar el cuerpo sedente del maestro. Realmente impresionaba. Parecía que estábamos delante de una persona que rezaba con los ojos cerrados. Nadie rompió el silencio y la calma de aquellos instantes. No sé qué tenía ese lugar y esa presencia pero salí de allí adentro con una sensación inmensa de paz. Y no debí ser el único.

Grupo del viaje al Lago Baikal 2020 en Ivolginsky Datsan (Ulán-Udé, Rusia)

Ceremonia religiosa en el Dashi Choinhorlin

Pero el de Itigilov, si bien era el edificio más hermoso del complejo, no se trata del más importante. En el centro de la explanada religiosa en la que residen en torno a un centenar de monjes se halla la estructura principal donde nació, en realidad, Ivolginsky Datsan. El Dashi Choinhorlin se trata del centro ceremonial y lugar de enseñanza que dio origen a esta universidad del budismo. Una escalinata de color verde y un pórtico de columnas se encargaba de cerrar el monumento más puramente tibetano de aquel lugar. Los monjes, ataviados con túnicas en color azafrán y algunos, incluso, con abrigos del mismo color así como gorros de lana cubriendo sus cabezas rapadas al cero, entraban y salían por una de las tres puertas rojas de la fachada principal. Eran lógicas todas las precauciones en cuanto a vestimenta. No convenía olvidar que, a pesar del sol radiante que nos iluminaba, no llegábamos a los diez grados bajo cero a aquella hora.

Templo principal del conjunto monástico budista Ivolginsky Datsan, muy cerca de UIan Ude en Rusia

De aquel templo provenían los sonidos de tambores que, acompañados de cánticos, llevábamos escuchando desde nuestra llegada. No sólo habíamos tenido la fortuna de que nos abrieran las puertas de la última morada de Itigilov sino que habíamos coincidido en fecha y hora con una ceremonia en la que decenas de monjes recitaban a la vez sus mantras. Nos permitieron acceder con una condición, no podríamos hacer fotos de aquello si queríamos permanecer y ver lo que hacían. Obedecimos y entramos por la primera de las tres puertas rojas y nos movimos, como siempre en los santuarios budistas, de izquierda a derecha siguiendo las manecillas del reloj. A un costado, donde había algunas sillas disponibles, nos sentamos para contemplar una escena que nos llevó de nuevo a viajar al Tíbet e incluso a Bután. Pero me seguía pellizcando y, en efecto, nos encontrábamos aún en Rusia, en el corazón de la gran Siberia.

Monjes budistas en el principal templo de Ivolginsky Datsan (Buriatia, Rusia)

En un salón colorido y amplio, se apelotonaban en fila, aunque sentados, decenas de monjes los cuales con voz profunda, pero a toda velocidad, se encargaban de musicalizar la estancia con oraciones que repetían de manera constante. Ensimismados en aquella retahíla de Om mani padme hum y otros mantras recurrentes, tenían a un costado varias hojas escritas con caligrafía tibetana. Pero apenas echaban un vistazo a aquellos libros rituales pues seguían el ritmo de las oraciones de los principales sacerdotes que gobernaban aquel escenario donde se estaba dando la ceremonia. Los había, incluso, vestidos no de azafrán sino de gruesos y coloridos trajes buriatos. También con los característicos sombreros de fieltro.

Pronunciar un mantra dentro de la liturgia religiosa tiene, al parecer, un efecto espiritual para quien emite las sílabas que lo componen. Sería algo así como un instrumento con el que hacer bailar a la mente hasta llevarla a un estado de meditación que se reflejaría en el completo bienestar del individuo que lo emite. Es la razón por la que estos himnos de adoración se deslizan repetidamente en los actos de culto del budismo más ancestral que llegó de la India (de hecho, el hinduísmo, mucho antes del nacimiento del budismo, tenía sus mantras a las distintas divinidades).

Templo de Ivolginsky Datsan

No hubiéramos podido tomar fotos aunque lo hubiésemos intentado. Uno de los monjes se mantuvo a nuestro lado sin quitarnos el ojo de encima. También había cámaras. Pero estoy convencido de que todos quienes asistimos a aquella ceremonia litúrgica no se nos olvidarán aquellos minutos en el Dashi Choinhorlin del gran monasterio budista Ivolginsky Datsan.

Monje budista en Ivolginsky Datsan, el corazón del budismo en Rusia

Encuentro con buriatos ataviados con la vestimenta tradicional

Dejamos aquella ceremonia, aunque permanecimos más tiempo en el recinto monástico, ya sin la guía insulsa que nos había acompañado al principio. Desperdigados en aquel tapiz de nieve que hacía crujir nuestros pasos, fuimos en busca de bonitos rincones fotográficos. Aunque en el momento en que del templo principal salieron todas aquellas personas ataviadas con ropajes típicos buriatos nos acercamos por curiosidad hacia ellas. Ninguno hablaba lo más mínimo de inglés, pero no escatimaron una sonrisa con el grupo y, de hecho, nos hicimos algunas con ellos. Es cada vez más difícil encontrar a los miembros de esta etnia (no minoritaria en Rusia) con las vestimentas tradicionales. La “rusificación” de la República de Buriatia es máxima, pero existen acontecimientos, y el Sagaalgan es uno de ellos, donde sale a la luz todo ese folklore que ha permanecido vivo durante muchos cientos de años. Y lo hará mientras este pueblo desee conservar una identidad de la que se siente plenamente orgulloso.

Buriatos en Ivolginsky Datsan (República de Buriatia, Rusia)

Sele junto a varios buriats en Ivolginsky Datsan (Rusia)

Buriats en Ivolginsky Datsan (Rusia)

Rusia, un gran mapa en blanco

Rusia es diversa hasta el extremo. Y sorprendentemente desconocida. A veces tengo la sensación de que sólo se abren al mundo las ciudades imperiales al oeste de los Urales. Pero se omiten las decenas de etnias minoritarias, de lenguas, costumbres y creencias. O sus muchos rincones de naturaleza salvaje. Siberia sería algo así como un gran mapa en blanco para muchos viajeros como también se suele afirmar en ocasiones sobre África. Y por ello cuesta entender, explicar o encajar que exista un inmenso monasterio budista que uno imaginaría en las frías llanuras tibetanas y no a una veintena de kilómetros de la cabeza de 42 toneladas de Lenin en el centro de una ciudad como Ulán-Udé.

Sele en Ivolginsky Datsan (Rusia)

Las cúpulas de colores de la Catedral de San Basilio en la mítica Plaza Roja de Moscú es tan sólo la punta del iceberg de un país donde todo está por descubrir. Todo. Y mientras así sea, que me vayan haciendo hueco en este país de más de diecisiete millones de kilómetros cuadrados, porque pienso volver las veces que haga falta para seguir encontrando respuestas.

Sele

Deja un comentario