Querido anecdotario viajero IV

El Diccionario de la lengua española que elabora la Real Academia define anécdota como “relato breve de un hecho curioso que se hace como ilustración, ejemplo o entretenimiento”. Esa es la idea precisamente de Querido anecdotario viajero, una sección dedicada a contar hechos curiosos o atípicos en relatos breves. Con el único objeto de servir de entretenimiento a los lectores y lectoras de este blog quienes venís en busca de historias relacionadas con los viajes.

Aldea Ngada en Flores (Indonesia)

Hoy viajaremos hasta Mozambique para pagar una mordida a unos policías borrachos, a una casa indonesia que olía a muerto (y resultaba que lo tenía), a la estepa mongola donde nuestros guías se lucieron con una mentira mayúscula, a Colombia donde tuve ocasión de probar hormigas y a una pedida de mano en una romántica ciudad europea. 

Anécdotas de mi cuaderno de viajes (IV)

¿No os ocurre que muchas veces algo que nos ha cabreado, asustado o disgustado en un viaje termina traduciéndose en risas pasado el tiempo? Y es que para que las mejores anécdotas lo sean, hace falta que suframos, al menos un poco y dejar que maduren, que se enfríen. Pasados las semanas, los meses y los años hay historias a priori chungas que más vale tomárselas con cierto humor. Como las tres primeras que os cuento hoy. La cuarta la recordaré para siempre porque no puedo negar que todo salió a pedir de boca.

+ Dos coches de policía, cinco kalashnikovs y una mordida. Parece el título de un capítulo de Breaking Bad pero es el resumen de lo que le puede pasar a alguien en Maputo (Mozambique) si sale con el coche a deshoras. Allí la policía está a la busca del turista y, sobre todo, de unos meticais (la moneda mozambiqueña) con los que complementar su salario. Una noche nos pasamos más de la cuenta tomando algo y cuando regresamos al hostal en el coche nos paró un vehículo policial, al que después se añadió otro. En total cinco policías para cobrarnos una supuesta “infracción de tráfico” que, por supuesto, sólo existía en sus pupilas dilatadas por el alcohol. Cada uno con su kalashnikov y un aliento a whisky que echaba para atrás, nos trataron de convencer de que,, si no queríamos problemas, lo mejor era pagar una multa desorbitada de alrededor de mil euros en su correspondencia en meticais.

Sele en Maputo (Mozambique)

Me tocó hacer de interlocutor para el grupo y, aparentando no estar nada nervioso (aunque a mis adentros sólo le faltaba llevar pañales), les conté que éramos de una ONG que estábamos ayudando a niños desfavorecidos, que llevábamos poco dinero y que era muy mala idea quitarnos lo que iba destinado a los pobres. Al final llegamos a un acuerdo anecdótico de entregar 10 dólares a cada uno. Aceptaron y no sólo eso, nos custodiaron para llegar sanos y salvos a nuestro alojamiento, no fuera a ser que alguien nos quisiera robar…

+ Un olor terrible, como a muerto. Cuando visitábamos una de las aldeas ngadas, los indígenas de la isla de Flores en Indonesia, nos percatamos de un aroma repugnante que salía de una de las casas de madera. ¡Echaba para atrás! Daban auténticas ganas de vomitar. Pensábamos que era alguien que debía acumular basura en el hogar, a lo síndrome de Diógenes, y resulta que lo que guardaba en casa era un familiar fallecido. Y es que lo de tener los cadáveres durante semanas o meses (algunos incluso años) en casa antes de poder permitirse un costoso y pomposo funeral (en Bali, por ejemplo, se juntan varias familias para hacerlo a la vez y repartir gastos) es tradición para este pueblo. ¿Os imagináis que el vecino del piso de al lado guarda al abuelo en la habitación? Pues que sepáis que esto es habitual en algunas islas de Indonesia así como en países del Sudeste Asiático.

Aldea ngada en Flores (Indonesia)

+ Una caravana de prostitutas en la estepa mongola. El título de esta anécdota suena fuerte, e incluso puede parecer sensacionalista, pero no lo es en absoluto. Nos encontrábamos en la zona de Orkhon Waterfall, en pleno paisaje estepario de Mongolia durante el viaje Transmongoliano que estábamos realizando aquel verano. Íbamos haciendo un recorrido en jeep con conductores locales que no hablaban nada de inglés pero nos entendíamos con ellos estupendamente a través de gestos. Debíamos salir muy temprano al día siguiente y les pedimos nos adelantaran la hora de partida para que nos diera tiempo a arribar a nuestro objetivo. Nos dieron a entender que debían dormir y que estaban realmente cansados, que no podían adelantar dicha hora. Ingenuos de nosotros nos lo creímos. Hasta que en mitad de la noche apareció una hilera de señoritas de compañía procedentes de alguna yurta o ger de alrededor que se metieron en las cabañas de nuestros amigos. Tenían razón en una cosa, cansados iban a estar un rato si les hacíamos madrugar porque, a tenor del ruido de gemidos que llegaba a nuestros oídos, la noche sería realmente larga.

Menudo viaje el que hicimos a Mongolia

+ Lisboa y el sí quiero más esperado. Quien lleva siguiendo El rincón de Sele desde hace varios años seguramente conoce de sobra esta historia. Me llevé a Rebeca a Lisboa por sorpresa en noviembre de 2013 para pasar juntos un fin de semana especial en la que para mí es una de las ciudades más románticas del mundo. Fuimos ella, yo… y un anillo de compromiso guardado en el bolsillo. Quería que fuese Lisboa el lugar donde pedirle matrimonio a la mujer de mi vida y tras varios intentos en los que no me vi seguro, nos fuimos a cenar a un agradable restaurante con vistas en la Calçada do duque, a mitad de camino entre Bairro Alto y Rossio, aunque más cerca de la primera. De fondo el castillo de San Jorge iluminado y una noche preciosa con la humareda de los asadores de castañas difuminando el horizonte y el lamento y desahogo de los cantantes callejeros atados a su guitarra y su voz.  La pregunta mágica obtuvo un sí por respuesta y meses después nos casamos en el que sería uno de los días más felices de nuestras vidas. No tengo duda de que el amor ha sido, es y será el mejor viaje.

Romántica Lisboa

+ El sabor de las hormigas culonas en Colombia. Fue en Barichara, en el departamento colombiano de Santander. Una de las costumbres santandereanas más arraigadas es la de la cocina y consumo de hormigas culonas. Y es que estos insectos voladores, que pueden llegar el tamaño de una abeja (o más bien de un abejorro), forman parte de algunos secretos culinarios de esta zona de Colombia. Habíamos conocido a un tipo, Jorge, que no sólo era fanático de estos insectos y sus propiedades gastronómicas, sino que además tenía un restaurante llamado “Color de hormiga” junto a su finca de Barichara en la que estos insectos eran los verdaderos protagonistas de su carta. Él fue quien nos animó a probar las hormigas. Rebeca declinó rápidamente. Yo tuve curiosidad y acepté el trato, aunque invitando a comer él. Aquella noche no sólo terminé comiendo hormigas culonas como el que lo hace con maíz (son crujientitas como los kikos y recuerdan a este tipo de snacks) sino un elaborado plato de albóndigas en salsa de hormiga culona. ¿Y podéis creeros que estaba riquísimo? El sabor de las hormigas culonas fue toda una sorpresa que repetiré cuando regrese a Colombia. A día de hoy es el único insecto que me he podido llevar a la boca. Ni en Tailandia, China o Camboya, donde se comen las arañas fritas, han conseguido convencerme… todavía.

Contadme vuestras mejores anécdotas

Son ya cuatro capítulos de Querido anecdotario viajero. Para el siguiente me encantaría que fueseis vosotros quienes me contarais vuestras mejores anécdotas. De ese modo podríamos juntar muy buenas historias. Basta con dejar un comentario por aquí o mandármelas al correo electrónico:

Da igual si son divertidas o algo chungas, pero eso sí, que ocupen al menos un párrafo y máximo dos para no hacerlo demasiado largo y dejar espacio a las historietas de los demás. ¡Ahora os toca a vosotr@s!

¡¡Salud y viajes!!

Sele

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Un comentario en “Querido anecdotario viajero IV

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